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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, julio 01, 2008

La Filosofía del Pop, de Cristino Bogado (fragmentos)

La filosofía del pop

1- La historia de la filosofía no es más que una sarta de boutades y la historia interminable de sus interpretaciones o malentendidos.

No es el discurso lo infinito, sino el despliegue siempre renovado en busca de un nuevo matiz del horror, esa atrocity exhibition es más que un sombrero sin fondo, de mago nefasto.

La inercia obsesiva–compulsiva de volver a traspasar el umbral de las casas que hemos habitado en otro tiempo, que ya han quedado definitivamente fijadas a otro periodo de nuestra existencia, que pertenecen ahora ya a otro dueño: especie de inercia temporal que toma posesión de alguna nostalgia agazapada, aún no del todo extinguida, por detrás de la rutina cotidiana que portamos o manipulamos con inocencia.

En la vida solo son posibles dos actitudes: la pereza absoluta del abandono, la del santo schopenhaueriano, el kaiguetismo de Pirrón, el preferiría no hacerlo de Melville, la anulación total de la voluntad, el estar tirado en la playa con la panza arriba como suprema utopía a lo Adorno (Mínima Moralia). O la inquietud resuelta en dinamismo infatigable, angustia de la sombra de la muerte cerniéndose sobre las horas del ñato, huida hacia adelante pascaliano, productividad máxima, gasto desenfrenado en orgías etílicas, sexuales, experiencia sin fin y adicción a drogas para cambiar cada día la perspectiva del horizonte….Sudor frío del eterno perseguido en el caso del héroe polanskiano. En suma, la alternativa es entre el abandono o el entusiasmo. Contemplación o militancia. Stimmung depre o hipotiroidismo anímico. Amapola o anfetaminas. Country agónico (Palace Brother, Cowboys Junkies) o bombardeo masivo de bpm (Ministry, Front 242). Todo lo demás es apenas inteligencia. Agua mineral o zumo de frutas (Philip Glass)

Dicen que la eternidad no es más que cinco días y cinco noches de dicha reverberando entre los ecos del espacio hilbert (Yourcenar) Una especie de big bang apagándose sobre el futuro. Violencia emocional, la felicidad, desperdigándose sobre el tiempo, creándolo, o agonizando de esa plenitud primigenia, cuasi legendaria, en la medianía cotidiana. Una ilusión…entronizada a la dignidad de vida auténtica. La memoria es cuasi curva como el espacio einsteniano, zigzaguea mentiras con el grafito de Markov sobre la tabula rasa del alma: esa soja trasgénica.

La pornografía recomienza su itinerario preestablecido por el Marqués como si fuera la del tren bala Toronto-Nueva York. Pagamos por ver lo que en realidad es simpático cuando se lo practica o sufre. Pagamos por un derivado visual, nos dan el signo por la cosa, gato por liebre, invertimos en arte. La TV es porno-chanchada, insinúa todo el tiempo kaos y anarquía sexual, pero reprime la mínima exhibición genital, cualquier secreteo de las secreciones del cuerpo enmudecido, secado, atorado, rebalsado, amuñecado, embalsamado, aceptado siempre y cuando sin pis ni sexo. Al final, como dice el patafísico Baudrillard, seduce más (o todavía) el piropo expeditivo, directo y obsceno tanto como no convence ya la mujer en bolas arrugando su cara supuestamente penetrada por la divinidad orgásmica. Sin embargo, más de uno mataría por desnudar. Nuestros filósofos más linkeados no han sido más que vulgares pornógrafos: desenmascarar, despojar de apariencias la realité y tocar fondo, volver con la lingerie rosa de la esfinge. Marx, Freud, Nietzsche, trinidad pornográfica fundamental del siglo XX. Siempre en esa cruzada llamada aletheia, antitravestismo en teatro (Jarry), invertir la jerarquías (poner patas para arriba a la Cicholina para que la penetración sea más suculenta), disolver los hechos (hundirse en la nebulosa del sexo perspectivístico)…Ontología sexual de nuestros filósofos: mirar de otro modo, tocar y jamás idealizar, invertir las perspectivas, dar vueltas el objeto, fundirse el sujeto con el objeto.

Eso de Marx de que estamos hundidos dentro de una estructura donde las relaciones se ven contaminadas por la “prostitución generalizada”, da pie para enterrar de una maldita vez al Moro. Uno, que el ñato parece tenía deseos de frecuentar lupanares pero no le deba el cuero (del bolsillo del saco), o la guita de Engels -era claro- iba sólo si no gastaba en putas (lumpen) sino exclusivamente en la sagrada familia marxiana. Deseo de dar una escapadita había, sino no se explica la elección de esta metáfora, dentro del arsenal de metáforas que ofrecía el humoso y por lo demás optimista siglo industrial. Las tonterías que hilvana sobre Stirner acaso se justifiquen de algún modo si aceptamos esta calentura insatisfecha, pues Stirner era famoso frecuentador de bares de mala muerte donde las meseras coqueteaban con las oscuridades geniales, ver biopic de Robert Schumman de Kenn Russell ( y contra el anarquismo en general, Bakunin no llegó a treparse o encaramarse al panteón marxista de la revolución bolchevique, es un buen dato, mientras Stirner solo gozó de simpatías en los años llamados de la contrarrevolución, circa 1905. Lo que Danton le escupió a Robespierre. “ya hicimos lo prometeico, la revolución, vayamos a bajarle unas cuantas birras alemanas y cogernos una parisinas antes de que pesquen la sífilis”, especie de mal francés, esa costumbre de tirar la casa por la ventana y para terminar sin cogerse ni a la perra de Viridiana, la muy mojigata y chupacirios). Dos, el economista judío era lo suficientemente burgués como para despreciar el alabado dinero de su tribu y las artes de Magdalena que hasta al idiota de Cristo parece le produjo más de una hinchazón. Y, para terminar, Marx hubiera disfrutado este siglo internetero, curtiendo pornografía infantil en la red, donde tiene más peso la Prostituta que el Revolucionario.

Todo el tesauros de informaciones (el dios de Eco protegido por un Jorge de Burgos silicionado) descansa, al final, en la memoria de los lectores, consumidores del dato virtual. Un sitio hoy fascinante y rico en reflexiones, mañana puede pasar a ser ocupado, previo pago, suicidio del titular, o simple abandono y reocupación del espacio virtual, en una página porno (infantil, o no), futbolera, o acabar como si una película de Angelopoulos o Antonioni se tratara en un simple webcam filmando en cámara fija la descomposición del cuerpo del último artista fashion en su ataúd previo cobro en tarjeta corriente de la conexión por cable o adsl.

Muy jarryco (jarryque dicen los franceses gangosos) eso de Deleuze de adjudicarle una dignidad epistemológica a los bastonazos de Diógenes el cínico, pues el autor ubuesco ya hablaba de la fabricación de los mundos debida a un quid pro quo de los átomos en el caso de Epicuro. Entre el bastón de Diógenes (de Deleuze en todo caso) y la punta de la bayoneta donde se encarama la verdad de Trac Duc Tao apenas hay la agudización de una materia hasta alcanzar proporciones sino proposiciones de atacabilidad totalmente contundentes. Entre el amplio y destartalado ajuar filosófico, pateando los bigotes fascistas de Nietszche (doppelgänger del de Stalin) y Heidegger (doble del de Hitler), me quedo con el limón de Cioran, o aquella carroña orbitada de moscas azuladas, epifanía diurna en plena calle parisina, de Baudelaire: formas orientales de alcanzar el humor alegre para enfrentar la realidad perecedera y gris con enseñanzas vitamínicas.

No hay vuelta que darle, hasta un fantástico inventor de teorías en cada libro, en cada página de sus libros como Deleuze, no puede ocultar la veta schopenahueriana de Bartleby. Para entendernos, el pesimismo schopenhaueriano. No convence eso de querer psicoanalizarlo hasta la pared homo del amor latente entre patrón-obrero. Bartleby es una simple y vulgar despedida a la vida tomada en su sentido tradicional de entrega a la rutina, al trabajo, a las convenciones del país, a la obediencia del dato inmediato, la pleitesía a lo dado, el stablishment, etc. Un santón que ni siquiera ya pide limosna, sino habita la espera de la música noise de la moneda al quebrar el horizonte de western spaghetti de su soledad con su monódico tintineo japonés, nutricio, tarkovskiano…El vitalismo inmóvil que pretendió encontrar en la obrilla de Mellville el famoso filósofo francés, cae solo.

El sentido de posibilidad (Musil) vagamente recordamos que lo tuvimos allá lejos en un pasado remoto forcluido esplendoroso como la aureola que el hongo nativo (el celebérrimo vaká-rekaká, que a Musil le hubiera encantado su nombre al menos –kakania-rekaká casi son hermanos) coloca sobre nuestras cabezas de réprobos. Cuando invertimos toda nuestra ingenuidad infantil en no abandonar a nuestra vecina perversa polimorfa y por eso nuestros padres pletóricos de sentido de realidad nos propinaron una tunda con piola reforzada…Cuando entregamos nuestra hoja de examen de matemáticas sin apenas firmar y sin antes no haber respondido nada…Honestidad del «no estudié nada, no sé nada, no me interesa nada»…Hasta ahora la sociedad me pasa la factura por ese acto penetrado de puro y quintaesenciado sentido de posibilidad. Aún lo recordamos, cuando dejamos todo, patria, padres, dioses, para embarcarnos hacia la alegría, esa nada desde la perspectiva normal, realista. Claro, el barco zarpó sin nosotros, y tuvimos, para evitar la vergüenza, que divagar por los extramuros de la realidad, cojeando de futuro, borrachos de niñez…Cuando el primer hombre-mujer cantó imitando a un pájaro, ahí nació el sentido de posibilidad musiliano, seguramente. Hoy cuando nuestros adolescentes eligen la guitarra y saltan al estrado piensan no en el pájaro primigenio sino en la star. Y está bien, buscan el exceso que no les ofrece otro oficio más gris y acaso burocrático. Pero lo teleológico predomina sobre esa posibilidad que aún no ha eclosionado a no ser en la mente de neuronas esplendorosas del hombre sin atributos…

El coqueteo con lo delictivo, incluso francamente criminal, del Nietzsche de la época llamada schopenhaueriana, la de “El origen de la tragedia”, nos empuja a buscar un aproximamiento entre Stirner y Nietzsche…

El Borges que nos llega, dentro de los múltiples Borges recensionados, el Borges que ha tomado la temperatura de nuestra stimmmung de enfermos crónicos, el Borges de “La lotería en Babilonia”, el Borges perverso, cruel, el Borges demiurgo negro que prefiere el peligro de hacer rodar su vida y la de sus hermanos en el juego babilónico antes que afincarse en el paisaje fosilizado, arqueológico, museo natural de lo mismo, la de la seguridad y el orden rutinario, estable, el nuestro.
Vender un Leibniz “moderno”, actual. Para eso se recurre incluso al medieval argumento de autoridad: i. e., Nietszche comentando que Leibniz es más simpático que Kant (¿?). Es cierto, nadie se opone a la recuperación de la combinatoria, ni de la lógica, ni de la epistemología, pero… de la ¡Teodicea! Género literario, si los hay, que merecería inmediatamente las hogueras a las que se destinan, por su deshonestidad y su mal gusto, la pornografía, la autocomplaciente literatura epigonal y el periodismo amarillento. La bifurcación y la disyunción de la serie más divergente se pasa por alto ruidosamente —el argumento es de Colli― que este filósofo áulico, ambicioso, merodeador de corredores infinitos y nulos, tocado por esa peluca de bucles rococó más que por el pliegue barroco, fue el que bifurcó fatalmente el saber en dos: filosofía y ciencias (a su vez, divididas oficialmente a partir del siglo XIX en ciencias humanas y ciencias exactas). Si desde Tales la filosofía había prohijado, educado, desbastado a las ciencias, Leibniz la entregó vilmente a los poderosos (ya Descartes, con sus escarceos con Cristina, realizó un primer intento mefistofélico en este sentido). La madre se convierte en la hija: Leibniz o el trastrocamiento de los saberes (la anécdota, disyucta o bifurcante, entre Fermi y Oppenheimer, es una variación “libre” y determinada de este minueto palaciego leibniziano). Bueno, decir que Borges (y también un best seller como Leblanc) es un discípulo de Leibniz es traficar gato por liebre; en rigor, habría que decir que Borges es más radicalmente leibniziano que Leibniz: ya en La lotería de Babilonia (y en el fondo éste es el tema también de El jardín de los senderos que se bifurcan), todos los mundos posibles son convocados y vividos bajo el imperio del azar primigenio de las portentosas actas de libertad: hoy la rifa me dice que habré de vivir boca abajo, mañana que tendré que suicidarme, etc. No hay predominio ni vivencia monopólica del Mejor mundo posible. En realidad, Leibniz es un Borges timorato (matemáticamente) o tramposo (lógicamente): no lleva la lógica hasta las últimas consecuencias de su devenir de hierro, hasta el absurdo que esconden sus leyes internas, hasta los monstruos que duermen bajo la fantasía del infinito Mejor e insuperable. Tampoco es cierto que tal Mejor lo sea realmente. Por ejemplo, si el reino leibniziano es el del despotismo ilustrado y aparece otro (radicalmente otro) constituido por un rey guerrero y melancólicamente decadente, cuyas leyes exijan sólo 5 horas laborales y dejen después de tal jornada libre el tiempo para la fiesta, etc., éste último habrá negado la Mejoridad de esta “quididad” ficticia y retórica... Hablando de retórica, Deleuze —perdón por decir lo que siento— sucumbe a ella cuando trata de justificar la justificación (la teodicea). Allí la filosofía cae inexorablemente en la retórica vacua (por más que Leibniz insista en negar el vacío). No hace falta legitimar lo que ya no nos interesa. La teodicea ni siquiera puede sufrir el último avatar de formas más nobles del género literario, como, por ejemplo, el del soneto, que de Quevedo (barroco) acaba en los 100 sonetos de un Sabina desplegando su vacuidad nicotínica y opresiva. En plena Nueva Armonía (¿New Order nazi?), del leibnizianismo reciclado, contrahecho como un Frankestein post-neobarroco, Deleuze sigue manteniendo un prejuicio alemán (francés), europeo, hacia el jazz. Porque, digámoslo claramente, lo de Adorno contra el jazz era un simple prejuicio continental hacia las ex colonias (el prejuicio que ya mostraba Kant contra los negros en el siglo XVIII). Es cierto, Deleuze cita a Cage en esta nueva constelación musical (o nueva pléyade), pero la música aleatoria, el piano preparado de 1939 cagiano, es de raigambre europea también, azar supurado entre lo schonbergeriano y lo duchampiano (merece citarse la salida “árabe” que da a este circulo vicioso adorniano el primer traductor español del frankfortiano por estos pagos: Murena: mera vuelta de tuerca, en donde lo “arabe” es hermanado al canto gregoriano, lo moderno es definitivamente desfrivolizado con el matiz místico asociado a los hijos de Ismael). Forma parte de la dilatada tradición de la música clásica que se critica a sí misma y se vuelve vanguardia después de cruzar por los territorios de lo dodecafónico y lo atonal. ¿Y el noise? (La música ruidosa por qué no pinta nada en esta historia. El casi absoluto afuera, el adiós a la melodía, a la armonía e incluso al yo de la monodia rousseauniana.) ¿Por qué no hace acto de presencia? ¿Es demasiado dada? ¿Por su turbia filiación ñembo futurista-fascista? Bueno, no importa. (En todo caso, desde mi perspectiva tercermundista y progre-prole, sigue siendo muy de vanguardia del siglo XX, cerebral e intelectual, eso de dejarse llevar por el desmoronamiento de lo aburrido, como los cuerpos de Beckett, por la absoluta permanencia y ausencia de rictus, de cadencias, de la más mínima variación de movimiento del “ruidismo”, sólo energía (¿mística?) abismal zumbando en el nirvana de nuestra inanidad.) Si existe alguna música propiamente proletaria cuál mejor que la de los negros de Nueva Orleáns y su jazz (los gitanos –Django y Camarón de la Isla- quedan fuera ahora a pesar de su nomadismo y de sus escarceos con lo delincuencial, porque en realidad no “trabajan”y, por ende, no sufren ninguna imposición social). Sí, el jazz es creación de analfabetos (de músicos que no saben leer las partituras, por lo menos), creación que nada sabe de teoría y solfeo, que nada tiene del aristocratismo de la Gran Cultura desplegando su infinito espíritu en la obra. Es el puro imperio de la improvisación, colectiva o individual, sin rastros de armonía pre-establecida, por supuesto. (A lo más “cool” que llega es a la “libertad controlada” de la que habla Miles Davis.) Es el reino de lo incondicionado e imprevisible, de las mónadas iluminadas, de la garrapata agotada en tres principios, del tercer mundo caótico y “pobre”, efecto de una causa: haber sido, acaso, conquistados por la España “perezosa” y no por la Inglaterra puritana y “laboriosa” (¿y Jamaica?).Creo que voy a terminar afiliándome a la herejía de Graham Greene (cercana a la de Bloy, si lo miras bien: aquélla que propugna para los pobres la inmediata entrada en el cielo por su simple existencia o presencia física y fáctica de menesterosos sin remedio). ¿Por qué la controversia contra la Gestalt? Hay quien ha sabido sacarle provecho a la psicología de la Gestalt —estoy pensando en la adopción que hiciera de ella, en contra de la corriente freudiana dominante en psicología, la poesía concreta brasileña de los años 50, para la cual el yo lírico que deposita sus efusiones en el poema, postulado del subjetivismo cristianoburgués, del subjetivismo guarecido bajo la sombra muelle del academicismo y los vales para ir tirando de la becas de estudio (¿y por qué diablos no hay presupuesto para investigar el XTC, el THC u otro tipo de drogas como la ese producto mundialmente usado que circunstancialmente se descubrió sería la causante del parkinson?) se desliza hacia la materialidad de las palabras, o hacia el equilibrio entrópico de su visualidad, desde luego también hacia la fisicidad de su fonética, es decir, finalmente, fuera de ese yo, al modo, en todo caso, del primitivo programa del Eliot de The waste land...—para mi gusto, también sobrevalorado. Y su uso por cineastas como Hichtcock y Polanski…
La percepción alucinatoria quizá tenga una faceta “barroca” en el caso del suicida Von Kleist, pero monsieur Deleuze olvida que el romántico Novalis es quien explícitamente define la actividad de la mente como “alucinatoria” en sus fragmentos. La invaginación de las mónadas “desnudas”, no iluminadas, negras, de las metástasis del cáncer y de las virosis del sida (espantosas melodías de la naturaleza), merecería un desarrollo ulterior por parte de un deleuziano del siglo XXI, más sombrío e insobornable ante la batuta del optimismo leibniziano, digamos una especie de Cioran perdido en el laberinto de la matemática de los transfinitos teniendo sólo para orientarse en él las monstruosidades frankensteinianas del tardodieciochesco y decimonónico horror gótico. Si estamos de acuerdo con Baudelaire de que el hombre es un animal adorador, hay que decir que la adoración nos puede llevar al vacío. Que Deleuze caiga solo, asumiendo su nombre, en todo, caso lo podemos ayudar a dar un impulso al vacío, pero no caer con él. La filosofía que impera o trata de imperar es mera literatura con investidura de mayor seriedad. No hay monopolio o mayor acercamiento de la verdad en la filosofía, eso es claro. Son juegos virtuosistas, forzando la verosimilitud, lastrando su jerga de la autenticidad académica. Y los adoradores sucumben como moscas. Digamos adiós a todo eso de una buena vez.

3- Ensanchar el tiempo como lo hace el sax de Charlie Parker

Llamaremos “real” al conjunto de los sucesos, códigos e instituciones disciplinados en torno a una organización capitalista de la vida social. Llamaremos “ficción” o “áreas de lo ficticio” a la totalidad de actividades y escritos no proscriptos por el régimen capitalista, generalmente aludidos con el término ARTE o artes (que regularmente incluyen la literatura, el teatro, la música, la pintura, la danza, etc.). Es decir, definimos la totalidad de la existencia democrática por lo “real” y lo “ficticio”. Dentro de este dualismo, cotidianamente damos primacía a lo primero, seamos capitalistas o artistas, voluntaria o involuntariamente. La esfera de lo “real” tiene su centro en la triangulación fuerza de trabajo-mercancía, mercancía-dinero, dinero-mercancía, reducible al término “capital”, que crea una organización surgida entre los siglos XV y XVI llamada “capitalismo”, hoy levemente retocada como tardocapitalismo o tecnocapitalismo, por la participación activa de la ciencia y la tecnología resultante de ella (mass media, informática, etc.). La esfera de lo “ficticio”, por otro lado, tiene su centro en la mentira y es tolerada porque nuestro conocimiento de lo “verdadero” es fundamentalmente empírico, ya que el capitalismo es un sistema altamente formal, basado en la forma producción-consumo, por lo cual admite prácticamente todos los posibles contenidos de lo ficticio, ya que carece de aparato teórico (porque vivimos en la verdad “real” de un sistema social tecno-capitalista planetarizado sin violencia física ni ideológica, es decir, en una organización que va tomando cuerpo en todo el planeta con una lógica de dominación, diremos, nueva, soft, sin derramamientos de sangre, prácticas inquisitoriales ni otras molestias biológicas o policíacas, sino que se basa esencialmente en una lucha antes por la dominación de nuestros gustos, nuestras ideas, nuestras preferencias o nuestros tedios, que por la de nuestros cuerpos y nuestras vidas). Nuestra verdad “real” es que nuestro mover, cruzar y entrecruzar cotidianos es un habla o lenguaje que dice o significa constantemente dinero (capital). Nuestra movilización cotidiana y real es un reiterado monólogo monetario o el discurrir físico de un alfabeto comercial. La mentira se halla apuntalada por la esfera de lo “real”. No sólo porque en la mentira mentimos sobre lo “real”. Sino también porque hablamos de mentira en el “área de lo ficticio” cuando aludimos a lo “real” mediante una organización con un entramado interno riguroso, matemático, pero que fácticamente no es lo “real”, porque la esfera de lo “real” ha sido clausurada sólo de forma efímera en lo temporal y limitada en lo espacial. Es más, hablamos de mentira cuando la esfera de lo “real” ha abierto un tiempo (efímero) y un espacio (limitado) para que la mentira surja, eclosione, se mueva. Esta aparente flexibilidad de lo “real” para con la mentira puede tener, si analizamos su trasfondo teleológico o el trascendental que posibilita su apertura, un sentido altamente “real” antes que artístico. En otras palabras, no resulta en el fondo más que un acto de autolegitimación de lo “real” mismo, ya sea porque lo “ficticio” sigue contaminado por el alfabeto comercial o ya sea porque ha surgido de las entrañas mismas de la teleología capitalista, de la rentabilidad monologal de la organización capitalista de una vida social. A favor de esta tesis se puede citar aquí el clásico texto de Benjamín El arte en la época de su reproductibilidad técnica.
El esquema dualista presentado al principio, por lo dicho puede ser reducido fácilmente a una dictadura de lo “real”, puesto que aquella esfera de lo “ficticio” no llega nunca a desbordar del todo el tiempo (finito) y el espacio (limitado) que le han sido demarcados por lo “real”. Nuestra tesis es básicamente praxista: no sólo probar con argumentos a favor las bondades y la necesidad de una teoría “ficticia” o de la “ficción” generalizada, sino promover su implantación. Proponemos el desencadenamiento infinito e ilimitado del tiempo y del espacio de lo “ficticio”. Aunque rechazamos el concepto cristiano-humanista del hombre como criatura privilegiada o centro de todo el sistema planetario, no estamos de acuerdo en que deba transcurrir su existencia esclavizado a un discurso social altamente monótono e insípido. Nótese que contra la dictadura de lo “real” no oponemos argumentos de solidaridad social, ni de piedad cristiana, ni mucho menos conceptos ambiguos como el de la dignidad humana o el de la reivindicación de los derechos humanos (todos ellos viciados ya de entrada por su origen euro céntrico, que no ha hecho más que cambiar de cara, deslizándose del colonialismo rapaz primero hacia la caridad y últimamente hacia el “aprendizaje de la libertad”, en la línea de los Aron y de sus hijos, Ferry y Renaut; al tercer mundo no le queda otra, para estos buenos europeos, que aprender, siempre aprender, si no la cultura democrática-capitalista, como antaño, ahora la libertad, ambos por descontado valores de los cuales carece, carencia por la cual sufre una incompletud siempre parcial o temporal, y acá viene a cuento el chisme de Todorov con respecto a este flagrante y rancio prejuicio, aquel que presenta a Colón ante los caribeños y su ignorancia del latín, rápidamente subsanada arreándolos a Europa para tal efecto). Contra la dictadura lingüística del capital, oponemos su falta de imaginación y gusto, el agotamiento de sus formas narrativas, el debilitamiento de sus imágenes, la palidez y amnesia de sus metáforas. Contra la rigidez de la verdad de lo “real” oponemos el vértigo de la “ficción” generalizada.
II
1- La naturaleza no tiene una racionalidad por debajo y fuera de ella que la organice ni tampoco un desvarío que la pierda o confunda, pero con Spinoza estamos más próximos a considerarla manejada por un ordo ab libiitum antes que por un ordo geometricus.
2- La organización capitalista de lo social, a la que definimos y acusamos de dictadura de lo real, no es de ningún modo racionalidad hipostasiada de algún ente racional externo a la naturaleza (Dios) o interno a ella (physis, libido, voluntad, etc.), sino una mentira (elucubrada por unos hombres para dominar a otros hombres), por cierto atacada por nosotros no por su falta de racionalidad (Habermas) sino por su pérdida de capacidad de seducción (Baudrillard), su miedo al vértigo de la imaginación (surrealismo) y su rudimentaria falta de estilo (Nietzsche).
3- Como la naturaleza, todo el sistema social llamado historia humana, desde la monarquía mito-clásica de la Grecia hasta el tecno-capitalismo de hoy, pasando por las sociedades sin estado de los Aché-Guayakí, es un ordo caprichoso mantenido por hombres de carne y hueso, en un statu quo, no es nada más que una mentira impuesta como verdad, una ficción reducida a realidad. Su criterio de valoración no puede estar, pues, en su mayor o menor racionalidad o seguridad (Hobbes), sino en su capacidad de libre circulación del juego intersubjetivo. La razón en su forma pura –de medida, orden, claridad– carece totalmente de interés y nunca ha conmovido a nadie. La razón es hoy un dios reducido a dar órdenes autoritarias en forma de sesudos y remotos proyectos. En una existencia basada en una ficción generalizada, va terminar muriendo a menos que apele a una rápida transexualidad o hibridación con el sueño del que el propio Descartes habla con respeto en su correspondencia.
4- Rechazado el valor absoluto de la razón en un mundo más cerca del capricho que de la exactitud geométrica (otra vez Spinoza), toda posible inmutabilidad de la jerarquías se viene al suelo. Por ejemplo, el concepto vacío de patrón como punta última de, pongamos, una fábrica, se desmorona al igual que las distintas figuras, también vacías, de la división del trabajo. La reanimación de la forma gastada de la clásica narrativa patrón-obrero operará ahora en un mundo de ficción generalizada como las variaciones de la cópula en el Kamasutra o las variaciones de la narración en Las mil y una noches. Así, el lunes de la noche 1, por ejemplo, Simbad como obrero se deja penetrar por Sherezade, que funge como patrón; el martes de la noche 2 sucede lo contrario, es decir, Sherazade, como obrero, se deja penetrar por Simbad, que hace ahora de patrón, y así hasta la noche Mil, que es el infinito.
5- Cuando salimos de la infancia y empezamos a desear a una mujer o a descender a la Chacarita para el primer rescate de joint, decimos inexorablemente que hemos sucumbido a lo “real”. Propiamente hablando, el acto sexual y el acto grupal de fumar un jointcito pertenecen al ámbito de lo “ficticio”. Eso es obvio para cualquiera si atiende al aire hierático de la ceremonia concomitante a cada uno de ellos. Pero el cuerpo de una mujer está envuelto (separado) cotidianamente por un arabesco retórico totalmente monetario. Así, también, una aventura en la Chaca. Lo que ocurre en estos dos casos fuertemente “ficticios” es que la cópula sexual y el joint aromático y humeante generalmente están todavía contaminados por la anamnesis platónica de lo “real”. Lo “ficticio” es marginalizado, arrinconado, como ya dijimos, en un espacio y un tiempo escuetos, parcos, dentro de una literatura aforística, diríamos, en el sentido de que el ámbito del olvido (Klossowski) de lo "real” es ensanchado a una atemporalidad en el espacio mínimo. Fumar esporádicamente un joint o un nevado, copular esporádicamente con una mujer, es hablar (habitar poéticamente) un aforismo. Un aforismo convulso, violento, disparatado, cercado por los electroshocks y la policía de lo “real”
6- Una atemporalidad mínima es la utopía posible de todo arte. Un olvido momentáneo. Una sesión de transfusión de sueño para un cuerpo militarizado en sus gestos “reales”. El arte no sólo es una estupidez, como dijo alguna vez Vaché, sino también el último opio que aparentemente va a permitir la realidad secularizada, es decir, desprovista de la utopía de la redención del alma (cristianismo) y de los deseos (Freud) y del bienestar material desexualizado (marxismo) y del ámbito de lo sagrado, llamado generalmente religión. El arte es la última tierra que le queda al hombre como especie (o al hombre actualmente dominante, el euro-norteamericano-capitalista).
7- Si la posmodernidad ha decretado el fin de la fábula en la Historia y la ha reducido a un único ámbito, que Benjamin ha llamado “Arte sin aura”, al de la reproductibilidad técnica o al de los mass media, con excelentes experimentos, como el Pop Art, en la recreación de los afiches y carteles comerciales, y otros no tan buenos o, diríamos, vulgares, como la radio y la TV, y aun otros con un valor intermedio o ambivalente, como el cine, que fluctúa entre el cine de autor francés y las superproducciones que apuntan a la rentabilidad vía shock, violencia estética y trucos electrónicos, entre el cine crítico alimentado con la vanguardia artístico-literaria y el cine de entretenimiento, entre la voluntad de la serie B y el dinero de las coproducciones de origen moralmente dudoso y equívoco, sin embargo la fábula no ha solidificado aún de ninguna manera la conquista de los mass media. La fábula expulsada de la Historia (más que hablar de caída, habría que hablar de agotamiento) necesitaría, como única posibilidad de salvar el instinto dionisiaco del hombre (Vattimo), copar los medios masivos. Para salvar al hombre. Esta tesis implica en Vattimo y otros teóricos cercanos una obsesión por uno de los aspectos (el arte) de la clásica división kantiana de la realidad. Subyace a todo esto un universal de la humanidad basado en la producción de símbolos o ilusiones. Que el hombre es un fabulador. Y que lo ha sido la mayor parte del tiempo en la historia, ya sea con su moral (hasta la cristiana) o con su política (hasta el proyecto de la modernidad), hoy en día altamente difuminadas.
8- Según esta línea de pensamiento, el error del cristianismo (la última moral) ha sido reducir (como Imperio) la esfera de lo sagrado a lo religioso, a un solo dios. El monoteísmo ha desacralizado al mundo, ha roto la circularidad del absoluto; y el error de la Modernidad (la última Historia) ha sido la ilusión ingenua de creer en el cambio único y total al mismo tiempo, representado con el concepto de Revolución. Es decir, la revolución, en términos políticos, es lo que el monoteísmo en la religión. La revolución como utopía humana, en su imposibilidad de realizarse, ha agotado la política, la historia. Entonces, hoy, según Vattimo & compañía, el hombre, y esto le es facilitado por la planetarización de la Técnica, ha sido reducido a fabular ya no en el tiempo (historia, política) sino en el espacio (técnico-informático, estético).
9- Si la fábula se ha secado en la Historia y la política disuelta en actos individuales, narcisistas y nihilistas, ¿quién sostiene la mentira del capital? Si el tiempo y la historia han sido disueltos y ha quedado sólo el espacio de los mass media como una tierra para el habitar poéticamente, y hoy el planeta entero está a un tris de reducirse a un solo espacio técnico-informático ¿no convendría hablar en términos de temporalización del espacio, o sea de espacio de fábula, so pena de ser cercados/amenazados por la entropía/tiempo/muerte?
4- III. Apuntes para un arte político

El Modelo (o mejor, el Contra-Modelo)
Puntos de referencia: Carmen, el Oliveira, de Cortazar. Tal vez “Pocilga”, de Passolini. Evitar los excesos propios de todo malditismo heroico. Que el espectador jamás llegue a identificarse con él. Aquí hay que colocar: Provocación, Insulto, Fealdad (¿Surrealismo?). El héroe incomprendido y humillado: otro polo que hay que evitar. Más que a Marx, meter a Foucalt. El infame. Y las estrategias prácticas deben ser contundentes, no populares. ¿Inconscientes o conscientes (¿mensaje, por ejemplo?)? Lo inconsciente está asociado a la masa (fascismo). Atacar en los dos frentes. Al final, el hombre es andrógino. Pero el Contra-Modelo, al ser un modelo que se opone al Modelo dominante (al ser el Otro que critica y amenaza al establishment), no puede ya ser un Infame. Está demasiado tiempo expuesto a la luz. Por eso mismo es que Carmen es asesinada. El Contra-Modelo esta muy visible, peligrosamente… El Contra-Modelo siempre aparece de forma visible, porque generalmente se comporta de manera inconsciente e ingenua. No tiene estrategias pre-establecidas. Casi se podría decir que actúa por instinto. Por oposición. Por reacción. Es espontáneo. Si calcula y proyecta alguna idea, la decide de forma rápida y la realiza atolondradamente. El Contra-modelo es, al final, una “forma de ser”. Una perspectiva. Por lo común, no es popular ni carismático. El Contra-Modelo de Subiela (“Hombre mirando al sureste”) es una excepción. Una rareza. El Contra-Modelo de Forman (“Alguien pasó volando sobre el nido del cuco”) es casi perfecto en su fusión de realismo político y fantasía subversiva. Tal vez en Subiela la subversión sea más ingenua, más poética (tipo Rayuela). Forman se basa en un libro “contracultural” par excellence, explícitamente político. Es interesante porque muestra la debilidad del Otro cuando necesita mostrarse para ejercer su rebeldía y, por ello, termina muerto o lobotomizado; en todo caso, fuera de juego. Pero también revela la fuerza del Contra-Modelo típico, fuerza que reside en su posibilidad de contagiar a otros para inficionar lo establecido. Resumiendo: El Contra-Modelo es débil por su esencial necesidad de mostrarse, puesto que al hacerlo siempre será fatalmente condenado, atacado y destruido por las fuerzas de lo real y su verdad. El Contra-Modelo es fuerte relativamente porque al saltar a la luz pública puede ganar adeptos; su arma es el contagio, cuya posibilidad descansa en su poder de seducción o en el tedio del seducido, que lo vuelve sensible a dicho poder, y en la posesión por parte del seductor y del seducido de la valentía necesaria para quebrar la telaraña abstracta de lo “real”. Ahora bien, tenemos que sopesar de forma pragmática cuál de las dos posibilidades del Contra-Modelo tiene más peso e influjo. El criterio sería el tiempo. Cuánto tiempo se requiere para contagiar a un número considerable de personas o instituciones o reglas o convenciones con un contagio capaz de producir ocasionalmente un vuelco en la capa superficial de lo permitido y lo decible, capaz de originar un espasmo sísmico en la topografía de lo real o al menos de caotizarlo o sabotearlo, y en cuánto tiempo este movimiento será aniquilado por el Modelo Dominante. Entre el tiempo de contagio y el tiempo de represión estará resuelto el impasse del Contra-Modelo típico. Su sobrevivencia y su valor subversivo y el valor de su crítica de lo “real” desde el arte o desde las prácticas de lo ficticio-político.
5- La filosofía como género literario

Las relaciones entre la filosofía, el discurso lógico que tiende al conocimiento, y la literatura como arte (en sentido lo más lato posible), revelación que habla por símbolos, imágenes, tiene larga data. Tan larga como sus propias y peculiares historias paralelas. La precedencia o superioridad de la una sobre la otra, las diversas mutaciones receptivas, las mutuas miradas inquisitivas, de desconfianza o admiración secreta, por un lado, y, por otro lado, el dualismo que subsume a una de ellas en el ámbito exclusivo de la sensibilidad y a la otra en el de la razón, que restringe a aquella al gusto personal y a esta última a la universalidad del concepto, e incluso la dicotomía típica del sentido común entre la “seriedad” de la filosofía y la “frivolidad” de la literatura, son avatares no siempre estáticos y repetidos rígidamente a lo largo de la historia de la cultura, sino intercambiables en sus papeles y aun en su status “ontológico”. Por ejemplo, en la Grecia presocrática, filosofía y poesía eran uña y carne, una entidad monística sin fisuras, como se ve claramente en Heráclito y Parménides, donde filosofía y poesía conviven naturalmente, lo que viene a coincidir con el panorama del pensamiento del último siglo (XX), que intenta otra vez recuperar esa unión originaria, después de deshacerse del “camino errado” que significó la emergencia de la ciencia y la consolidación de su prepotencia soberana a través de la técnica por encima de la “veleidades femeninas” de todo lo que oliera a literatura y aun a filosofía. Una especie de alianza o solidaridad de antiguos hermanos, antaño separados y unidos de vuelta hoy, en los tiempos de indigencia del mundo globalizado por lo tecno-científico, que ahoga todo lo que intenta escapar a la matemática del bit y la cibernética uniformidad massmediática de la ley causa-efecto. Vislumbrado un campo de trabajo y estudio tan amplio, en esta ponencia nos limitaremos, por cuestiones de tiempo (marcado como por la antigua clepsidra, que medía tanto el tiempo de la retórica como el del trabajo de los esclavos), a señalar dos puntos de contacto fértil en la percepción contemporánea sobre la naturaleza esencialmente consanguínea de la literatura y la filosofía.

Contenidos y preocupaciones comunes de la filosofía y la literatura

Este primer punto trataría de la isomórfica interpelación a fuentes comunes, a pesar de la aparente contrariedad de perspectivas, de la literatura y la filosofía (incluso, en algunos casos, de verdadera anticipación). Rastrearemos y traeremos a luz y la palestra contenidos literarios que, por ser pertenecientes a ámbitos reservados a lo ficticio o a lo bello, no fueron considerados nunca como susceptibles de cargar un conocimiento de verdad o de alcanzar magnitud filosófica, hasta que la actual situación del pensamiento los recibiera, aceptándolos como modelos de su trabajo en la filosofía contemporánea, ya se llame esta hermenéutica, deconstructivismo, postmodernismo, filosofía interdisciplinar, y otras formas de teoría posmetafísica. La homeostasis de los valores y las verdades en el momento presente de la historia permite reconocerlos y valorarlos de otra manera. En suma, haremos un abordaje de contenidos de ficción que concuerdan con investigaciones propias del contexto filosófico más avanzado.

Elementos formales comunes en la filosofía y literatura

Este segundo punto tratará de la homogenización (peligrosa en opinión de gente como Habermas, en forma muy solitaria, como último nostálgico de una época en que la “verdad” sojuzgaba a la ficción) de la filosofía y la literatura. En última instancia, ilustraremos esto con ejemplos paradigmáticos, citaremos a Platón (el que convirtió a la filosofía en un género literario) y a Derrida, como bayonetas de una vanguardia de esta nueva asunción. Teniendo como sustrato “último” la escritura, ya se llame ficción o filosofía. Digamos, un abordaje formal del caso. Homogenización que está fundamentada en gente como Gilles Deleuze, que escribe con y sobre un autor teatral paródico de Shakespeare como el italiano Carmelo Bene, o Gianni Vattimo, que habla de la estetización de la vida cotidiana, o como Mario Perniola y Martin Heidegger, que plantean el arte o la poesía como Verdad, O Theodor Adorno, incluso, que encuentra en el arte el último reducto posible del conocimiento en un mundo minado y destrozado por la irracionalidad del cálculo, la razón instrumental y el despojo tecnológico de la vida de la naturaleza y, por ende, de la del espíritu. El aforismo en Nietzsche (típico caso de relegamiento, quien antaño para ser minimizado por los halcones de la filosofía era etiquetado como filósofo-poeta), y las últimas obras del propio Derrida, no son otra cosa que literatura sensu stricto. Si consideramos la disyuntiva con la metáfora antigua de Belona y Athena; Belona, diosa de la guerra, sería hoy la ciencia, con su tentáculo espantoso, la tecnología, y Athena, diosa de la sabiduría, la súbita y feliz alianza de Filosofía (como delectación danzarina en lanzar preguntas radicales para la comprensión de nuestra realidad) con la Literatura (ilusión organizada que transparenta la penumbrosa verdad de nuestro mundo). Podemos afirmar que: “la primera (Belona), con la promesa de enseñarnos el acto de guiar veinte regimientos al combate de manera que estuvieran en su puesto en el momento de la batalla, mientras que la segunda (Athena) nos prometiera el don de juntar veinte palabras de manera que formaran una frase perfecta. Y pudiera ser que escogiéramos el segundo de los laureles...ese crece, más raro e invisible, en las pendientes rocas” (E. Jünger). Aquí vemos asomar a nuestra pequeña hipótesis. El ardor de la filosofía y la literatura resuelve ese dilema por la materialidad esencial y común de la escritura (“Yo no soy feminista, ni judía, soy escritura francesa o inglesa”, dixit H. Cixous, 2004), que comunica y religa a una comunidad amenazada por el terror de los trabajadores e ingenieros sociales de nuestro tiempo.

I- Contenidos comunes a la filosofía y la literatura

Los contenidos de un texto literario, una novela o una poesía, no se agotan en su inmanencia estética, en sus hallazgos formales, en la riqueza y variedad de sus símbolos autorreferenciales. También portan contenidos en el sentido que podemos llamar, sin temor a exagerar, verdaderos, de conocimientos que ayudan a tener acceso a la realidad, a sacar una interpretación manejable de esa realidad, o incluso manipular, resistir esa realidad dada. La literatura no es mero devaneo de la subjetividad resuelta en una coherencia exclusivamente bella o artística. Es más, en muchos casos ha tomado la delantera en la comprensión de los fenómenos del mundo con sus intuiciones, anticipándose a los del gremio filosófico, La mirada literaria no es un simple juego arbitrario, Abre mundo en la expresión ya célebre de Heidegger. El pensamiento filosófico más creíble y fértil es el que ha tomado conciencia del nihilismo occidental en que estamos insertos o hundidos, es decir, de la desfundamentación radical de la existencia tradicional por obra misma de eso que en principio le sirvió al hombre para liberarse, la plataforma tecno-científica que sufrimos y vivimos fatalmente (como una segunda naturaleza que ya ha desplazado casi a la primera, la ahora vieja, enjaulada, enmarcada y resentida Mater Natura), promovida y reproducida desde el fenómeno esencialmente nihilista llamado tardocapitalismo, ese sistema que, por ejemplo, ha colocado a Madonna al mismo nivel que Bach, o sea, la disolución de todo valor de uso en valor de cambio, la pérdida de todo ser fuerte, estable, siempre presente, aurático, capaz de sustentar una visión y jerarquía de verdad última, verdadera y auténtica, en que consiste la tesis de la llamada postmodernidad, con su concomitancia de valores relativizados, las creencias antaño sagradas reducidas a polvo secularizado, meras prácticas historicistas destinadas a la disolución después de su usufructo; el contextualismo del que hablan los lingüistas, en donde la babel de las perspectivas se ha vuelto norma, la realidad como mera corriente dialógica de transmisión de saberes-tradiciones que hablamos y de los que coparticipamos en el juego de la vida, enunciado básico de la filosofía hermenéutica. Visto así, el panorama que hoy domina no es otra cosa que una recuperación de ideas relegadas en su época, como las de Jacobi y Nietzsche, a través de sus principales actualizadores y defensores más conspicuos, como lo son Martin Heidegger y Gianni Vattimo. El nihilismo o postmodernismo o fin de la modernidad o pensamiento débil en Vattimo, y la era de la metafísica del olvido de la diferencia entre ser y ente en Heidegger, son dos grandes tesis filosóficas que tratan de explicar nuestra vivencia en este fin y comienzo de siglos, y provienen claramente del “Dios ha muerto” nietzscheano y de lo divino como”Nada de los genios” de Friedrich Jacobi (1743-1819) ―entre otras cosas, editor de los diarios o notas fragmentarias de Hamann, este filósofo judío fue el destinatario de un supuesto epistolario homo de parte del bueno de Goethe. Bueno, todo este repaso vertiginoso de las ideas más radicales, espantosas, cuasi trágicas, que están a la orden del día, tienen como predecesores a oscuros y discretos literatos como Jean Paul, Nerval, Georg Büchner (1813-1837), Fedor Dostoievsky (1821-1881) y Léon Bloy (1846-1927). La frase “si Dios ha muerto, todo está permitido”, que Iván Karamazov lanza en la novela de Dostoievsky Los hermanos Karamazov, fue señalada por Nietzsche como una de sus grandes alegrías halladas en la literatura, y compañera espiritual de sus desvelos de filósofo nómada solitario enfrentado al sombrío destino de una Europa que había dado las espaldas a sus viejas y caducas creencias. Büchner, en la genial obra teatral La muerte de Danton (1835), dice “no puede haber Dios”. Jean Paul Richter en Sueño o Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios. En esta primera versión tanateológica de 1789 es el personaje Shakespeare quien anuncia la muerte de dios. En la versión definitiva de 1796, inserta en la novela Siebinkas, es Cristo mismo quien anuncia la muerte de Dios. Nerval no sólo citará sino llegará a glosar a Jean Paul en el poema de cinco sonetos Cristo en el monte de los Olivos (1844). Y Léon Bloy, en sus Diarios, espeta a sus pocos y malhumorados lectores de fines del XIX: “dios se retira”. Dostoievsky publica su libro en 1881, Bloy a fines del XIX y comienzos del XX los ocho tomos de diarios completos, Büchner entre las revoluciones de los 30 y 40 del XIX. Esta es la sucinta genealogía de una frase que hace hincapié en el atrevimiento prometeico del hombre moderno de deshacerse de sus antiguos dioses y, con la sola logística de su razón y sus medios técnicos, enfrentar los rigores caliginosos de un tiempo histórico absolutamente nuevo y vacío de certezas y precondicionamientos sobrenaturales de ningún tipo. El fantasma de esta frase lapidaria y llena de la hybris trágica y sus variantes es el que se cierne como muda espada de Damocles sobre nuestras cabezas. La literatura, la mejor, la enfrentada a cara de perro con su realidad más afanosa y terrible, no la ha rehuido, y los filósofos le han reconocido su coraje y capacidad intuitiva. En una historia cualquiera del nihilismo, estándar, de manual introductorio, desde Gorgias a Vattimo, los nombres de Büchner, Dostoievsky, Jean Paul y Bloy son referencias ineludibles, y nadie osaría ya catalogarlos como simples estetas, concentrados en una labor de artífices de una forma perfecta o de entretenimiento. Es más, el nihilismo no se define sino por la explicación del mundo como fenómeno estrictamente estético, esto es, sin ninguna posibilidad de fundamentación típica de la metafísica tradicional, llámese Dios, naturaleza humana, etc.

II. Elementos formales comunes a la filosofía y la literatura
En este segundo apartado, la idea es mostrar cómo filósofos de profesión se han inclinado, visto lo anterior, por acercarse cada vez más al género literario, hasta el punto en que se hace imposible distinguirlos, cruzadas las últimas líneas de demarcación rígidas, cuadradamente clásicas, de los géneros. Cuando los del gremio de la filosofía aun se llamaban a sí mismos “sofistas” (sabios), Platón, que quería saberse a salvo de ver convertida la sabiduría en etiqueta para aquello que él sabía hacer, inventó la denominación de “filósofo” (amante de la filosofía), y dio, al género literario acorde a su manera de ser, el nombre de filosofía. Para ser precisos hay que decir que el término de “sofistas”, antes de la aparición de los contrincantes de Platón de quienes se quería separar rotundamente, se aplicaba no sólo a sabios en sentido estricto como Solón sino a veces se extendía también a poetas, como a Homero. Pero eran tiempos pre-críticos donde la promiscuidad, como ya dijimos, entre filosofía y poesía era frecuente. Solón mismo frecuentaba el apotegma, lo gnómico más que el tratado filosófico. Sigamos: los diálogos platónicos tienen de por sí una fama y tradición amplísimas, influyendo casi tanto en filósofos (Aristóteles, e.i. el famoso Protréptico) como en literatos. Por ejemplo, entre estos últimos tenemos Los Diálogos de las cortesanas de Luciano de Samósata y de Pietro Aretino, los Diálogos morales de Leopardi, los diálogos de Erasmo, los diálogos de La dignidad del hombre de Pérez de Oliva, Los heroicos furores de Bruno (recordemos que Bruno es ultramoderno, especialmente cuando llega a utilizar el género del tratado sobre brujerías, que rozaba muchas veces lo pornográfico, dándole una vuelta de tuerca erótica-mágica), etc. Ejemplos de obras que tanto pueden clasificarse dentro de la filosofía como dentro de la literatura son las última sobras de Jackie Derrida, más o menos desde aquel libro sobre la carta postal, y aun más en el libro sobre La verdad en Lacan, donde, para llegar al núcleo hermético de la verdad lacaniana, primero hace un rodeo saludable y deliciosamente literario por la traducción de Baudelaire (realizada sólo con la ayuda de un diccionario de bolsillo de inglés-francés) del cuento La carta robada, de Edgar Allan Poe, hasta un libro más fácil de catalogar, como es Schibboleth, lectura interpretativa-ensayística de la poesía de Paul Celan, en clave heideggeriana (recordemos que Heidegger es famoso por haber empezado por primera vez en la historias de la filosofía a usar como autoridad de una idea filosófica a poetas y no sólo a los filósofos como en la escolástica medieval, escribiendo libros y ensayos sobre Holderlin, Rilke, Trakl, Char, etc), o siguiendo la senda de Gadamer, que también le dedicó todo un libro al poeta judío-rumano. Los márgenes de la filosofía corresponden a los de la literatura, y la literatura engloba áreas que la filosofía tradicional (ahora ya caduca) había despreciado. Filósofos como Derrida cruzan las fronteras en busca de nuevas ideas y formas. Deleuze, por su lado, en su ensayo sobre le autor teatral paródico de los grandes genios del teatro como Shakespeare, Carmelo Bene, ha sucumbido a un socorrido género literario, el del manifiesto, en Un manifiesto menos (1978). Todas las vanguardias de importancia de comienzos del siglo XX han utilizado dicho género, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, la escuela patafísica, el creacionismo, el ultraísmo, etc. Ahora es frecuentado por la filosofía. Como anécdota podemos citar que alguien que representa a cabalidad al filósofo adusto y reconcentrado en sus esquemas teóricos y en el cosmos de sus ideas abstractas, como Hegel, cayó en la tentación de emular a su condiscípulo Holderlin, y nos legó un largo poema de 100 versos llamado Eleusis, dedicado, por supuesto, a Holderlin el loco, en agosto de 1796. Pierre Klossowski, filósofo contemporáneo de Sartre, incluso ha ido más lejos, ha perpetrado novelas, que sus especialistas consideran y leen como elucubraciones filosóficas, que tienen como protagonistas, por ejemplo, a Santa Teresa, los templarios y el mostacho de Nietzsche (Baphomet). Una fuente primera y elemental de recepción y aceptación de este trastrocamiento de los géneros, obviamente, es Borges, idolatrado por todos los pensadores modernos. Borges había empezado escondiendo cuentos en formato de recensiones o tratados de sesudos métodos filosóficos. Los filósofos toman géneros literarios para desvelar las más temblorosas preguntas de la filosofía más reciente. El diario de viaje, género menor indudablemente, no por eso ha sido despreciado a la hora de darle un uso posmo por gente como Baudrillard, por ejemplo en su libro América, especie de crónica de week-end de un europeo —fastidiado por la seriedad que reina sobre las ruinas del pasado glorioso ya caduco de su continente—, entre los frívolos y encantadoramente superficiales personajes, sin pasado ni ruina, de Walt Disney.
Conclusión-i
Hemos visto que la literatura no sólo es susceptible de emitir enunciados de verdad, venciendo el prejuicio que ha pesado sobre ella de juego arbitrario y de visión meramente subjetiva, fuente exclusiva de obras para el entretenimiento y el placer, sino que ha llegado a profetizar tempranamente el clima espiritual de los tiempos modernos o posmodernos, paralizados por la apatía y el descreimiento de los valores tradicionales, o estimulados por la plataforma tecno-científica del tardocapitalismo a un dinamismo disolutorio de las posturas rígidas, metafísicamente estables, inamovibles y eternas, por el fenómeno de la deshumanización creciente, descartabilidad o fetichización a que están sujetas todas las personas y sus creencias, por un lado. La literatura es portadora de un contenido de verdad que ha antecedido o ha ido paralelo a los hallazgos filosóficos. Y, por otro lado, la filosofía, desarmada de las antinomias constringentes de lo útil y lo estético, lo serio y lo frívolo, lo popular y lo culto, lo guaso y lo aburrido, cánones que sostenía una sociedad teocéntrica y una realidad más provinciana y preburguesa, se ha permitido, por las mutaciones radicales de nuestra época, absorber y tomar la gran tradición del género literario y ha empezado a asumirla con desenfado y respeto, sintiéndose más libre para desarrollar sus ideas preocupadas por explicar y comprender las complejidades de nuestro presente. Nuevas formas para nuevos y más laberínticos problemas, sería su slogan actual. O “la forma es el contenido”. Si la visión de mundo, segura y abarcable hasta el apogeo del optimismo decimonónico se ha quebrado por la pérdida de sus estrellas fijas, digamos, en el ámbito de la física moderna, totalmente relativista y perspectivística debido a nociones como la entropía y el principio de incertidumbre, el mundo se ha vuelto un laberinto en que ha quedado atrapado el hombre posmetafísico como una mosca. En suma, entonces es natural transgredir los cánones tradicionales del tratado filosófico, devoto de la razón que va enlazando premisas e hipótesis hasta alcanzar la regularidad del silogismo o la certeza del concepto unívoco y universal. Entonces, repito, la filosofía ha salido de su estricto mundo acotado de antaño y ha buscado, para expresar esa nueva complejidad que ha emergido después de la demolición de las seguridades por el nihilismo, estructuras de expresión más flexibles, libres, literarias.

[Ponencia del poeta Cristino Bogado presentada en Corrientes, junio, 2003, en las V Jornadas Literarias anuales. Y reproducida, con algunas erratas ahora corregidas, en el suplemento cultural-i de ABC, domingo, 11, febrero, 2004]
de La Filosofía del pop, Cristino Bogado, Asunción, 2008

7 comentarios:

Edgar Pou, ratá pypore dijo...

Muito porâ (es el pusô) que le faltaba a los enyesados lectores (no me excluyo)que creen en la separación higiénica de prosa poesía filosofía delirio o sudor bajo sábanas pro´hibidas .
Esperamos con untuosa expectación para la próxima la desdefinición del inefable verbo TUDELISAR, de arcana prosapia y fecunda inspiración que según tengo entendido (rumores inexpugnables)le ha sido deparado a nuestro amigo KURUpi como tema estético recurrente en su desandar polanskiano.

diego dijo...

¡ah, kristino!
buenísimo, divertido, metafórico (hay tanta retórica tan graciosa), provocativo (como entrar a las patadas al bazar de la filosofía escuchando noise alemán a los gritos, o camarón de la isla a los gritos): cuando decís "hasta el idiota de cristo le hizo algún hinchazón" (¡epa!), o los saltos punk,
voy a buscar la peli de russel sobre el loco schumann,
100 cosas más,
POPlítico, sin pasado ni ruina

kurubeta dijo...

diego, esa peli de Rusell la vi en la TV circunstancialemnte, pero es buena, romàntika, nostàlgika, no muy conocida dentro de la filmografía delirante del inglés. Me gusta eso de popLitíko, pega la etiketa, la propalaré..bwena onda chera'a un saludo para vos

Sex Shop dijo...

Muy buenoooo!!!!!

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