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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, julio 15, 2008

Cuento de Diana Viveros y balance de un libro de hermanos

LOS QUINCE DE LA NIÑA
Irrumpieron como bárbaros atilas en la fiesta de Lucía Muñiz Saldívar, sin que nadie en absoluto hubiera contemplado jamás semejante atroz posibilidad. Para colmo, por un motivo demasiado sospechoso,a alguien se le olvidó contratar la imprescindible flota de guardias que preservaran las espaldas de tan insignes invitados. Si bien el salón de eventos acostumbraba a poner a disposición de los clientes sus propios custodios, esta vez el pequeño detalle se les pasó por alto. Lo cierto es que cuando la turba furiosa derribó la entrada principal y tomó por asalto la mesa servida, amenazando con garrotes sencillos y el puño cerrado a los atónitos invitados ––de esmoquin los varones, con collares las mujeres––, ninguno de éstos pudo zafarse de su estupor inicial, de manera que a nadie se le ocurrió esconderse detrás de una columna cualquiera del salón y avisar desde su móvil a la policía. Otra negligencia por demás increíble. La estupidez no es exclusiva, ni mucho menos, de la gente sin educación (lo que natura no da…) La pobre Lucía Muñiz Saldívar, vestida con un traje inmaculado de muselina y encajes de piedrecillas, con un peinado que era una verdadera obra de arte, el sueño de toda adolescente, fue salvada de injurias peores por su madre, que, cuando cayó en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, tuvo la prudencia de encerrarse con su hija en el sanitario. Afuera, expuestos al hambre secular y la ansiedad de los asaltantes, quedaron los copetudos con sus mejores galas, contemplando impotentes cómo llenaban las bolsas que trajeran para tal propósito con las croquetas, los canapés, las tartas y demás aperitivos, platillos que elegían según su aspecto: esto parece maíz, decían, y a la bolsa; esto no sé cómo se llama, pero huele bien, y a la bolsa; ¿usted qué mira?, ¡vieja urraca!, insultaba una mujer sin aderezos sabiéndose observada por una señora embarazada igual que ella, sólo que con un porte más discreto, que se tomaba de la panza igual que ella, sólo que con mayor deseo de que su criatura arribara. Otros veían a los intrusos seleccionar a gusto las poncheras y vasos de vino, sangría, gaseosa, chocolate e inclusive café para degustarlo allí mismo; se les escurría el líquido por la ropa agujereada y sudada de jornale- ros, de albañiles, de padres de cinco, siete hijos, de desempleados, de mujeres violadas, abandonadas, olvidadas, muertas en vida. ¡Dios mío!, se escuchaba entre susurros que dejaban de ser pensamientos porque ya no cabían en la mente y eran lanzados, bajo riesgo palpable de recibir alguna reconvención por parte de cualquiera que pudiera sentirse aludido. Ya por ahí algunas habían soltado el llanto, sobre todo damas de la tercera edad que acompañaban a sus nietas, amigas de la agasajada. Algún que otro émulo de súper héroe había recibido su escarmiento también, pues aunque eran sólo veinte o treinta los asaltantes, número infinitamente inferior al de los invitados, ellos estaban unidos y habían planificado caerles de sorpresa. Los invitados no se habían unido; se conocían entre sí por las conveniencias sociales y las páginas coloridas de los diarios, todos llevaban apellidos largos e impronunciables a veces en castellano. No, no eran unidos como los veinte o treinta que estaban ganando con elementos rudimentarios y amparados en la fuerza del gremio. Había niños también entre ellos, pero la perversión de sus ojos delataba una inocencia conservada sólo por la naturaleza. Se los veía subir a la mesa del banquete y su predilección por los postres era notoria. Endulzaban su infancia hasta próxima oportunidad, tal vez una que nunca llegaría. Se los veía hacer cabriolas en la pista de baile, pese a que los músicos de la orquesta habían dejado de ejecutar sus instrumentos temblando de miedo. Se los veía en grupo de tres a cinco burlándose de los invitados, bajo el ojo atento de sus madres, que seguían llenando las bolsas con lo que pudiera servirles de cena o desayuno o almuerzo. Hablaban en guaraní las palomas, lengua demasiado abundosa en palabras rudas, y los invitados se mortificaban pensando en que de un momento a otro se vendría el atraco: ya el celular, el reloj, la billetera, ya los aretes, zapatos, lo que fuera. Pero eso nunca ocurrió. A pesar de lo factible del asunto, nadie se llevó objeto de valor alguno, sólo alimentos y algo que recordaren la ronda de cómplices durante las noches de ocio. Por fin una joven ataviada como una diosa se anima y los enfrenta. No nos hagan nada, por favor, mi madre sufre del corazón, suplica. Una coetánea del otro bando se le ríe en la cara: qué tonta, dice, y sigue comiendo algo que no sabe cómo se llama, pero que huele bien y tiene un sabor mejor todavía. Está en la masa, donde se es un número y se es toda la masa al mismo tiempo, donde el uno se confunde y se ensancha. Nunca más se va a acordar de mí, podría escupirle la cara, qué lindo tipo aquel, pero me mira con asco, creo que mejor le escupo a él antes que a esta pituca, y sigue deglutiendo sin reparar en delicadezas atribuidas exclusivamente a su sexo. A medida que transcurren los minutos, los invasores se aprestan a partir. No tienen intención de seguir torturando. De a poco va quedando más espacio en el recinto. Los invitados están apretujados en un rincón. Entre ellos hay quienes fungen de enfermeros improvisados que enseñan ejercicios de respiración, psicólogos que solicitan serenidad, clérigos profanos que recitan un mantra entre dientes. Los compañeros de colegio de Lucía Muñiz Saldívar hacen círculo y abren una tertulia; debaten sobre la necesidad de que lo ocurrido en la fiesta de quince años de su amiga no se difunda. Pero nunca se sabe; la juventud puede resultar muy maliciosa: hay más de una que se muere porque se publique en los noticieros y en la prensa,“a ver qué cara pondrá esa pesada de Lucía”. Finalmente se marchan todos, no queda ningún colado en la recepción. Alguien busca al padre de la agasajada y le avisa que ya puede salir de su refugio, que él no era blanco de ningún intento de secuestro, como llegó a pensar cuando aquel tropel atropelló el local. Lucía Muñiz Saldívar, entre tanto, en el silencio de su interior, y sin prestar atención a las plegarias que su madre desperdiga en voz baja una y otra vez y con lágrimas en los ojos, advierte que hay mayor tranquilidad afuera, y supone que todo terminó. Ya se fueron,informaasumadre,que tarda un poco en comprenderlas palabras que escucha. Se toman de la mano y salen rumbo al salón. Los invitados, todavía presas del pánico, corren a su encuentro. Todos piensan que es la fiesta más espantosa en que participaron, pero nadie tiene el coraje de decirlo. Les basta reservarse los elogios que habían ensayado emitir en la ocasión propicia. La madre de Lucía Muñiz Saldívar desvanece cuando percibe la tensión en escena y observa el espectáculo deforme en que terminó la soñada, preparadísima fiesta de quince de su niña. Ésta, al contrario, respira con soltura y tiene la cabeza levantada. Aquí no ha pasado nada, exclama a voz en cuello, altanera, madura para su fresca edad. Hay quien en su fuero interno opina que aquello se debe suspender, pero el protocolo termina triunfando ante las adversidades. La orquesta comienza a tocar una melodía suave y de a poco el centro del salón es ocupado por aquellos sagaces que se prestan a continuar la mentira de que, en realidad, allí no había pasado nada. Los fotógrafos retratan a los invitados abrazados, bailando, hablando, todos alejados de la mesa del banquete, que ha quedado casi vacía. Los fotógrafos recibirán una entrada adicional por mantenerse en silencio. Lucía, no obstante, lamentará más tarde haber salido en todas las tomas con una sonrisa nerviosa que no pudo disimular ni con el retoque de su maquillaje.
de Ingenierías del insomnio, Diana & Javier Viveros, Jakembó editores, Asunción, 2008

De los 13 cuentos que conforman el libro Ingenierías del insomnio firmado por los hermanos Viveros, mis preferidos son:

Los "Quince de la niña" y "Un largo camino", ambos de Diana Viveros.

El primero es un juego sado-paródiko de los miedos partanoikos de la clasde media, media alta con pretensiones de caté de la sociedad parawayensis. La espectralidad paranoika cobra formas de una patota que invade un quince años. Pero no buskan en su irrupción de horda andrajosa y hambienta los proverviale sobjetos del robo diario asuncenos: celulares, relojes, billetera, etc. sino comida. Son la VANGUARDIA DE La última NUEVa tribu en su intervención sobre la urbe. Vislumbrámoslos sakeando mañana carnicerías, supermercados, delikatessen...Diana tiene el mérito de anunciar los terrores del futuro parawayensis. Me recuerda un poco al Plácido de Berlanga (guión del riojano Rafael Azcona) pero al revés. Allí la broma irónika se hallaba entre las junturas de la hipocresía d ela realité frankista y el mensaje teóriko cristiano del evangelio. Plácido debe ser cada niño de la calle homenajeado en una casa chuchi de la España clasemediera en plena Navidad. allí empieza todo el juego. Acá, en la Asunción del 2008 de Diana, la quinceañera tendrá una fiesta ke recordará por siempre.

"Un largo camino" es el cuento ganador de un concurso del año pasado. Gana por acumulación, de personajes, de nulidades masculinas, de odios, hasta su final deletéreo. Visión "feminista" impensada, el petit adulto, aplastado por una avalancha de fuiguras masculinas modélikas, termina matando a la madre siempre postertgada, usada, desechada como un barbeador de plastiko, por estos mismos "padres". El deseo de la madre se concretiza por interpósita mano infantil, instrumento edipizado, teratraliazado por un hijo inmóvil en medio de la danza vertiginosa de amantes de la madre.

De Javier reskatamos "Futbol s.a.", "La otra Penélope" y "De polvo eres".

El cuento futbolero tiene lenguaje con olor a vestuario de futbol, frescura, modernidad, ganas de no ser parte de la gran cultura, por ende, rehuye la pomposidad y las rètoricas al uso. Es la senda que intuimos será la màs fructifera en al carrera literaia del escritor luqueño.

La Penélope del segundo cuento elegido por este blog es una parawaya ke s eha puesto lso pantalones de inmigrante parawaya a España, pero no solo cruza el charco, también los límites del tradicionalismo, los de la moral sexual monogamo-católika, de sumisión al macho proveedor d elaimento y de placer de forma exclusiva. España es no solo el infierno de los ke se arriesgan a jugarse el pellejo por un puñado de euros. En el casod e la heroína viverosiana, una madre luqueña que abandona a su esposo borracho y a los hijos que procrara con élpopr una vida d emujer independiente económika y sexualmente. La modernidad de las grandes ciudades es la que surca esta Penélope sudaka del siglo XXI.

El último cuento escogido fue ganador de un concurso en el 2007. Tiene la eficacia y el pragmatismo para moverse dentro del corsé genériko impuesto por la convocatoria y por la nomenklatura del canón. Brevedad de una historia que exuda sus àcidos en dos líneas, la del comienzo y la del final. El medio es apenas el mensaje para esas dos líneas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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4. Sedúcelo durante la cena. Sonríele, toma su mano y pasa suavemente tu lengua por la parte interna de su pulgar; luego sube y baja por el dedo. Después, rodéalo y envuélvelo con tus labios.

5. Ofrécele de comer alimentos que puedas darle con los dedos: ostiones, langostinos, uvas, fresas, chocolates... y cualquier otra cosa que se te antoje.

6. Pon sábanas de seda en tu cama. La sensación bien vale la pena.

7. Hazlo temblar y estremecerse: con un cubo de hielo en tu boca, besa tooodo su cuerpo...

8. Cumple una de sus fantasías: haz que te desee como nunca mientras le haces un striptease lento, sin que pueda tocarte.

9. Haz sexercicios con la boca. Aumentará tu resistencia cuando le hagas sexo oral: saca la lengua lo más que puedas y aguanta; métela. Para fortalecer los músculos de los labios, aprieta la boca con fuerza y sostén cuanto puedas. Por último, empuja los labios hacia afuera, como dando un beso.

10. Toma la iniciativa: no dejes que siempre sea él quien lleve la batuta. No hay nada más sexy que una mujer que sabe lo que quiere en la cama.

Bonus: Habla, habla, habla durante el sexo. Sin duda le encanta saber cuánto disfrutas estar con él.

Tips que no debes olvidar

* Dale un masaje ¡Hazle saber cómo disfrutas consentirlo!

* Salgan a cenar solos y antes de entrar al restaurante dile que olvidaste ponerte ropa interior.

* Invítalo Comparte sus aficiones.

* Sorpréndelo con escenarios que dejen en claro tus intenciones: luces apagadas, velas suaves, teléfono descolgado y tú con un vestido ligerito.

* Pregúntale: ¿Qué puedo hacer hoy para complacerte? Luego cumple su deseo.

* Respeta sus espacios a solas y con sus amigos sin sentirte insegura.

* Mantén tu relación a salvo de chismes y prejuicios.

* Mantente atractiva, como en los primeros tiempos de la relación.

* Sedúcelo y disfruta cada minuto de intimidad con tu pareja.

Fuente:
www.feminis.com