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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, junio 05, 2008

"Un túmulo para Boris Davidovitch" de Danilo Kis, versión parawayensis

Un túmulo para Boris Davidovitch, I
de Danilo Kis

A la memoria de Leonid Sejka

La historia registró su nombre bajo el nombre de Novski, que es apenas un seudónimo (o uno de sus alias). Una cosa suscita inmediatamente la duda: ¿la historia registró su memoria? En la Enciclopedia Granat y en su suplemento, entre doscientas cuarenta y seis biografías y autobiografías autorizadas de grande s hombres y actores de la revolución, su nombre no es mencionado. En su comentario de la citada enciclopedia, Haup observa que todas las personalidades marcantes de la revolución están presentes y apenas deplora “la ausencia sorprendente e inexplicable de Podvoiski”. Ni él, sin embargo, hace alusión a Novski, cuyo papel en la revolución es más significativo que el de Podvoiski. Así, de la manera más sorprendente e inexplicable, ese hombre, que infundió sus principios políticos de un riguroso sentido moral, ese internacionalista ardiente, aparece en las crónicas de la revolución como un personaje sin rostro ni voz.
A través de este texto, por más fragmentario e incompleto que sea, intentaré resucitar la memoria de la personalidad prodigiosa y contradictoria de Novski. Ciertas lagunas -particularmente las que dicen respecto al periodo más importante de su vida: la revolución y los años inmediatamente subsecuentes- pueden ser explicadas por los argumentos invocados por los comentaristas ya citados con relación a otras biografías: después de 1917, su vida confúndese con la vida pública y tornase “parte integrante de la historia”. Por otro lado, como dice Haup, no debemos olvidar que esas biografías fueron escritas en el final de los años veinte: de ahí sus lagunas considerables, su discreción y su prisa. Tal vez convenga añadir: prisa que preanuncia la muerte. Los antiguos griegos tenían el hábito digno de respeto: para los que habían perecido por el fuego, que los cráteres de los volcanes habían engullido, que la lava sepultara, para los que las fieras habían lacerado o los tiburones devorado, para los que los buitres habían despedazado en el desierto, edificaban en sus patrias lo que se acostumbraba llamar de cenotafios, túmulos vacíos, pues el cuerpo es fuego, agua o tierra, pero “ el alma es el alfa y el omega, es para ella que se debe elevar un santuario”. Después de la Navidad de 1885, el Segundo Regimiento Imperial de Caballería hizo una parada al costado izquierdo del Dnieper, para recobrar el aliento y festejar el nacimiento de Cristo. El príncipe Viazemski –que tenía patente de coronel de caballería- retiró del agua helada el símbolo de Cristo bajo la forma de una cruz de plata; los soldados habían roto previamente la espesa densidad del hielo a dinamita, en una extensión de veinte metros; el agua estaba de color de acero. El joven príncipe Viazemski no dejó que le pasasen una cuerda por la cintura. Ojovasá y miró para el cielo invernal y sereno con sus ojos azules, después saltó al agua. Su salida de los torbellinos helados fue recibida con una salva, y después con el estallido de los corchos de champañas en la cantina que se improvisara para los oficiales en las instalaciones de la escuela. Los soldados también recibieron su ración de fiesta: setecientos gramos de coñac ruso, presente personal del príncipe Viazemski al Segundo Regimiento de caballería hasta el final de la tarde, y la fiesta comenzó después del, oficio religioso celebrado en la iglesia del pueblo. Solo David Abramovich no asistió a la ceremonia religiosa. Dicen que ocupaba ese tiempo leyendo el Talmud, acostado en las delicias calientes del pesebre, lo que, por exceso de asociación de ideas literarias, paréceme dudoso. Uno de los soldados percibió su ausencia y salió en su procura. Lo pillaron en un galpón (en el pesebre, según algunos), con la botella de coñac intacta a su lado. Le obligaron a engullir la bebida que le fuera ofrecida por gracia imperial, después lo desnudaron de cintura para arriba, para no estropear el uniforme, y le dieron una apatukada de tejuruguái. Finalmente los soldados lo ataron, inconsciente, a un cavayú, y le llevaron al Dnieper. En el local donde el hielo fuera roto ya se formara una fina costra. Lo hundieron en el agua helada, después de atarlo por la cintura para ke no se ahogara. Cuando, finalmente, ellos lo sakaron del agua, azul y medio muerto, echaron el resto de coñac en su boca y, asegurando la curuzú de plata sobre su cabeza, cantaron El fruto de tu vientre. Cuando la noche cayó, lo trasladaron, ardiendo de fiebre, del pesebre a la casa del “profe” del pueblo, que respondía por el nombre de Salomon Malamud. La hija de Malamud, que tenía unos enyiyizados dieciséis años, pasó aceite de pescado en las heridas que marcaban las costillas del infeliz soldado: antes de partir nuevamente con el regimiento, que se retiraba a la apurada para sofocar una revuelta cualquiera, David Abramovich, aún febril, le juró que volvería por ella. Cumplió la promesa. De aquel encuentro romántico, cuya autenticidad no parece estar en cuestión, naciera Boris Davidovitch, que entraría en la historia bajo el nombre de Novski, B.D. Novski.
En los archivos de Okhrana aparecen tres fechas de nacimiento: 1891, 1893, 1896. Eso no se debe apenas a los documentos falsos de que se servían los revolucionarios; unas calderillas para el escribano o para el pope y el asunto esta resuelto: una prueba más de la corrupción de los burócratas.
Con cuatro años ya sabía leer y escribir; con nueve iba con el padre para el café Saratov, cerca del mercado judío, donde, en una mesa de canto, junto a la barandilla de porcelana, él trabajaba como escribano público. El lugar era frecuentado por oficiales del imperio jubilados, con sus barbas rojizas flameantes y sus ojos hundidos ahogados en alcohol, y también por los propietarios de las tiendas vecinas, judíos conversos que usaban largos caftanes grasientos y que tenían nombres rusos que entraban contritos con su porte semita de andar (tres mil años de esclavitud y la larga tradición de los progroms crearon un modo de andar específico de los ghettos). El mita´i Boris Davidovitch redactaba sus reclamos, pues ya escribía mejor que el mejor que papá. Por las noches, se decía, la madre le leía el Libro de los Salmos, entonándolo. Cuando cumplió diez años, un viejo capataz le habló de la revuelta de los campesinos de 1846: una historia ruda, en la cual el látigo, el sable y el patíbulo desempeñaban el, papel de justicieros. Con trece años, bajo la influencia del Anticristo de Soloviev, huyó de casa, pero fue llevado de vuelta desde un distrito alejado, escoltado por la poli. A continuación hay una interrupción súbita e inexplicable: vamos a encontrarlo nuevamente en el mercado, donde vende botellas vacías a dos copeks y ofrece enseguida tabaco mau, fósforos y limones. Se sabe que en esa época su padre cayó bajo la influencia nefasta de los nihilistas y que condujo a su familia al borde del abismo. (hay quien diga que la tuberculosis contribuyó en eso, probablemente viendo en la enfermedad los síntomas de una traicionero nihilismo orgánico)
Con catorce años, trabaja como aprendiz de carnicero, donde prepara la carne kosher. Un año y medio después vamos a hallarlo lavando platos y limpiando samovares en aquel mismo café donde antiguamente redactaba reclamaciones; con dieciséis años, en el arsenal de municiones de Pavlograd, donde falsifica granadas de artillería; con diecisiete años, estibador en Riga, donde, durante las huelgas, lee a Leonid Andreiev y a Scheller-Mikhalkov. En el mismo año, vamos a hallarlo en la fábrica de cajas y embalajes Theodore Kibel, donde trabaja por cinco copeks por día.
Hechos no faltan en su biografía; lo desconcertante es su cronología, que los nombres falsos y la sucesión vertiginosa de los lugares tornan aún más complicada. En febrero de 1913 están en Baku; es mecánico auxiliar en una locomotora. En setiembre del mismo año, es uno de los líderes da la huelga en la fábrica de papel de pared de Ivanovo-Voznesensk, en octubre, es uno de los organizadores de las manifestaciones en la calle de San Petersburgo. Detalles no nos faltan: la policía montada dispersando a los manifestantes a golpes de sable y chicote de cuero negro, variante del látigo adoptado por los junkers. Boris Davidovitch, conocido en la época por el nombre de Bezrabotni, consigue huir por la entrada de servicio de un burdel de la calle Dogorukovska; pasa algunos meses durmiendo con los mendigos en los baños públicos, que estaban en obras, después consigue entrar en contacto con un grupo terrorista que prepara atentados con bomba; bajo el nombre de vigía nocturno de los citados baños (Novski), vamos a encontrarlo en la primavera de 1914, con los pies atados, recorriendo el arduo camino que lleva a la prisión central de Vladimir, doliente, con mucha fiebre, atraviesa las sucesivas etapas en una especie de nevera, llegando a Narim, donde retiran la piola de sus tobillos finos y golpeados, consigue huir en un barco de pescadores sin remos que enco0ntró amarrado; abandona el barco a la correntada furiosa del río, pero no tarda a comprender que los elementos, exactamente como los humanos, no obedecen a sueños ni a ruegos; lo encuentran cinco verstas río abajo, en el punto donde la vorágine lo empujara, había pasado algunas horas en el agua helada, consciente, tal vez, de estar reviviendo la leyenda familiar: junto a la margen del río aún había una capa fina de hielo. En junio, bajo el nombre de Jakov Mauzer, es nuevamente condenado a seis años de prisión por haber organizado una sociedad secreta terrorista entre los prisioneros; durante tres meses, en la prisión de Tomsk, escucha los gritos y las despedidas de aquellos que son llevados para la muerte, a la sombra del patíbulo, leyó los textos de Antonio Labriola sobre el concepto materialista de la historia. En la primavera de 1912, en San Petersburgo, en un salón donde se comienza a hablar de Rasputin con preocupación creciente, un joven ingeniero llamado Zemlianikov hace su aparición, vistiendo un traje claro de última moda, con una orquídea oscura prendida a la solapa, con sombrero de dandy, una bengala y un monóculo. Porte orgulloso, hombros largos, barba y abundante cabellera oscura, ese dandy se vanagloria de sus relaciones, habla de Rasputin con ironía, afirma conocer personalmente Leonid Andreiev. La historia, a partir de ese punto, sigue un esquema clásico: desconfiadas, inicialmente, del joven fanfarrón, las señoras comienzan a perseguirlo con convites y descubren su charme incuestionable, especialmente después que Zemlianikov consigue probar la exactitud de por lo menos una de sus historias: Maria Gregorovna Popko, mujer de un alto funcionario del zar, lo avistó cierto día en los suburbios, sentado en un carro laqueado de negro, dando ordenes, acodado sobre sus planos; la noticia de que Zemlianikov era el ingeniero-jefe responsable por la colocación de los cabos y de las instalaciones eléctricas de San Petersburgo (información históricamente confirmada) sólo hizo aumentar su gloria y los convites se multiplicaron. En ese mismo carruaje negro, Zemlianikov comparecía a los compromisos, bebía champaña y hablaba de la alta sociedad vienesa con una simpatía no disimulada, con un leve toque de nostalgia, después, exactamente a las diez horas, dejaba la compañía de las señoras semi-embriagadas y subía al carro. Esas señoras jamás tuvieron condiciones de confirmar las dudas comprensibles de acuerdo con las cuales Zemlianikov habría tenido una mujer ilegítima (y un hijo, según algunos) perteneciente a la alta sociedad, dudas el mismo estimulaba con sus salidas precipitadas exactamente a las diez p.m. Muchos veían aquello como parte de su extravagancia, principalmente después del célebre incidente en el salón de los Guerassimov, cuando, en el momento en que Olga Mikailovna cantaba una de sus arias, Zemlianikov miró su reloj de bolsillo de plata y, para estupefacción general, abandonó el concierto sin esperar por el fin del aria. Las desapariciones súbitas y abruptas de Zemlianikov de los salones de San Petersburgo no sorprendían a nadie; todo el mundo sabía que viajaba mucho al extranjero, en su cualidad de ingeniero-jefe: responsabilidad muy conveniente, pues le daba ocasión de renovar su guardarropa con accesorios modernos y de traer de regalo nuevas historias sobre la vida elegante fuera de Rusia. Así, su ausencia en un baile célebre, realizado en el otoño de 1913, solo provocó lástima, tanto más que Zemlianikov confirmara su presencia por telegrama. Pero aquella vez su desaparición fue un poco más prolongada, y ya había razones para que se afirmase que la presencia de Zemlianikov en los salones de San Petersburgo no pasara de un evento sazonal, uno de esos que sufren la triste suerte de un rápido olvido (su lugar fue ocupado por un joven cadete que traía noticias frescas de la corte, del círculo próximo a Rasputin, pero que, a diferencia de Zemlianikov, no tenía ninguna obligación y se quedaba hasta la madrugada distrayendo al grupo). La consternación fue aún mayor cuando aquella misma María Gregorovna Popko, que, a ejemplo de ciertas reinas, parecía gustar de recorrer la ciudad en carruaje, descubrió en la calle Stolpinska, entre los prisioneros transidos de frío y hambrientos que barrían la calle, un rostro que le pereció familiar. Se aproximó para hacer caridad: no había duda, era Zemlianikov. Así, la sombra de Zemlianikov volvió a los salones, amenazando por un instante la gloria de Rasputin. No fue difícil establecer ciertos hechos: Zemlianikov utilizaba sus viajes frecuentes al exterior para fines no totalmente desleales; la última vez que volviera de Berlín, en su valija de cuero negro, entre las camisas de seda y los trajes caros, la policía de la fronteira encontró cerca de cincuenta brownings de fabricación alemana. Pero lo que María Gregorovna no podía saber –y para saberlo veinte años tendría que transcurrir (hasta la descubierta de los archivos de Okhrana robados por el embajador Malakov)- provoca una estupefacción aún mayor: Zemlianikov fue el organizador y uno de los participantes de la famosa “expropiación” del vagón postal, cuando varios millones de rublos cayeron en manos revolucionarias, y, más allá de las brownings confiscadas, introduciría en Rusia, en tres viajes, armas y explosivos; en cuanto editor de la Aurora de Oriente, impreso clandé en papel de cigarrillo, transportara, personalmente en sus valijas llenas matrices de goma de manipulación extremadamente difícil; los espectaculares atentados de los últimos cinco o seis años eran obra suya; esos atentados eran diferentes de todos los otros: las bombas fabricadas en la, oficina clandé de Zemlianikov tenían una tal fuerza destructora que transformaban a sus víctimas bien escogidas en un montón de carne ensangrentada y de huesos molidos, debido a su porte arrogante (fingido, sin duda alguna), los trabajadores designados para trabajar con él lo detestaban; soñaba, según él mismo admitió, fabricar una bomba de tamaño de una nuez que tuviese una tremenda fuerza destructora (ideal, a lo que se dice, al que se aproximara peligrosamente); después del atentado contra el gobernador Von Launitz, la policía pensó que estaba ya muerto; tres testimonios afirmaron que la cabeza expuesta en un frasco lleno de alcohol era la de Zemlianikov (fue preciso que apareciera el demoniaco Azaf para afirmar que la cabeza inmersa en alcohol era la de Zemlianikov); huyó dos veces de la prisión y una de un campo de trabajo forzado; en la primera, abrió un buraco en la pared d e la celda, con los compañeros; en la segunda, desapareció durante las sesiones de baño, vistiendo la ropa del superintendente de la prisión, que quedó desnudo; disfrazado como cajero viajante, atravesó la frontera en una carroza judía después de su última prisión, utilizando la famosa ruta de contrabando de Vilkomirski; vivió con pasaporte mau bajo el nombre de M.V. Zemlianikov; su verdadero nombre era Boris Davidovitch Malamud, o B.D. Novski. Después de una brecha obvia en nuestras fuentes (y que no queremos infundir al lector, para dejarle el placer engañoso de pensar que se trata de una historia que, como hábito, confúndese, para mayor felicidad del escritor, con el poder de su imaginación), vamos a encontrarlo en el asilo psiquiátrico de Malinovski, en medio a locos peligrosos y donde, disfrazado de gimnasta, huye en bici para Batum. No hay dudas, la locura era fingida, a pesar de la firma de dos médicos eminentes: la policía no fue engañada y los dos médicos ya estaban registrados en una lista de simpatizantes de la revolución. Su trayecto es más o menos conocido: en una madrugada de setiembre de 1913, Novski embarca en un carguero y, escondido entre toneladas de huevos, llega a París, pasando por Constantinopla, allá, vamos a encontrarlo durante el día en la Biblioteca Rusa de la avenida des Gobelins y en el Museo Guimet, donde estudia la filosofía de la historia y de la religión, a la noche, en La Rotonde, en Montparnasse, con un vaso de cerveza en la mano, teniendo en la cabeza “el sombrero más elegante de París de aquella época”. (Esa alusión de Bruce Lockhart al sombrero de Novski no deja de tener una connotación política; sábese que Novski trabajó para el poderoso sindicato de los sombrereros judíos de Francia.) Cuando la guerra es declarada él desaparece de Montparnasse, y la policía vas a encontrarlo en los viñedos de la región de Montpellier, en la época de la vendimia, con un cesto de uvas maduras en los brazos: atraparlo esa vez no fue difícil. ¿Novski huyó para Berlín o fue expulsado de Francia? Se ignora. Se sabe que en esa época fue colaborador del diario socialdemócrata Neue Zeitung y del Leipzig Volkzeitung, bajo los seudónimos de B.N.Dolski, Parabellum, Víctor Tverdoklebov Proletarski y N.L.Davidovitch, y que, entre otras cosas, escribió su célebre interpretación de la obra de Max Schipell, Historia de la producción del azúcar. El socialista austríaco Oscar Blum observa que “él era una curiosa mixtura de amoralidad, cinismo y entusiasmo espontáneo por las ideas, los libros, la música y los seres humanos. Yo diría que él parecía una cruza de profesor con bandido. Pero su brío intelectual era incuestionable. Aquel virtuoso del periodismo bolchevique sabía mantener conversaciones cargadas del mismo explosivo de sus editoriales”. (El término “explosivo" llévanos a la osada conclusión de que Blum conocía la vida clandé de Novski. A no ser que se tratara de una metáfora accidental.) En Berlín, cuando la guerra fue declarada, en cuanto los trabajadores convocados parecían fantasmas y los cabarets, en el espeso tufo de los cigarros, resonaban gritos de mujer y toda aquella carne de cañón intentaba ahogar sus dudas y su desespero en cerveza y en el schnaps, Novski era el único que, en aquella Europa enloquecida, no perdiera la cabeza, el único con perspectivas claras, agrega Blum. En un bello día de otoño, en el célebre sanatorio de Davos, donde trata los nervios enfermos y los pulmones ya tocados por la tuberculosis, Novski almuerza en el salón en compañía de un miembro de la Internacional llamado Levin, que fuera a visitarlo, cuando el doctor Grünwald, un suizo, discípulo y amigo de Jung, autoridad en su área, se aproxima junto a ellos. La conversación, según el testimonio de Levin, se ocupa del tiempo (un soleado octubre), de la música (un concierto dado recientemente por una de las enfermas), de la muerte (el alma musical de esa enferma la abandonara en la noche anterior). Entre la carne y la compota de guayaba, servidas por un garzón de uniforme y guantes blancos, el doctor Grünwald, que perdiera el hilo de la charla, dice con su voz nasal, solo para romper el silencio incómodo que se instalara un momento antes: parece que hay una revolución en San Petersburgo”. (Pausa.) La cuchara de Levin se detiene a medio camino de la boca; Novski se estremece, después lleva la mano al cigarro. El doctor Grünwald siente un cierto embarazo. Intentando hablar en un tono de absoluta indiferencia, Novski procura controlar el temblor: “¿Sí? ¿Cómo fue que el señor se enteró?” El doctor Grünwald, en un tono de quien pide disculpas, dice que leyó la noticia aquella mañana, en la ciudad, en la vitrina de la agencia telegráfica. Sin esperar el café, pálidos como la muerte, Novski y Levin salen deprisa del salón y van a la ciudad en taxi. “Oí, aturdido”, observa Levin, “el rumor que venía de los salones y el tintineo de los cubiertos de plata, que remitía a guisos, y vi, como a través de una nevisca, un mundo que iba quedando atrás de nosotros, como si se hundiese en aguas turbias”. Algunos testimonios llévanos a creer que Novski, arrastrado por una onda de entusiasmo y de amargura, recibió la noticia del armisticio, a pesar de todo, como un golpe. Levin habla de crisis de nervios, y Zinaida Mikailovna rememora esa época con una prisa cómplice. Parece que Novski abandonó sin gran hesitación su Mauser, pero que en señal de remordimiento quemó los proyectos de sus bombas ofensivas y de los lanzallamas que tenían un alcance de cerca de setenta metros, y que se unió a las filas internacionalistas. Incansable y ubicuo, vamos a encontrarlo poco después entre los militantes de la paz de Brest-Litovsk, distribuyendo panfletos pacifistas y haciendo agitación, con ardor, entre los soldados, en pie sobre cajas de granadas, cuerpo erecto como una estatua. En esa charla rápida y, por así decir, indolora de Novski, el pápel principal cabe a una mujer. En las crónicas de la revolución s encuentra su nombre: Zinaida Mikalovna Maisner. El famoso León Mikulin, que tuvo la infelicidad de apasionarse por ella, la describe con palabras que podrían haber sido grabadas en mármol: “la naturaleza le dio todo: inteligencia, talento, belleza”.

(continuarà) primera parte del relato homònimo del libro Un túmulo para Boris Davidovith, traducido al parawayensis por Cristino Kuru Bogado

http://es.youtube.com/watch?v=dwMfOe6-DvY

4 comentarios:

Cristina Chain dijo...

kuru...maneritas de decirme que me vaya pronto a?

Lito dijo...

"parawayensis"
mh... un idioma nuevo, o en vías de extinción.
¿futuro hermano del portuñol, selbagen o no?
me gusta esto.
parawayensis.
más allá del jopara, quizás rozándolo. una apuesta al futuro.
pa - ra - wa - yen - sis.
sip, me gusta.
de repente me doy cuenta de que lo último que estuve escribiendo fue un balbuceo en: parawayensis.

un idioma en decadencia de entrada nomás, nonato, feto muerto antes del parto, brillante futuro, un pasado neblinoso, muchos padres putativos pero ausentes, muchas -- machistamente y qué carajo ! -- muchas madres. putativas tb.

parawayensis.
a ver qué dice.
cuando le den con guacha, cuando le marquen el lomo con alambre al rojo vivo, cuando le roben la foto y le pongan otro nombre, cuando le dejen pelado.. ahí te quiero ver, parawayensis.

los idiomas se hacen así.

(wueeeno, no soolamente así, pero era para crear un efecto).

Lito dijo...

ah y por favor no me vengan con que el susodicho parawa ya lo practicaban:
Helio Vera
Villagra Marsal
Emiliano R
Roquito Mereles
Chopombé
Pérez Menos Maricevich
el profesor Ramón
Joaquín Morales
etc

e. r. dijo...

traducción del montenegrino pio?