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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, mayo 13, 2008

El humanista de Romain Gary

Este texto de Romain Gary pertenece al libro de 1962 "Gloria a los ilustres pioneros -ke es el último relato en la edición francesa- mientras en la edición Sudamericana de 1963 (y la de Brugera de 1974) lleva el título del primer relato "Los pájaros van a morir al Perú". Es un proto-"Underground" doméstiko, íntimo, esa peli de Kusturica conmovedora hasta las lágrimas que en el caso del judeo-lituano-francés no da lugar dentro del clima iróniko y el golpe supremo de los filos de una especie de guillotina literaria que suele brillar en casi todos sus cuentos de manera casi diría estilístika.
UN HUMANISTA

En el momento en que llegó al poder en Alemania el Führer Adolfo Hitler, vivía en Munich cierto Karl Loewy, fabricante de juguetes, hombre jovial, optimista, que creía en la naturaleza humana, los buenos cigarros y la democracia, y que, aunque bastante poco ario, no tomaba demasiado en serio las proclamas antisemitas del nuevo canciller, convencido de que la razón, la mesura y cierto sentido innato de la justicia, tan generalizado a pesar de todo en el corazón de los hombres, iban a imponerse a sus aberraciones pasajeras. A las advertencias que le prodigaban tus hermanos de raza, quienes lo invitaban a seguirlos en la emigración, herr Loewy respondía con una risa bondadosa, y, bien arrellanado en su sillón, con el cigarro en los labios, evocaba las amistades sólidas que había hecho en las trincheras durante la guerra de 1914-18, amistades algunas de las cuales, en el presente situadas muy en alto, no dejarían de actuar en su favor llegado el caso. Ofrecía a sus visitantes inquietos una copa de licor y brindaba con la suya por «la naturaleza humana», en la cual, según decía, confiaba por completo, ya se revistiese con un uniforme nazi o prusiano o se cubriese la cabeza con un sombrero tirolés o una gorra de obrero. Y el hecho es que los primeros años del régimen no fueron para el amigo Karl demasiado peligrosos, ni siquiera penosos. Es cierto que sufrió algunas vejaciones, algunas novatadas, pero bien fuera que las «amistades de las trincheras» hubiesen, en efecto, actuado discretamente en su favor, o bien que su jovialidad muy alemana, su aire de confianza, hubiesen aplazado durante algún tiempo las investigaciones a su respecto, mientras todos aquellos cuya partida de nacimiento dejaba que desear tomaban el camino del destierro, nuestro amigo siguió viviendo tranquilamente entre su fábrica de juguetes y su biblioteca, sus cigarros y su buena bodega, sostenido por su optimismo inquebrantable y la confianza que tenía en la especie humana. Luego vino la guerra y las cosas empeoraron un poco. Un buen día le impidieron brutalmente la entrada en su fábrica y al día siguiente unos jóvenes uniformados se arrojaron sobre él y lo maltrataron seriamente. El señor Karl hizo algunas llamadas telefónicas a derecha e izquierda, pero las «amistades del frente» no respondían ya al teléfono. Por primera vez se sintió un poco inquieto. Entró en su biblioteca y paseó una larga mirada por los libros que cubrían las paredes. Los contempló durante mucho tiempo y gravemente: aquellos tesoros acumulados hablaban todos ellos en favor de los hombres, los defendían, abogaban en su favor y suplicaban al señor Karl que no perdiera el valor, que no desesperara. Platón, Montaigne, Erasmo, Descartes, Heine... Había que confiar en aquellos ilustres precursores; había que tener paciencia y dejar a lo humano tiempo para manifestarse, para orientarse en el desorden y el error, y volver a ganar terreno. Los franceses habían encontrado una buena expresión para eso; decían: «Arrojad lo natural y volverá al galope.» Y la generosidad, la justicia, la razón iban a triunfar también esta vez, pero era evidente que eso corría el riesgo de tardar algún tiempo. No había que perder la confianza ni desanimarse; sin embargo, convenía, de todos modos, tomar algunas precauciones. El señor Karl se sentó en un sillón y se puso a reflexionar. Era un hombre rechoncho, de tez rosada, ojuelos maliciosos y labios finos cuyos contornos parecían haber conservado la huella de todas las buenas palabras que habían lanzado. Contempló durante largo tiempo sus libros, sus cajas de cigarros, sus buenas botellas, sus objetos familiares, como para pedirles consejo y poco a poco sus ojos se animaron, una amplia sonrisa astuta se extendió por su rostro y levantó su copa de aguardiente hacia los millares de volúmenes de la biblioteca, como para asegurarles de su fidelidad. El señor Karl tenía a su servicio un matrimonio de honrados muniqueses que se ocupaban de él desde hacía quince años. La mujer servía de ama de casa y cocinera y le preparaba los platos favoritos; el hombre era chófer, jardinero y guardián de la casa. Herr Schutz tenía una sola pasión: la lectura. Con frecuencia, después del trabajo, mientras su mujer hacía calceta, permanecía durante horas inclinado sobre un libro que herr Karl le había prestado. Sus autores favoritos eran Goethe, Schiller, Heine y Erasmo; leía en alta voz a su esposa los pasajes más nobles e inspirados en la casita que ocupaban en el extremo del jardín. Muchas veces, cuando el señor Karl se sentía un poco solo, hacía ir al amigo Schutz a su biblioteca y allí, con un cigarro en los labios, hablaban durante largo tiempo de la inmortalidad del alma, de la existencia de Dios, del humanismo, de la libertad y de todas aquellas buenas cosas que se encontraban en los libros que los rodeaban y sobre los que paseaban sus miradas agradecidas. Fue, en consecuencia, hacia el amigo Schutz y su esposa hacia quienes herr Karl se volvió en aquella hora de peligro. Tomó una caja de cigarros y una botella de aguardiente, fue a la casita del extremo del jardín y expuso su proyecto a sus amigos. Desde el día siguiente, herr y frau Schutz se pusieron a trabajar. Enrollaron la alfombra de la biblioteca, abrieron una abertura en el suelo e instalaron una escalera para bajar a la bodega. Tapiaron la entrada anterior de aquélla. Una buena parte de la biblioteca fue transportaba allí, seguida por las cajas de cigarros; el vino y los licores se hallaban ya en ella. Frau Schutz arregló el escondite con toda la comodidad posible, y al cabo de algunos días, con ese sentido muy alemán del gemülich, la bodega se convirtió en una pequeña habitación agradable y bien arreglada. La abertura en el piso fue disimulada cuidadosamente con una losa bien ajustada y cubierta por la alfombra. Luego herr Karl salió por última vez a la calle, en compañía de herr Schutz, firmó ciertos documentos, y efectuó una venta ficticia para poner su fábrica y su casa al abrigo de una confiscación. Herr Schutz insistió, por otra parte, en darle contraescrituras y documentos que permitieran al propietario legítimo recuperar la posesión de sus bienes cuando llegara la ocasión. Luego los dos cómplices volvieron a la casa y herr Karl, con una sonrisa maliciosa en los labios, bajó a su escondite para esperar allí, bien a cubierto, la vuelta de la buena estación. Dos veces al día, al mediodía y a las seis de la tarde, herr Schutz levantaba la alfombra, retiraba la losa y su esposa bajaba a la bodega platitos bien cocinados, acompañados por una botella de buen vino, y por la noche, herr Schutz iba regularmente a conversar con su patrón y amigo acerca de algún tema elevado, de los derechos del hombre, de la tolerancia, de la eternidad del alma, de los beneficios de la lectura y la educación, y la pequeña bodega parecía completamente iluminada por aquellas consideraciones generosas e inspiradas. Al comienzo, el señor Karl hacía también que le bajasen los diarios y tenía a su lado su aparato de radio, pero al cabo de seis meses, como las noticias se hacían cada vez más desalentadoras y el mundo parecía marchar verdaderamente hacia su perdición, mandó que se llevaran la radio, para que ningún eco de una actualidad pasajera fuese a atacar la confianza inquebrantable en la naturaleza humana que él se proponía conservar; y, con los brazos cruzados sobre el vientre, una sonrisa en los labios, permaneció firme en sus convicciones en el fondo de su bodega, rechazando todo contacto con una realidad accidental y sin porvenir. Incluso terminó negándose a leer los diarios, porque eran demasiado deprimentes, y se limitó a leer las obras maestras de su biblioteca, extrayendo del contacto con aquellos desmentidos que lo permanente infligía a lo temporario la fuerza que necesitaba para conservar su fe. Herr Schutz se instaló con su mujer en la casa, que se libró milagrosamente de los bombardeos. En la fábrica había tenido al principio algunas dificultades, pero allí estaban los documentos para probar que se había convertido en el propietario legítimo del negocio después de la huida de herr Karl al exterior. La vida a la luz artificial y la falta de aire fresco han aumentado todavía más la gordura de herr Karl, y sus mejillas, con el transcurso de los años, han perdido desde hace mucho tiempo su tez rosada, pero su optimismo y su confianza en la humanidad siguen intactos. Se mantiene en su bodega, esperando que la generosidad y la justicia triunfen en la tierra, y aunque las noticias que el amigo Schutz le trae del mundo exterior sean muy malas, se niega a desesperar. Algunos años después de la caída del régimen hitleriano, un amigo de herr Karl, vuelto de la emigración, fue a llamar a la puerta del hotel particular de la Schillerstrasse. Un hombre alto y entrecano, un poco encorvado, con aspecto de estudioso, acudió a abrirle. Tenía todavía una obra de Goethe en la mano. No, herr Loewy no vivía ya allí. No, no se sabía qué había sido de él. No había dejado rastro alguno y todas las investigaciones realizadas desde el final de la guerra no habían dado resultado. Grüss Gott! La puerta volvió a cerrarse. Herr Schutz entró en la casa y se dirigió a la biblioteca. Su mujer había preparado ya la bandeja. Ahora que Alemania conocía de nuevo la abundancia mimaba a herr Karl y le preparaba los manjares más deliciosos. Levantaron la alfombra y retiraron la losa del pavimento. Herr Schutz dejó el volumen de Goethe en la mesa y bajó con la bandeja. Herr Karl está ahora muy debilitado y sufre de flebitis. Además, su corazón comienza a fallar. Habría que llamar a un médico, pero no quiere exponer a los Schutz a ese riesgo; se perderían si se supiera que ocultan a un judío humanista en su bodega desde hace años. Hay que tener paciencia y guardarse de sospechas; la justicia, la razón y la generosidad natural volverán a imponerse pronto. Sobre todo no hay que desanimarse. El señor Karl, aunque muy desmedrado, conserva todo su optimismo y su fe humana está entera. Cada día, cuando herr Schutz baja a la bodega con las malas noticias —la ocupación de Inglaterra por Hitler fue un golpe particularmente duro—, es herr Karl quien le anima y le desarruga el ceño con algún chiste. Le muestra los libros en las paredes y le recuerda que lo humano termina siempre triunfando, y así las obras maestras más grandes han podido nacer gracias a esa confianza y a esa fe. La fábrica de juguetes marcha admirablemente; en 1950, herr Schutz ha podido agrandarla y duplicar la cifra de las ventas; se ocupa con competencia del negocio. Todas las mañanas, frau Schutz baja con un ramo de flores frescas, que coloca a la cabecera de la cama de herr Karl. Le arregla las almohadas, le ayuda a cambiar de posición y lo alimenta llevándole la comida a la boca, pues él ya no tiene fuerza para alimentarse solo. Ahora apenas puede hablar, pero a veces sus ojos se llenan de lágrimas y su mirada agradecida se posa en los rostros de las excelentes personas que tan bien han sabido sostener la confianza que había puesto en ellas y en la humanidad en general; se tiene la sensación de que morirá dichoso, asiendo en cada una de sus manos la mano de sus fieles amigos y con la satisfacción de haber previsto bien las cosas.