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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, noviembre 01, 2007

Sobre el animal mutilado

El árbol de vida

No es bueno que el hombre recuerde a cada instante que es hombre. Pensar en uno mismo es ya malo; pensar en la especie, con el celo de un obseso, es todavía peor: es prestarle un fundamento objetivo y una justificación filosófica a las miserias arbitrarias de la introspección. Mientras se tritura el propio yo, se tiene el recurso de creer que se está cediendo a un capricho; en el momento en que todos los yo se convierten en el centro de una interminable rumia, por una suerte de rodeo, los inconvenientes de la propia condición se encuentran generalizados, el propio accidente se erige como norma, como caso universal. Primero percibimos la anomalía del hecho estricto de existir, y sólo después la de nuestra situación específica: la sorpresa de ser hombre. Sin embargo, el carácter insólito de nuestro estado debería constituir el dato primordial de nuestras perplejidades: es menos natural ser hombre que solamente ser. Eso lo sentimos por instinto, de ahí esa voluptuosidad cada vez que nos alejamos de nosotros mismos para identificarnos con el sueño bendito de los objetos. No somos realmente nosotros hasta que, puestos frente a uno mismo, no coincidimos con nada, ni siquiera con nuestra singularidad. La maldición que pesa sobre nosotros pesaba ya sobre nuestro primer ancestro, incluso antes de que se dirigiera hacia el árbol del conocimiento. Insatisfecho de sí mismo, más lo estaba de Dios a quien envidiaba sin estar consciente; iba a estarlo gracias a los buenos oficios del tentador, auxiliar, y no autor, de su ruina. Antes, vivía con el presentimiento del saber, en una ciencia que se ignoraba a sí misma, en una falsa inocencia, propicia al estallido de los celos, vicio engendrado por el comercio con seres más afortunados; ahora bien, nuestro ancestro congeniaba con Dios, lo espiaba y era espiado por él. Nada bueno podía resultar. «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, pues el día en que comieras morirás seguramente». La advertencia superior se reveló menos eficaz que la advertencia inferior: mejor psicólogo, la serpiente ganó la partida. Por otra parte, lo que el hombre pedía era morir; queriendo igualar a su Creador por el saber y no por la inmortalidad, no tenía ningún deseo de aproximarse al árbol de la vida, no sentía interés alguno; de eso se dio cuenta Jehová puesto que no le prohibió el acceso a él: ¿por qué temer la inmortalidad de un ignorante? Pero todo cambiaba si el ignorante comía de los dos árboles y entraba en posesión de la eternidad y de la ciencia. En el momento en que Adán tomó el fruto inculpado, Dios, comprendiendo finalmente con quién se las tenía que ver, perdió el juicio. Al emplazar el árbol del conocimiento en el medio del jardín, al alabar sus méritos y, sobre todo, sus peligros, cometió una grave imprudencia pues se adelantó al más secreto deseo de la criatura. Prohibirle el otro árbol hubiera sido mejor política. Si no lo hizo fue porque sabía sin duda que el hombre, aspirante taimado a la dignidad de monstruo, no se dejaría seducir por la perspectiva de la inmortalidad en cuanto tal, demasiado accesible, demasiado banal: ¿acaso no era ésa la ley, el estatuto del lugar? La muerte, por el contrario, pintoresca de otra manera, investida con el prestigio de la novedad, podía intrigar a un aventurero dispuesto a arriesgar por ella su paz y su seguridad. Paz y seguridad bastante relativas, es cierto, pues el relato de la caída nos permite entrever que ya en el corazón del Edén el promotor de nuestra raza resentía un malestar, de otra forma no se explicaría la facilidad con que cedió a la tentación. ¿Cedió a ella? Más bien la llamó. Ya se manifestaba en él esa incapacidad para la dicha, esa incapacidad de soportarla que todos hemos heredado. La tenía a la mano, podía apropiársela para siempre; la rechazó, y, desde entonces, la perseguimos sin encontrarla, e incluso si la encontráramos, tampoco nos adaptaríamos a ella. ¿Qué otra cosa esperar de una carrera iniciada con una infracción a la sabiduría, con una infidelidad al don de ignorancia que nos había otorgado el Creador? Precipitados en el tiempo a causa del saber, fuimos inmediatamente dotados de un destino, pues sólo fuera del paraíso hay destino. Si hubiésemos caído de una inocencia completa, total, verdadera en suma, la extrañaríamos con una vehemencia tal que nada podría prevalecer contra nuestro deseo de recobrarla; pero el veneno estaba ya en nosotros, originalmente, indistinto todavía pero que después iría definiéndose y apoderándose de nosotros, marcándonos, individualizándonos para siempre. Los momentos en que una negatividad esencial preside nuestros actos y pensamientos, en que el futuro ha caducado aun antes de nacer, en que una sangre devastada nos inflige la certeza de un universo de misterios despoetizados, loco de anemia, agobiado, y donde todo se resuelve en un suspiro espectral, réplica de millares de experiencias inútiles, ¿no serían acaso la prolongación y el agravamiento de ese malestar original sin el cual la historia no hubiera sido posible, ni siquiera concebible ya que, como ella, tampoco tolera la menor forma de beatitud estacionaria? Esta intolerancia, este horror inclusive, al impedirnos hallar en nosotros nuestra razón de existir, nos ha hecho dar un salto fuera de nuestra identidad y fuera de nuestra naturaleza. Separados de nosotros mismos, nos faltaba estarlo de Dios: ahora que ya no tenemos ninguna obligación hacia él ¿cómo no alimentar una ambición semejante concebida desde la inocencia de antaño? Y, de hecho, todos nuestros esfuerzos y todos nuestros conocimientos tienden a disminuirlo, a ponerlo en entredicho, a empañar su integridad. Mientras más nos domina el deseo de conocer, signo de perversidad y de corrupción, más nos vuelve incapaces de permanecer en el interior de cualquier realidad. Quien está poseído por él actúa como profanador, como traidor, como agente de disolución, no obstante, cuando intenta insinuarse en las cosas, ya de por sí a un lado y fuera de ellas, lo hace a la manera de un gusano en el fruto. Si el hombre hubiera tenido la menor vocación de eternidad, en lugar de correr hacia lo desconocido, hacia lo nuevo, hacia los estragos que provoca el apetito de análisis, se hubiera contentado con Dios en cuya familiaridad prosperaba. Aspiraba a emanciparse, a separarse de él, y lo logró más allá de sus esperanzas. Después de haber roto la unidad del paraíso, se empeñó en romper la de la tierra introduciendo un principio de fragmentación que vendría a destruir el orden y el anonimato. Seguramente antes moría, pero la muerte, cumplimiento en la indistinción primitiva, no tenía para él el sentido que después adquirió, ni estaba gravada con los atributos de lo irreparable. Desde que, separado del Creador y de lo creado, se convirtió en individuo, es decir en fractura y fisura del ser, y que, asumiendo su nombre hasta la provocación, supo que era mortal, su orgullo creció tanto como su confusión. Por fin moría a su manera, estaba orgulloso de ello, pero moría del todo, lo cual le humillaba. No queriendo un desenlace que había deseado arduamente, terminó por dirigirse, de mala gana, hacia los animales, sus compañeros de antaño: los más viles y los nobles aceptan su sino, todos se complacen en él o se resignan; ningún animal siguió el ejemplo del hombre ni imitó su rebeldía. Las plantas, mejor que las bestias, se regocijan de ser creadas: incluso la ortiga respira todavía en Dios y se congratula; sólo el hombre se ahoga, ¿y no es acaso esa sensación de sofoco lo que le incita a singularizarse en la creación y a hacer el papel de proscrito conforme, de réprobo voluntario? El resto de los seres vivos, por el hecho de confundirse con su condición, tienen una cierta superioridad sobre el hombre. Y cuando tiene celos de ellos es cuando añora su gloria impersonal y comprende la gravedad de su caso. En vano tratará de recuperar la vida de la que huyó por curiosidad hacia la muerte: nunca de igual a igual, siempre se encontrará más acá o más allá de ella. Mientras más se oculta, más aspira a atraparla y a subyugarla; al no lograrlo, mueve todos los recursos de su voluntad inquieta y torturada, su único apoyo: un inadaptado exhausto y sin embargo incansable, sin raíces, conquistador justamente por desarraigado, un nómada fulminado e indomable, ávido por remediar sus insuficiencias, y, ante el fracaso, violentando todo a su alrededor, un devastador que acumula fechoría sobre fechoría, rabioso al ver que un insecto obtiene sin dificultad lo que él, con tantos esfuerzos, no sabría adquirir. Al haber perdido el secreto de la vida y hacer un rodeo demasiado grande para poder reencontrarla y reaprehenderla, se aleja cada día un poco más de su antigua inocencia, cae sin parar de la eternidad. Quizás aún podría salvarse si se dignara rivalizar con Dios en sutileza, en matiz, en discernimiento: pero no, pretende alcanzar el mismo grado de poder. Tanta soberbia sólo podía nacer en el espíritu de un degenerado provisto de una carga de existencia limitada, obligado por sus deficiencias a aumentar artificialmente sus medios de acción y a trocar sus deteriorados instintos por instrumentos propios que lo convierten en un peligro. Y si, en efecto, se ha vuelto peligroso, es porque su capacidad de degenerar no tiene límites. En lugar de haberse conformado con el sílex, y, como máximo refinamiento técnico, con la carretilla, inventa y manipula con una destreza demoníaca instrumentos que proclaman la extraña supremacía de un deficiente, de un espécimen biológicamente desclasado de quien nadie hubiera podido adivinar que se elevaría a una nocividad tan ingeniosa. No es él, son el león o el tigre quienes debieron ocupar el sitio que el hombre tiene en la escala de las criaturas. Pero no son nunca los fuertes, sino los débiles, los que aspiran al poder, y lo alcanzan mediante el efecto combinado de la astucia y el delirio. Como no siente ninguna necesidad de aumentar su fuerza, real, una fiera no se rebaja a utilizar el instrumento. Puesto que el hombre era en todo un animal anormal, poco dotado para subsistir y afirmarse, violento por desfallecimiento y no por vigor, intratable debido a su posición de debilidad, agresivo a causa de su misma inadaptabilidad, le correspondía buscar los medios para alcanzar un éxito que no hubiese ni imaginado ni realizado si su complexión hubiera respondido a los imperativos de la lucha por la existencia. Si exagera en todo, si la hipérbole es en él necesidad vital, es porque, desequilibrado y desatado desde el principio, no puede afincarse en lo que es, ni comprobar o padecer lo real sin pretender transformarlo o exagerarlo. Desprovisto de tacto, de esa ciencia innata de la vida, poco hábil, además para discernir lo absoluto dentro de lo inmediato, aparece, en el conjunto de la naturaleza, como un episodio, una digresión, una herejía, como un aguafiestas, un extravagante, un descarriado que todo lo complica, incluso su miedo, transformándolo en miedo a sí mismo, en temor ante su destino de reventado a quien lo enorme seduce, expuesto a una fatalidad que intimidaría a un dios. Siendo lo trágico su privilegio, no puede dejar de sentir que tiene más destino que su Creador; de ahí su orgullo, y su terror, y esa necesidad de huir de sí mismo y de producir para esconder su pánico, para evitar el encuentro consigo mismo. Prefiere abandonarse a los actos, pero al entregarse a ellos, no hace en realidad más que obedecer a las órdenes de un miedo que lo provoca y aguijonea, y que lo paralizaría si intentara pensar en él y adquirir una conciencia clara. Cuando, apaciguado, parece encaminarse hacia lo inerte, es el miedo quien sube a la superficie y destruye su equilibrio. Incluso el malestar que resentía en el paraíso quizá sólo era un miedo virtual, principio, esbozo de «alma». No hay forma de vivir simultáneamente en la inocencia y en el miedo, sobre todo cuando este último es sed de tormentos, apertura hacia lo funesto, codicia de lo desconocido. Cultivamos el escalofrío por sí mismo, anticipamos lo nocivo, el peligro puro, a diferencia de los animales que sólo aman temblar ante un peligro preciso, único momento en que, por otra parte, se acercan a lo humano sucumbiendo y asemejándose a nosotros; pues el miedo ‑especie de corriente psíquica que atravesara de pronto a la materia tanto para vivificarla como para desorganizarla‑ aparece como una prefiguración, como una posibilidad de conciencia, es decir, como la conciencia de los seres que no la tienen... A tal punto el miedo nos define que no podemos ya darnos cuenta de su presencia, salvo cuando se relaja o desaparece, en esos intervalos serenos que, no obstante, están impregnados de él y reducen la felicidad a una dulce, a una agradable ansiedad. Auxiliar del futuro, el miedo nos estimula y, al impedirnos vivir al unísono con nosotros mismos, nos obliga a afirmarnos mediante la huida. Tal como se presenta, nadie debería prescindir del miedo si quiere actuar; únicamente el liberado se libera y festeja un doble triunfo: sobre él y sobre sí mismo; y porque ha renunciado a su calidad y a su tarea de hombre, ya no participa en esa duración henchida de terror, en ese galope a través de los siglos que nos han sido impuestos por una forma de terror del que, en definitiva, somos el objeto y la causa. Si Dios pudo decir que él era «aquel que es», el hombre, por oposición, podría definirse como «aquel que no es». Y justamente esa ausencia, ese déficit de existencia es lo que, despertando por reacción su altivez, lo incita al reto o a la ferocidad. Al desertar de sus orígenes, canjear la eternidad por el devenir, maltratar la vida proyectando en ella su joven demencia, el hombre emerge del anonimato mediante una serie de reniegos que lo convierten en el gran tránsfuga del ser. Ejemplo de antinaturaleza, su aislamiento sólo es comparable a su precariedad. Lo inorgánico se satisface a sí mismo; lo orgánico es dependiente, amenazado, inestable; el consciente es quintaesencia de caducidad: Antaño gozábamos de todo, salvo de la conciencia; ahora que la poseemos, que nos vemos aguijoneados por ella y que se nos presenta como la antípoda exacta de la inocencia primordial, ni la asumimos ni renegamos de ella. Encontrar en cualquier parte más realidad que en uno mismo, es reconocer que se ha seguido un camino falso y que merecemos nuestra decadencia. Diletante en el paraíso a pesar de todo, el hombre no ha dejado de serlo desde que fue expulsado: ¿acaso no procedió a la conquista de la tierra con una seriedad y un empeño de los que no se le creería capaz? Sin embargo lleva en sí y sobre sí algo de irreal, de no terrestre, que se descubre durante las pausas de su febrilidad. A fuerza de vaguedad y de equívoco, es de aquí y no es de aquí. Cuando se le observa durante esos momentos en que su carrera disminuye o se detiene, ¿acaso no se percibe en su mirada la exasperación o el remordimiento de haber echado a perder, no solamente su primera alegría, sino también ese exilio que ansiaba con tal avidez? Una sombra luchando contra simulacros, un sonámbulo que se mira caminar, que contempla sus movimientos sin discernir ni su dirección ni su razón. La manera mediante la cual ha optado saber es un atentado, un pecado si se prefiere, una indiscreción criminal contra la creación a la que ha reducido a un montón de objetos delante de los cuales él se eleva en tanto destructor, dignidad que sostiene más bien por bravata que por pasión, y lo prueba ese aspecto aturullado que ya tenía cuando el asunto del fruto; de golpe se sintió solo en el Edén, y más solo iba a sentirse en la tierra donde, a causa de la maldición especial que le está destinada, había de formar «un imperio dentro de un imperio». Clarividente e insensato, no tiene su igual: verdadera alteración de las leyes de la naturaleza, nada permitía presumir su aparición. ¿Acaso era necesario, él, quien moralmente es más deforme de lo que, físicamente, eran los dinosaurios? Tomándolo en cuenta, considerándolo sin complacencias, se entiende por qué no se le convierte impunemente en un tema de reflexión. La insistencia de un monstruo sobre otro monstruo es doblemente monstruosa: olvidar al hombre, e inclusive a la idea que encarna, debería constituir el preámbulo de cualquier terapia. La salvación viene del ser, no de los seres, pues nadie se cura en contacto con sus propios males. Si durante tanto tiempo la humanidad se apegó al absoluto, fue porque no podía encontrar en sí misma un principio de salud. La trascendencia posee virtudes curativas: bajo el disfraz que sea, un dios representa un paso hacia la cura. Incluso el diablo representa para nosotros un recurso más eficaz que nuestros semejantes. Estábamos más sanos cuando, implorando o detestando una fuerza que nos sobrepasaba, podíamos utilizar sin ironía la plegaria o la blasfemia. Desde que fuimos condenados a nosotros mismos, nuestro desequilibrio se acentuó. Liberarse de la obsesión de sí es el imperativo más urgente. Pero, ¿puede un deforme ignorar su deformidad, el vicio mismo de su esencia? Promovidos al rango de incurables, somos materia adolorida, carne que aúlla, huesos roídos por gritos, y nuestros mismos silencios no son más que lamentaciones estranguladas. Sufrimos, nosotros solos, mucho más que el resto de los seres, y nuestro tormento, usurpando lo real, lo sustituye, de manera que aquel que sufriera absolutamente estaría absolutamente consciente, o sea que sería completamente culpable frente a lo inmediato y a lo real, términos correlativos al mismo nivel que sufrimiento y conciencia. Y porque nuestros males sobrepasan en número y en virulencia a los de todas las criaturas reunidas, los sabios se empeñan en enseñarnos la impasibilidad que, al igual que nosotros, tampoco llegan a alcanzar. Nadie puede vanagloriarse de haber encontrado un solo sabio que fuera perfecto; en cambio nos encontramos con toda clase de extremos en cuanto a bien y a mal: exaltados, desollados, profetas, santos a veces... Nacidos a causa de un acto de insubordinación y de rechazo, estábamos mal preparados para la indiferencia. Después vino el saber para incapacitarnos definitivamente. El principal reparo contra el saber es que no nos ha ayudado a vivir. ¿Acaso era esa su función? ¿Acaso no nos hemos acercado a él para que nos confirme en nuestros perniciosos designios, para que favorezca nuestros sueños de poderío y de negación? El animal más inmundo vive, en cierto sentido, mejor que nosotros. Sin necesidad de ir a buscar en las cloacas recetas de sabiduría, ¿cómo no reconocer la ventaja que nos lleva una rata, precisamente porque es rata y nada más? Siempre diferentes, sólo somos nosotros mismos en la medida en que nos apartamos de nuestra definición, pues el hombre, según Nietzsche, es das noch nicht festgestelte Tier, el animal cuyo tipo no está aún determinado, fijado. Obnubilados por la metamorfosis, por lo posible, por la mueca inminente de nosotros mismos, acumulamos irrealidad y nos dilatamos en falso, pues desde que uno se sabe y se siente hombre, aspira al gigantismo, quiere parecer más de lo que es. El animal razonable es el único animal perdido, el único que, en lugar de persistir en su condición primera, se preocupa por forjarse otra, a despecho de sus intereses y como por impiedad hacia su propia imagen. Menos inquieto que descontento (la inquietud exige una salida, desemboca en la resignación), el hombre se complace en una insatisfacción que raya en el vértigo. Como no se asimila nunca ni a sí mismo ni al mundo, es en esa parte de sí que se niega a identificarse con lo que resiente o emprende, en esa zona de ausencia, de ruptura entre él y él mismo, entre él mismo y el universo, donde descubre su originalidad y ejerce su facultad de no coincidencia que lo mantiene en un estado de insinceridad tanto hacia los seres, lo cual es legítimo, como hacia las cosas, lo cual es menos legítimo. Doble desde su raíz, crispado y tenso, su duplicidad, al igual que su crispación y su tensión, proceden de su falta de existencia, de la deficiencia sustancial que lo condena a los excesos del querer. Mientras más se es, más se quiere. Nos precipitan hacia la acción nuestro no‑ser, nuestra debilidad y nuestra inadaptación. Y el hombre, el débil e inadaptado por excelencia, cuenta con la prerrogativa y la desgracia de sujetarse a tareas inconmensurables para sus fuerzas, de caer presa de la voluntad, estigma de su imperfección, medio seguro de afirmarse y de hundirse... En vez de trabajar por encontrarse, por reconciliarse consigo, con su fondo intemporal, ha dirigido sus facultades hacia el exterior, hacia la Historia. Si las hubiera interiorizado, si las hubiera ejercitado y hubiera modificado su dirección, habría podido asegurar su salvación. ¿Por qué no hizo un esfuerzo opuesto al que exige la adhesión al tiempo? Se gasta la misma energía para salvarse que para perderse. Y perdiéndose comprueba que, predispuesto al fracaso, tenía la suficiente fuerza como para escapar de él, a condición sin embargo de negarse a las maniobras del devenir. Pero desde el momento en que conoció su seducción, se abandonó a ella, se embriagó: estado de gracia a base de embriaguez que sólo otorga el consentimiento a la irrealidad. Todo lo que desde entonces ha llevado a cabo forma parte de su acomodo a lo insustancial, a la ilusión adquirida, al hábito de encarar como existente lo que no es. Especializado en la apariencia, ejercitado en las naderías (¿sobre qué y a través de qué podría, si no, satisfacer su sed de dominio?), acumula conocimientos que son el reflejo de las apariencias, pero no tiene un conocimiento verdadero: su falsa ciencia, réplica de su falsa inocencia, al alejarlo del absoluto, hace que sea inútil todo lo que sabe. La antinomia es completa entre pensar y meditar, entre saltar de un problema a otro y ahondar en uno solo. Mediante la meditación se percibe la inanidad de lo diverso y de lo accidental, del pasado y del futuro, para mejor abismarse en el instante ilimitado. Es mil veces preferible hacer voto de locura o disolverse en Dios que prosperar gracias a simulacros. Una plegaria inarticulada, repetida interiormente hasta la estupidización o el orgasmo, tiene más peso que una idea; que todas las ideas. Buscar cualquier mundo, salvo éste, abismarse en un himno silencioso hasta el vacío, lanzarse al aprendizaje de un otra parte... Conocer verdaderamente es comprometerse con lo esencial, penetrarlo con la mirada, no con el análisis o con la palabra. Ese animal hablador, escandaloso, tronante, que se regocija con el alboroto (el ruido es la consecuencia directa del pecado original), tendría que haber sido reducido al mutismo, pues nunca se acercará a las fuentes invioladas de la vida si sigue pactando con las palabras. Mientras no esté liberado de un saber metafísicamente superficial, preservará en esa existencia adulterada, sin bases ni consistencia, y donde todo es falso. A medida que dilapida su ser, sólo le preocupa querer más allá de sus recursos, con desesperación, con furia, y cuando agote la apariencia de realidad que posee, querrá aún más, apasionadamente, hasta el aniquilamiento o el ridículo. Inepto para vivir, finge la vida; esa es la razón por la cual su culto a lo inminente, rayano en el éxtasis, desfallece ante lo que ignora, busca y teme, ante el instante que aguarda, en el que espera existir y en el que, como en el instante anterior, apenas existe. Aquellos que viven en la idolatría del mañana no tienen futuro. Habiendo despojado al presente de su dimensión eterna, sólo les queda la voluntad, su gran recurso ‑y su castigo. El hombre depende de órdenes incompatibles, contradictorias, y nuestra especie, en lo que tiene de única, se sitúa como fuera de los reinos. Aunque exteriormente tengamos todo lo de la bestia y nada de la divinidad, la teología da mejor cuenta de nuestro estado que la zoología. Dios es una anomalía; el animal no; ahora bien, igual que Dios, nosotros perdemos dignidad, existimos gracias a nuestras irreductibilidades. Mientras más al margen de las cosas estamos, mejor comprendemos a quien se encuentra al margen de todo; quizá sólo a él lo comprendemos bien... Su caso nos gusta y nos fascina, y su anomalía, que es suprema, nos parece la conclusión, la expresión ideal de la nuestra. Sin embargo, nuestras relaciones con él son turbias: al no poder amarlo sin equívoco ni segunda intención, lo cuestionamos, lo abrumamos con nuestras preguntas. El saber, levantado sobre la ruina de la contemplación, nos ha alejado de la unión esencial, de la mirada trascendente anulada por la extrañeza y el problema. Al margen de Dios, del mundo y de sí mismo, ¡siempre al margen! Se es más hombre mientras mejor se siente, se piensa y se percibe esa paradoja, el carácter de no‑evidencia que comporta nuestro destino; pues resulta increíble que se pueda ser hombre..., que dispongamos de mil rostros y de ninguno, y que cambiemos de identidad a cada instante sin renunciar con ello a nuestra decadencia. Separados de lo real, de uno mismo, ¿cómo podríamos tocar fondo en nosotros o en los demás? Si los puros y los ingenuos se asemejan tan poco a nosotros, si no pertenecen a nuestra raza, es porque, al no desarrollarse y dejarse ir hacia sí mismos, han permanecido a mitad de camino entre el paraíso y la historia. Obra de un virtuoso del fracaso, el hombre es sin duda una falla, pero una falla magistral. Hasta en su mediocridad es extraordinario, prestigioso incluso cuando se le detesta. A medida que meditamos sobre él, entendemos que el Creador se haya «afligido en su corazón» por haberlo creado. Compartamos su decepción sin insistir en ella, sin caer en la repugnancia, sentimiento que únicamente nos revela lo exterior de la criatura, y no lo que hay en ella de profundo, de suprahistórico, de positivamente irreal y no terrestre, de refractario a las ficciones del árbol del conocimiento del bien y del mal. Ficciones, pues a partir del momento en que encaramos un acto como bueno o malo, ya no forma parte de nuestra sustancia, sino de ese ser sobreañadido que nos otorgó el saber, causa de nuestro deslizamiento fuera de lo inmediato, fuera de lo vivido. Calificar, nombrar los actos, es ceder a la manía de opinar; ahora bien, como dijo un sabio, las opiniones son «tumores» que destruyen la integridad de nuestra naturaleza y a la naturaleza misma. Si nos abstuviésemos de emitir opiniones penetraríamos en la verdadera inocencia y, quemando las etapas hacia atrás, mediante una saludable regresión, renaceríamos bajo el árbol de la vida. Enredados en nuestras evaluaciones, y más dispuestos a prescindir de agua y pan que de bien y mal, ¿cómo recobrar nuestros orígenes, cómo mantener todavía lazos directos con el ser? Hemos pecado contra él y no comprendemos el sentido de la historia, resultado de nuestra pérdida, salvo considerándola como una larga expiación, un arrepentimiento jadeante, una carrera en la que sobresalimos sin creer en nuestros pasos. Más rápidos que el tiempo, lo sobrepasamos, sin dejar de imitar su impostura y sus maneras. De la misma forma, compitiendo con Dios, imitamos sus facetas dudosas, su faceta demiúrgica, esa inclinación que lo llevó a crear, a concebir una obra que lo empobrecería, lo disminuiría, lo precipitaría en una caída, prefiguración de la nuestra. Iniciado el negocio, nos dejó el cuidado de terminarlo, para retornar a sí mismo, a su apatía eterna, de la cual hubiera sido preferible que no saliera nunca. Y si lo juzgó de otra manera, ¿qué se puede esperar de nosotros? La imposibilidad de abstenernos, la obsesión por hacer denota, a todos los niveles, la presencia de un principio demoníaco. Cuando nos vemos llevados a la exageración, a la desmesura, al gesto, somos seguidores más o menos conscientes de aquel que, precipitándose en el no‑ser con el fin de extraer al ser y dárnoslo como alimento, se hizo el instigador de nuestras futuras usurpaciones. Debe haber en Él una luz funesta que compagina con nuestra tiniebla. La historia, reflejo en el tiempo de esa claridad maldita, manifiesta y prolonga la dimensión no divina de la divinidad. Emparentados con Dios, sería de mal gusto tratarlo como a un extraño sin tomar en cuenta que nuestra soledad, en una escala más modesta, evoca la suya. Pero por muy modesta que sea, no deja de agobiarnos, y cuando se abate sobre nosotros como un castigo y pide para ser soportada capacidades, talentos sobrenaturales, ¿dónde guarecernos si no cerca de aquel que, dejando de lado el episodio de la creación, estuvo siempre separado de todo? El solitario va hacia lo que está más solo, hacia el solo, hacia aquel cuyos aspectos negativos quedan, después de la aventura del saber, como nuestra única herencia. No hubiera ocurrido lo mismo si nos hubiésemos inclinado hacia la Vida. Entonces hubiéramos conocido otra faceta de la divinidad y quizá, hoy envueltos en una luz pura, no manchada de tiniebla ni de ningún elemento diabólico, seríamos tan poco curiosos y estaríamos tan exentos de muerte como los ángeles. Por no haber estado a la altura en nuestros comienzos, corremos, huimos hacia el porvenir. ¿Vendrán nuestra avidez y nuestro frenesí del remordimiento de haber pasado a un lado de la verdadera inocencia, cuyo recuerdo no puede no obsesionarnos? A pesar de nuestra precipitación y de la competencia que le hacemos al tiempo, no sabríamos ahogar los llamados que surgen de las profundidades de nuestra memoria marcada por la imagen del paraíso, del verdadero, que no es el del árbol de la ciencia, sino el del árbol de la vida cuyo camino, en represalia a la trasgresión de Adán, habría de ser guardado por querubines con la «espada remoliente». Sólo ese paraíso merece ser reconquistado, y merece el esfuerzo de nuestras nostalgias. De él habla el libro del Apocalipsis (II,7) para prometérselo a los «victoriosos», a aquellos cuyo fervor no habrá vacilado jamás. Por ello sólo figura en el primero y en el último libro de la Biblia, como un símbolo del inicio y del final de los tiempos. Si el hombre no está dispuesto a olvidar ni a reconsiderar su caso, es porque todavía no ha sacado las últimas consecuencias del saber y del poder. Convencido de que su momento llegará, que le corresponde alcanzar a Dios y sobrepasarlo, se apega ‑envidioso‑ a la idea de la evolución, como si el hecho de avanzar fuera a llevarlo necesariamente al grado más elevado de perfección. Queriendo ser distinto, terminará por no ser nada; ya de por sí no es nada. Sin duda evoluciona, pero contra sí mismo, a expensas de sí mismo, hacia una complejidad que lo destruye. Devenir y progreso son dos nociones aparentemente cercanas, divergentes en realidad. Todo cambia, de acuerdo, pero casi nunca para mejorar. Desviación eufórica del malestar original, de esa falsa inocencia que despertó en nuestro ancestro el deseo de lo nuevo, la fe en la evolución, en la identidad del devenir y del progreso, sólo se terminará cuando el hombre, llegado a su límite, al extremo de su extravío, de vuelta por fin hacia el saber que lleva a la liberación y no al poder, esté apto para oponer irrevocablemente un no a sus hazañas y a su obra. Y si continúa aferrándose a ellas, entonces no hay duda de que entre en una carrera de dios risible o de animal anticuado, solución tan cómoda como degradante, última etapa de su infidelidad a sí mismo. Cualquiera que sea la elección hacia la que se oriente, y aunque no haya agotado todas las virtudes de su decadencia, ha caído de todas formas tan bajo que es difícil comprender por qué no reza sin descanso, hasta la extinción de su voz y de su razón. Si todo lo que se ha concebido y emprendido desde Adán es, o sospechoso o peligroso o inútil, ¿que hacer? ¿Desolidarizarse de la especie? Sería olvidar que nunca se es tan hombre como cuando duele serlo. Y cuando ese pesar se apodera de uno, no hay modo de eludirlo: se vuelve tan inevitable y tan gravoso como el aire... Cierto, la mayoría respira sin darse cuenta, sin pensar en ello; pero el día que les falte el aliento verán cómo el aire, transformado de pronto en problema, los obsesionará a cada instante. Infelices aquellos que saben que respiran, más infelices aún los que saben que son hombres. Incapaces de pensar en otra cosa, pasarán su vida obsesionados, oprimidos. Pero merecen sus tormentos por haber buscado, aficionados a lo insoluble, un tema torturante, un tema sin fin. El hombre no les dará un momento de descanso, el hombre tiene aún mucho camino por recorrer... Y, como avanza merced a la ilusión adquirida, para detenerse sería necesario que la ilusión se marchitara y desapareciera; pero ella será indestructible mientras el hombre siga siendo cómplice del tiempo.

de La caída en el tiempo, E.M.Cioran 1961

3 comentarios:

Vero dijo...

Gracias por subir este texto. Leo y (qué narcisista) pienso en el nombre de mi blog, la frase de Shakespeare que alteré y que bien podría ser de Cioran. Nos apegamos tanto al infierno de nuestro descontento, la lisura de la satisfacción sería insoportable.

kurubeta dijo...

vero, chamiga kurepa, còmoi vai!! Sì me sonaba mucho a Shakespeare, pero no lo reconozco, en ke obra està la frase parafraseada, plis?
Toma otra infernal tambièn:
"Vivimos en el fondo d eun infierno, dentro del cual cada instante es un milagro"...Creo que "El aciago demiurgo", donde està este aforismo,junto a la frase "He basado mi causa sobre Nada", del frentòn, Stirner, son dos de los libros con mejores finales d ela hsitoria de la literatura ensayìstika, filosòfica...saludetes

Vero dijo...

Así comienza Ricardo III: Ahora, el invierno de nuestro descontento...
No era infernal la frase, le cambié una letra y se incendió.
Un beso.