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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, noviembre 06, 2007

Miscelaneando sobre sci-fi

Texto de presentación de El canto del cisne, Novela de sci-fi de Arthur D'Alembert. La literatura fantástica cubre una zona espectral cuyas franjas extremas son, por un lado, el cuento de hadas y , por el otro, la ciencia ficción .Este último, género paradojal ya de entrada por su nomenclatura, tiene data exacta de nacimiento: Viaje a la luna, de Luciano de Samósata (a comienzos del siglo III de nuestra era, escrito en griego). Otra variante del sci-fi es la famosa literatura de anticipación, verbigracia los libros de Julio Verne, cuya imaginería, absolutamente fantástica para la gente del siglo XIX, a partir de comienzos del XX pertenece ya al campo de la literatura de aventuras más bien realista que fantástica. Sus profecías se han cristalizado casi en un 100 %, por lo menos en sus rasgos más llamativos. La Máquina del tiempo de Wells es la obra literaria de este sub-género cuyo desplazamiento desde la fantasía profética hasta la cotidianeidad de un mundo futurista mágico-tecnológico es el más ansiosamente esperado por la ciencia moderna. Otro modo o sub-género del sci-fi es la narrativa de catástrofes, i.e. la obra de la década del 70 de Ballard : Crash, Atrocity Exhibition, El mundo sumergido, etc. Arthur D'Alembert es el seudónimo del matemático y master en bioingeniería Miguel Angel Velilla -ya desde el nombre un homenaje a uno de los precursores dieciochescos de la curiosidad científica que caracterizará al mundo en los siglos posteriores- nos presenta en su primera novela, El canto del cisne (primera parte de una trilogía en curso), una obra que oscila (en el sentido del movimiento del péndulo y también de las ondas de radio, imagen ésta grata al autor) entre el sci-fi de anticipación y el de catástrofe, podemos decir, como primer intento de aproximaciòn. Susan Horowitz, científica de un centro de investigación de señales espaciales en USA, melómana obsesiva de la música de las esferas y aún de toda suciedad sideral, en una de sus rutinarias veladas extra-laborales de sábado a la noche, que ella ha concebido más en el sentido de Hilbert o de Fermat que en el de Travolta, descubre que los tapes grabados por el Satélite IUV de la explosión de la Supernova 1987-A (11.000.000 de años de vida solamente), una vulgar secuencia continua de ceros y unos, esconde una regularidad y recurrencia a través de los seudo-primos de Carmichael, que insisten una y otra vez en repetirse, lo que para cualquier diletante matemático supone una única y exclusiva conclusión: racionalidad, vida balbuceando de forma cifrada más allá de nuestro planeta, criptografía exobiológica, el ancestral sueño humano de despojarse de su condición solitaria de ser los únicos sintientes-racionales del universo. Bueno, a partir de este descubrimiento inicial, la fría luz fluorescente que se cierne habitualmente para el profano sobre las hipótesis científicas, abstrusas y demasiado técnicas, se quiebra en ritmo de música tecno-eléctronica de 141 bits por minuto. Pero esta danza mental, más próxima al discurrir dupiniano más que a la agitación desalada de un Indiana Jones (hay que decirlo), tiene la estrechez y el esoterismo que corresponde no sólo a los eurekas científicos sino sus predecesores, las sectas pitagóricas, las hermandades alquímicas, el voto de silencio y discreción de los apóstoles. De hecho, son sólo 12 ( a la cábala y al pitagorismo les podría indicar delicias sin cuento esta cifra, por lo demás trivial, que nosotros asociamos con la docena), entre ellos el jefe de Susan, el presidente de los USA, como no, el asesor presidencial, y Joshua Horn, loco genial, y, al otro lado, sobre el Pacífico, el contrincante natural de aquéllos en materia tecnológica, el rey de los microchips, Japón, tenemos al señor Sideaki Nemo, a su brazo derecho Akiro, contraparte o doble japonés del genial Joshua, al Emperador y a tres empresarios de los trusts nipones que dominan el mercado tecnológico mundial, ansiosos de seguir a la vanguardia en ese campo sobre los USA. A grandes rasgos se puede agregar a este esquema básico que lo que sigue es la inversión de sumas astronómicas, para seguir con las simetrías que abundan en el libro, en el proyecto Beagle, con apoyo estatal en el caso de los USA y de empresas privadas por parte de Japón, en una carrera tecnológica donde el lector tomará partido a su buen gusto y juicio, ya esté influido secretamente por Millenium y Los expedientes X o por los santificados y maravillosos mangas. Hay que aclarar que para abordar este libro y la prosecución del Proyecto Beagle hasta sus 188 páginas será imprescindible munirse de los consabidos recaudos en la navegación científica, i.e. instrumentos de medición de la geometría no-euclidiana (la curva de Gauss), un manual de introducción a la Piedra Rosetta (en último caso puede paliarse la falta de aquélla con el cuento de Poe El escarabajo de oro, que aporta los rudimentos y los códigos básicos para descifrar criptografías fantásticas), el libro de Prigogine sobre las teorías del caos, y tener el cerebro prendido a la capacidad de casi 3 tetraflops (valga el símil) para sostener la lectura del libro. Creo que no es pedir mucho, teniendo en cuenta la agitación cerebral y la calistenia mental, el apetito de conocimientos que suscita el libro y que las ondas de radio han vagado unos 100.000 años por el espacio para llegar ahora, compresivo lector, sanos y salvos gramaticalmente a sus suaves y burguesas manos. Sin entrar a desmenuzar la secuencia de la trama desde su propuesta primera hasta su jadeante desenlace, que no sería otra cosa que infravalorar la capacidad autónoma y de libre interpretación del lector y un golpe bajo al pudor ante el suspenso que articula cada uno de los capítulos de la novela, me gustaría detenerme en algunos detalles que, a mi ver, entusiasmado lector antes que recensionista imparcial ante esta obra y un género que ojalá a partir del sacudón que va a producir con seguridad en el letargo provinciano y pre-científico de nuestra literatura indígena mayormente kitsch, pretenciosa, seria y formalona, tendrá continuadores y más cultivadores. Primeramente Joshua Horn, genial matemático loco que puede recitar de memoria la Iliada y aplicar la metáfora del caballo de Troya a los virus informáticos, agitado cíclicamente por las iluminaciones paranormales, como casa con los individuos de su especie, dotado de una intuición matemática rayana en lo poético, viviendo entre la vigilia eternamente más pura y perfecta de los números y la penumbra catatónica de su patología, avatar humano que tiene que sufrir, con el brazo enrollado (a lo largo de la novela) siempre en torno a una vieja y raída frazada, como un punto de estabilidad que lo arraiga en la tierra, lejos de sus visiones demiúrgicas y de la borrachera ocasionada por su oficio de maestro del ars combinatoria aplicada a la informática moderna. Él, el excluido social, el brujo de la aldea, el chamán que habla en una lengua incomprensible, el oráculo del espacio, es el que va a ser la comadrona en el parto telemático de esas señales misteriosas que han viajado a lo largo de 270 años y el que va a configurar el programa de modelaje tridimensional para evocar a este buque fantasma extraterrestre, Voyager que desapareciera con la explosión de la supernova, y, con ella, la civilización, suicida acaso, que, por mor del conocimiento, terminara al borde de su desaparición, de la extinción misma. Quiero llamar la atención sobre el uso de las metáforas sacadas de la biología, en especial de la entomología, en el libro. En el primer capítulo se nos describe el doloroso nacimiento, fugaz y radiante vida y espectacular muerte de una supernova entre las telarañas de la Nube de Magallanes, como una abeja reina generando materia como miel. El largo insecto, parecido a una mantis religiosa, después de cuatrillones de combinaciones posibles, en el mensaje ufológico llega a configurarse en una visión claramente extática, mística (que uno llega, por un instante, a pensar si en realidad no estamos en presencia de la demencia ectoplasmizada del loco Joshua más que ante el cubo, con las divisiones más finas que puedan existir, de una imagen virtual o hiperreal, después de descodificar el único símbolo, de un millón de bits, que representa la imagen tridimensional de la nave-insecto). Otro punto importante es la simetría entre los síntomas esquizoides de Joshua y los trazos esquizofrénicos, erráticos, que adquieren a veces las supernovas, según nos da a conocer el narrador en un momento dado. Otro, también, que los cilindros perfectos que conocemos con el nombre de submarinos tienen la morfología rigurosa de las ballenas. No es menos fascinante la cosmovisión del autor de que el universo es una bestia cósmica desplegándose en el/con el “infinito” -idea que encontramos con claridad meridiana en Bruno, a fines de la Edad Media, quien, entre paréntesis, terminó su agitada vida en las hogueras purificadoras del anticientífico Santo Oficio, acusado, entre otras cosas, de difundir ideas heterodoxas que se alimentaban de los oráculos caldeos, los escritos mistéricos del neoplatonismo y el neopitagorismo y de los divagues de los libros del corpus hermético (estos últimos, fuente primera del famoso enunciado según el cual el mundo es una esfera infinita cuya circunferencia está en todas partes y el centro en ninguna). Un tema fundamental es el de la creación de seres vivos a partir del hallazgo de una correspondencia secreta y divina entre los números de la Cábala (por ejemplo, la leyenda del Golem) y la divinidad, y la realidad pura y absoluta que son los números para los pitagóricos y, también, en Platón. No se descuida el tópico de gran actualidad de la práctica contemporánea del injerto y de la clonación sobre animales y aún de la amenaza de que esta última llegue a concretar ese leit-motiv de la literatura gótica, el doble, mediante la regeneración de la vida de un hombre a partir de una sola de sus células. O, a partir de las semillas de sequoia, trasplantar un bosque de sequoias a Marte, o, en nuestro caso, la prístina nave-organismo destruida por la explosión de la supernova resucitada vía cibernética cabalística o platónica. O realizar copias de seguridad de toda la información que contienen la memoria y la inteligencia de un cerebro humano, etcétera. Serían innumerables las hipótesis a citar y sus posibilidades teóricas y de asociaciones de la más diversa índole que contiene el libro, y, además, siempre nos arriesgaríamos a transgredir esa línea de decencia y de discreción que es ley de hierro y código de honor en un presentador, y terminaríamos hablando más de la cuenta y despotenciando la médula del libro, cúmulo de curiosidades y misterios que el propio lector debe descifrar o desenmarañar. Para terminar, además de recomendar una vez más la compra y lectura del libro, es inexcusable hacer alusión a dos puntos que creo, a mi parecer, pueden dar la clave del libro de D’Alembert: Burroughs y Borges. El milagro secreto, de Borges, es una narración en la que un hombre condenado a muerte al amanecer del día siguiente lamenta más la inconclusión de su gran obra, un poema épico de elaborados versos a la manera de Virgilio, que su propia muerte. Un dios piadoso, artista, suponemos, suspende el mundo físico, abre un tiempo relativo dentro del absoluto, como el que vive el cosmonauta en la cabina de su nave, que supera la velocidad de la luz, es decir, le concede “tiempo” para terminar su obra y poder morir en paz consigo mismo como poeta, realizado, y, a la par, cumplir con su deber cívico, que exige el oscuro zeitgeist del totalitarismo europeo de los años 30 y 40: no rehuir su mísero holocausto para el bien de los señores que azotan Europa en ese momento, ni tampoco rehuir su misión de poeta. Creo que Arthur D’Alembert ha sintetizado la clave del mundo postcapitalista, tardomoderno, la era de la telemática y de la prospectiva futurista en esta obra, era que da énfasis a lo posible por sobre lo real, a lo experimental sobre lo dado. Con las remotas paradojas de Zenón de Elea, y en especial de Diodoro Cronos, llamado “el Erístico” (por su habilidad no sólo en la sofística sino en razonamientos que serán más tarde aceptados por la lógica moderna), lo que se pretendía era salvaguardar el establishment conservador y clásico del mundo griego antiguo. Hoy, con el espacio Hilbert, la geometría de Lobatschevsky, el principio de incertidumbre, la mecánica cuántica y la relatividad general y especial, ocurre lo inverso: se busca abrir mundo y expandir hasta lo exponencial las posibilidades humanas. En este contexto, la ficción de Borges queda ultrapasada. Hoy, el poeta cibernético, sin necesitar ningún milagro sobrenatural, de ningún deus ex machina impertinente y grotesco, puede terminar su obra automáticamente, después de dejar una copia de seguridad de su cerebro en un microchip o en una botella. “El lenguaje es un virus que viene el espacio” (William S. Burroughs). Como ustedes sabrán, los Burroughs consolidaron un emporio de la informática en Salt Lake City, y William, hijo pródigo de esa dinastía, no ha podido escapar a ella, porque ha tocado el tema en más de una novela de contrautopía o anticipación catastrófica, como The soft machine (1961). Desde las bacterias que hablan (Stanislaw Lem) hasta “el exceso de información produjo el sida” (Baudrillard), el tema de los virus (información química que se alimenta de otras informaciones químicas) ha copado la palestra de los debates mundiales a nivel de simposios o de comunicación científica, ensayos filosóficos y narraciones literarias. El canto del cisne engrosa esa tendencia con la fabulación de un supervirus hipotético posible, en el sentido de Diodoro Cronos, instalado ahora no en las computadoras sino en la escena de nuestra inefable y bonachona literatura local. La batalla tecnológica ha empezado. Arrojen sus semillas precibernéticas antes de que se hunda el mundo devoto de los libros, y a sumergirse se ha dicho hasta más allá del cuello en esta aventura llamada El canto del cisne; sorteemos las calles euclidianas de Asunción provistos con nuestros tubos de Plasma y motores de antimateria, y, señores, bon voyage.
CRISTINO BOGADO. Poeta y escritor misceláneo. Asunción , septiembre de 2003

1 comentario:

Rain dijo...

De estos "sub-géneros" (asumo que lo dices con ironía, pues en realidad no son tales) ha salido este Misceleneando..., en verdad antológico.

Las machines fusionadas con cuerpos humanos son parte del imaginario de una ultraterrena dimensión...

Salutes por la imaginación de Kuru.