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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, octubre 27, 2007

Flanagan, Calle influencian la literatura de Houellebecq

En la quincuagésima lección de sociología, Auguste Comte lucha contra esa «extraña aberración metafísica» que concibe la familia según el tipo de sociedad. «Fundada principalmente en el afecto y el agradecimiento, la unión doméstica está destinada, sobre todo, a satisfacer directamente, por su sola existencia, el conjunto de nuestros instintos simpáticos, con independencia de cualquier idea de cooperación activa y continua para conseguir un objetivo cualquiera, a no ser el de su propia institución. Cuando, desgraciadamente, la coordinación de las tareas es el único principio de unión, la unión doméstica tiende necesariamente a degenerar en simple asociación, y no suele tardar mucho en disolverse esencialmente.» En la oficina, yo seguía haciendo lo mínimo posible; aun así tuve que organizar dos o tres grandes exposiciones, y me las arreglé sin muchas dificultades. Trabajar en una oficina no es muy difícil, basta con ser un poco meticuloso, tomar decisiones con rapidez y atenerse a ellas. No había tardado mucho en comprender que no es forzosamente necesario tomar la mejor decisión, sino que en la mayor parte de los casos basta con tomar una decisión cualquiera, a condición de tomarla rápidamente; bueno, si uno trabaja en el sector público. Eliminaba algunos proyectos artísticos, seleccionaba otros: lo hacía según criterios insuficientes, en diez años no había pedido información suplementaria ni una sola vez; y en general no sentía el menor remordimiento por ello. En el fondo, apreciaba bastante poco los medios del arte contemporáneo. La mayoría de los artistas que conocía se comportaban exactamente como empresarios: vigilaban atentamente los nuevos mercados, y luego intentaban posicionarse lo más deprisa posible. Como los empresarios, salían en masa de las mismas escuelas, estaban hechos en el mismo molde. Con ciertas diferencias: en el terreno artístico, la prima de innovación era más alta que en casi todos los demás sectores profesionales; por otra parte, los artistas se movían a menudo en jaurías o redes, al contrario que los empresarios, seres solitarios y rodeados de enemigos: los accionistas, siempre dispuestos a abandonarlos, los directivos, siempre dispuestos a traicionarlos. Pero era muy poco frecuente que yo sintiera una verdadera necesidad interior trabajando con los informes de los artistas de los que tenía que ocuparme. De todos modos, a finales de junio se inauguró la exposición de Bertrand Bredane, a quien yo había apoyado desde el principio con obstinación; para gran sorpresa de Marie–Jeanne, que se había acostumbrado a mi indiferente docilidad, y a quien le repugnaban las obras de ese género. No se trataba exactamente de un artista joven, ya tenía cuarenta y tres años, y físicamente estaba más bien consumido; recordaba bastante al personaje del poeta alcohólico de El gendarme de Saint–Tropez. Se había dado a conocer, sobre todo, dejando pudrirse pedazos de carne en las bragas de mujeres jóvenes, o criando moscas en sus propios excrementos, que luego soltaba en las salas de exposición. Nunca había tenido mucho éxito, no pertenecía a las redes adecuadas, y se empeñaba en una vena trash un poco pasada. Yo veía en él cierta autenticidad, pero tal vez era la autenticidad del fracaso. No parecía muy equilibrado. Su último proyecto era peor que los anteriores; o mejor, según se mire. Había filmado un vídeo sobre el recorrido de los cadáveres de esa gente que dona su cuerpo a la ciencia después de la muerte; por ejemplo, para que sirva en las prácticas de disección de las escuelas de medicina. Algunos estudiantes de medicina de verdad, vestidos de calle, se mezclaban con el público de la exposición y enseñaban de vez en cuando manos cortadas, ojos arrancados de sus órbitas; en fin, tenían que hacer esas bromas a las que, según el tópico, son tan aficionados los estudiantes de medicina. Cometí el error de llevar a Valérie, ya agotada después de su jornada de trabajo, a la inauguración. Me sorprendió comprobar que había bastante gente, incluso algunas personalidades importantes: ¿acaso empezaba un período de gracia para Bertrand Bredane? Al cabo de media hora, Valérie se hartó y me pidió que nos marchásemos. Un estudiante de medicina se detuvo delante de ella; tenía en la palma de la mano una polla cortada, con los testículos todavía rodeados de pelos. Ella apartó la cara, asqueada, y me arrastró hacia la salida. Nos refugiamos en el café Beaubourg. Media hora después entró Bertrand Bredane, acompañado por dos o tres chicas que yo conocía y algunas otras personas, entre las que reconocí al director de mecenazgo de la Caisse des Dêpots et Consignations. Se sentaron en una mesa vecina; estaba obligado a ir a saludarlos. Bredane se alegró visiblemente de verme, y es cierto que esa noche yo le había dado un buen empujón. La conversación se eternizó, y Valérie vino a sentarse con nosotros. No sé quién propuso ir a tomar algo al Bar–bar; probablemente el propio Bredane. Yo cometí el error de aceptar. La mayoría de los clubs de intercambio de parejas que han intentado incluir en su programa de animación una velada sadomaso semanal han fracasado. Por el contrario, el Bar–bar, dedicado desde el principio exclusivamente a las prácticas sadomasoquistas, sin por ello exigir a la entrada un dress–code demasiado estricto —salvo en ciertas veladas—, estaba siempre lleno. Por lo que yo sabía, el medio sadomaso era bastante específico: estaba compuesto por gente que ya no sentía interés por las prácticas sexuales corrientes, y a la que por lo tanto le repugna ir a un club bisexual clásico. Cerca de la entrada, una mujer de unos cincuenta años, con la cara rubicunda, maniatada y amordazada, daba vueltas en una jaula. Al mirar con más atención me di cuenta de que tenía los tobillos atados a las barras de la jaula con unas cadenas de metal; sólo llevaba un corsé de skai negro, sobre el que colgaban sus pechos grandes y fláccidos. Se trataba, según la costumbre del lugar, de una esclava a la que su dueño iba a subastar durante toda la noche. No parecía divertirle mucho, noté que se volvía en todas direcciones para intentar disimular la celulitis de las nalgas; pero no era posible, la jaula estaba abierta por los cuatro costados. A lo mejor hacía eso para ganarse la vida, yo sabía que uno podía alquilarse como esclavo, entre mil y dos mil francos la noche. Parecía una empleada subalterna, del tipo telefonista de la Seguridad Social, que iba allí para redondear su sueldo. Sólo quedaba una mesa libre, junto a la entrada de la primera sala de tortura. Justo después de sentarnos, pasó un ejecutivo completamente calvo, barrigón, con traje y chaleco, atado a la traílla de una dominadora negra con las nalgas desnudas. Ella se detuvo a la altura de nuestra mesa, y le ordenó que se desvistiera de cintura para arriba. Él obedeció. Ella sacó de su bolso unas pinzas de metal; para ser un hombre, él tenía el pecho bastante graso y abultado. Ella cerró las pinzas sobre sus pezones, que estaban estirados y rojos. El hizo una mueca de dolor. Ella tiró otra vez de la traílla: él volvió a ponerse a cuatro patas y, bien que mal, la siguió; le temblaban los pliegues del vientre, macilentos bajo la luz tenue. Yo pedí un whisky, Valérie un zumo de naranja. Ella miraba obstinadamente la mesa; no observaba lo que ocurría alrededor ni participaba en la conversación. Por el contrario, Marjorie y Géraldine, las dos chicas que conocía de la Delegación de Artes Plásticas, parecían muy excitadas. «Esta noche está todo muy tranquilo, muy tranquilo...», refunfuñaba Bredane, decepcionado. Nos explicó después que, algunas noches, había clientes que se hacían clavar agujas en los cojones o el glande; una vez había visto a un tipo al que su dominadora le había arrancado una uña con unas tenazas. Valérie se estremeció de asco. —Me parece totalmente repugnante... —dijo, incapaz de contenerse por más tiempo. —¿Por qué repugnante.? —protestó Géraldine—. Desde el momento en que hay libre consentimiento de los participantes, no veo dónde está el problema. Es un contrato, eso es todo. —No creo que se pueda consentir libremente en la humillación y el sufrimiento. E incluso si es así, no me parece una razón suficiente. Valérie estaba realmente nerviosa; yo estuve a punto de desviar la conversación hacia el conflicto entre israelíes y palestinos, pero luego pensé que la opinión de aquellas chicas me importaba una mierda; que, incluso si dejaban de llamarme por teléfono, lo único que pasaría es que tendría que trabajar un poco menos. —Sí, esa gente me asquea un poco... —dije con desdén—. Y vosotras también... —añadí en voz más baja. Géraldine no me oyó, o fingió no haberme oído. —Si soy mayor de edad, doy mi consentimiento —continuó— y mi fantasía es sufrir, explorar la dimensión masoquista de mi sexualidad, no veo en nombre de qué podrían impedírmelo. Estamos en una democracia... Ella también se estaba poniendo nerviosa, estaba claro que no le faltaba mucho para sacar a relucir los derechos humanos. Al oír la palabra «democracia», Bredane le había echado una mirada llena de desprecio; luego se dirigió a Valérie. —Tiene razón... —dijo, sombrío—. Es absolutamente asqueroso. Cuando veo que alguien se deja arrancar una uña con unas tenazas, luego permite que le caguen encima y para terminar se come la mierda de su verdugo, me parece asqueroso. Pero lo que me interesa, precisamente, es el lado asqueroso del ser humano. Al cabo de unos segundos, Valérie preguntó dolorosamente: —¿Por qué?... —No lo sé —contestó Bredane con sencillez—. No creo en el lado maldito porque no creo en ninguna forma de maldición; ni de bendición, para ser exactos. Pero tengo la impresión de que cuando nos acercamos al sufrimiento y a la crueldad, a la dominación y la servidumbre, nos enfrentamos a lo esencial, a la naturaleza íntima de la sexualidad. ¿No cree?... Ahora se estaba dirigiendo a mí. No, de hecho, yo no lo creía. La crueldad es antigua en el ser humano, la encontramos en los pueblos más primitivos: en las primeras guerras entre clanes, los vencedores se tomaban el trabajo de conservar con vida a algunos prisioneros para matarlos después de hacerles padecer terribles torturas. Esta tendencia se repetía, constante en la historia, y en nuestros días la encontrábamos intacta: en el momento en que una guerra, externa o civil, tendía a borrar las obligaciones morales corrientes —no importaba la raza, la población o la cultura—, aparecían seres humanos dispuestos a darse el gusto de la barbarie y la masacre. Era un hecho demostrado, permanente, indiscutible, pero no tenía nada que ver con la búsqueda del placer sexual, igualmente antigua e igualmente fuerte. En resumen, que no estaba de acuerdo; pero tenía conciencia, como de costumbre, de que se trataba de una discusión inútil. —Vamos a dar una vuelta... —dijo Bredane cuando terminó su cerveza. Yo le seguí, y los demás conmigo, a la primera sala de tortura. Era una cueva abovedada, de piedra. La música de ambiente se componía de acordes de órgano en la escala más grave, sobre los que se superponían alaridos de condenados. Vi que los amplificadores de graves eran enormes; por todas partes se veían manchas rojas, máscaras e instrumentos de tortura: la instalación tenía que haber costado una fortuna. En una alcoba había un tipo calvo y casi descarnado, con los cuatro miembros atados: tenía los pies metidos en un dispositivo que le mantenía a unos cincuenta centímetros del suelo, y los brazos sujetos por unas argollas que colgaban del techo. Una dominadora con botas y guantes, vestida de látex negro, daba vueltas a su alrededor, armada con un látigo de finas tiras de cuero incrustadas de fragmentos de piedras preciosas. Al principio le azotó durante un buen rato las nalgas, con golpes fuertes y decididos; el tipo estaba de frente a nosotros, completamente desnudo, y gritaba de dolor. En torno a la pareja se fue reuniendo un pequeño público. —Ésta tiene que estar en el nivel dos... —me susurró Bredane—. En el nivel uno se paran en cuanto ven la primera gota de sangre. La polla y los huevos del tipo colgaban en el aire, muy largos y como dislocados. La dominadora dio una vuelta a su alrededor, metió la mano en un saquito que llevaba atado al cinturón y sacó varios anzuelos, que le clavó al tipo en el escroto; la piel se perló ligeramente de sangre. Después, más suavemente, empezó a azotarle los genitales. La cosa estaba en el límite: si una de las tiras de cuero se enganchaba en los anzuelos, la piel de los testículos podía desgarrarse. Valérie volvió la cabeza y se apretó contra mí. —Vámonos... —dijo con voz suplicante—. Vámonos; luego te lo explico. Volvimos al bar. Los demás estaban tan fascinados con el espectáculo que no nos prestaron la menor atención. —La chica que le estaba azotando... —me dijo Valérie a media voz—. La he reconocido. Sólo la he visto una vez, pero estoy segura de que es ella... Audrey, la mujer de Jean–Yves. Nos fuimos enseguida. En el taxi, Valérie estaba postrada, inmóvil. En el ascensor no dijo una palabra. Sólo cuando cerramos la puerta del apartamento se volvió hacia mí: —Michel..., ¿te parezco demasiado convencional? —No. A mí también me horroriza todo eso. —Comprendo la existencia de los verdugos: me repugna, pero sé que hay gente a la que le gusta torturar a los demás; lo que no puedo entender es que existan las víctimas. No consigo meterme en la cabeza que un ser humano pueda preferir el sufrimiento al placer. No sé, habría que reeducarlos, amarlos, enseñarles el placer. Yo me encogí de hombros, como para indicar que el tema superaba mi capacidad de razonamiento, cosa que ahora me ocurría en casi todas las circunstancias de la vida. Las cosas que hace la gente, lo que decide aguantar... No se podía sacar nada de todo eso, ninguna conclusión general, ningún sentido. Me desnudé en silencio. Valérie se sentó en la cama, a mi lado. La sentía todavía tensa, preocupada por el tema. —Lo que me da miedo de todo eso —continuó— es que no haya ningún contacto físico. Todo el mundo lleva guantes, utiliza herramientas. Las pieles nunca se tocan, no hay ni un beso, un roce, una caricia. Para mí es exactamente lo contrario de la sexualidad. Ella tenía razón, pero supongo que los adeptos al sadomaso veían en sus prácticas la apoteosis de la sexualidad, su forma última. Cada cual estaba encerrado en su cuerpo, plenamente entregado a sus sensaciones de ser único; era una manera de ver las cosas. En cualquier caso, lo que quedaba claro es que esa clase de sitios estaba cada vez más de moda. Me imaginaba muy bien a chicas como Marjorie y Géraldine frecuentándolos, por ejemplo, mientras que no conseguía imaginarlas con la capacidad de abandono necesaria para una penetración, por no hablar de cualquier otra relación sexual. —Es más simple de lo que parece... —dije al final—. Está la sexualidad de la gente que se ama, y la sexualidad de la gente que no se ama. Cuando ya no hay ninguna posibilidad de identificación con el otro, la única modalidad que queda es el sufrimiento... y la crueldad. Valérie se acurrucó contra mí. —Vivimos en un mundo extraño... —dijo. En cierto sentido seguía siendo ingenua; sus horarios de trabajo demenciales, que apenas le dejaban tiempo suficiente para hacer las compras, descansar y volver a irse, la protegían de la realidad humana. Añadió: —No me gusta el mundo en el que vivimos.

Plataforma, Michel Houellebecq, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002

http://www.arrabal.org/new273.html

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