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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, septiembre 22, 2007

No hay mejor lugar que el suelo (javier cumpleroguaré)

El Pasado es el País de los Gigantes, y el Presente el País de los Enanos.
El Pasado, no el Futuro, es el verdadero lugar de la utopía y el único paraíso posible. No porque efectivamente nos haya brindado un cúmulo de experiencias más intensas, solidarias, hermosas, vívidas, emocionantes o puras, es decir, no porque verdaderamente haya sido mejor, sino sencillamente porque es inasible para las manos pero está siempre presente en cambio en la imaginación aduladora. Es decir, es imposible, pero por ello mismo también inmarcesible. Es eternamente vital por la fuerza dinámica de la fantasía y alienta fuera de los tristes dominios de la corrupción, de la causalidad y de la muerte, en un espacio paralelo que se sustrae a la fugacidad del presente inasible y a sus mudanzas que hablan de finitud, en el espacio mágico de la memoria, en el espacio de los grandes sueños y de los grandes mitos de los individuos y de las naciones, en el lugar de la gloria. Es irrecuperable para la actualidad de los hechos pero evocable para el capricho de la fantasía como una luz secreta que, en medio de las tinieblas de la vida real y las incontestables certezas fácticas con las que suele contrariarnos, nos convierte en héroes privados in aeternum. Y es quizá por ello más real que esta última, porque en él podemos ser nosotros mismos, porque podemos imprimir en su sustancia proteica con nuestras manos creadoras, como hace el artista sobre la arcilla fresca y viviente, nuestro verdadero rostro. El rostro de lo que pudimos llegar a ser. El de lo que tuvimos que haber sido. El de lo que, finalmente, sin duda fuimos algún día. El presente niega a menudo lo que creemos que constituye nuestra más íntima naturaleza, pero sobre el pasado somos libres para dejar la impronta de lo que pensamos que somos en el fondo o de lo que sentimos que deberíamos ser. El Presente es el país de la realidad bruta y no susceptible de manipulación por parte de la fantasía. Es refractario a todo impulso creador y, por ello, porque no puede reflejarnos tal como bien sentimos que en verdad somos, se nos antoja a veces más ilusorio en el fondo que el pasado. Además, el pasado se ha cuajado ya en una solidez que no se disuelve en la fugacidad de los instantes, sino que habita en el mundo encantado de lo eterno. No es, como el presente, lo que a cada segundo y a cada milésima de segundo está dejando de ser lo que está siendo, sino lo que ha sido ya y de una vez por todas, de manera cerrada, conclusa, perfecta. El pasado habita más allá del tiempo porque es ya lo que es para siempre. “Siempre nos quedará París”, le dice Humphrey a Ingrid con sabia cursilería: siempre tendremos el pasado. El pasado es lo definitivo, lo ya sido, lo que queda. El palacio que edificamos para nuestra alma en el país de la memoria, el único país del que podemos ser señores absolutos, el reino que nos construimos para toda la eternidad. El presente es lo contrario de todos estos melancólicos placeres de la nostalgia que se fundan en la compacta contundencia de lo sido, en su inmarcesibilidad, en la dureza de su núcleo sólido que no se disuelve en el flujo del tiempo como el azúcar en el café (pero que, pese a ello, permite la acción de nuestra fantasía sobre su materia perdurable y sin embargo flexible, maleable, plástica: allí somos nosotros los verdaderos amos, los que hacemos las cosas a la medida enorme de nuestra alma sedienta, insatisfecha, ardiente, mientras que en el presente las cosas se imponen a nosotros y nos niegan en todo lo que pensamos que tenemos de más nuestro). El presente se deshace y se escurre en nuestras manos como el agua, revelándonos lo efímero y mortal de su sustancia, se gasta al existir, no persiste en su ser y la fantasía del hombre no tiene tiempo de ejercer su acción sobre él porque necesita afanarse en filtrar la aplastante masa de la violencia ruda y mecánica que arroja constantemente y sin pausa sobre él y su mundo. Lo único que le queda en estas circunstancias, ínfima e irrisoria trascendencia humana, forma de humanismo degradado, es bifurcarse, en un verdadero arte del sufrimiento, para producir la diferencia entre lo mecánico-inhumano y lo sintiente-humano.

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