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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, julio 15, 2007

el poeta y editor Cristino Bogado, un sábado aburrido...

Lo dejaron un día, como a Moisés o a Tom Jones y como a tantos otros héroes, en la puerta de su casa (“I wanna be your dog” cantaba Kim Gordon la canción de Iggy en la grabación pirata que sonaba en ese gran momento, crucial, en el casetero doméstico, como telón de fondo evidente de los designios de los benéficos hados). La vertiginosa e inhumana resaca del mundo lo había expelido y depositado en las arenas de la capital de N. Piojoso, mugriento y con un hambre (por supuesto, canina) de tres días. Estaba acurrucado ahí, tan chiquito y ensimismado, posible y hasta probable víctima tan fácil de la naturaleza o de los hombres o de Darwin, que el pocas pulgas de N. no atinó a hacer otra cosa que liberar las herméticas compuertas de su sentimentalismo, trasgrediendo así por única vez en su vida su código civil férreamente ciego y escéptico. Además, por un momento albergó grandes esperanzas de que, una vez bañado, empolvado y atiborrado de los antiparasitarios de rigor, pudiera llegar, con el tiempo y con una educación con preceptores privados a lo siglo XVIII, a cultivar un espíritu noble y puro. Entonces se acercaría al ideal del caniche toy schopenhaueriano, digno de acompañar a su amo por los páramos violáceos y gélidos que habita todo genio solitario e incomprendido que se precie. (Además, la Constelación del Perro era su preferida en el puzzle celestial.) La genealogía impura y bastarda que había llegado a confluir en su perro creole era indescifrable. Negro, negrísimo, de cejas semi-rubias, con el pecho estrellado y una oreja casi azulada, siempre enhiesta y casi escandalosa en su avizoramiento retráctil. Soltaba leves y chapurreados ladriditos en su propio jopará personal e intransferible, una lengua espuria, mitad latín, mitad guaraní (suerte de latín carcomido por oleadas onomatopéyicas guaraníes). Por lo general parecía, sin embargo, emperrado en un silencio huraño y estrafalario, con un ojillo sabihondo y el otro resentido, de príncipe convertido en perro por algún maligno sortilegio, y mostraba un avanzadísimo síndrome de burro de la clase que le llevaba a cobijarse siempre en rincones cada vez más oscuros. Del supuesto instinto perruno que presuntamente debería animar a aquel proverbial guardián y celador de la sacrosanta propiedad privada, a aquel insobornable cancerbero de las fronteras donde empezaba la intimidad de su señor, nada, ni mu. Se dedicaba a engordar desvergonzadamente, como si estuviera por parir al hijo de un dios o al Buda mismo. Su pereza y su holgazanería estaban rodeadas de una unción o un aura divinas. Su reloj biológico sólo se ajustaba a las horas de las comidas y a la de la absurda y rutinaria afición de agitar la cabezota peluda con su oreja izquierda azulada al ritmo del heavy metal todos los días religiosamente a las 4:00 p.m. (“¡Te pillé, so gorrón!”). Headbanger ultra conservador en materia musical y perezoso con todas las grasas. Realmente, N. la tenía jurada con el destino. Ni siquiera en el reino animal podía escapar a este círculo de tiza invisible que le encerraba con todos los loosers, con todos los perdedores en el juego de la polvorienta vida. Pero vislumbró una última oportunidad de corregir a tan degenerada y nihilista criatura. Compró las obras completas de Pavlov y puso ojos y lápices a la obra. Despestañándose sobre volúmenes de genialidad positivista que tenían como tema de tan serios estudios un ente tan trivial, lo único que sacó en claro fue que su creole pertenecía, dentro de la maldita tipología pavloviana, al grupo de los que el inspirado científico, contrito, no podía sino llamar “los indomesticables”, es decir, al grupo absurdo y por demás sospechoso de aquellos que permanecían inmunes a la mecánica sádica de los reflejos condicionados e irreductibles a la decorosa condición de naranjas mecánicas. Pobre consuelo enterarse de que él poseía uno de los especímenes que cargaban en sus peludos cuerpos áreas inconquistables para tanto experimento y sondeo científico. Vicioso hasta la médula de sus cortos huesos, lo único positivo a destacar entre tanto desorden biológico era ese estreñimiento crónico del que padecía a pesar de su pitanza rabelesiana exenta de los rigores oligocalóricos predominantes en la población de su raza, usualmente sometida a la tiranía dietética de los veterinarios. Presumido, de pulcritud gatuna gracias al estreñimiento y con humos de perrunazgo envilecido cavilando un coup d’Etat para recuperar honores perdidos ha mucho tiempo, ésta es la entrada en escena del perro de N., bicho de estimação (cortés, altamente expresivo y respetuoso equivalente portugués de nuestro prosaico y etimológicamente oscuro apelativo de “mascota”), el único personaje con nombre en esta historia: se llama Kan-dado.

8 comentarios:

Rain (v.m.t.) dijo...

Con vértigo y acento de tono kurupiano, ¡con sinsentido y antilógica el lenguaje!

albricias.

Cristina Chain dijo...
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Cristina Chain dijo...
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Vero dijo...

Ojalá me aburriese y soltase párrafos como éstos.

Cristina Chain dijo...
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Cristina Chain dijo...
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kurubeta dijo...

no creo...pero si eligiera lo haría entre vos y la...Vero!!!!jajajajaja son chicas re-hot

Cristina Chain dijo...
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