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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, marzo 12, 2007

Poetas intelectuales:amóntema

EL OCASO DE LOS POETAS INTELECTUALES (Fragmento) Malva Flores[1] A nosotros, al parecer, nos sucedió lo que a esos muchachos que son muy brillantes en la prepa, en la adolescencia, tan activos y brillantes que agotan en esa edad y condición todas sus posibilidades y luego no llegan a nada: es una generación de adolescentes perpetuos, de estudiantes perpetuos, de limbo juvenil desencantado. Hugo Hiriart A mediados de junio de 1999, en las instalaciones deportivas del “Centro Rayo” para fútbol rápido, ubicadas al sur de la ciudad de México, se llevó a cabo un singular encuentro: los integrantes de una joven revista cultural, observados desde las gradas por su director, Enrique Krauze, se enfrentaban a los integrantes de otra revista, Nexos, en amistoso partido de futbol. Atrás habían quedado las rencillas producto de la pelea entre Nexos y Vuelta sobre el engorroso asunto del Encuentro “La experiencia de la libertad”, realizado por Vuelta en 1990 y el posterior “Coloquio de Invierno”, organizado en 1992 por la revista Nexos, la UNAM, el CONACULTA y como organizadores independientes, Carlos Fuentes y Jorge G. Castañeda. Quizá en el polvo que los jugadores levantaban permanecían las historias que unos años antes habrían hecho imposible la realización del partido, y las declaraciones que durante la presentación de La historia cuenta había formulado Krauze sobre Carlos Fuentes, uno de los autores queridos de Nexos, no importaban a nadie: “el juego del hombre” los reunía. “No requiere Fuentes una retractación, ni yo un perdón que nunca le pediré […] una diferencia tan profunda como esa no se resuelve con un abrazo de Acatempan”[2] había dicho Krauze en aquella presentación. Ahora, lejos de la cancha parecían haber quedado los cientos de declaraciones y páginas que la prensa, los suplementos y las revistas culturales habían dedicado a la tan conocida confrontación, cuyo origen se encontraba, aparentemente, más bien lejos de las letras (con excepción del affair producido por el texto del propio Krauze, “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”) y cuyo fondo —la relación entre el Estado y los intelectuales—, puede rastrearse en líneas generales tomando como punto de partida la discusión sobre la “apertura democrática” de Echeverría, el Jueves de Corpus y el “voto de confianza” a favor del presidente solicitado por Fuentes,[3] sugerencia a la que respondió Zaid[4] proponiendo emplazar a Echeverría para que, después de cierta fecha límite, rindiera cuentas públicamente sobre los resultados o avances de las investigaciones acerca de aquellos violentos sucesos. Después del golpe a Excelsior en 1976, esta confrontación continuó en diversas polémicas hasta alcanzar su punto más álgido en 1992, a raíz de la controversia suscitada por la realización del “Coloquio de Invierno”, la publicación de los libros de texto gratuitos y la designación de José María Pérez Gay como director del naciente canal 22 de televisión. Ese mismo año esta confrontación tuvo como remate una breve disputa literaria, último “debate” en el fin de siglo que nunca adquirió las proporciones de otras importantes polémicas literarias acaecidas en la primera mitad del siglo xx mexicano, entre las que destaca, sin duda, aquella protagonizada por el grupo de Contemporáneos quien oponía a la idea de una cultura nacionalista la de un diálogo con las otras culturas occidentales modernas. Sin embargo, y como bien observó Sheridan: […] no puede ignorarse que algunas variantes tópicas de naturaleza ideológica del debate sobre nacionalismo posterior a la Revolución serán visibles en los proyectos literarios identificables con el proyecto “realista socialista” de la década de los treintas […] en las recientes discusiones sobre literatura light, o el renovado aliento de otros sentimentalismos literarios: neoindigenismo, neocostumbrismo, neohistoricismo, literatura genérica (feminista y/o gay).[5] Literatura “light” versus literatura “difícil” serían los polos de esta nueva contienda, posdata literaria de las trifulcas en torno a lo que Paz llamaría “La conjura de los letrados”, bautizo para el Coloquio de Invierno donde el poeta vio, más allá de las divergencias ideológicas, las piezas de una estrategia cuyo fin parecía prístino: “más allá de la significación política inmediata del Coloquio, subrayo algo que a mí, como escritor, me parece esencial: esa reunión fue un episodio de una campaña para apoderarse de los centros vitales de la cultura mexicana. Esta es la verdadera significación de la polémica actual”.[6] En medio del alboroto que esta agria discusión había causado en la república de las letras, la revista Macrópolis, en su número 3 del 26 de marzo de 1992, publicó una serie de opiniones (de Rafael Pérez Gay, Jaime Aljure, Guadalupe Loaeza, Margo Su, entre otros) agrupadas bajo el nombre de “Por una literatura fácil”, opiniones a las que, primero en forma indirecta, la revista Vuelta respondió en el número 186 titulado: “La herencia de los Contemporáneos” y ya abiertamente en su número 188, de julio de ese mismo año, bajo el título de “En defensa de una literatura difícil”. En su editorial, Aurelio Asiain afirmaba: En nuestro país, un grupo de periodistas doblados de escritores —y metidos, con buena fortuna, a editores— se pronuncia desde hace años por una “literatura democrática” que, definida plebiscitariamente, encuentra su legitimidad en su naturaleza política antes que en sus virtudes literarias. Con el loable propósito de fomentar el desarrollo del mercado literario nacional mediante la introducción de baratijas, las obras “democráticas” defienden como su mayor virtud su ligereza y propagan el gusto por lo anecdótico. No es extraño que estas bodas de la ideología y el mercado reciban el padrinazgo de nuestros educadores, cuya visión instrumental no percibe en la literatura sino un instrumento didáctico, un documento útil para la historia, una herramienta para la formación del sentimiento nacional y un elemento de cohesión social de las mayorías. De la literatura light al libro de texto hay sólo un paso. No era extraño que las “bodas de la ideología y el mercado” fueran denunciadas por un joven poeta, el mismo que, a la muerte de Paz, reunió a más de 25 poetas en los consejos editorial y consultivo de una nueva revista —Paréntesis— que, en sus escasos 17 números de existencia, relegó la discusión política y se concentró exclusivamente en la publicación de literatura. Aquella frase era parte de la refutación —esta vez en el campo de la literatura— a lo expresado por el consejo editorial de la revista Nexos, que en su número 173 del mes de mayo de ese año había dado respuesta a “la conjura de los letrados”. Allí, entre otros muchos argumentos, se advertía sobre el “éxito de público y prensa” que había tenido el Coloquio, éxito que “quienes se glorian tanto de escribir sólo para los lectores, para la sociedad, y en ningún caso para el Príncipe, deberían aceptar con humildad”. El éxito obtenido era, para los editores, la prueba irrefutable del “vigor cultural del país”, pero también, “de un mercado cultural en crecimiento”. De los ocho autores que Vuelta publicó en defensa de la “literatura difícil”, siete eran poetas (Octavio Paz, Joseph Brodsky, H. M. Enzensberger, Adonis, Shuichi Kato, Lars Forssell, Kjell Espmark y Michel Butor). En “Las ventajas de la condición minoritaria”, Hans Magnus Enzensberger recordaba cómo Flaubert o Baudelaire se habían empeñado en “no complacer al gusto popular y [en] proteger a su obra contra la intrusión de los valores comerciales”, valores desdeñados por la poesía que “es el único producto humano que ha resistido todos los intentos de la comercialización”. Así pues, por debajo de la polémica que a primera vista encontraba su centro en la relación entre los intelectuales y el Estado, y que durante más de 25 años animó la discusión de estos participantes, existía tal vez otro fenómeno no tan evidente, que podría llevarnos a plantear la discusión en otros términos. Bajo la postura del intelectual frente al poder volvemos encontrar también aquella añeja disputa sobre la autonomía del arte y la relación del artista frente el poder “burgués”, ecuación baudelaireana analizada —entre otros pensadores contemporáneos—por Pierre Bourdieu. Definir esta disputa, en el caso mexicano, como una pugna entre poetas, prosistas y “especialistas” —esquematizándola con base en sus figuras más visibles—, reduciría el sentido de la discusión, sin embargo, no es del todo arbitrario advertir sus lazos evidentes y preguntarse cuál fue la actitud de los poetas y cómo las circunstancias históricas y sociales contribuyeron al ocaso, al decaimiento de la figura del poeta intelectual, aquél que desde el periodo de Independencia había hecho de la participación política y de la discusión de los problemas nacionales una actividad que no estaba reñida con su quehacer poético. Resultaría paradójico hablar del ocaso de los poetas intelectuales y situarlo justamente en la segunda mitad del siglo xx, considerando que uno de sus mayores protagonistas fue Octavio Paz, a quien José Luis Martínez considera el último “cacique cultural” del siglo pasado.[7] Advertir que el final de las letras mexicanas del siglo xx concluyó el “19 de abril de 1998, día de la muerte” de Paz, quiere ser un homenaje pero es asimismo un compendio que incluye no sólo la comprensión del hecho literario mismo, sino también del momento histórico en que ocurre y que, para efectos de este trabajo, inicia en la década de los sesenta. Amén de los sucesos del 68 y el 71, de la irrupción en el ámbito intelectual de los académicos “especialistas” (a los que Gabriel Zaid denomina “los universitarios”), así como del encumbramiento de los narradores, creo que el crepúsculo de los poetas intelectuales se debe, entre éstas y otras circunstancias, a la clausura definitiva de una vertiente esencialmente romántica que veía al poeta como el mantenedor de una verdad moral gracias la cual se convertía en la “conciencia crítica” de su tiempo. No me refiero desde luego a la conciencia que interviene en la construcción de una identidad nacional oficial sino, contrariamente, hablo del intelectual que gracias a la exposición pública de su pensamiento se erige en un poder alterno e independiente cuya fuerza radica en el valor de sus ideas y la repercusión que éstas puedan tener en el conjunto de la sociedad representada por sus élites intelectuales y políticas. Se trata del intelectual moderno, tan ampliamente documentado por las bibliografías que no hace falta abundar en ello, aquél que ya no participa como “consejero del príncipe” o como ideólogo de un régimen, sino que vive la tarea de oponer al poder público —en cualquiera de sus manifestaciones—el ejercicio libre y también público de sus ideas y escritos. En muchos sentidos, Paz representaría entre nosotros al último poeta de esta estirpe romántica, de modo que la discusión de su quehacer intelectual resulta imprescindible para entender el panorama cultural de nuestro país en el siglo pasado;[8] sin embargo, y pese a su enorme presencia, la idea del poeta intelectual no puede ser entendida mediante el análisis y la discusión únicos de su obra. Un lugar prominente que Paz reclamaba quizá, según recuerda Héctor Aguilar Camín, como “su” lugar en el mundo, “lo cual me parece muy bien, salvo porque es un lugar enorme y no hay modo de no toparse con él”.[9] Así, cuando aquellos jóvenes integrantes de Letras Libres se enfrentaron en partido amistoso a colaboradores de Nexos, parecían cerrar simbólicamente 25 años de enfrentamientos. No era, sin duda, un acto similar al que dio origen, en 1869, al periódico El Renacimiento, cuando los escritores mexicanos, olvidando sus divisiones políticas, se reunieron arropados por un espíritu nacionalista para crear un órgano de expresión literario. Lo cierto es que, 130 años después, otro capítulo de la vida literaria y cultural mexicana parecía cerrarse en una cancha de futbol. “Somos herederos de una tradición intelectual —decía Enrique Krauze, en la presentación de la versión electrónica del primer número de Letras Libres— que por más de dos decenios encarnó en la revista Vuelta de Octavio Paz. Creemos en la calidad literaria y la claridad intelectual, en la libertad política y la democracia. […] Pero Letras Libres no será una vuelta a Vuelta, y no sólo porque aquella revista es indistinguible de la vida y obra de Octavio Paz, sino porque las circunstancias de toda índole son muy distintas”.[10] Curiosamente, en su versión impresa, existía un matiz en relación con “la herencia” de Paz. Decía Krauze en su presentación: “Aunque publicaremos a los destacados autores que concurrieron en sus páginas [las de Plural y Vuelta], en Letras Libres —nombre acuñado por el propio Paz— no nos sentimos herederos automáticos de su legado: haremos lo posible por conquistarlo”.[11] Ya para el número 7 (julio de 1999), esta herencia había sido conquistada, pues Letras Libres aparecía en un “Árbol hemerográfico de la literatura mexicana”, preparado por el consejo editorial de la revista y firmado por Christopher Domínguez, como el indiscutible heredero directo no sólo de Vuelta sino, partiendo de Contemporáneos, del alto y robusto tronco de las publicaciones periódicas nacionales en el campo de las letras, al que coronaba. Efectivamente, los tiempos y las circunstancias eran distintos, sin embargo, los editores consideraron necesario publicar una carta del poeta dirigida a Enrique Krauze en 1990, que de alguna manera justificaba la aparición de esta nueva revista y daba un “espaldarazo” a quien asumiría durante seis años la subdirección de la misma, Fernando García Ramírez, antiguo miembro de Vuelta y empleado de Krauze en la editorial Clío, quien desde 1993 (es decir, dos años después de la citada carta) había dejado de escribir en la revista de Paz, cuyo último número —donde se recogieron antiguas colaboraciones de quienes podrían considerarse los autores “de la casa”— no consignó su nombre. En dicha carta el poeta advertía, efectivamente, la necesidad de transformar o crear una nueva publicación para evitar “la triste suerte de la Nouvelle Revue Française o de la Revista de Occidente.” Añado —terminaba Paz— que no basta con tener ideas y propósitos nuevos; hace falta también un director y un nuevo grupo. Por supuesto, la nueva publicación (la nueva Vuelta, en su segunda época) tendrá que ser una revista de cultura. Los miembros de su Consejo de Redacción (no más de cinco) deberían escogerse dentro de los que hoy son parte de nuestro grupo. Pienso, sobre todo, en Adolfo Castañón, en Aurelio Asiain y en Fernando García Ramírez.[12] Ninguno de estos tres personajes, dos de ellos poetas, asistieron al partido de fútbol que se realizó en la cancha del “Centro Rayo”.[13] De los participantes en el nuevo proyecto, sólo hubo un poeta: Julio Trujillo, futuro secretario de redacción de Letras Libres, que con motivo de su participación en un Festival de poesía organizado en 2003 por la Fundación Pablo Neruda fue cuestionado sobre el papel y el trabajo del poeta: “En ese trabajo personal —señaló— podrá reflejarse una temperatura social, un pulso político, o no... [pero] ya no es algo necesario. No es algo que busque la gente, ya no es una calificación”.[14] Treinta años atrás, recientes en la memoria los hechos de Tlatelolco y del Jueves de Corpus”, en el suplemento de Plural, “México 1972: Los escritores y el poder”, la polémica a la que hemos aludido daba inicio. En la presentación, Octavio Paz decía. La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragon, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo: escupir contra nosotros mismos.[15] De la sentencia de Paz a la declaración de Julio Trujillo hay tres décadas de distancia, periodo en el que surgieron algunos de los poetas cuya obra es parte ya de nuestra tradición: José Luis Rivas, Francisco Hernández, David Huerta, Elsa Cross, Antonio Deltoro, Coral Bracho, Fabio Morábito, etc. Si bien es muy probable que la declaración de Julio Trujillo hiciera referencia a ese tipo de poesía social que devino panfleto o militancia, llama mi atención que en la misma fecha en la que Trujillo respondía sobre los trabajos del poeta, uno de aquellos, David Huerta, reflexionaba sobre el desinterés de los poetas actuales en cualquier otra cosa que no fuera “lo suyo” y los comparaba con “los románticos de verdad [que] no se confinaban a la expresión lírica y se ocupaban de asuntos históricos, mitológicos, religiosos […] Estaban interesados en todo y en todos. […] Ahora debemos conformarnos nada más con lo que le pasa al poeta en su vida y con la noticia que de ello nos da en sus versos. Muy poca cosa, en realidad”.[16] ¿Qué ocurrió en ese periodo para que los poetas que actualmente cuentan con una obra de madurez se conformaran con ofrecernos, exclusivamente, los datos de su vida? ¿Por qué, en su mayoría, abandonaron el papel intelectual que antes de ellos, e incluso teniendo a Paz como figura tutelar, era moneda corriente en nuestra república de las letras? La generación de poetas que vivió los sucesos de 1968 y su réplica en 1971, que creyó en los ideales de la juventud rebelde, que elaboró en mimeógrafo sus primeros libros, que asistió al derrumbe de la euforia petrolera, se enfrentó a un cambio histórico y social en cuyo vértigo no supo, o no quiso, redefinirse. Tal vez ninguna de estas dos posibilidades sea cierta y en el mundo actual no había ya un público interesado en las reflexiones de una conciencia crítica sustentada sobre el “valor moral” de la poesía. Refugiados en ésta como una actividad al margen de los acontecimientos, los poetas de esta generación vieron, por una parte, cómo la importancia de “la vida literaria”, que antes era el eje de la vida artística y crítica del país, cedía su lugar a la creciente importancia de una opinión pública con sus profesionales (los líderes de opinión) y, por la otra, asistieron a la irrupción y consolidación de los especialistas y académicos que ocuparon, en la discusión de toda clase de problemas ajenos a los estrictamente literarios, el lugar que antes tenían, entre otros, los poetas en su papel de intelectuales públicos. Para qué habrían de ser consultados sobre asuntos de economía, política o sobre cualquier otro aspecto, si ya existían especialistas graduados cuya opinión especializada resultaba más pertinente, más “seria” que la de los poetas. Desde otros ámbitos, ya Christopher Domínguez lo había señalado no hace muchos años: “la multiplicación de la Opinión devuelve al crítico literario (o artístico) al dominio de la estética”.[17] Notas ___________________________________________ [1] Malva Flores es poeta, ensayista y editora. Su último libro es Mudanza del árbol /Pasage of the Tree (2006). Este artículo forma parte del libro que, con el mismo título, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo "José Revueltas" 2006. [2] Enrique Krauze. “No requiere Fuentes una retractación ni yo un perdón que nunca le pediré: Enrique Krauze” La Crónica del Hoy. Cultura. (7 de diciembre) http://www.cronica.com.../1998/dic/07/cul03.html. [3] Carlos Fuentes. “Opciones críticas en el verano de nuestro descontento”, Plural 11 (agosto, 1972), p. 3-9. [4] Gabriel Zaid. “Carta a Carlos Fuentes”, Plural 12 (septiembre, 1972), p. 52-53. [5] Guillermo Sheridan. México en 1932: la polémica nacionalista, p. 31. [6] Octavio Paz. “La conjura de los letrados”, Vuelta 185 (abril, 1992), p. 13. [7] José Luis Martínez. “Los caciques culturales”, Letras Libres 7 (julio, 1999), p. 29. [8] Yvon Grenier, ha estudiado ampliamente este asunto en Del arte a la política. Octavio Paz y la búsqueda de la libertad (2004). [9] Alejandro Toledo. Creación y poder. Nueve retratos de intelectuales, p. 34. [10] Enrique Krauze, “Chiapas: Redención o democracia” En: https://www.letraslibres.com [11] Enrique Krauze, “Presentación”, Letras Libres 1 (enero, 1999), p. 6. [12] Octavio Paz, “Carta a Enrique Krauze”, Letras Libres 1 (enero, 1999), p. 8. [13] Los datos relativos al partido de futbol me fueron proporcionados por Julio Trujillo, amén de la nota que al respecto apareció en el periódico Crónica, en el mes de junio de 1999. [14] Notimex,“Busca poeta mexicano Julio Trujillo romper con ‘padres de la poesía’”, El Universal, Cultura (25 de enero, 2003). http://www.eluniversal. com.mx/ol_ minuto_cul.html. (Consultado el 25 de enero de 2003). [15] Octavio Paz. “La letra y el cetro”, Plural 13 (octubre, 1972), p. 7. [16] David Huerta “Libros y otras cosas. Poesía y narrativa.” En: El Universal. Cultura. (25 de enero, 2003). [17] Christopher Domínguez Michael, Servidumbre y grandeza de la vida literaria, p. 305. fuente: http://www.letra-m.blogspot.com/

1 comentario:

Manuel Rilo dijo...

Hola Kurupicho
¿Eres Madam Satam? o ¿MA "contra los movimientos"? Si es asi me gustaria hablar contigo. Sino , por favor podrias ponerme en contacto con ella.
Suyo
Manuel Rilo
rilomanuel@hotmail.com