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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, febrero 28, 2007

LOS ÓSCAR EN EL KURU

Comentarios deshilvanados y caóticos a la entrega de los Premios Óscar vista en Canal 13 el domingo pasado. Allá van: 1) Siniestro Olimpo el de las deidades tutelares de Hollywood a juzgar por cierta homenajeada, cuyo nombre he olvidado por completo (según recién ahora me percato; excusas): sexagenaria como mínimo, probablemente aún más vieja, postulada como ideal de virtudes combativas A) por sus aportes a la industria cinematográfica estadounidense (haciendo no sé qué cosa empresarial muy importante, del tipo que requiere muchísimo dinero y que genera aún más) y B) por su labor humanitaria al frente de no sé qué cosa de lucha contra el cáncer (huevada a la que se consagró después de que le diagnosticaron ídem a su madre —señora que supongo será una especie de ancestro mitológico tan antiguo como las ruinas de Kaddath la Sarnosa que brillan con palidez de lepra bajo la luna gibosa que luce su doble cuerno en las tinieblas de la noche primordial—). La homenajeada, especie de criatura de un Dr. Frankenstein que además de científico “loco” fuera estilista (loco), modisto (loco) y personal trainer (loco), paseó con aires de “heroica dignidad” ante las cámaras su irreprochable armazón cosida a golpes de peelings, “bótox” (¿?), liposucciones, step, “macrobiótica”, Nutrasweet, brushing, feng-shui, liftings, anfetas, “pilates”, “chocolate caliente para el alma” y vaya uno a saber qué otras delicias, tan auroleada de cristiana caridad que parecía una Madre Teresa, pero fashion, es decir, superando de lejos a la otra vieja esa de Calcuta, que, sin ser en absoluto más humanitaria, sí se vestía en cambio muchísimo peor. 2) Semejante a la citada, es decir, presentada también como mujer admirable y casi como digna de canonización (y qué tanto, por último, si hasta al mismo Escrivá lo hicieron santo) A) desde el punto de vista de la moral y B) desde el punto de vista de la moda (al fin y al cabo son la misma cosa), y, al igual que ella, más fea que la coima pero lo bastante “producida” y “trabajada” como para producir en el espectador medio la ilusión de la belleza, o, por lo menos, de algo tan parecido a la belleza que nadie notaría el truco: ladies & gentleman, estoy hablando de Celine Dion. Horrible, yendo más allá de lo físico, por su papel de “mujer sufriente y virtuosa”. Dicho sea de paso, la cantante No-sé-cuántos Etheridge (excusas de nuevo; hoy mi memoria está peor que nunca con su maldita manía de olvidar todo lo que sea demasiado estúpido), supuestamente más “under” que la Dion (la “rocker” versus la “pop”, guaú), es más del mismo estofado: sólo se diferencian en las muecas, los compases y el vestuario, como todo producto que basa su costo en su “imagen de marca” para que sea rentable, porque en realidad no vale un peso. Ante “música” así, el melómano piensa en tirarse del sexto piso dejando la carta para el “Sr. Juez” que todo suicida bien educado deja, con la frase póstuma: “Aguante K-chiporros”. 3) Ésta se presentó como la edición de los Óscar “más diversa” hasta hoy, con más “diversidad” hasta la fecha, esto es, con nominados de todos los colores, pelajes, nacionalidades y culturas y con el papel de “anfitrión bufo” en manos de una humorista lesbiana, entre los rasgos de “ecumenismo”, por así decirlo, que recuerdo ahora. No voy a explayarme hoy mismo sobre este asunto de lo “diverso” y sus otros temas concomitantes, porque confieso que no lo he “rumiado” aún lo suficiente y prefiero no arriesgarme a aventurar un disparate excesivamente estrafalario, pero, por el momento al menos, o a título de adelanto, me permitiré hacer la observación de que, prima facie, tanta “diversidad” presentaba en más de un sentido una apariencia sumamente homogénea. 4) Peter O’Toole. Poco puedo decir, pues por más que carburo aún no entiendo un pito. He considerado la posibilidad de que me falten elementos de juicio sobre el caso. Quiero decir que tal vez haya algo que yo ignoro en relación con ese notabilísimo, extraordinario actor que es Peter O’Toole. Se trata de una ignorancia muy probable, porque no suelo leer biografías ni revistas de esas que traen reportajes a actores famosos, etcétera. Podría existir algo en relación con O’Toole capaz de volver improcedente por alguna razón el concederle el Óscar, premio al cual tantas veces fue nominado en vano. No sé, algo capaz de repercutir desfavorablemente sobre la opinión pública en caso de que al viejo O’Toole se le otorgase ese demorado (y ya prácticamente imposible, según las apariencias) Óscar. Pero en lo que a mí respecta todo esto es pura especulación gratuita, porque carezco casi totalmente de elementos de juicio. Con esa fragilidad de los ancianos realmente ancianos, cuya piel se vuelve como de papel, el inglés parecía en la pantalla, el domingo pasado, tener escasas posibilidades de asistir a muchas ceremonias como ésta en el futuro. Espero que al viejo O’Toole el Óscar, que a fin de cuentas no es un premio de la crítica sino que representa más bien a los productores y que por ello, además, está asociado al “éxito” en su sentido más trivial y corriente, que es el comercial, no le importe demasiado. Sobre todo porque, a partir de ahora, el problema principal ya no será que el Óscar pueda llegar a O’Toole, sino que O’Toole pueda llegar al Óscar. 5) Saludo a la bandera tricolor: no podemos dejar sin comentarios el desempeño de nuestra fauna local. Mario Ferreiro representaba el “sentido común cinematográfico”, digamos. Su punto de vista era el del individuo promedio. Es decir, no el del que espera que le den el Óscar a una película porque le ha gustado sino más bien el de ése al que le gusta una película porque sabe que ha recibido un Óscar o porque tiene muchas nominaciones (“ése”, sumado a sus prójimos se traduce en la palabra “todos”, si se quiere con un “casi” por delante. Y, por supuesto, no sabe que es por eso por lo que le gusta la película que le gusta —ni nada de lo que le gusta—. Si lo supiese, podría suceder que, con algunos otros aportes adicionales, viento a favor, Saturno en la casa de Júpiter y un poco de tiempo, audacia y sacrificio, nuestro orden económico y social se fuese al mazo. Realmente eso sería maravilloso, qué duda cabe. Pero seguramente no va a pasar. Por poner un ejemplo, en este punto, ese espectador medio está tan convencido de que le gusta lo que le gusta porque es libre y su criterio es ídem y es sólo suyo y hasta “originalísimo”, etcétera, que toda insinuación en contra lo insultaría como una ofensa digna de multa y cárcel no sólo contra él sino también contra la democracia, la ciudadanía y todas esas cosas. O bien coincidiría y diría: “Sí, qué bárbaro, qué bruta es la gente”, considerándose a sí mismo una excepción. Muchos de los que leen este “post” lo están haciendo en este mismo instante. Cierro esta digresión porque se sale ya demasiado del tema y empieza a volverse comprometedora.) Quizá no sea un mal papel el de representante de las masas; de todos modos, alguien tiene que cumplir con los valores democráticos. Su compañera de esa noche de domingo ante las cámaras del “canal de la suerte” (el 13), Tania Domaniczy (espero que se escriba así), por su parte, a nadie podía representar puesto que nada lograba decir, y si algo articuló lo que articuló fue algo carente de lo que vulgarmente se denomina “sentido”, consistiendo las alocuciones de esta presentadora en su mayor parte en instantáneas reproducciones mecánicas de frases sueltas que el señor Ferreiro acababa de emitir, frases que por su parte tampoco merecían precisamente un da capo. La señorita Domaniczy se movió con gran desenvoltura en todas y cada una de las múltiples formas de la dislexia, la tartamudez, la afasia y la ecolalia, ofreciendo a la audiencia luminosos ejemplos del vasto catálogo de los variados trastornos del habla y la ideación, para finalmente sumirse en el broche de oro de un contundente mutismo, que fue lo que mejor le salió. Sin duda, es lo bastante hermosa como para poder guardar silencio por todo el tiempo que ella lo desee, y si la locución es una parte importante de un programa, no hay que desdeñar tampoco la función que en él cumple el decorado. Pero no hay que ser tan duros. Cerremos tanto divague al menos con un piropo: si Mario Ferreiro no decía otra cosa que los previsibles y trillados tópicos que habría dicho cualquier espectador medio, de clase media y con cerebro medio (“medio atrofiado”, completaría un bromista), Tania Domaniczy, que es en realidad una mujer muy hermosa, frente a su democrático partenaire representaba la belleza, que, al menos según Wilde, es una “aristocracia de la naturaleza”. Los millones de dólares de la Madre Teresa fashion cuyo nombre no recuerdo, o los de la Dion (o, digamos, para enfurecer un poco a la platea, los de Penélope Cruz, cuyo labio superior está demasiado próximo a una nariz que sólo cabe calificar de ganchuda, o los de Angelina Jolie, con su boca de bife de chorizo, innoblemente carnosa y colgante… ¡Calma, calma, aplaca tus iras, pueblo! Ya sé que esta opinión es insólita, y encuentro natural que choque y hasta que escandalice a muchos; prometo que algún día la explicaré con más detenimiento; hay una especie de “teoría” detrás de su apariencia de boutade meramente “epatante”, lo aseguro. Por el momento, para ir cerrando ya esta petit nota, dejémoslo ahí. Sólo por el momento, lo prometo), esas mujeres, con sus millones de dólares, como les iba diciendo, pueden confundir al ojo ingenuo y arrojar dudas sobre su fealdad, o hacer incluso que ésta sea olvidada, o hasta lograr que se vuelva invisible para la mayoría, pero, para proseguir con nuestra analogía sociológica alusiva al papel democrático de Ferreiro y a la, conforme a Óscar (como el premio) Wilde, aristocrática condición de Domaniczy, la nobleza comprada con dinero ha sido siempre una nobleza espuria.

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