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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, enero 31, 2007

Montserrat Álvarez en Renacimiento de Otoño, 2006

NOCHE DE FARRA Montserrat Álvarez Es de noche en Asunción. Refresca. Es más, hace frío. La obscuridad reina en la esquina mal iluminada, y un semáforo en rojo aumenta el malhumor de los viajeros que no son peatones. Reina en el ambiente una prisa no explícita por llegar a casa, al turbulento o apacible hogar, en donde, a fin de cuentas, puede yacerse en reparador sueño, ausente de penurias, por unas cuantas horas, hasta reanudar la gris monotonía del deber al día siguiente. La gente está cansada. Un perro callejero, enfermo de sarna, anciano ya, intenta resguardar en un portal su cuerpo casi lampiño del viento de la noche. El semáforo en rojo se hace interminable. La luna es invisible entre los edificios, pero uno de sus rayos alcanza el verde fuego de una botella rota sobre un charco, y la trémula luz que ese vidrio refracta es lo único puro en la corrupta médula de la urbe miserable. El semáforo sigue en rojo. De pronto, inoportuna en medio de la ansiosa espera de la luz verde que cederá el paso a nuestros impacientes motores, a través de los coches se desliza una anciana. Lleva un trapo y un cubo, presumiblemente lleno de agua hedionda y turbia, que la inclina hacia la izquierda, volviendo aún más torpe su ya muy torpe paso. Posiblemente la habréis visto alguna vez, si soléis ir por el centro. Pero no está de más describirla, pues hay en su figura algo que la hace inquietante. Nosotros vamos en una amplia y lujosa camioneta de cuatro puertas, alta y con calefacción. La vieja nos contempla como a dorados peces que llevaran una vida de ocio y esplendor contemplaría el hambriento sirviente encargado de lustrar los cristales de su pecera. Quiero decir con esto que no hay rencor en sus ojos. Su suerte es diferente de la nuestra, pues somos diferentes criaturas, y eso es todo. Se aproxima, rengueando como si hubiera algo roto o mal hecho en su magro corpachón panzudo mal cubierto por unos cuantos trapos indefensos frente al horrible frío, humedece el harapo al que se aferra con su mano derecha y lo enarbola frente a nuestras ventanas. No hay rencor en sus ojos ni la –¿justa?– malicia que cabría esperar, y esto es lo que me inquieta. Me inquieta, pues en el interior de nuestro vehículo, por el contrario, se gesta ante su presencia una incómoda atmósfera de odio y repugnancia, como si la vieja del pestilente harapo nos perjudicase seriamente de alguna manera por el solo hecho de existir. Y nos ha perjudicado, de hecho, con su impertinente aparición: se ha interpuesto entre nosotros y el veloz cambio de luces del semáforo, frente al cual nos impedirá reaccionar con la velocidad deseable, pues habremos de esperar entre los bocinazos de los que nos siguen que saque de en medio su maldita y bamboleante figura deforme, tan ágil como la una tortuga galápago con artritis. Pero ha hecho aun algo peor que eso. Ha traído a nuestra consciencia las imágenes odiosas y nauseabundas de la decrepitud, de la miseria, del frío. Pedro, el que conduce, le hace un seco gesto de repudio con la mano para que se aleje y desaparezca de una condenada vez de nuestra vista, pero es demasiado tarde: ya está la vieja limpiando los vidrios del coche. Destapamos más latas de cerveza, pero no se disipa nuestra amargura. ¡Maldita vieja! De haber podido, si no estuviera penado por la ley, la habríamos golpeado o arrollado. Ninguno está dispuesto a darle una moneda. El perro, en el portal, se encoge más aún, procurando defenderse del frío que nosotros, en el caldeado interior del coche, no sentimos. Diríase que quiere reducirse a una mínima expresión, minimizarse hasta casi desaparecer, como si la nada fuera lo único acogedor para un perro vagabundo o como si buscara ofrecer la menor cantidad posible de materia a los ataques de la hiriente inclemencia de la noche. La vieja (realmente, es muy vieja), en su torpeza, ensucia más los vidrios en lugar de limpiarlos. Debería estar en un asilo para ancianos indigentes e inútiles, o, más bien, bajo tierra. A su edad ya es absolutamente inservible para cualquier labor. Además, su fealdad ofende: sobre unas piernas flacas, la abultada panza hambrienta hace flamear una falda de lana de algún color que en otros tiempos tuvo nombre y que ahora, sucio y deteriorado y en esta mala luz, más que color es sombra. Las manos, deformadas por el reuma o alguna de esas cosas que les suceden a los viejos, llevan unos inmundos guantes de lana rotos en las puntas, por las que escapan los torcidos dedos y las negras uñas, mojados por el agua helada y cenagosa del cubo y tan roñosos como el perro con sarna del portal (¿será suyo?). Mueve burdamente su trapo sobre la superficie de las ventanas, intentando con un postrer esfuerzo ser todavía digna de que la sociedad, en pujante progreso, le permita continuar ocupando un oscuro rincón en el que no moleste demasiado. La cara es lívida y rugosa. La nariz, roja, de borracha. El pelo, de un gris amarillento. Me inquieta la incoherente bondad de la mirada, que le boca parece confirmar. La desdentada boca, a la cual la falta de dientes sume hacia adentro en una grotesca mueca de senilidad, cómicamente similar a la del sonriente Buda de los chinos, pero con un recóndito rescoldo de tristeza, incluso de tragedia –de más está decirlo–. Sin embargo, ¿cómo es esto posible, que no se lea el odio en sus ojos estólidos? Se diría que es justo y necesario que nosotros, que bien podríamos ser sus nietos, la miremos con desdén mientras ella nos mira con arrobamiento, que se incline ante nuestros imperiosos ademanes mientras nosotros fantaseamos con crueldades imposibles para castigarla por estorbar nuestro paseo, que nosotros estemos bien abrigados y repletos de cerveza y güiscola mientras ella pasa frío y limpia coches. ¿Se puede ser tan estúpido, tan iluso? Se trata de un enigma que no entiendo. Me percato, ahora, de que tiembla de frío, y miro fijamente sus pupilas, que ella me hurta con humildad. Alguna vez fue niña, una niña feliz por momentos, como todos los niños, aun los más miserables, en su mundo de juegos y canturreos tontos, una niña que no pensaba en tumbas ni en vejeces. Alguna vez jugó con una muñeca o con algún pedazo de tela en el que cosió dos botones y que para ella era una muñeca, alguna vez escuchó algún cuento, alguna vez bailoteó un baile inventado al ritmo de alguna mala melodía que sonó en alguna radio. Y algo de eso ha quedado en su mirada, algo de esa ingenua despreocupación de quien no piensa en las cosas graves de la existencia humana y simplemente disfruta de un pedazo miserable de felicidad, de una migaja de paraíso encarnada en la figurita multicolor de algún álbum barato, en el sabor a rancio de alguna golosina de mala calidad, burdas imitaciones, ramplones sucedáneos de la auténtica vida, de la vida que llevamos nosotros, los que gozamos de calefacción en el invierno. Y nosotros, Mario, Pedro, Chema y yo, buscamos de mala gana en nuestros bolsillos alguna calderilla insignificante, alguna moneda suelta, no importa lo pobre que sea, para salir del paso. La vieja se conformará con doscientos, con cien, con cincuenta guaraníes. El cigarrillo me estorba. De pronto, mis dedos tropiezan con un billete en la oscuridad del bolsillo interior de mi campera, y un oscuro, cobarde sentimiento de vergüenza y de miedo me impulsa a dárselo a Pedro, el que conduce y ante cuya ventana aguarda la pordiosera, y le digo: –Pedro, por favor, dale esto a la señora. He pronunciado la palabra “señora” con respeto, cuando ninguno de nosotros suele hablar con respeto de nada ni de nadie, y una hostil sorpresa silenciosa llena el coche. Me digo, mecánicamente, que ojalá que el billete sea sólo de mil, o, a lo sumo, de cinco. De pronto, contradictoria y absurdamente, en un rapto de locura que, por fortuna, intuyo pasajero, deseo en cambio que sea de diez mil, de cincuenta, de cien mil guaraníes. Y tengo un nudo bochornoso en el cuello, y, pese al largo trago de cerveza, de nuevo me lo anuda la angustia a la garganta, y renacen el miedo y la vergüenza cuando pedro, displicente, insultante, baja la ventanilla y le arroja el billete a la inútil anciana, apresurado, frío –el semáforo ya está amarillo–, mientras, sin mirarla, le espeta con desprecio: –Tomá. Arrancamos, y yo escucho el cortés “Muchas gracias, señor” de la indigente, que aún no ha visto el valor de la propina y cuya gentileza, por lo tanto, es genuina, como genuina fue nuestra grosería. Y rodamos por la ruta, como peces dorados en una pecera de lujo, bebiendo buena cerveza alemana y escuchando buen jazz y fumando, y la vieja queda a nuestras espaldas. Nadie hace alusión, por pudor, a mi ridículo gesto de debilidad, y yo, gracias al Diablo, voy sintiendo que la dolorosa compasión que me embargara se disipa en medio de la alegría –está tocando el gran Charlie Parker– y que la vieja no me va a estropear la juerga porque ya es parte del pasado, de un pasado remoto, que no existe, que jamás existió realmente. Y mis ganas de gritar y de llorar desaparecen, y vuelvo a reír, y se habla de levantar a unas pendejas, y yo espero terminar la noche borracho, muy borracho, tan repleto de alcohol y tan alegre como jamás lo estuve. de Renacimiento, revista de literatura, Sevilla, número 51-54, otoño, 2006, pp.65-68

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