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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, marzo 30, 2006

Peripecias del Pancho novelizable

Uhora, 15 / 03 / 06 Enfermo mental irá a la cárcel por ocho años Un canadiense que sufre trastornos mentales estará ocho años en la cárcel y con medidas de seguridad, según dispuso un tribunal de sentencia tras el juicio oral y público. El acusado baleó a un funcionario del Consulado de su país en el Paraguay. El condenado es Pancho Desperatus Amator de Tanza, quien deberá seguir su tratamiento en el pabellón siquiátrico del Penal de Tacumbú. La fiscala Liliana Alcaraz pidió la aplicación de medidas de seguridad por su condición de enfermo mental. Los antecedentes señalan que el 29 de abril del 2004, a eso de las 12.50, Amator de Tanza irrumpió en el Consulado, que se encuentra en la jurisdicción de la comisaría 9ª, metropolitana. Ahí, le disparó a Alvin Feher, secretario del Consulado, quien fue herido en el hombro. En el juicio declaró el siquiatra José Vera, quien indicó que el acusado era un enfermo mental crónico y que debía tener un tratamiento de por vida. No obstante, el tribunal entendió que debían aplicarle 8 años de prisión y medidas de seguridad. En el juicio se leyó una carta de la madre del encausado. Además, diplomáticos canadienses pedirán que la sentencia sea cumplida en su país. Pancho Desperatus había sido repatriado en 3 oportunidades a su país por sus problemas mentales, por lo que le tomó animadversión al funcionario. La víctima fue auxiliada y el autor detenido. El Tribunal de Sentencia fue encabezado por la jueza Leticia De Gásperi e integrado por los magistrados Andrés Casati y Daniel Ferro.

miércoles, marzo 29, 2006

Sacudiendo

Llegó después la adolescencia, en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de la puerta del cuarto de baño, disparando mi taco por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del armario botiquín, ante el que estaba de pie, con los calzoncillos bajados, para poder verlo salir. O, si no, estaba inclinado sobre mi veloz puño, con los ojos fuertemente cerrados y con la boca abierta de par en par para recibir en la boca y en los dientes aquella pegajosa salsa de mantecoso suero y Clorox… aunque, frecuentemente, en mi ofuscación y mi éxtasis, la recibía de lleno en el pelo, como una rociada de grasosa brillantina. En medio de un mundo de pañuelos amontonados, arrugados Kleenex y pijamas sucios, yo movía mi novicio e hinchado pene, con el perpetuo temor de que alguien me sorprendiera justo en el momento culminante de mi frenesí al soltar mi carga. Sin embargo, me sentía totalmente incapaz de mantener los dedos apartados de mi capullo una vez que empezaba a ascender a lo largo de mi vientre. En medio de una clase, yo levantaba la mano en petición de permiso, echaba a correr por el pasillo hasta los lavabos y, con diez o quince salvajes sacudidas, me descargaba, de pie, en un urinario. El sábado por la tarde, en el cine, me separaba de mis amigos para ir a la máquina automática expendedora de dulces, y subía luego hasta una lejana localidad de anfiteatro, soltando el chorro de mi semen en el envoltorio vacío de una barra de “Mounds”. En una excursión de mi asociación familiar, quité una vez el corazón a una manzana, vi, para mi asombro (y con la ayuda de mi obsesión), lo que parecía y corrí al bosque para caer sobre el orificio de la fruta, fingiendo que el frío y harinoso agujero estaba realmente entre las piernas de aquel ser mítico que siempre me llamaba Gran Chico cuando suplicaba lo que ninguna muchacha había suplicado jamás. “Oh, métemela, Gran Chico”, exclamaba la manzana que yo agujereé estúpidamente en aquella excursión. “Gran Chico, Gran Chico, oh, dame todo lo que tienes”, rogaba la botella de leche vacía que yo guardaba escondida en nuestro sector del sótano para introducir en ella, después de la escuela mi vaselinado miembro. “Vamos, Gran Chico, vamos”, gritaba el enloquecido trozo de hígado que en mi propia locura, compré una tarde en una carnicería y, lo crea o no, violé detrás de una cartelera de anuncios cuando me dirigía a la clase de bar mitzvah. Fue al primer de mi primer año de escuela media –y mi primer año de masturbación- cuando descubrí en un costado del pene, justo donde comienza el glande, una manchita pálida que ha sido diagnosticada después como una peca. Cáncer. Yo me había producido a mí mismo cáncer. Todo aquel frotar y estirar de mi propia carne, toda aquella fricción, me había producido una enfermedad incurable. ¡Y aun no había cumplido los catorce años! “¡No! –sollozaba-. ¡No quiero morir! Por favor… ¡no!” Pero, luego, como, de todas formas, no tardaría en ser un cadáver, continuaba como de costumbre y eyaculaba en mi calcetín. Me había habituado a meterme por las noches en la cama con mis calcetines sucios, a fin de poder utilizar uno de ellos como receptáculo al acostarme y otro al despertarme. ¡Si, al menos, pudiera limitarlo a una sola vez al día, o fijar el límite en dos, o, incluso, tres! Pero, con la perspectiva del aniquilamiento definitivo luciendo ante mí, empecé a alcanzar nuevas marcas. Antes de las comidas. Después de las comidas. Durante las comidas. Me levanto de la mesa de un salto, agarrándome teatralmente el vientre -¡diarrea!, grito. ¡Tengo diarrea!-, y, una vez detrás de la puerta del cuarto de baño, cerrada con el pestillo, me deslizo por la cabeza un par de bragas que he robado del armario de mi hermana y que llevo en el bolsillo, enrolladas en un pañuelo. Tan excitante es el efecto de las bragas de algodón contra mi boca –tan excitante es la palabra “bragas”-, que la trayectoria de mi eyaculación alcanza sorprendentes nuevas alturas: brotando de mi cuerpo como un cohete, se dirige en línea recta hacia la bombilla que pende del techo, donde, para mi horror y admiración, queda colgada. Instintivamente, en el primer momento me tapo la cabeza, esperando una explosión de cristales, un estallido de llamas…, el desastre, ya ve, nunca está lejos de mi mente. Luego, lo más silenciosamente que puedo, me subo al radiador y quito la chisporroteante gelatina con un trozo de papel higiénico. Comienzo un escrupuloso registro de la cortina de la ducha, la bañera, las baldosas del suelo, los cuatro cepillos de dientes -¡Dios no lo quiera!-, y, justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, imaginando que he borrado mis huellas, me da un vuelco el corazón al ver lo que está colgado como moco en la punta de mi zapato. Yo soy el Raskolnikov de la masturbación… Fragmento de “EL LAMENTO DE PORTNOY”, de Phillip Roth

lunes, marzo 27, 2006

Roa bastos y el dolor de la significación

En el número 61 la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana podemos encontrar un interesante texto que evoca la figura y obra del supremo escritor del Paraguay. El documento con el texto íntegro puede bajarse aquí

sábado, marzo 25, 2006

Huesos hábiles (primeros fragmentos de una novela inconclusa de perruno tema de Cristino Bogado)

Huesos hábiles De carácter manso, movimientos suaves, casi como los de un gato, y, eso sí, vehemente en la expresión, con sus ladridos emergiendo viriles del gaznate y el atávico respingo de la cabeza para aproximarla al máximo hasta la luna invisible, así es mi perro. Tengo que decir que, además de su amo (uno de sus amos), también soy su ‘chofer’. Los tiempos que corren exigen héroes a su altura. En ellos, necesariamente, a gente como yo le queda un papel muy secundario, el del amigo sin carácter que pregunta al Papel principal cómo le fue con la Dama, por ejemplo. La faena rutinaria es más o menos como sigue: alguien llama a Empresas Huesos Hábiles S. R. L., y marca una cita a determinada hora del día. Generalmente, se trata de gente retirada, ex militares o policías, o ex bancarios, pues estos reúnen los dos elementos básicos que forman la materia prima con la que trabaja mi perro: soledad, abandono por parte de los suyos, y dinero ahorrado en alguna caja de jubilación para tratar de paliarlo. Mi hermanita atiende las llamadas mientras tararea algún hit de Kylie Minogue, anota las direcciones del potencial cliente, mira la agenda y confirma la hora exacta de la visita. Nosotros, mientras tanto, pasamos el rato despiojándonos el tedio en el ático infantil hasta que somos avisados por una alarma de bombero accionada por una cuerda, como las que se usan en los colectivos públicos. Puestos en pie, nos deslizamos como Batman y Robin por un tubo previamente engrasado, tomamos los datos y salimos a la calle. My sister aumenta entonces el volumen del toca-cintas, y eso es todo. La calle tiene el aire detenido de los sueños pintados, pero sin sus mujeres desnudas, o la torpeza insomne de la resaca de la madrugada del domingo pateando la calle del Mercado 4, pero sin sus aromas a campo reducidos ahora en hatillos comerciables. El arnés de mi perro es la prolongación de su cautiverio, pero en versión nomadizada, ambulante. El microclima del encierro perruno continúa, aunque sostenido por mis manos. La multiplicidad de especies que confluyen en un parche zoológico en mi perro proletario se me revelan como en una intuición imbécil. Las pezuñas domesticadas en su ti-ti anodino e inofensivo tienen algo de chivo, el caucho de su hocico tiene el brillo del de los simios, el corte de pelo duro y enmarañado le cae sobre los ijares como ropaje de caballo durante un torneo medieval o de los de la caballería acorazada feudal, sus enormes ojazos de pasmo interminable son de inequívoco becerro... Una pléyade impresionante de especies se cruzan en su físico bestial, pequeños destellos engañosos o alucinados ondulan sobre la materia petisa y oscura de mi perro. Aunque la gente diga lo contrario, las cosas siguen como antes. Tenemos que hacer el trayecto a pie, porque todavía hay censura canina en los colectivos. Y eso se repite en casi todas las esferas: supermercados, librerías, taxis, bibliotecas, cines, etc. Si uno va al cyber con su perro, tiene que dejarlo indefectiblemente atado a alguna tranquera improvisada, como a los caballos en las viejas películas del far west. Y la situación empeora si se trata de perros callejeros, como el paradigmático perro-clochard retratado por las cuerdas de Kamba-í en su Jagua jetữo. Mientras hacemos el camino que va de la oficina a la casa del cliente de turno, para evitar el soso laburo de describir la calle, puedo ahondar en la personalidad de mi perro. Para impedir ideas equivocadas, de entrada empiezo aclarando que carece de la inteligencia, sutileza y madurez de, por ejemplo, el caballo de Lucky Luke, sin hablar de su total falta de dependencia de bebedizos espirituosos propios de la cultura humana. Más bien es de gustos simples y aun obvios. Para veranear, Cannes; para turismo cultural, Pekín. Héroe histórico: el khanato mongol en pleno hasta el último monarca chino de la dinastía manchú: Khan Hi. Películas: Tarde de perros, Perros de alquiler, Perros de paja... Noir barato y violento. Nada de los sentimentalismos en boga entre sus congéneres de hoy: 101 dálmatas. Científicos: Perrin antes que Pavlov. Filósofos: Lacan, Diógenes, Kant y Jenófanes (“Si los bueyes, los caballos y los perros tuvieran manos y produjeran obras de arte como sucede con los humanos, los caballos dibujarían a sus dioses con forma equina, y los bueyes bovina y los perros perruna y les otorgarían cuerpos como los que posee cada especie”). Baile favorito: el can-can francés. Literatura: Jack London, cae de maduro (Colmillo blanco, Jerry de las islas y La llamada de la selva). Yagua’i de Quiroga, Flush de la Woolf. Aunque nunca ha bebido, siempre pone cara de tolerancia ante mis pequeños caprichos cuando me ve con un vaso de scotch. Santos: san Roque, san Francisco, santa Catalina y santa Quiteria; a estas dos últimas dirige sus ensalmos apotropaicos cuando la pesadilla de la rabia se cierne sobre sus duermevelas y pira kutus. El toque de misticismo que impregna como un hedor caliente y sabroso su pelambre hirsuta viene acaso de la lectura de la vida de esos ermitaños arrojados al desierto que, como única fuente de comunicación (y de alimentación) con el exterior, tuvieron un perro -allí habría que agregar que El perro que vio a Dios sería el epítome de toda esa conmoción interior-. En alguna Navidad me ha conminado a regalarle un bestiario medieval ilustrado, y lo he visto lamiendo con su saliva-panacea a un kinocéfalo. Piensa, muy profundamente, que el mundo fue hecho y es protegido por un perro gigante, paternal y bonachón, irascible ante todo lo que se mueva como gato, animal que no con razón no es mencionado en la Biblia, ladrando a las constelaciones con su respingo lobuno, para que los hombres se sientan seguros en sus propiedades y sus bienes. Llegamos. Calle Cabeza de Vaca 1553. Como es costumbre, toco el timbre o, en su defecto, doy unas palmadas sobre la verja. Dejo al perro, una, dos horas. A veces, cuando el cliente da muestras de una liberalidad excepcional, o de una soledad infinita, toda una tarde. Le dejo hacer al perro su trabajo y, al final del mismo, vengo por él de vuelta. Nada más. Comúnmente, el jubilado, 65-74 años, permanece en su sillón de orejas o en su silla reposera con un dispositivo para hamacarse, escuchando en su radio AM malas nuevas sobre la violencia monótona e inaplastable, la miseria zarrapastrosa, el desempleo masivo, catastrofilia mediática, plagueos hertzianos que rebotan refractarios en su cuerpo, achacoso o no, mientras el perro, acostado a sus pies, ahíto de bolejas o de los olores de esa casa vacía y sin ventilación, echa una siestecilla o, como perro solar, como perro a energía solar, se entrega al dios; los rayos infrarrojos le dan a sus músculos la suficiente flexibilidad para sus rondas nocturnas de vigilante insomne. Algún jubilado X siente el impulso de frotarlo suavemente, cuando ya han intervenido visitas precedentes, contactos anteriores. O el cliente Y le cuenta la historia de la población familiar que antaño animó esa casa, cómo el barullo y el movimiento se fueron evaporando sin que él apenas pudiera percibirlo. Cómo a las grandes conmociones fueron sucediendo más lagunas silenciosas, agujeros de abandono raleando la antaño espesa vida hogareña. Sobreviviente de ese trabajo de zapa, testigo oral de ese proceso del tiempo y sus asechanzas, canta, rapsoda deslenguado y loco, la vivacidad de un mundo aparentemente eterno. El cliente Z a veces desempolva un disco de vinilo para su perro de compañía, y éste, súbito y mercenario cortesano de cuatro patas, asiente con algún bufido profesional. Trabajo humanitario, fácil y de buena paga, aunque, es cierto, un poco triste, “denso” incluso, con fucilazos incontenibles de psicosis rondando los muebles fantasmales. Por ejemplo, cuando X le llama Chipi, o Y Kazán, o Z Energúmeno, nombres que, más que aplicarse al perro-proletario, más que designar al puro animal instalado temporalmente en su casa para curtir el ritmo que fluye en esas concavidades que desesperadamente quieren mostrarse desgajadas del deteriorado éxtasis, quieren convocar vidas ya definitivamente hundidas en las brumas del afecto, pujando con las neuronas desportilladas por el Alzheimer o el Parkinson, formas anquilosadas de la vida minada a lo largo de su despliegue aparentemente multicolor y efervescente, ocultas a la conciencia pero no al cuerpo, fragmentos de vida eclipsados en una mudez esclava adiestrada desde la infancia para obedecer y sufrir sin chistar. En ese punto de rotura del dominio de lo humano y los bártulos de su cultura, lo animal sirve a la perfección para conceder su piedad y comprensión a ese yanaconato del cuerpo olvidado o silenciado. Y el comienzo de este “negocio”. Perro de compañía se alquila por horas. Sin los inconvenientes de lo humano, la estafa, el robo, la gula, la borrachera, el barullo, la locuacidad. Allí donde lo humano fue desplazado por la máquina, la fábrica y su cadena de producción sin fin, se hace posible el resquicio de un retorno a lo originario. Pero lo originario fue ocupado por lo animal, especie siempre fiel al llamado primitivo. Entre lo maquínico y lo humano, lo animal empezó a jugar un protagonismo inédito. Punto de inflexión, vaso comunicante, árbitro, intercesor al fin. Más cercano a lo segundo (lo humano), por una tierra común, el cuerpo, el animal aceptaba su nueva función. Suerte de triaca prescrita por la sabiduría médica musulmana, fármakon que prepara la cama de la eutanasia, su tarea es consolar al Gran Derrotado, acompañarlo en su agonía, entretener su vida purgada en guetos solitarios y confortables (los menos, el target con el que mercaba), su indefensión ante el Nuevo Mundo bajo el yugo de la máquina, “hijo bastardo” que ocupaba ahora el tablero principal. Con la plata que sacaba mi (nuestro) perro se mantenía mi familia. Absolutamente desempleados, crónicamente desempleados, aceptamos lanzarnos al terreno de la acción perruna... Primero las changuitas, los trabajos golondrina, y, al fin, el parasitismo perruno. En medio hubo un período al borde de la mendicidad, denominador común de otras familias ayer nomás orgullosas y prósperas... Mi padre cocina para todos, mi madre organiza el negocio, mi hermanita y yo somos los brazos materiales del único trabajador real, de la fuente de capital para la casa, nuestro perro. Ironías de la civilización. El antaño parásito del hogar burgués termina sustentándolo. Y eso que nosotros tuvimos suerte: fuimos casi los iniciadores de este rubro, con una clientela en franco crecimiento y exponencial demanda. Todos los otros trabajos tradicionales, modernos, que habían sacado a la humanidad de sus penurias, ahora los monopolizan las máquinas. Para los hombres quedan la mendicidad o el parasitismo a costa de los animales, como es nuestro caso. Incluso la prostitución, oficio que ha sabido siempre capear cualquier revolución que socavara los cimientos de la normalidad y la eunomia, que ha sido casi inamovible desde los comienzos del mundo, se derrumbó por falta de capital y, peor, de deseos. El sida, en su astronómico aumento, en su espiral dispersiva, liquidó el contacto, aunque se tratara de aquel ínfimo y breve establecido durante la cópula, entre los cuerpos. La masturbación resbala indefensa sin cuerpo sobre las imágenes autistas. La dignidad de nuestra familia jamás permitió que nuestra niñez bajara a turnar o transar con esa salida suprema. Paso a buscar al perro de casa de Y. Regresamos, a veces dando una vuelta por el supermercado. A comprar osobucos, pucheros, costillas, paletillas, palomitas, carne picada o molida. Le dejo elegir al cuadrúpedo hasta que un guardia nos pilla in fraganti y tengo que sacarlo al estacionamiento mientras pago y salgo. De nuestra casa, la antigua mansión señorial llena de pretensiones, con piscina y quincho para el asado dominical, poco queda. La nueva configuración laboral alcanzó a afectar también a las arquitecturas y a sus habitantes. La oficina, instalada en el viejo jardín, ha removido hoy todo su esplendor de antaño de verdes farmacopeas y fragancias, kuratús, burritos, helechos, santa ritas, áloes, la infaltable ruda protectora, los crotos y los mbokaja mata, y hace actualmente de fachada. En su planta alta está el altillo de espera de los pedidos laborales. Atrás, muy atrás, quedan los cuartuchos, la sala con su sofá y la cucheta. Y la cocina, altar sagrado desde los últimos cambios. Cocina para los hombres y “el hombre de la casa”, nuestro soporte económico, el perro. X2 sólo deja de fumar cuando duerme, cuando come o cuando está en el cyber. (Aunque lo de no fumar cuando se come ya fue desvirtuado por Barbara Loden, compañera de Elia Kazan, en la famosa secuencia final de Wanda -road movie primigenio de mediados de los 60-, donde la protagonista se atiborra de pastas, cigarrillos y cerveza, todo simultáneamente. Bueno, en algún cyber te proveen de ceniceros y hasta se puede chupar birra sin corte. Sin olvidar catalogar a los cyber con rincones aburdelados como anexos alternativos. Así que sólo queda, incólume a los ataques del cigarrillo, el tiempo del sueño. Esto nos lleva a la asociación de la muerte con el sueño, que los románticos alemanes ya habían proclamado. Claro, nada más alejado de la vida que la inmovilidad del durmiente, y quién vio alguna vez fumar a un muerto. Y lo digo sin ningún sesgo de ironía, ni alemana ni paraguaya). Desprecia a todo aquel que se precie de intelectual pero que no haya hecho experimentos sobre su cuerpo y sus neuronas. Que no haya agitado esa cosa de por sí inercial y conservadora (el cuerpo) con todo tipo de agresiones fecundantes, ya sea con hongos o con hachís, con cocaína o con anfetaminas, con LSD o con tabaco, etc. Todo vitalismo de la letra se le antoja falso, fatuo, mentiroso; el de Nietzsche o el de Deleuze, famosos ambos por su condición enfermiza crónica, no merece más que su burla. Pues para él el cuerpo no es más que un campo donde las fuerzas planetarias se sumen en una lucha sin cuartel. Piensa que lo que subyace a la persecución actual del tabaco, a la búsqueda contemporánea de su extirpación completa a través de la movilización total, es un complot entre la ciencia de la salud y el confort burgués. Recordemos que el tabaco es un aporte de lo precolombino, de lo no occidental en términos puros, a la civilización de la cultura material mundial. Hoy no encaja del todo dentro de la lógica de ese confort. Ésta, originada en la época más sórdida y humosa de la Inglaterra decimonónica, la era de la revolución industrial, ya no soporta actualmente ese cuerpo extraño y advenedizo, ese agregado foráneo a su ideología tout court europeo-occidental. A X2 ya le es prácticamente imposible visitar a sus contados amigos. Últimamente, las “incompatibilidades” provocadas por el humo de su cigarrillo barato los han separado (casi) definitivamente. Un objeto, un gesto, el rito del humo y del tatatina, han quebrado esos años igualmente rutinarios e inerciales a los que en el fondo se reduce la “amitié”, en vista de las prohibiciones que rigen. (Prohibiciones que no sabemos bien si empezaron desde una abstracción -la salud, la ciencia, etc.- o confluyeron desde puntos ínfimos y relativos -las mujeres, los asuncenos, los paraguayos, mis vecinos, etc.-. O si se dio el consenso entre lo universal y lo relativo: la ciencia y el prójimo concreto que me fastidia allí en mi barrio). X2, antes de caer en este estado de postración que lo ha obligado a recurrir a los buenos oficios de Huesos hábiles, fue un pintor, un artista. Un artista del huevo, uno, dos, diez, cincuenta, cien, quinientos huevos. Exposiciones de huevos en la Chacarita (el primer artista top en ocupar la chacarita con sus huevos), en el Chera’a Tom, en Loma Plata, en los museos más fashioned de la capital. Su método, genial desde donde se le mire, y que llegó a hacer escuela y dejó un reguero desleído de imitadores sin talento, era como sigue: tomaba un pack de huevos, de media o una docena, del Mercado 4, del Mercado de Abasto o de la cadena de supermercados más frecuentados y lo depositaba en una galería de arte. El huevo, atrapado ahí como una bestia acosada bajo la luz cenital de la galería, con ese mínima alteración, tipo efecto mariposa, trastocaba todo un mundo de prejuicios, supersticiones e ilusiones cotidianas sobre la realidad. Pues el huevo que había pasado, a cambio de unas calderillas, el sistema de control del súper era ofrecido en su gratuidad cósica elemental a la contemplación de los amantes del arte. Es cierto, ya no era el mismo y vulgar huevo, quebradizo o a punto siempre de caducar hacia la fetidez del huevo huero: era contemplado bajo la reja del arte. Adquiría el status mutante de un conejillo de indias enloquecido por el laboratorio científico, o la desnaturalización a la que son sometidos los murciélagos en medio de las corroboraciones de la naturaleza de sus aptitudes perceptivas, o el apresamiento aséptico de la mariposa bajo el yugo de la taxidermia. Sólo algún crítico huevón llegó a quebrar la atmósfera de pasmo admirado que rodeaba al genio del huevo. Fue la excepción que confirmaba que la gente cultivada no había sido objeto de una alucinación colectiva. Cuando se cansó, encumbrado ya en el olimpo de nuestras artes, se retiró y procedió a subastar todas sus creaciones. De las ventas obtuvo lo suficiente para ir tirando en su vida retirada y solitaria. Con ese dinero se pagaba las visitas de nuestro perro. De hecho, yo mismo, cuando llevé al perro para su primer trabajo en su casa, recordé que había adquirido uno de sus célebres huevos. Lo reconocí y lo felicité inmediatamente. X2, fastidiado, hizo entrar al perro y me despidió dándome con la puerta en las narices. Como los perros le dejan fumar, sólo a ellos les permite entrar y hacerle compañía. No rompen las bolas con ninguna perorata acerca de la situación trágica de los indefensos fumadores pasivos. Otro cliente, Y2, antigua madame, hoy retirada en la calle Paraíso de Mahoma, también a recurrido a Huesos hábiles para amortiguar su soledad opresiva y culposa. En realidad, una serie de historias luctuosas la obligó a ello. Desde que se hartó de los gatos, seres egoístas e infieles, ha preferido la compañía de los perros. Su último felino doméstico fue una gata que había desaparecido de la casa dejándole a ella, abandonada, una camada de gatitos. Entonces adquirió una perra, que, por una perturbación extraña, se creyó la madre “gata” de los felinitos y les fue dando su leche. Pero el duro invierno de aquel año fue matando cada día que pasaba a uno de los pequeños gatos. Ni el calor de las lámparas, ni la milagrosa leche perruna, ni las mantas pudieron con el frío y la humedad que iba calando los cuerpecillos recién lanzados al mundo. Murieron, uno, dos, tres, cuatro, cinco gatos en cada uno de los días sucesivos que pasaban, y cuando ya era cuestión de orgullo, ni siquiera de amor a los animales, cuestión de demostrar que se podía ser menos cruel que las terribles leyes de la naturaleza que devoraba a sus criaturas sin el menor parpadeo, quedó al fin un último y solo gato. Esa noche la pasó en vela en la cucha de la perra psicotizada como gata madre tratando de proveer de calor y leche a su último vástago, bebiendo coñac, tiritando de frío ante la inutilidad humana, alrededor de esa cosilla, que, si llegaba también a morir, significaría para ella que el absurdo seguía cumpliendo su papel con un rigor que hasta la perversidad de una alcahueta no llegaba a comprender y disculpar. No había pragmatismo en destruir lo que recién había afincado su existencia frágil pero perfecta en el horizonte de los seres. La mañana húmeda, hundida su casa en la cerrazón del rocío, le trajo la mala nueva. La muerte del gatito y la tristeza e impotencia infinitas de Brooklin, nombre de la perra agatada. Creo que Brooklin enfermó también en aquella semana aciaga y nunca más se recuperó del todo, viviendo sin embargo bastantes años, pero con un porte sonámbulo y como de lisiada. De ese modo, Y2 quedó definitivamente sola. Nuestro perro le hace compañía, y escucha la historia de Brooklin y los gatitos muertos por el frío y acaso porque las pobres tetillas raquíticas de la perra, pues ellos eran mamíferos al fin, no bastaron para su nutrición y posterior supervivencia. Mi propia conclusión -ella me ha dejado a veces escuchar el comienzo o la parte final de su historia al ir a dejar o recoger al perro- es que nada hay más cobarde, más conservador, menos creativo o con más miedo a la imaginación que la naturaleza. De regreso al cuartel general de Huesos hábiles, con mi perro con su cara sabia parapetada contra los absurdos del mundo, siempre me he preguntado qué hubiera pasado si el desenlace de esa experiencia llegara a ser feliz. Imaginar a la perra que para salvar al gato hizo la epojé de esa aversión ab ovo contra los felinos que nos dicen que los perros profesan. Ver crecer al gato como a su cachorro, enseñarle los primeros (¿ladridos o maullidos?), verle rechazar la leche y robar el hueso, acaso; verle coquetear con perros y despreciar a sus congéneres felinos... Creo que la naturaleza temió enfrentar esa posibilidad. La rutina de Huesos hábiles sigue su curso gris, tristón, inapelable. Pues sí, la ciudad esconde antros de soledad hormigueante, desde los cuales llaman, con sus timbrazos de proto-suicidas, seres desesperados de siempre. Por ejemplo, Z2, que cocina arroz blanco con hortalizas para un sapo viejo y pesado ya retirado de las aventuras sapunas, de sus mocedades de ágil cazador de mosquitos, dedicado al noble oficio de mantener el equilibrio ecológico y atiborrarse de bichitos insignificantes (a no ser en verano, con sus pequeñas bombas virósicas o epidémicas: dengue, retro virus, etc.). A nuestro perro no le gusta el sapo, y menos compartir el almuerzo con semejante fracaso de la animalidad. Como ya su lengua ha perdido la agilidad necesaria a los de su especie para la supervivencia autónoma, vive en el hueco de una bajada de canaleta y sólo asoma su bulto hinchado y verdoso cuando la lata de su plato rebota sobre el piso de baldosas gestálticas. No entra en mi cabeza cómo esto pueda tener la menor gracia para Z2. Me pregunto si no ocultará rasgos indígenas, de kayngua o ava, que expliquen comportamiento tan disparatado. Lo estudio mientras me deja estar ahí, mirando la tele. En la tele, Rumsfeld II juega fútbol con pelota tata con Lucho. El periodista dice que el ministro de defensa trajo una pelota atómica, pero que el paraguayito desistió de innovar un deporte tan tradicional. Después, veo a Rumsfeld II cantando gospel con Nicanor Jr. bajo la carpa de circo de la secta evangélica o menonita Raíces. Otra secuencia muestra a Rumsfeld II ya totalmente desnudo en medio de la calle Palma. Parece que, según las crónicas bromistas y exageradas de la prensa amarilla, la noche anterior estuvo zarpando, levantando “chicas” por Antequera. Vamos, chupando pijas, jalando merca, birreando como hijo de papá recién ascendido a las altas esferas de la política. Pero la primera aventura, en este caso, le resultó un tiro por la culata. Topó con la folclórica somnilera, que lo durmió para desvalijarlo y dejarlo en cueros en plena vía pública. Z2 se ríe y alimenta al sapo y al perro burlándose del animal humano. Parece aún joven y animado. Pero, no sé por qué, vislumbro amargura en su risa tonta y populachera. Cuando ya ha dejado de afanarse con sus “mascotas”, se sienta a mi lado y me pregunta si tengo novia. No espera la respuesta y sigue hablando, hipnotizado por su propia oratoria, solipsista, autocomplaciente. Cuando ya está oscureciendo y volvemos, perro y caballero, la idea que me está rondando se aclara. Existe la leyenda de que el sapo puede sostener bajo la lengua el tatapỹi, el carbón aún encendido entre el rescoldo, la brasa de las fogatas campesinas que, al ser atizada, vuelve a dar una llama. La cuestión es saber si esa leyenda es la constatación empírica del mito mbya que habla del sapo-Prometeo ladrón del fuego, o si, al contrario, es una mera sobrevivencia del mito en un ámbito secularizado, popular, el de la leyenda. Mi perro agita la cabeza negando rotundamente el hilo de mis devaneos; no le entra en la cabeza perruna que un ser abotargado y purulento ―pero con la panakeia impregnando rotundamente su saliva tanto como la saliva canina― haya sido objeto de tal encumbramiento por parte de una cultura como la de los mbya. Imposible, afirma, haciendo, más que lanzando, ladridos sobre la tarde que se evapora sin piedad en sus ascuas... Esa indeterminación del día, cuando aun no ha empezado la noche y no ha terminado del todo su faena el sol, es momento propicio para dar por acabados estos apuntes y bautizar a su héroe y a su acompañante, su fiel lazarillo. El perro será Kuarahy, y yo, apenas, Jacy.

miércoles, marzo 22, 2006

Poema de Róger Santiváñez en tsé=tsé

7 Vox Dei allegrum Vulgus ―dijo Pound En el arte de la poesía en la noche Nosotros elevamos un cántico hacia ti Para ser quechuas o sea bien Llamas en llamas se incendia mi país 4 paredes albicantes de su celda Vallejo Y en el rocío De la familia en la madrugada se Confundió reconociendo A los vecinos y notarios públicos que diga Púbicos tus bellos versos leídos en el Recital de tu Velvet Underground De Eucaristía, de Róger Santiváñez, editorial Tsé=Tsé, Bs. As., 2003

domingo, marzo 19, 2006

They live by night

They live by night La irrupción abrupta e imprevista de la adolescencia. "La adolescencia... Esa especie de despertar de Belladurmiente por el beso nauseabundo de los granos... o por el perfume ambarino que exhala el campo floreciente del propio cuerpo... o por el calor, las ondas de calor elevadas del manantial ya fecundo. O mejor, ese instante trepidante de la posesión del cuerpo por su espíritu". Así trataba de definir él esa nueva realidad: no el lapso que va desde los 13 a los 21 años que es sólo inercia, sino el comienzo, el instante de deslumbramiento primero, esa que los filósofos llaman caída, los sicólogos conciencia. Ahora, superado un tanto el vértigo ante la hoja blanca, adelgazado el pesado cuerpo de su lirismo, volverla a intentar definirla. "El momento que sabemos que estamos en la vida, que vivimos; pero al mismo tiempo, el momento que sabemos que morimos, que estamos muriendo". Tú no eras aún un ser humano. Sino una simple compulsión biológica, un conscripto obediente a la orden militar del cuerpo, mera masa física con su peso en la gravedad de la adolescencia, uno más tratando de matar al Padre. Mientras camino por las calles, no espontáneamente sino por una coacción en la cual se ha difuminado el eslabón primitivo, es imposible detener-esconder-escamotear esa sensación cotidiana de ser-tan-solo-nada-más una duración inercial que persiste debido a que aún no ha encontrado en su camino ningún abismo. Evitabas pensar siquiera en salir de tu agujero, salir y lanzar otra mirada a la muralla intacta en su sitio de siempre. Esa primitiva mirada-anzuelo que luego de ser revoleada presuntuosamente en el aire, caía en la roca maciza y dura, resbalando angustiosa, larga, esperanzadoramente. sin ningún salto abrupto, sin lograr enganchar ni en una trampa de hormiga, resbalando humillantemente con ruidito tosco y tímido. Evitabas, declarando tu cobardía, salir y verla sólida, compacta, sin atisbos de decrepitud. Verla tiesa como un soldado haciendo guardia, totalmente inmune al tiempo. Con tu ojo asustadizo, apenas voyeur, escépticamente cauteloso. Un ojo que volvía siempre a ella no con un brillo joven y alegre, predispuesto a algo agradable, sino de la manera con que un viejo miraba el horizonte anubarrado: con automatismo lento y amargo. Acaso inconscientemente regida por la tenacidad, que es la negación de la derrota. O acaso como la plegaria de un animal en ese segundo que siente que ya no puede hacer nada más y sólo depende del cazador (de la piedad que clama su ojo que debe ver el cazador) para salvar su vida. Evitabas categóricamente salir a mirarla con las manos... La trompeta se ha apoderado de la noche que hay en el cuarto, erguida sobre ella con un sonido nítido, cool, blanco. Impresionado el joven comienza a seguirlo con atención: sí, no hay más dudas, es Miles. La música se ha desenvainado con el deslizamiento de una espada y como mero nervio espasmódico ha estallado y se ha sostenido sobre el silencio hecho pájaro. Asumida su nueva forma, se mueve entonces en un lento rodar, el cuerpo rígido, pasivo, paciente, esperando el consentimiento del viento. Al fin sale de esa atmósfera de estupor con el sacudón que se produce al emprender el vuelo. Luego, alcanzada la altura necesaria para dominar el horizonte, vuelve a caer en el adagio primordial en un signo de que ha soltado las amarras de los músculos, superada la tensión del orgasmo; en este punto es como si buscará, revolviera el aire con el olfato, excavara con los ojos sedientos... Después de eso, la mirada se cansa y cae en una plegaria bisbiseante que le va cerrando los ojos, sin esperanzas ya de encontrar tierra firme en medio de ese mar interminable, en medio de tanta soledad, mísera tierra donde posar sus diminutas patas, poner huevos y morir. El sonido de sus acordes finales es sólo monótona apatía hacia la nada. "La sexualidad es una lluvia perpetua. Una región húmeda y exuberante. El atolladero de la niña bonita del espíritu. Me he quitado la ropa y me he metido en ella. La que yo conozco, la primordial: narcisismo. La primera fisura del caos. El largo peregrinaje del capricho. El viaje interminable alrededor del propio cuerpo; la tierra sin miedos. La plenitud. El círculo de la libido. El totalitarismo cerrado y perfecto del placer. El plexo efervescente de semen. El universo que ignora el no". Como si la soledad fuera un espécimen arqueológico -debido a un ensamblaje aún incompleto, con una apariencia grotesca ampliada- caminando, respirando el aire puro de las calles democráticas; como si ese cansancio naciera del fastidio de la mano derecha -autómata galeote de mi sexualidad; número maldito de un dado cargado- que automutilado hubiera encendido el sistema inmunológico, paralizando así todo el cuerpo, en un acto que se podría denominar de sabotaje narcisista. Hoy he caminado todas las calles y, al final, he llegado a este cansancio. He deseado todos los cuerpos que he visto, y la única certeza que se ha dejado atrapar: que he mirado. Mirar es una cacería de donde siempre lanzamos (¿nos lanzamos?) y nunca atrapamos a la presa. Es un gasto de energía, un esfuerzo que desconoce la lógica del fruto maduro. Es una sombra deleznable que desaparece al desaparecer la luz. El tacto frío de la frustración trazando el limite exacto, ni más ni menos, de tu silueta; con una claridad de luna llena, de una manera obsesiva, persecutoria, aún en los disimulados refugios, obscuros y pululantes de respiraciones atrailladas y ojos animales, abiertos por el sueño. Aún en el llanto, en la resignación del llanto; encarnizado solo con la promesa de tu carne joven y virgen; puesto en celo su rabia por el olor-alarido, el olor-sangre que despide tu cuerpo cansado. Es morocha o más bien blanca de pelo negro, nariz egipcia, de hermosa sonrisa constante. Le miro a su acompañante, chico de su misma edad, unos 14 o 15 años; enseguida empiezo a tejer mentalmente siniestras disquisiciones sobre su rostro, su vulgaridad, tratando de reducirlo, tornarlo insignificante y todo por la sencilla razón de que se trata de su pareja. Pero la muchacha continua sonriendo (tiene un ligero hoyuelo en la mejilla izquierda) y atenta a lo que él le está contando: no hay caso, se nota que le gusta el chico. Mientras, mi memoria barre el pasado hurgando en mis quince años; pero no, no registra nada parecido a esa nariz, a esa blancura lechosa... Aún, mi memoria insiste, penetra en los arrabales más profundos del olvido; está tan rabiosa que no quiere volver con las manos vacías, necesita al menos el placer de cerciorarse con rigor sádico de su soledad y abandono, necesita convertir una mirada sin respuesta en una tragedia. Así, un gesto atávico alcanza mi intelecto: “Mátame memoria, mátame". Se bajan; el rabillo del ojo capta el cuerpo joven, en fermentación, con clara intención de ser mujer. Cierro los ojos: el deseo y el abatimiento tiemblan en una pulseada epiléptica. "el sexo fláccido, el sexo sensitivo fácilmente erizadle, onanísticamente ablenorrágico el sexo yo-yo eternamente cautivo, el escroto hormigueante el escroto hong kong, el escroto tokio calcuta méxico, el escroto que se dilata como una vena ahogada y que al fin estalla, y en un pleamar insólito la esperma gana trepa cubre arrambla anega los compartimientos sanguíneos. cuya alerta roja de fuga de gas radiactivo es el debilitamiento de las piernas de la cabeza el sudor de las manos, la cosquilleante esperma que en su pandemónium de amotinamiento picotea el agujero de los poros produciendo una sensación parecida a la del burbujeo de champán en la epidermis, y, en la desesperación por sostener la lucidez vacilante de la cabeza, arroja agónicos manotazos de náufrago". Frecuentemente intentaba salir del pozo, con la breve y fugaz cuerda de la masturbación: cocaína barata. Cocaína auténtica, pura, obtenida en los bajos fondos de la soledad. El busto se le endurece, de modo que sus manos se afianzan con fuerza a la butaca. Ya siente el helado culebreo de la serpiente en la piernas subir inexorable, sin freno hasta el escroto, agarrotando toda esa zona en su paso; siente la aglomeración arrolladora de la sangre caliente en su sexo, de forma que éste llega a su apogeo, rebasando el slip y tocar el pubis. Cierra los ojos pensando que de ese modo no van a verlo temblar a pesar de que las manos se magullan crispadas en los brazos de la butaca. Abre los ojos; percibe el cabello revuelto, la forma exacta de los granos en las sienes y el mentón; siente como si su cara haya sido objeto de una pérdida, un abandono -tal vez ese ardor febril- , y en el muslo izquierdo la substancia viscosa cálida e incómoda. Cuando las olas de los estremecimientos comienzan a aplacarse, se pregunta si el color del pantalón será lo bastante obscuro para no llegar a delatarlo a las intensas luces del exterior de la sala, que es el verdadero enemigo ya que la calle siempre está en penumbras a esa hora. Para asegurarse se saca los faldones de la camisa sobre el pantalón, y se levanta de la butaca. Mientras sale, bromea consigo mismo: "Tal vez un céfiro se apiade de mi" (céfiro lo saco evidentemente de una novela romántica del siglo pasado, en cambio el verbo mostraba su inclinación al papel de héroe humillado). En la calle lo vemos ligero, con las manos en los bolsillos, algo achicada toda la figura, frotándose el pelo con fuerza intermitentemente. Ha tomado la acera de la calle asfaltada, algún vehículo ilumina la muralla alargada estampando su sombra desproporcionada en ella, atrás quedan los carteles donde vampiresas abren las piernas y miran con miradas voraces. No puedo dominar las aguas turbulentas que agitan mis manos... El mundo tiene un solo habitante. Esa vez intentó escapar. Las causas, las circunstancias... nada complicado, dramático. El estaba en la cima de un precipicio. Por un lado, su mundo, sus conocidos, formando un bloque móvil como una locomotora embalada, con su cara agrandándose a cada minuto, el ruido aturdiéndolo con la clara intención de embestirlo. Por el otro lado, la superficie lisa, serena, infinita: el mar, con todas las insinuaciones y perspectivas de una cama confortable, mullida; el reposo, en suma, tantas veces escabullido. El único problema era lanzarse. Esa vez volteó la cabeza, vio la locomotora ya ante sus narices, y saltó. No fue algo deliberado, racional, sino la manifestación helada de un hastío tan desproporcionado como la corbata que el prestidigitador va extrayendo de su galera. He tomado conciencia plena de mi condición de pompa de jabón. He aceptado doblar por la bocacalle sin luz, esa que lleva al callejón sin salida. Me acuerdo de una fuga. Hoy reniego de ella. Reniego de todas las fugas geográficas. "Lo que vemos no es lo que vemos. Sino lo que somos". Entonces, todos los lugares son el lugar. Todo es yo. La paradoja del yo. Nos eleva por encima de la masa, de las colectividades, de la estupidez, de la naturaleza. Paralelamente, nos deja en la soledad de la contemplación y del saber. Nos vuelve ojo (la conciencia es un ojo con el cuerpo mutilado). Nos reduce a deseo, a delirio. A fuego. El mundo es un muro. Siempre. La neurastenia del ojo es insoportable... Pero hay que salvar el fuego. Quemar el mundo. Lamer la gran vagina del mundo, navegar en el miedo, en su vacío. Y caer en la gran noche de su otro lado. La muerte. Encender la obscuridad... No eras tú quien estaba encima de ella. Con olor a tabaco, y suficientemente chupado para tratar de dominar el temblor de tu virginidad amenazada o en todo caso tu inexperiencia. No eras tú el pendejo quien la poseía con torpeza mientras ella hablaba de que eras el primero, de que te apuraras, de que le faltaban todavía seis o siete entradas para salvar la noche... No: jamás podías ser tú aquella masa frenética a la deriva en una obscuridad manoteante y calurosa; era imposible que hubieras salido sin tus ojos. Era la calentura, la soledad. cualquier cosa. menos tú. No era tu esperma la que mojaba a esa puta que no había querido chuparte la pija, ni cabalgar como un potro sobre tu cuerpo, que no había permitido ni el más simple e inofensivo de los kamasutras. Y no fue ninguna noche con un resplandor rojizo quien te vendió la gonorrea. Cavo mi propia caverna, un mundo ciego; me hundo bajo el peso del falo implacable y recupero la piel de la animalidad en la caída. Ahora estoy en la cumbre de la naturaleza, respiro el aire de los ociosos y los libertinos, corro la carrera de la sangre y la esperma, ilumino mi cuerpo con la obscuridad de la mente, me asomo sobre las sensaciones-acantilado, giro en el vértigo del vacío... Soy yo por primera vez.

martes, marzo 14, 2006

La máquina celibatoria de Oliverio Coelho (desquicia la periferia de Baires)en su última novela

"Se extendió sobre Bernina convencido de que no podía fallar, pues el espéculo, ahí abajo, mantenía patente el verosímil. Pujó, pujó, y súbitamente se enfrentó a la sensación de que rebanaba algo. Se detuvo aterrorizado por una eventual emasculación, y verificó. No había sangre, su órgano seguía en el lugar y latía irónicamente, como si resoplara por otra zambullida o masticara el fantasma de una verga amuñonada. Después de abrevar en algunos consejos del manual, prosiguió la faena, y para acelerar el clímax y abultar los fuelles del placer tomó al pie de la letra la sugerencia vertida en la cabriola 4, sección 2. Mientras se meneaba y en la desesperación se aferraba a alguna argolla de la camilla o sorbía los sobacos boscosos de Bernina, la procacidad fue sumergiéndolo en la dimensión más extensiva del acto: ‘...si supiéras lo que...costó...reducirmamas...Y el sarampión...haciendo la mari...posa...ja...ja...ja...Luego depilarse...Chic...Chuic...Chapotear...Lo que sufrí...Ah...Despedir a mamá...A los trece...Chuic...Chuic...Columpio de lana...Agarraderas...hierro...Mamáaaaaaaa...mamáaaaaaa...felpa cal y peluquín...Chuic...Chuic...Axilas...La espera...la cloaca por la borda...Y el marrano depilado...más...la ostra lactante...recién ahora...apisonada en axilas...Chuic...chuicc...chuic...la...s...torturas del...servicio médico...Siempre en la cuerda...floja...la sutura...la ostra...mía...excomulgada...lloviznas...mojarritas...sufridoras...del género sufridoras...a los doce...trece...depilación de niños...retoño de orfanato...culi...culi...Chuic...chuic...no se puede confiar...pero sí responder...Porque no existe...el género...por la borda...las espías...el ojo...de vidrio...no se puede confiar...chuic...chuicc...excepciones como mi...virgen...cita...santas de otro lado...al altar eléctrico...Chuic...Chuic...máquinas de sufrir...Aj...Aj...Al acto...afeitar la ostra...cosechar la herida...fría...cava...cueste...coser y fisgonear...la...custre...lo que cueste...la...li...vaciar...la...o...me...m...o...mes...mo...me...moria...o... me. Procedió a desamarrarla. Supuso que las ataduras, como cámaras de aire, favorecían un remanente, el eco de un goce que en las mujeres parecía falso no por simulado sino por ser relativo a otra mujer. Bernina ya estaba de pie. Lejos de notar la desaparición de su bombachita, se vestía con total naturalidad. Íntimamente deseaba que el abuso hubiera terminado de pulverizar a Odiseo. A la vez temía que el muy travieso, asomándose al útero, hubiera lamido al paso retazos de la vianda vertical" De Promesas naturales, de Oliverio Coelho, editorial Norma, Bs. As., febrero 2006

domingo, marzo 12, 2006

Bustriazo Ortiz ha sido publicado por la editorial Intemperie

Estimados amigos Bustriazo Ortiz ha sido publicado en Chile Como introducción a la poesía del pampeano, aquí van estos fragmentos: QUETRALES. Cantos del añorante (1967)1 Juan Carlos Bustriazo Ortiz2 Quetral 1 Quetral de cantar antiguo, ya tengo tu brizna viva, ya en tu más roja raíz empiezan mis melodías… Con este vino que lava tu sangradura más dulce, te nazco, quetral, te salvo, te desencanto las cruces. Así empieza mi boca, crujidorosa en sí misma, y en el silencio morado ya le despuntan las vidas. II Las vidas, digo, porque andan unas como almas cantando en esta pampa de vientos que me ensonora las manos. Tu boca teje y desteje todas las lenguas del mundo, y halla su luz cuando un labio le dice “soy tu profundo”… Quetral que estás en tu nombre, yema en qué noche besada…, quetral, nacencia de flores, dame tu crista guitarra! …alón, alón de la ceniza subiente! Resplandor, resplandor, ángel crujiente! Fogarón vieja miel de grito agrio, aporreada corona Final! Quetral 2 Quetral de los matasebos en estertores gimiendo, lenguas del diablo, campanas de llorador ardimiento… Rojeas, matasebal de prieta llama sonora cuando el Vicente Huanqué le pone luz a tu sombra. Tu soledad se acabó, indio que mueres quemado, capitanejo silvestre en los pedreros alzado. II Ramos tigre del sol, tu espalda verde crepita y se enquetrela tu pecho lanceado a luz amarilla. Se te derrumba el adiós martirizado, y doliente te nace un pájaro de oro para cantarle a tu muerte. Te velo, matasebal, señor de yescas airosas. Cara de cobre, Huanqué está enterrando tu sombra. …pabilo, lengua chasca, brotecito, ojos crujos, yesca de aquel quemado. Pabilo, mejilla de qué luz perseguida, de qué india majada en la hierba fresquita. pabilo, labio ensortijado, salva mi canto! 1Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Quetrales. Cantos del añorante. Ediciones La Arena, Santa Rosa, 1991. 2 Noticia Sobre el autor: nació en Santa Rosa el 3 de diciembre de 1929. Durante años recorrió y habitó lugares de nuestra provincia, pero se radicó finalmente en Santa Rosa. Varios fueron asimismo sus oficios, pero todos fueron derivando hacia una pasión única, la poesía. Este es su tercer libro publicado, de una vasta obra en su mayor parte inédita. Lírico por excelencia y por destino, Juan Carlos es una de las voces más íntegras, auténticas y originales de La Pampa. Si bien la vivencia del Oeste marca decisivamente su obra, ha cantado toda la provincia. Sus incontables versos, transitando desde registros más simples, de arraigo tradicional, hasta los más elaborados en el plano estilístico, la reflejan de muchos modos, pero siempre a partir de una experiencia esencial y en la fidelidad al espíritu de su región. (por Dora Battistón).

miércoles, marzo 08, 2006

Autor de "El GOTO" conversa con Kurupi

José Eduardo Alcázar es cineasta, guionista y escritor de novelas como Do Breviario Karmenotti Sobre Suplicios, Tormentos, Torturas E Outras Dores (Ed. Rocco, Río de Janeiro), Porpix Termina (Asunción, 2004) y, sobre todo, esa perla del espangúes llamada El Goto. Cuasi, cuasi, señor de Madureira (Arandura editorial, Asunción, 1998). Para este año, 2006, planea filmar esta novela en el Brasil. Su última peli es US/NOSOTROS.

http://arandura.pyglobal.com/ficha_autor.php?id=26

1- José Eduardo Alcázar, podríamos empezar la entrevista hablando un poco sobre tu itinerario biográfico. ¿Dónde naciste, qué estudios hiciste, de tu familia, si es brasileña o paraguaya, etc.?

Estuve en 10 (¡diez!!!!!!) colegios, en 8 países diferentes, en 3 idiomas distintos, portugués, francés, inglés. El español es casero, salido de mi madre, paraguaya. Ich bin brasileiro, y cuando terminé el colegio hice filosofía en Río, mi ciudad. En Río dirigía películas, sobre todo comerciales, documentales y algunos largos, como director de fotografía. Mi primer libro es Do Breviario Karmenotti Sobre Suplicios, Tormentos, Torturas e Outras Dores (Ed. Rocco, Río de Janeiro).

2- ¿Cómo surgió la idea de El Goto?

El Goto nació hace unos años, a fines del 97, aunque la vaga idea de escribirlo en el estilo en el que finalmente lo escribí es anterior (quizá unos diez años anterior). Escribir no fue difícil y recuerdo ese tiempo como un gran momento de felicidad que duró tres meses. Escribía en la sala de reuniones de una oficina que pertenecía a un amigo. La empresa nunca se reunía y la mesa redonda, con lugar para veinte personas apretadas, era solamente mía. Escribía y almorzaba sentado a esta mesa amiga y compañera. Me sentaba a escribir por la mañana, digamos a las 9, y seguía hasta la una. A la una comía un filete de pescado a la grilla con ensalada, abundante aceite de oliva y pan. Fue comida repetida a lo largo de tres meses, siempre deseada, alabada, aplaudida. Después del almuerzo, caminaba unos treinta minutos por las cercanías de la oficina, ubicada en el fantástico barrio de Sajonia. Y luego volvía al ordenador, portátil, un 386, hoy una reliquia. Hasta las 5 de la tarde. A la mañana siguiente reiniciaba la misma feliz rutina. Imposible decir por qué era feliz. La felicidad, siempre posible aunque altamente improbable, se metía en el texto, se hacía lugar en el pescado con ensalada, pan y oliva y vivía sin reparos en Sajonia. Buenos tiempos. Que hoy se repiten en otros parajes, cuando cocino otros textos, para tanta cosa. Sobre la génesis de El Goto: ¡Qué bárbaro, qué pompa!: ¡La génesis de El Goto!!!!!! No tengo la menor idea o no la recuerdo. Sé que era un proyecto de escribir plásticamente, escribir como hacer música, sonidos, más que otra cosa (que tuvieran sentido, claro). Ésta fue la idea primera: escribir música, sonidos, en las páginas de un libro. Poco a poco, salió la forma de estos sonidos, y como eran mezcla de muchas cosas, español, portugués, inglés, alemán, italiano, el escenario se hizo futurista (el futuro es siempre mezcla, aunque sea de sueños, de esperanza y de una pizca de presente). Con el futuro, se escondió la luz, salieron las ratas, la lluvina mostró la cara y las ponchas, puestas en sus ponchares, tomaron las ruelas, en procesión triunfante. La música está siempre presente a lo largo de toda la historia: en el sonido del texto, en varias referencias explícitas, en la división de los días, por ejemplo. Hay un día cero, alusión a Bruckner, que compuso una sinfonía cero, indigna de ser llamada sinfonía, según el autor. Las mujeres son otra gran presencia. Todas ellas, y Carmen, la única: Presidente, por más que un hombre se mate por conquistar a mujeres diferentes, me parece que siempre desea a la misma. Uno piensa que se aleja, dueño y señor, pero se empantana, recurrente, en la misma humedad. ¿Edipo reinventado? Sure, baby. En la voz inconfundible de la pequeña melania, Melanie Klein, in a more pedestrian saying. By the way: encamusar la vida es traer a Marcel Camus para orientar el rumbo de las cosas. Hay muchos de estos juegos y sería estúpido citarlos. Creo que la gran presencia en El Goto es... tchan, tchan, tchan... tchonnnnnnnn (Karajan toca de esta forma, un poco circense). Decía que la gran presencia es.....el Quijote. No sé por qué, pero pensaba mucho en él mientras escribía lo que finalmente escribí. No sé decir en qué habrá influido este pensar en él; tampoco sé reconocer ninguna marca de su presencia. Pero pensaba en el Quijote, y, más que en el mismo Quijote, en la admiración que invariablemente oía de quienes me contaban sus lecturas del Quijote, evocando frases, dichos, situaciones. Este coro de lectores del Quijote, de alguna manera estereotipado como tal, me acompañó, estuvo conmigo, sentado a la mesa redonda, durante tres meses. Ellos, más que otros, estuvieron como música de fondo de esos días. Curioso recuerdo, redescubierto, ahora que escribo esto, en algún cajón silenciado y alzaeimereado de la memoria. Un breve paréntesis: esto de explicar lo que uno escribe me parece ridículo. A veces leo que ciertos colegas quedan en trance cuando escriben. Sufren, se agotan y, después, se explican. (¿Qué se hizo de la idea brillante de Lito Pessolani de hablar sobre el efecto del climaterio en las letras locales? Climaterio femenino y masculino, debe aclararse). Me parece que estoy cayendo en lo mismo. De cualquier manera, una aclaración: no sufro, no me agoto y no quiero explicar mucho. Hay tanta cosa metida en esta cama escritora, en esta camona permisiva, que hurgar mucho es buscar sarna para rascarse. Música, música. Una curiosidad: siempre viví del cine, pero el primer premio que obtuve haciendo cine fue por la música original de un cortometraje. La música es muy fuerte. Me dicen que El Goto es muy cinematográfico. Vicio de oficio, puede ser. Pero es también, o sobre todo, muy musical. Otra curiosidad: pienso filmar El Goto este año.

3- ¿Cómo surgió la decisión de elaborar ese lenguaje peculiar, entre dos aguas, portugués y español, y, al mismo tiempo, nuevo?

Buscando una plástica sonora muy abarcante (la compu dice que esta palabra no existe. Y, sin embargo, suena bien y es linda. La dejo), llegué a esa mezcla que se lee. Ojo: nada de cosa estudiada, pesquisada, trabajada. Todo muy sencillito, de vómito unísono.

4- ¿Podrías extenderte un poco sobre la sensación de ambigüedad esencial que se respira en la lectura de la novela? ¿A qué se debe, en tu opinión? ¿A la estructura basada en reiteraciones con mínimos pero radicales cambios, como si las escenas volvieran, lo que nos daría lo reiterado, pero como si volvieran siempre de otra forma, y ahí estaría su punto de diferencia?

Interesantísima pregunta. Sobre todo porque para mí es una novedad, aportada por un lector y que me hace pensar en la lectura. Ambigüedad esencial: no sé, amigos, si puedo aclarar esto. Confieso que busco siempre, y no siempre me doy cuenta de que busco, el plurisentido (palabra horrenda pero gráfica) del texto. Quiero que el texto tenga varios sentidos, y cuando me doy cuenta de este hurgar en los sentidos distintos, trabajo un poco más para llegar a varias capas superpuestas que tengan significados diversos. Es un juego gratificante que me encanta desarrollar. Creo, entonces, que un texto, esencialmente plural en cuanto al sentido, será ambiguo siempre. ¿Respondí? Curioso esto que dicen sobre que las escenas vuelven, que es lo reiterado, que pero vuelven de otra manera, y ahí está su punto de diferencia. ¿Tendrá algo que ver con la teoría del símbolo? Igor Caruso, último analizando de Freud, tiene un libro, Psychanalyse pour la personne, que me impresionó mucho y que desarrolla esta teoría del símbolo. Tenía yo 16/17 años, y son las cosas que impresionan a esa edad las que quedan para siempre, digo yo (y digo yo que en esa época me enamoré varias veces, de varias miradas, pero que todas las mujeres que me seducen hasta hoy tienen algo que ver con esos ojos de las miradas que entonces casi nunca podían ser). Una curiosidad: Caruso fue el último analizando de Freud. Yo, en Viena, hice psicoanálisis con Suárez, entonces analizando de Caruso. En otras palabras (atenti): Freud, Caruso, Suárez, Alcázar. Nada mal, ¿no les parece? Pero, volviendo a lo nuestro: lo que ustedes dicen no solamente es curioso, sino que tiene música. Lean el texto. ¿Tendrá esto algo que ver con el símbolo, con la repetición? Y repetimos lo que decíamos arriba. De otra manera, ahí su punto de diferencia. ¡Fantástico! (no se puede ver cara a cara. La mirada es siempre una aproximación. Nunca una repetición idéntica, siempre algo renovado, en espiral).

5- ¿Dentro de qué géneros o subgéneros incluirías la novela? ¿Novela negra virtual mezclada con novela contrautópica? ¿O te parece que es simplemente una novela de escritura experimental?

Eso no: clasificar es crimen horrendorum pecatáminis (recomiéndoles la lectura de Porpix Termina, otro querido libro mío, con muchos ingredientes de El Goto. También quiero filmarlo). No sé clasificar y no me interesa clasificar.

«Sueño con un archipiélago de ratones. Los rattus rattus, ratazanas de pelambre negro, cubren todo el mundo. Se multiplicaron, se esparcieron, se adueñaron de cada espacio de la tierra. Son supremos, ganaron todas las batallas y las guerras y no tienen enemigos que les pueda hacer frente. Las restantes especies animales en la naturaleza, animales grandes, animales pequeños, fueron todas subyugadas y relegadas a la condición de espacios inferiores. En el seno de la sociedad ratana, también se callaron revueltas, se reprimieron peleas, se ganaron guerras civiles. Cuando sueño mi sueño, toda oposición fue aniquilada en el seno de la sociedad ratana y se vive una calma de opresión: la dictadura de una camarilla, gobierno, que al final, todos aceptan. Soberbios, gordos, entronados, despóticos, sordos y ciegos, los rattus rattus, viven una época de bonanza, un tiempo de plenitud, una realidad sin dolores y sin sufrimientos. No digo que sean felices porque la felicidad es compleja y contradictoria, buena y cruel, de una sola vez, y estas tensiones fueron eliminadas por los rattus rattus. Amnestesiados, inmediatistas, incapaces de un juicio altruista, no evalúan a tiempo el peligro que les llega de oriente, de donde ellos también vinieron un día: aparecen los ratones de pelambre gris, que vienen del oriente porque de esa forma gira la tierra, no por otra razón cualquiera; la ratazanas albinas avanzan implacables, con sus ejércitos indisciplinados, desordenados, hordas acéfalas, masas avasallantes por su número gigantesco. Los de pelambre gris, obedeciendo a impulsos primitivos, bárbaros, insaciables, invaden los territorios que ven por primera vez, cubren la tierra con la marca fácil de sus patas, pisotean los esconderijos íntimos de los inválidos, las oscuridades remotas de los inocentes; se apoderan de los nidos, de las basuras necesarias, atropellan las reservas, se llevan todo por delante, empestan, contagian a los líquidos, sacuden sus parásitos mortales sobre toda vida, aplastan, muerden, descarnan al enemigo, sin ninguna piedad. Los rattus rattus, en desespero, conclaman a sus hermanos para la defensa, pero es imposible detener al invasor. Los rattus rattus perdieron la capacidad de defenderse, indolentes por los fármacos de la estirpe de los brozak, las líneas rectas del bien estar adquirido como moneda suprema. Los que llegan, miserables, infelices, dolidos, sufridores, tienen sed d e sangre, de poder, de territorio, y al cabo de una guerra final, humana por su crueldades, se proclaman los señores nuevos de un nuevo mundo gris, el reino de los rattus norvegicus»

(Fragmento de El Goto, pp.160-162)

sábado, marzo 04, 2006

El uso del guaraní en “Mar paraguayo” de W. Bueno

En la página 12 dice: Ñe’e, pero debe decir Ñe’ë, con signo diacrítico –diéresis o vírgula— que marca la nasalización de las vocales, y no acento circunflexo, que a veces aparece (en el elucidatorio), y otras no, como en esta página.

En la página 15 dice: Ñemomirî y Ñemomirîha. Tiene que decir: Ñemomirï y Ñemomirïha: obediencia, sumisión, pleitesía. Achicarse, acobardarse, rendirse.

En la página 17 dice: Tecové. Debe decir: Tekove (vida, existencia). En la misma página, donde dice: Tecovembiki, debe decir tekovembyky: vida breve (en la escritura guaraní, la “y” es un fonema que no se confunde jamás fonéticamente con la “i” latina ni con la “y” griega. Incluso puede asumir la función de una sexta vocal, como en este ejemplo, y aun la de una vocal nasalizada, que se grafica añadiéndole una diéresis o una vírgula).

En la página 17 dice: Andîrá, pero debe decir andýra: murciélago, vampiro. (Como la inmensa mayoría de las palabras guaraníes son agudas, por lo general no se marca gráficamente en estos casos la sílaba tónica; sí se la indica, en cambio, cuando se trata de palabras que no son agudas, como en este ejemplo, donde la presencia del acento ortográfico indica que se trata de una palabra llana o grave.)

En la página 18 dice: Tiegui, pero debe decir tyeguy: bajo vientre, pubis, abdomen. En la misma página se lee: Guarânias; debe escribirse simplemente: Guaranias (término que alude a un género musical surgido en el siglo XX, con músicas de José Asunción Flores. Una guarania famosa últimamente es “Che pykasu mi”, “Mi pequeña paloma silvestre”). Siempre en la página 18, aparece el término: Morangú; debe decir: Morangu (neologismo por fábula).

En la página 20 dice: Tasî tapiá, pero debe decir tasy tapia: dolor, enfermedad frecuente.

En la página 21 dice: Pi’aberete, y en la página correspondiente al elucidatorio, la 64: Pi’amberete. Debe decir: Py’a mbarete: corazón fuerte, resistente, intenso, poderoso.

En la página 27 dice: Tahiî. Debe decir: Tahýi (hormiga). Dice también: Quaicuru, pero debe decir: Guaikuru. El término alude a una de las etnias de la familia lingüística mbayá; actualmente, la única superviviente de estas etnias es la caduvea, que, si bien se encuentra extinta en Paraguay, se mantiene en Puerto Alburquerque, Brasil, al sur del Pantanal. Los caduveo existían todavía en Paraguay a comienzos del siglo XX, como testimonian las fotografías de Guido Boggiani. El nombre “guaikuru” es la denominación que los guaraní daban a dicha etnia, famosa por su belicosidad y virtudes guerreras (de ahí también el nombre de tahýi guaikuru que se da a cierta hormiga de picadura muy venenosa).

En la página 37 dice: Heitaicoé, pero debe decir: He’i taikoe (dice que amanezca).

En la página 51 dice: Michîmira’ymi. Debe decir: Michïmira`ymi, hijo de lo más pequeño, infinitesimal.

En la página 53 dice: Brinksmichîmira`ytotekemi. Tal vez esto quiera decir: Brinksmichïmira`ytokemi (que se duerma el chiquitititísimo Brinks).

En la página 57 y en el elucidatorio dice: Haîhu (taîhu), pero debe decir: Tayhu, o bien: Hayhu (querer, amar, apreciar).

En la página 61 (elucidatorio) dice: Mboiraihu, con el sentido de hacer el amor. O es un neologismo creado por Bueno a partir de mboi, serpiente, y ahayhu, amar: amor de serpiente –tal vez el autor quiera hacer del ayuntamiento de las serpientes una metáfora del amor-, o es un error de interpretación. Mborayhu es el término para amor, cariño, estima, enamorado, amado. (Dicho sea de paso, se diferencia apenas por una letra de mboriahu: pobre, pobreza.)

Otro exceso, u otra licencia poética, aparece en la página 63 del elucidatorio, donde se traduce Mongetá por amor y por hacer el amor. En realidad, ese significado no aparece en ningún diccionario actual, ni es propio tampoco del lenguaje popular, que yo sepa. Mongeta es, simple y llanamente, “hablar, conversar, dar labia, batir papo”. La palabra de uso actual, que no parece en algunos petit diccionarios, para “hacer el amor” es: Poro’u, “coger”, pero también, al mismo tiempo, comer. Es en relación a este segundo sentido del vocablo que los jesuitas hablaban en sus escritos de “Ava poru” (sic), para aludir a ciertos rituales antropofágicos: “poru”, es decir, “poro’u”, indica la acción de comer “ava”, “hombre, ser humano” (tal es el sentido de la palabra entre los ava katuete, una de las etnias guaraní existentes en Paraguay). Curiosamente, el llamado “caldo ava” es un típico y popular plato del menú paraguayo; podríamos relacionar su nombre con una posible alusión a algún primigenio ritual antropofágico.

NOTAS:

  • Durante el lanzamiento del libro de Kanese, Luli Miranda —antropóloga paraguaya residente desde hace años en Brasil y traductora, conjuntamente con Josely Vianna Baptista, de “Cuadernos de Amerindia”, tres tomos de mitos y poemas Mbya-Guaraní / Nivaclé (1996)— me comentó que había asesorado o ayudado a Wilson Bueno en la escritura de la parte en guaraní de “Mar paraguayo”, por lo que cabe atribuir los deslizamientos e inexactitudes presentes en el texto de Bueno a la propia inestabilidad de la gramática guaraní.

  • Sobre la “sopa paraguaya” de Perlongher: nuestro autor toca de oído, y desafina, cuando afirma que ésta consiste “en una especie sui generis de tortilla o empanada” (sic). Quizá sea así la que se vende a los turistas en el Barrio Once. La sopa paraguaya, que es la única sopa sólida del mundo, se prepara de acuerdo a un ritual, que yo he contemplado muchas veces en mi infancia, que empieza con la mezcla, en proporciones rigurosas, de harina de maíz, huevos, queso paraguay, cebolla si se desea, manteca, de preferencia (de leche, por supuesto, no vegetal), o, en su defecto, aceite, prosigue con el engrasado de un molde metálico rectangular y termina (idealmente; hoy es más frecuente recurrir al horno de gas común) con el ingreso de esta especie de budín en el tatakuá, horno de barro previamente encendido con rajas de madera. El ofrecimiento de “un pedazo de sopa” suele producir en oídos no paraguayos el mismo divertido desconcierto que podría suscitar la invitación a beber “un vaso de queso” o “una copita de pollo a la brasa”.

viernes, marzo 03, 2006

Puntualizaciones, didacticas mas que literarias, sobre el uso del guarani en "Mar paraguayo" de Bueno

El poeta argentino Marcelo Silva, en un viaje relampago que hizo el martes pasado a Asuncion, me dejo la edicion de tse tse, setiembre de 2005, de Mar paraguayo de Wilson Bueno para escanearlo y alzarlo en Kurupi, en la seccion to deinotaton.Mientras se realiza tal proceso, me gustaria comentar algunas cosas sobre el uso del guarani que hace monsieur Bueno en su celebre libro de jopara de español con el portugues condimentado con un pokinho de ky'ÿi guarani. Empezemos: En la pagina 12 dice: Ñe'e, pero debe decir, Ñe'ë (con signo diacritico o en todo caso una virgula, para señalar claramente la sonoridad nasal). En la pagina 15 dice Ñemomiriri. Ñemomiriha (que llega el acento grafico portugues en forma de techicto de dos aguas sobre la la "i" final), debe decir en cambio, Ñemomiriï. Ñemomirïha: obediencia, sumision, pleitesia. Achicarse, acobardarse, rendirse. en la pagina 17 dice tecové, debe decir tekove: vida, existencia. tecovembiki, debe decir tekovembyky: vida breve. (Continuara...Los teclados de las PC de este cyber son insoportablemente traviesas, donde dice talm acento solo apartece otro signo !!!Lo dejamos para mañana, en otro cyber acaso.)