Reds, la película de Warren Beatty sobre la vida del periodista norteamericano cronista de la revolución bolchevique, está siendo pasada por cable. A pesar de tratarse de una película de época, arriesgué la fecha exacta de la peli, aplicando esa técnica mitad ñembo filológica-pop, mitad ñembo semiótica holmesina, y declaré que era de los 70. Mirando mis archivos, tuve que aceptar que la erré. La fecha correcta es de 1982. Todo esto me empujó a un juego absurdo que consiste en exhumar las pelis de ese año y el balance da las siguientes: Popeye de Altman, Megalexandros de Angelopoulos, Identificación de una mujer de Antonioni, Pixote de Babenco, La loca historia del mundo de Mel Brook, La cosa de Carpenter, Los fantasmas del sombrero de Chabrol, One fron the heart de Coppola, Missing de Costa Gavras, La guerra de un solo hombre de Cozarinsky (la única de la lista que nunca ví), Deadly blessing de Craven, Victor-Victoria de Edwards, Ragtime de Forman, Cabaret de Fosse, Passion de Godard, Fitzcarraldo de Herzog, Poltergeist de Hooper, Tempestad de Mazursky, Conan de Milius, Mad Max de Miller, Blow out de Palma (una vuelta de tuerca del clásico de Antonioni-Cortazar), The Wall de Parker, La amante del teniente francés de Reisz, La noche de Varennes de Scola, Blade Runner de Scott, Et de Spielberg, Mephisto de Szabo, El estado de las cosas de Wenders, etc. Para dar un panorama de la época creo que es suficiente, por supuesto he omitido pelis que nunca llegaron por el subcontinente o que yo no he pillado ni en celuloide o VHS, tanto en Asunción o Sao Paulo, las dos cidades que conozco o he curtido, las únicas.
El año nos da la posibilidad de otro juego. Ese año el señor taqueño (natural de Aracataca) gana el premio Nobel. Hoy a 23 años del galardón la antaño bananera aldea está plebiscitando el cambio de nombre a Aracataca-Macondo, un cambio sutil de nomenclatura que ha divido a los taqueños, unos no están de acuerdo con la tacañería de Gabo, que no ha soltado ni un peso del premio para compra de libros de las escuelas o para la construcción de una Universidad, otros dicen que el hecho del nacimiento del novelista en Aracataca ya es suficiente aporte...Este asunto de novelistas hoy encumbrados nacidos en pueblecitos varados en la indigencia y la precariedad económica me lleva al juego de los otros días del Malayo, que imaginaba las formas futuras de la muerte de poetas chilenos. Mi moción sería barajar aldehuelas miserables que han dado figuras literarias cotizadas. Aquí en Paraguay, tenemos el caso de Areguá de Cassacia, villa mitad veraniega, mitad colonia de burguesitos con pretensiones intelectuales o intelectuales ya reconocidos que han optado por comprar un cottage subtropical en ella. Iturbe de Roa Bastos, sigue arrastrando su sino azucarero sin mayores mejorías para sus pobladores, a no ser la minoría patronística que aparentemente mora en Villarrica o Asunción. No se me ocurre otro caso, los amigos podrían agregar otros casos que recuerden. Con respecto a la tacañería de los hijos célebres para con su patria o pueblo natal, el caso de Roa hizo bastante ruido como lo recordarán los memoriosos. La promesa del autor de Yo el supremo de crear una fundación para la edición de libros baratos para todo el país se fue al mazo. Dicen las malas lenguas que nada más fue un subterfugio para evitar las altísimas deducciones fiscales de los españoles cuando ganó el premio Cervantes. Hasta hoy nadie ha visto un solo ejemplar que haya salido de tal proyecto...
Para terminar este post quisiera mencionar dos hechos. Primero, que el 19 de enero perdió Wilson Pickett, soulman que acompañó nuestras veladas jointceras a fines de los 80 y comienzos de los 90 con aquel single rojo y negro que en una de sus caras tenía el impagable Don’t Let The Green Grass Foul You. Y en segundo lugar, que el infatigable autor de Noe delirante (poema que ha sido reeditado tantas veces, y cada vez con más poemas nuevos, que equivale ya en la poesía peruana a un Briznas de Hierba de Whitman o a los Cantos del fascista de Pound), el poeta peruano Arturo Corcuera acaba de ganar el premio Casa de las Américas, la cubana y no la española. Y como homenaje ponemos a continuación uno de sus últimos poemas, recibido el año pasado, creo, por e-mail, para que quienes aún no lo conozcan puedan saborear la jovialidad y picardía de este poeta venerable.
EL MAKING OF DE SUPERMAN
Christopher Reeve
se trasforma en Clark Kent
y Clark Kent en un cuerpo celeste
de luminiscente S en el pecho,
ángel de acero de alas niqueladas
que habita con los astros
y se desplaza entre los rascacielos.
Pegaso le enseñó a cruzar los aires
y de su impulso surgió Superman.
Donde timbra un SOS
más veloz que el sonido Superman,
esa luz que se acerca es Superman,
de pie contra la guerra Superman,
la salud del planeta es Superman.
Superman en los brazos de Dana
y Dana en sus brazos con una flor. .
Nunca fue Superman más Superman.
No es un ser de ficción,
es más real que Neil Amstrong en la Luna,
o que la nave Apolo en el espacio.
Cisne de alas plegables y quebrantado cuello,
Christopher Reeve en su silla de ruedas
remonta el infinito:
sus alas de gigante le impiden caminar.
Arturo Corcuera
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martes, enero 31, 2006
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ret marut- Ben Traven
Mucho más que Gracq y que Salinger y que Pynchon, el hombre que se hacía llamar B. Traven fue la auténtica expresión de lo que conocemos por «escritor oculto».
Mucho más que Gracq, Salinger y Pynchon juntos. Porque el caso de B. Traven está repleto de matices excepcionales. Para empezar, no se sabe dónde nació ni él quiso aclararlo nunca. Para algunos, el hombre que decía llamarse B. Traven era un novelista norteamericano nacido en Chicago. Para otros, era Otto Feige, escritor alemán que habría tenido problemas con la justicia a causa de sus ideas anarquistas. Pero también se decía que en realidad era Maurice Rethenau, hijo del fundador de la multinacional AEG, y también había quien aseguraba que era hijo del kaiser Guillermo II.
Aunque concedió su primera entrevista en 1966, el autor de novelas como El tesoro de Sierra Madre o El puente en la selva insistió en el derecho al secreto de su vida privada, por lo que su identidad sigue siendo un misterio.
«La historia de Traven es la historia de su negación», ha escrito Alejandro Gándara en su prólogo a El puente en la selva. En efecto, es una historia de la que no tenemos datos y no pueden tenerse, lo que equivale a decir que ése es el auténtico dato. Negando todo pasado, negó todo presente, es decir, toda presencia. Traven no existió nunca, ni siquiera para sus contemporáneos. Es un escritor del No muy peculiar y hay algo muy trágico en la fuerza con la que rechazó la invención de su identidad.
«Este escritor oculto —ha dicho Walter Rehmer— resume en su identidad ausente toda la conciencia trágica de la literatura moderna, la conciencia de una escritura que, al quedar expuesta a su insuficiencia e imposibilidad, hace de esta exposición su cuestión fundamental.»
Estas palabras de Walter Rehmer —me acabo ahora de dar cuenta— podrían resumir también mis esfuerzos en este conjunto de notas sin texto. De ellas también podría decirse que reúnen toda o al menos parte de la conciencia de una escritura que, al quedar expuesta a su imposibilidad, hace de esta exposición su cuestión fundamental.
En fin, pienso que las frases de Rehmer son atinadas, pero que si Traven las hubiera leído se habría quedado, primero, estupefacto, y luego se habría desternillado de risa. De hecho, yo estoy a punto ahora de reaccionar de ese modo, pues a fin de cuentas detesto, por su solemnidad, la obra ensayística de Rehmer.
Vuelvo a Traven. La primera vez que oí hablar de él fue en Puerto Vallaría, México, en una de las cantinas de las afueras de la ciudad. Hace de eso algunos años, era en la época en que empleaba mis ahorros en viajar en agosto al extranjero. Oí hablar de Traven en esa cantina. Yo acababa de llegar de Puerto Escondido, un pueblo que, por su peculiar nombre, habría sido el escenario más apropiado para que alguien me hubiera hablado del escritor más escondido de todos. Pero no fue allí sino en Puerto Vallarta donde por primera vez alguien me contó la historia de Traven.
La cantina de Puerto Vallarta estaba a pocas millas de la casa donde John Huston —que llevó al cine El tesoro de Sierra Madre— pasó los últimos años de su vida refugiado en Las Caletas, una finca frente al mar y con la jungla a la espalda, una especie de puerto de la selva azotado invariablemente por los huracanes del golfo.
Cuenta Huston en su libro de memorias que escribió el guión de El tesoro de Sierra Madre y le mandó una copia a Traven, que le contestó con una respuesta de veinte páginas llenas de detalladas sugerencias respecto a la construcción de decorados, iluminación y otros asuntos.
Huston estaba ansioso por conocer al misterioso escritor, que por aquel entonces ya tenía fama de ocultar su verdadero nombre: «Conseguí —dice Huston— una vaga promesa de que se reuniría conmigo en el Hotel Bamer de Ciudad de México. Hice el viaje y esperé. Pero él no se presentó. Una mañana, casi una semana después de mi llegada, me desperté poco después del amanecer y vi que había un tipo a los pies de mi cama, un hombre que me tendió una tarjeta que decía: «Hal Croves. Traductor. Acapulco y San Antonio».
Luego ese hombre mostró una carta de Traven, que Huston leyó aún en la cama. En la carta, Traven le decía que estaba enfermo y no había podido acudir a la cita, pero que Hal Croves era su gran amigo y sabía tanto acerca de su obra como de él mismo, y que por tanto estaba autorizado a responder a cualquier consulta que quisiera hacerle.
Y, en efecto, Croves, que dijo ser el agente cinematográfico de Traven, lo sabía todo sobre la obra de éste. Croves estuvo dos semanas en el rodaje de la película y colaboró activamente en ella. Era un hombre raro y cordial, que tenía una conversación amena (que a veces se volvía infinita, parecía un libro de Carlo Emilio Gadda), aunque a la hora de la verdad sus temas preferidos eran el dolor humano y el horror. Cuando dejó el rodaje, Huston y sus ayudantes en la película comenzaron a atar cabos y se dieron cuenta de que aquel agente cinematográfico era un impostor, aquel agente era, muy probablemente, el propio Traven.
Cuando se estrenó la película se puso de moda el misterio de la identidad de B. Traven. Se llegó a decir que detrás de ese nombre había un colectivo de escritores hondurenos. Para Huston, Hal Croves era sin duda de origen europeo, alemán o austríaco; lo raro era que los temas de sus novelas narraban las experiencias de un americano en Europa occidental, en el mar y en México, y eran experiencias que se notaba a la legua que habían sido vividas.
Se puso tan de moda el misterio de la identidad de Traven que una revista mexicana envió a dos reporteros a espiar a Croves en un intento de averiguar quién era realmente el agente cinematográfico de Traven. Le encontraron al frente de un pequeño almacén al borde de la jungla, cerca de Acapulco. Vigilaron el almacén hasta que vieron salir a Croves camino de la ciudad. Entonces entraron forzando la puerta y registraron su escritorio, donde encontraron tres manuscritos firmados por Traven y pruebas de que Croves utilizaba otro nombre: Traven Torsvan.
Otras investigaciones periodísticas descubrieron que tenía un cuarto nombre: Ret Marut, un escritor anarquista que había desaparecido en México en 1923 y los datos, pues, encajaban. Croves murió en 1969, algunos años después de casarse con su colaboradora Rosa Elena Lujan. Un mes después de su muerte, su viuda confirmó que B. Traven era Ret Marut.
Escritor esquivo donde los haya, Traven utilizó, tanto en la ficción como en la realidad, una apabullante variedad de nombres para encubrir el verdadero: Traven Torsvan, Arnolds, Través Torsvan, Barker, Traven Torsvan Torsvan, Berick Traven, Traven Torsvan Croves, B. T. Torsvan, Ret Marut, Rex Marut, Robert Marut, Traven Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Adolf Rudolf Feige Kraus, Martínez, Fred Gaudet, Otto Wiencke, Lainger, Goetz Ohly, Antón Riderschdeit, Robert BeckGran, Arthur Terlelm, Wilhelm Scheider, Heinrich Otto Baker y Otto Torsvan.
Tuvo menos nacionalidades que nombres, pero tampoco anduvo corto en este aspecto. Dijo ser inglés, nicaragüense, croata, mexicano, alemán, austriaco, norteamericano, lituano y sueco.
Uno de los que intentaron escribir su biografía, Jonah Raskin, por poco se vuelve loco en el intento. Contó con la colaboración, desde el primer momento, de Rosa Elena Lujan, pero pronto empezó a comprender que la viuda tampoco sabía a ciencia cierta quién diablos era Traven. Una hijastra de éste, además, contribuyó a enredarlo ya de forma absoluta al asegurar que ella recordaba haber visto a su padre hablando con el señor Hal Croves.
Jonah Raskin acabó abandonando la idea de la biografía y terminó escribiendo la historia de su búsqueda inútil del verdadero nombre de Traven, la delirante y novelesca historia. Raskin optó por abandonar las investigaciones cuando se dio cuenta de que estaba arriesgando su salud mental; había comenzado a vestirse con la ropa de Traven, se ponía sus gafas, se hacía llamar Hal Croves...
del libro de Enrique Vilas.Matas Bartleby y cia, editorial Anagrama, s/f, pillado en word gracias a un envio de Nico Granada, danke chera'a
lunes, enero 02, 2006
Texto leído...
Musica ficta es la música fingida por joaquín morales para obliterar/contrarrestar/resistir la barahúnda cotidiana elaborada por la real-elite (realité, real-eté) paraguayo/a. Cincuenta, acaso cien años machacando nuestros pobres oídos complacientes en su sordera y pasividad. Contra ese canto secular asirenado (a nado de sirenas patrioteras), grecoguaranítico (invención bienintencionada europea, Montaigne aunando los guahus con Anacreonte), truculento y melo-dramático. Es subintellecta porque nos imanta y atrapa por los sentidos alucinados de estupor y jamás pretende rozar el umbral de la razón. Pan y música, sugiere el epígrafe/homenaje, contra el panis et circensis. Aunque no rehuye la escenificación y el caleidoscopio de danzas de éste, ni sus giros dervíchicos y sus movimientos, pero sólo los acepta para alterarlo mejor desde su propio interior. Viaje musical soñado aguas abajo, en lo subterráneo e infernal, hacia las rutinas susurrealizantes, grotescas y distorsionadoras de la música patria-poética dominante. Choque de orquestas (más que de civilizaciones) encontradas, ideológica y formalmente. La teoría de obertura, variaciones múltiples e inagotables, rondós, pavanas, gallardas, preludios, duetos, cadencias, ragtimes, virelays, saltarellos, basse dance, blues, es carnavalescamente presentada como en una cinta sin fin clusterizada ante el lector, orejudo o no, prójimo o inaccesible (en medio de ese torbellino de formas musicales escuchamos el retintín solapado, embrionario, pujante, de la cachaca y del purahei jahe’o). Pero la muñeca madre, principal, contiene muñecas hijas, muñecas en miniatura. Un poema (el de la páginas 17/18) se despliega a su vez en una mutación inercial y cíclica, madrugada, mañana, siesta, tarde y noche, ésta como última danza del día, “ruido que músico sensible tacha / borra del libro, virutas: / oscuridad descantillada”. La semitonia comparece en la página 19: “entonces el corazón de todo autómata es / retórica imprimible en semitonos”. Nuestro aedo subtropical, poeta/músico, práctica una estrategia de pequeñas escaramuzas, una guerra de guerrillas, contra la gran Música: “pura pintura no suena”, que engloba y enerva a sus alabarderos agitados por los reflejos aprendidos hace siglos, “el terco pigmento de la historia” (página 24). Musica ficta surge, “de quien más ve y más oye, pero duda” (página 30), de un poeta cuya misión última, y acaso imposible, la de un grupo comando de un solitario miembro (jm), es “...dar cuerda a tu ataúd, / resucitar canción de entre los verbos” (página 35). Entre musica ficta, música molecular, y la otra, que es marcha militar a lo Platón, molar, estupefaciente, se puede aparejar la dicotomía neurológica de la disyunción entre el hemisferio izquierdo y el derecho: “te confieso, hermano izquierdo, / mitad de mente mía, / que tu contigüidad no adoro, / ni apruebo tu inversa semejanza” (o la esquizofrenia de la musica ficta entre la mano derecha, artística, idealista y espiritual, y la mano izquierda, erotómana, lasciva, prosaica, que al fin, aleatoriamente, termina segregando música subversiva). Guerra musical en varios planos y frentes. Metátesis en la pronunciación, en el sentido de la frase, hipérbaton, catacresis, homofonías interidiomáticas (creo que en hurras aparece uno canónico: “virelay, vyro lai, very light”), ruidismo sintáctico (“no importa la palabra justa”, página 57), y, claro, jopara, adopción plena de las oscuridades de la diglosia y la jerga tribal, de las gracias neologísticas. [ Este arsenal, que se contrae y se expande como la vejiga de una gaita o como un acordeón, reaparece en Sermo, anticipo fragmentario plaquetero de un libro más extenso, e inédito, llamado Tratado de glosas e analecta de discursos exemplares, y en donde ya habíamos señalado lo siguiente: « Es un grito estructurado (o pretende erigir una plata-forma desde la cual histrionizar su rito, mito, grito) como una petit sinfonía cageana que empuja a un tal Lito al escenario del poema apostrófico, remotamente lírico o totalmente anti-líriko, con una batuta en mano en forma de batata, bardo loco, diglósico, macarrónico, con sus mil y una lenguas de fuego para azotar el letargo hiper-realista de su platea pati-difusa por interpósita persona que sirve de mediación-traducción: un coro que supuestamente filtra el mensaje violento, divino, para que éste se metamorfosee en blancas-azulosas (por lo de Darío) palomas espirituales o pájaros a lo Hitchcock… más que fusión de música y palabras, espectáculo de cabaret (volteriano) o exhibición de freaks en un circo, concierto de estómagos arremetiendo sobre el aparato fonador con sus regurgitaciones inhumanas (“Todos los hombres usan el lenguaje”, traducción gadameriana de la clásica definición aristotélica), teatro de marionetas c-úbicas agitando el avispero de sus manitas inerciadas por el hilo invisible sobre la gravedad del sentido, a veces alcanzando la luz de un protolenguaje o lenguaje del porvenir en el que el español paraguayo es curepizado, el inglés asume un rostro de paraguayo simulando hablar curepa ("shame sha shame sha"), el alemán es desmembrado por una interjección concretista o estirado como un chicle pos-caligramático o el latín es guaranizado (“ne-quá-m-qum”) o el griego se acuesta leve junto al guaraní en una helenización del guaraní (“olorosa Pilsen ñande mba’e Teeteto”)… sueño jesuita al fin cumplido en la ucronía que monta y habita éste poiético mester de ceremonias, un tal Ortiz Toledano. Se evocan todas las sectas lúdicas, como la del OULIPO (“aiseopoesia / iseopoesi / seopoes / eopoe / opo / p”), comparece Khlevnikov para romper el plano único de la lengua, esa dimensión tiránica que niega que lo puramente fonético signifique. Son los padres mentados con quienes practica la respiración boca a boca para salvar el cuerpo de la poesía. Sobre esta plata-forma, y no forma-plana, las perversiones tienen uniforme (“sadomaso -verde’o- quismo”). Gran fiesta cumbiambera del lenguaje cuyo tema leimotívico posible es la cachaca, esa murga supra nacional, pero intervenida microscópica y cronométricamente como una partitura aleatoria y a la vez cósmica (“6.180.339 segundos”). Los instrumentos perfilan a veces una panoplia erudita (que va desde el Dolce Stil Novo o las rimas internas gongorinas hasta la fascinación por formas perfectas muertas, como el soneto de la parte final) y otras incurren en fonetizaciones multilinguísticas en su anhelo de acercar lo más posible el sentido al sonido, el significado al significante, el arpa paraguaya a la celta –que tienen ambas un denominador común, pues tanto los paraguas como los nativos de la verde Erín las tañen con las uñas largas, muy largas–, las flautas medievales a las de la narración fantástica, creadas para salvar y usadas para acorralar al lector junto a los abismos de la albúmina originaria de la lengua, antes de la mítica división babélico-política. Y, por encima de todo, resuenan las onomatopeyas sacadas del cómic más barato, las disonancias del virtuoso y estricto atonalismo, y ruido, mucho ruido, para evitar toda, aun la más mínima, eclosión lírica, pues se trata de despertar y no de narcotizar con los opios de la biblioteca de la evasión formalista convencional. El espacio burocrático se imprime de letras con una alegría de funámbulo desencantado. La electricidad del sistema nervioso central mentada por MacLuhan carbonizando su soporte como salvajes malones nómadas para que toda hierba lírica para rumiantes anacrónicos sea extirpada. La erudición latina colabora con sus rivales bárbaros en esta ruina que revela en su autopsia filo-lógica la dislexia de fondo que nos alimenta. El vértigo esquizoide de las letras ya no encuentra apoyo para sus certezas enraizadas antaño en el Diccionario de
Hurras a bizancio precipita todo lo anterior en una coctelera glósica, glotona, para aprender de una vez por todas qué es ser paraguayito, en especial en lo relativo a la poesía paraguaya en español del nuevo milenio, la del 2011, bicentenario de la independencia política y centenario del nacimiento del Canto secular de don Eloy. Si usted nunca leyó a Eloy no entenderá el libro. Si usted no leyó nunca a aquel que pretendió atrapar lo paraguayo en 1190 versos medidos pero sin rima, quedará in albis. Pues hurras es un dilatado diálogo / desafío / ajuste de cuentas cínico de la poesía paraguaya-castellana. Asunción, bizancio subtropical, queda prácticamente apabullada, sepultada por las hurras que le propina morales. Éste es un lector minucioso, concienzudo, paciente y aplicado del magister humaiteño. Cabalista legañoso que se agita como un mamanga alrededor de su presa, exegeta heterodoxo, caraíta guaraní de tan sagrado Autor y de tan místico Libro. Es imposible, hoy, ahora, demorarnos en toda la riqueza de este poemario conceptual, en el sentido de los discos conceptuales, pues todos los poemas que lo integran giran, conforman, inciden en un todo perfecta y matemáticamente orgánico en su fondo y su forma. Fiesta del lenguaje, alegría de la palabra, triunfo de
Asunción, viernes 30 de diciembre de 2005.