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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, diciembre 30, 2006

STIRNERIANA

No podía un blog como éste, satírico porque rinde culto al sátiro aunque cultive la sátira y porque en él la sátira no estorba la satiriasis, dejar de conmemorar al gran “Frentón” en este año, a un siglo y medio de su solitaria muerte y a dos del berreante inicio de su vida solitaria. Además, ante la evidencia de que en el resto del orbe ya serán pocos quienes lo recuerden y aún más escasos quienes lo hagan con gusto, se impone con perfecta certidumbre la conclusión inequívoca de que en Asunción, de no hacerlo Kurupicho o moi, no lo hará absolutamente nadie. Quiénes, por otra parte, más idóneos para ello que los que se reclaman secuaces del Kurupí. Llevar el nombre del Kurupí como enseña en un blog o en cualquier otra cosa es una proclamación de virilidad. Lo es a primera vista, primariamente, en términos literales y eróticos, pero lo es también, por extensión y por analogía, en términos morales o humorales, pues remite a atributos de índole espiritual. Si pensamos en las connotaciones, en este ámbito, de la idea de lo “viril” entendido como potencia, vigor, orgullo, dominio y alergia a la sumisión, la astenia o la pasividad, tendremos entre las más obvias, por ilustres, la rebelión prometeica, la soberbia luciferina, el nihilismo fáustico, etc., y, entre las más “censurables” o “perturbadoras”, por ejemplo, el desenfreno sádico, la crueldad neroniana o la audacia baudelairiana (“¡Qué le importa la eternidad del castigo a quien ha probado por un segundo la infinitud del placer!”, escribió el poeta y dandy). Pero también tendrá que recoger esta enumeración un atributo bastante menos previsible y menos célebre pero de ningún modo menos insumiso ni menos importante ni, lejos de ello, menos amenazante ni menos revoltoso: el egoísmo stirneriano. (Breve digresión interparentética para público feminista, si lo hubiere: el sentido de “viril” aquí usado es metafórico, no “ideológico” (es decir, al menos no en mayor medida que cualquier otro término empleado en casos afines en el lenguaje humano, siempre tan lleno de sobreentendidos) ni “biológico” (o no al menos como lo sería si participara de un unilateral determinismo fatalista): se trata, como sucede siempre inevitablemente en el terreno de las palabras, en el fondo, de mera literatura, nada más (ni nada menos), y me atrevo a pensar que no hay por qué rasgarse las vestiduras ni lamentarse tan a lo trágico por cosas así —es decir, al menos para quienes se consagran a causas sociales, yo diría, personalmente, que existen problemas mucho más acuciantes; pero sólo es mi opinión, desde luego. Fin del paréntesis.) Aunque, desde estos extramuros o suburbios del paréntesis, aprovecho, antes de proseguir, para añadir que, si bien es metafórico este uso concreto del lenguaje, ello no constituye una excepción, pues el lenguaje en su totalidad, no sólo en este caso, lo uso siempre al modo stirneriano: condescendiendo a usarlo aun cuando no me “diga” ni diga lo que quiero ni siquiera de modo translaticio, pues si a mí el lenguaje me dijera, dado que no me diría sólo a mí en mi unicidad por completo excluyente sino que seguiría siempre siendo social, ello contradiría mi carácter de Único. (Por ello mismo, me tiene sin cuidado que el lenguaje sea “patriarcal” o que, por el contrario, manifieste una adecuada “equidad de género”, etc., porque en ambos casos es por igual colectivo, y si lo que en mí es único —es decir, mío en sentido estricto— poco tiene que ver con “los demás hombres” o “los seres humanos”, igualmente poco o nada tiene que ver con “las mujeres”.) Volviendo a lo iniciado ut supra, si intenté dar una idea aproximada del por qué de la afinidad de este “egoísmo” con otras cualidades (hu)morales asociadas con la virilidad, también consideré adecuado que un blog como el Kurupí, con tan satírico y satiriásico nombre, conmemorase el inicio y el fin de Johann Kaspar Schmidt, Max “el Frentón”, Max Stirner, por aludir con ello al gesto “afeminado”, si por tal entendemos gazmoño, con el cual las decentes y virtuosas puertas del instituto para señoritas de Madame Gropius se cerraron ante las narices del indigno y horrible anarquista que publicara ese libelo escandaloso, El único y su propiedad, libro que jamás leería ninguna joven de buenas costumbres ni mucho menos ninguna señora consciente de sus deberes de esposa y madre cristiana. Y como quiera que es por demás obvio que existe algo intolerable y profundamente inquietante y hasta si se quiere de mal tono en esta obra magnífica, brutal, inolvidable, también se le cerraron a Stirner en las barbas desde entonces y en lo sucesivo las grandes, solemnes y ofendidas puertas, académicamente tan serias y respetables, del vasto instituto para señoritas de la tradición oficial de Occidente. Pero, además, es lógico que así sea, y resulta comprensible que haya que dejar fuera del recinto venerable de la Filosofía reconocida canónicamente a Stirner. ¿Cómo podría admitirse en un espacio que es el del pensamiento en su continuidad y diálogo con el rico acervo de lo ya pensado y en sus expectativas de proyección o de re-pensamiento en el tiempo presente y el porvenir, si lo hay, cómo podría aquí, iba diciendo, admitirse el ingreso de un pensamiento en el que el pensamiento se suicida? ¿Cómo la Filosofía permitiría que algo que solamente puede conducirla a la afasia se infiltre en sus claustros, cómo podría inocularse a sí misma este germen tan disolvente e insidioso a menos que decidiera autodestruirse tras haber dicho ya su milenario discurso, como solían hacer los mensajes secretos después de haber comunicado una clave decisiva o la hora de una cita en las viejas películas de espías y contraespías? El pensamiento que se detiene en la irreductible peculiaridad del esto (como lo llamara Hegel) no se ajusta ya a un modelo general, se niega como lenguaje en la medida en que, neolengua exclusiva de uno solo, deviene incomunicativo, alienta en la plenitud solipsista de la cosa que meramente es y que no dice y que si articula o emite un sonido lo hace igual que la naturaleza, o lo hace como lo hace el mar, que también suena y brama, y deja, en fin, de ser pensamiento. Una vez dicté una conferencia sobre Stirner, y tomando unas cervezas a la salida, escuché a un contertulio obstinarse en “desconfiar” de “ese sujeto stirneriano tan sólido y sin fisuras”. Polemista testarudo, opuso las reiteraciones de lo por él ya asumido a todo intento de explicación, por lo que aquella vez desistí de seguir gastando pólvora, pero me resultó notorio que este amigo probablemente no había leído a Stirner. O que, si lo había leído, no había visto lo que ahora diré y que en esa tórrida tarde cervecera que a los grados del clima sumaba velozmente los de la bebida era casi imposible, en mi caso, explicar, y en el suyo, entender. Porque, al fin y al cabo, lo que quería decir era que el Único no es tal sujeto, ya que éste supondría una permanencia o estabilidad subyacente a las mudanzas del capricho o del deseo y opondría ya así por eso mismo algo general en cuanto abstracto a la unicidad propiamente dicha, a la peculiaridad irreductible del esto, que niega todo concepto; un sujeto entendido como permanencia se definiría con rasgos estables y por ende supondría juzgar todo alejamiento de dicha definición como error, desviación o disidencia. Un sujeto así, “tan sólido y sin fisuras”, como decía este amigo, introduciría en la libertad del egoísmo del Único una tiránica esencia que modelaría la existencia y empobrecería su virtual infinitud de pura indeterminación caótica y amorfa. Por todo esto, el Único no es un concepto, sino un anticoncepto, que si se plantea en términos conceptuales es por hacer la concesión de emplear todavía el lenguaje pero que pese a ello lleva en sí el germen de su autodestrucción, esto es, de su destrucción como concepto, porque en donde impera el esto, el concepto se aniquila. Escribió Stirner: “Yo he fundado mi causa sobre la Nada”: esa nada es el Único; yo soy nada: no soy un “sujeto” definido de tal y cual manera, como el perro de mi vecino, Jerry, no es el mismo ahora, a las 7:30 de la noche, que el perro de las 8 de la mañana, como no será el mismo en cinco años ni lo fue hace tres, como no será el mismo en una millonésima de segundo, y en esa medida su nombre, “Jerry”, designa una ficción, una ficción que frente a la plena y vibrante concreción del esto no decible es tan conceptual y abstracta como si no fuera un nombre propio, ya que en esta perspectiva no lo es en sentido estricto: es un nombre de ficción porque no alcanza a nombrar el esto. Mi propia Nada, que es todo lo que tengo, es la base inestable de mi imposible causa, dice Stirner, que precisamente descree de todo lo “sólido y sin fisuras”, y es justamente por eso que Stirner resulta, cual decíamos antes de una manera un tanto literaria, tan perturbador y tan “de mal tono”: porque lo atomizante y corrosivo y desestructurante del anticoncepto disuelve hasta el mismo átomo, y negando todo lo que no le es propio ese sujeto se niega también en su sí mismo: su terrorismo es suicida, no colonial: grita la Nada de su rara consigna y luego se detona. Para el borgiano en la práctica y en el derecho autoral, pero stirneriano en la invención, personaje llamado Ireneo Funes, un árbol no es uno, sino infinitos árboles: en el sentido en que el ser es permanencia de algo que está siendo y que puede congelarse en la presencia del “es”, y en la medida en que es identidad que pueda sujetarse a la definición, al pensar en términos estrictos y al decir como el lenguaje dice, para Funes, que era un hombre todo ojo, todo impresión, todo plenitud de instantes innumerables y de infinito indecible de cosas, de tiempo, de esto puro o casi puro (pues si fuese en verdad puro el esto, Funes ya no emitiría sonidos articulados), ese árbol no es: de hecho, nada es. En Stirner lo anticonceptual es la culminación, el logro más completo, la conclusión más radical y coherente, el más perfecto y mejor cumplimiento del pensar de Occidente en el momento en el cual él lo caza, lo pesca, lo atrapa, lo pincha y amenaza con hacerlo estallar como un globo o como una burbuja. Si el pensamiento moderno se distinguió por su vocación crítica, Stirner la volvió contra ese pensamiento: en él, la filosofía occidental se realiza y se autodestruye, se desarrolla hasta su plenitud más impecable pero por eso mismo se suicida. Le cabe a Stirner por eso la única gloria que no equivale en el fondo a una vergüenza, la única condecoración que no puede ruborizar a un hombre libre, el único elogio que no humilla más que los insultos: no haber llegado nunca a ser verdaderamente “respetable”. Es difícil encontrar algo adecuado sobre Stirner en los manuales de historia de la filosofía, ha señalado en un hermoso texto Roberto Calasso, como es difícil encontrar en los manuales de historia de la literatura algo adecuado sobre una obra pornográfica, por digna que sea de admiración. Y parece natural que si Johann Kaspar Schmidt, el hombre, estaba fuera del círculo de los “exitosos”, los “triunfadores”, y hasta los “decentes”, Max Stirner, el autor, lo esté del panteón de los filósofos “serios”, “académicos” o “rigurosos”. El único no suele figurar en la bibliografía recomendada en las facultades por los profesores, pero en cambio acompaña a los parias, a los aventureros sin fortuna, a los presos por deudas, a los autodidactas heterodoxos y delirantes, a los filósofos excéntricos de bares y de cafés, a cuantos merodeamos en los suburbios y en los extramuros del pensamiento civilizado, a todos los grandes solitarios. Los graduados cum laude no suelen consagrarle sus tesis de doctorado, pero en cambio anima a los personajes “insondables” de Orson Welles, a los infatigables vagabundos de Jack London, a los arrogantes hobos de Robert Aldrich en El emperador del Norte, gran película llena de la alegría trágica de la vida aventurera. Es un libro que no se vende tanto como los cedés de Sabina, cuya imagen de supuesto “perdedor” lo llena de éxitos, y que no parece transpirar “sabiduría” como los libros de Saramago, con su perpetuo aire de ser la insobornable consciencia moral del orbe, por citar dos ejemplos aleatorios de "triunfo", pero en cambio inspira, qué duda cabe, al dostoievskiano hombre del subsuelo su terrible, honda, monótona, bellísima salmodia que hace enmudecer y bajar la cabeza avergonzados a todos los "triunfadores" que tienen todavía un poco de alma: “Soy un hombre enfermo, soy un hombre desagradable, soy un hombre malo”. En su manual de filosofía moderna, Fischer decidirá la expulsión de Stirner con un elegante juego de palabras (“Stirner está en la esquina de la filosofía alemana”): “el que está en la esquina”, der Eckensteher, significa también “mozo de cuerda”: Stirner, en efecto, no era precisamente un hombre de salón: en la “vida real” el oscuro y sufrido profesor Schmidt, empleado de la citada academia de madame Gropius para señoritas, había nacido en 1806 en un hogar muy pobre de Bayreuth, había tenido una larga, irregular y nada brillante carrera universitaria terminada a duras penas y a desgano e incluso llevaba el que probablemente sea el apellido (“Schmidt”) más vulgar, insignificante y plebeyo que pudo tocarle en suerte. Stirner, der Eckensteher, nunca fue más que un harapiento mozo de cuerda. Había que expulsarlo, desde luego, puesto que era vulgar, como todo harapiento, fastidioso, como todo harapiento, sucio y ordinario, como todo harapiento, pero también, primero, antes que nada, y detengamos aquí por un momento la cámara que filma la película horrible de la Historia, enfoquemos con ella algo muy grande, muy imponente y muy noble, algo que puede ser un altísimo templo, o bien un cielo negro y sin fronteras o un hondo acantilado, y ahora pongamos como sound-track de este final lúgubre y arrogante una música violenta, veloz, bella, furiosa, y ahora levantémonos, estemos donde estemos, bien firmes sobre los pies, y sin esconder este absurdo tributo, este tributo precario, escaso e imprescindible, saludemos en lontananza, en el triste horizonte del destino, al paria, al pordiosero, al solitario, a nuestro único hermano, a Max Stirner, que, como iba diciendo más arriba, era callado y triste, como todo harapiento, era un hombre rústico y de baja estofa, como todo harapiento, pero que también era, primero, antes que nada, les decía, y llegar a ser esto es el honor más grande que a alguien puede caberle en este mundo imbécil, pero que también era, les decía, un hombre peligroso, como todo harapiento.

6 comentarios:

Rain dijo...

He dado un grito.
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Justamente anoche pensaba en ¿por qué sentirse culpable por la materialidad, esa que busca ipods, siempre el buen decir, el truculento intento de estar en paz?

aquí encuentro la respuesta y es que me había planteado erradamente la interrogante

mi admirada Dama Satán, se mastica este texto, que es como una bofetada a la decencia impostada

guardo este homenaje en aquello que por primera vez me aproximó a Kurupi:
el contramodelo, asumido desde dentro, desde lo más radicalmente interno

Ahora me alimento de esta lux que en Kurupi se expande y contrae.

Grandes salutes. Mañana será otro día, y asi sucesivamente, mientras permanece lo que arrebata al tiempo, su fugacidad, de alguna manera...

Anónimo dijo...

hola montse soy edgar y espero que jerry siga ladrando mientras vos existis pared de por medio y que mi socio el oscurantista me preste alguna vez su stirner,

o queres que te puxe el saco como el comentarista oligofreniqito precedente.
abrazos amigos de siempre

KuruPicho dijo...

ke onda pio Edgar?, Vir/Rain es una gram amiga de la blogosfera y sus comentarios siempre son bienvenidos en este blog y nos parecen muy interesantes.

Sandra dijo...

Muy interesante, es un de esos escritos que se asemejan a un "aperitivo", te abre el apetito.

césar antonio dijo...

Vine por Rain, ya que enlazó en su post, éste y no tiene desperdicio.
Stirner también hubiera gritado a la Dama Satán, descubierto.
Me pregunto por qué aprobaron el oligofrénico comentario de Edgar. Creo que hay tanta hipocresía en este medio. Está meridianamente claro.

KuruPicho dijo...

Sí, chera'a Antonio, el ñato es un amigo nuestro caprichoso y mimado y de repente estaba celoso y se la tomó contra Vir, empujado por un mal humor basado en su aislamiento coyuntural
y no haberle prestado en su momento anartkistamente generoso el libro de Sirner que nunca se lo hemos negado.Mis disculpas a la señorita Misess asterix desde Paraguay