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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, diciembre 28, 2006

2006, año stirneriano?

MAX STIRNER: “YO HE FUNDADO MI CAUSA SOBRE LA NADA” Montserrat Álvarez Suele decirse que es difícil encontrar algo adecuado sobre Stirner en los manuales de historia de la filosofía. Y parece natural que si Johann Kaspar Schmidt, el hombre, estaba fuera del círculo de los “exitosos”, los “triunfadores”, y hasta los “decentes”, Max Stirner, el autor, lo esté del panteón de los filósofos “serios”, y hasta “respetables”. Ese violento Stirner que era en la “vida real” el oscuro y sufrido profesor Schmidt de la academia de madame Gropius para señoritas, nacido en 1806, en un hogar pobre de Bayreuth, y que tras larga y entrecortada carrera universitaria había conseguido un certificado para dar clases en institutos prusianos. Que había trabajado en efecto así más de un año sin salario, a prueba, tras lo cual no obtuvo salario alguno, pero que, pese a no tener empleo, se había casado en 1837, quedando viudo en seguida. Que veía esta vida tan alegre amenizada por las recurrentes “vacaciones” dedicadas a su madre demente. Cuyo empleo en el citado instituto de madame Gropius había dado inicio a la que quizá sería su única época feliz: la de la taberna de Hippel en la Friedrichstrasse y los ruidosos debates de los jóvenes hegelianos, Die Freien, “los Libres”, con Bruno y Edgar Bauer y a veces Marx y Engels en medio del barullo. Un día llegó allí una joven hermosa y brillante, Marie Dahnhardt, a quien los Libres aceptaron pronto como una buena camarada que podía argumentar, por un lado, y apurar su cerveza, por otro, como cualquiera de ellos. Stirner la desposó en 1843, en una ceremonia caótica e indecente en su departamento, donde el cura lo encontró jugando cartas con los testigos en mangas de camisa y esperando a la novia, que llegó vestida como un día cualquiera. Nadie se había acordado de comprar alianzas, así que usaron los aros de cobre del portamonedas de Bruno Bauer. Al año siguiente, en 1844, Stirner publicó El único causando un fugaz escándalo tras el cual regresó su mala suerte: perdió su empleo, quizá por rumores acerca de que el profesor Schmidt era en realidad el horrible anarquista Stirner, y, para vivir, además de hacer traducciones mal pagadas, invirtió lo que quedaba de la dote de Marie en una lechería que fracasó rotundamente. Marie lo dejó en 1847. Mucho después, concluyendo aquel siglo XIX, el biógrafo Mackay la visitaría en Australia, ya muy anciana pero con el intacto y vívido recuerdo de sus días con Stirner, del cual misteriosamente afirmó que era “muy pícaro”. Allá lejos en el tiempo, después de que Marie se fuera para siempre, Stirner había comenzado a caer en la oscuridad y la miseria, subsistiendo en sórdidos antros, apresado más de una vez por deudas y, hasta su muerte prematura en 1856, huyendo sin tregua de sus incontables acreedores. El único fue retirado de la circulación porque en él “no sólo Dios, Cristo, la Iglesia y la religión en general son objeto de la más inconveniente blasfemia, sino que también todo el orden social, el Estado y el gobierno se definen como algo que no debería existir, mientras se justifican la mentira, el perjurio, el asesinato y el suicidio”. No sólo agitó a las autoridades, sino también a los intelectuales. Cuando apareció, Engels escribió a Marx: “Evidentemente, S(tirner) es el más talentoso, independiente y preciso entre todos los Libres”. Sin embargo, en La ideología alemana Marx y Engels lo demolerán con saña. Feuerbach comentó también esta obra “de extrema inteligencia y genialidad”. Pero en su siguiente carta habrá cambiado: “Los ataques de Stirner delatan una cierta vanidad, como si quisiera hacerse un nombre a expensas del mío”. Ruge celebrará El único en varias cartas; una dice: “El libro de Max Stirner (Schmidt), que quizá también Ludwig conoce (frecuentaba de noche la taberna de Walburg y se sentaba frente a nosotros), es una extraña aparición. Es el primer libro legible de filosofía impreso en Alemania; y podría decirse que ha aparecido el primer hombre totalmente exento de pedantería”. No obstante, su simpatía también terminará pronto. Y, en 1847, el ataque de Kuno Fischer contra Stirner y los “sofistas modernos” iniciará la campaña para cerrar las respetables puertas del gran instituto para señoritas del mundo académico y la historia oficial del pensamiento de Occidente ante las narices del indigno profesor Schmidt. En adelante, El único acompañará a los parias, a los aventureros sin fortuna, a los presos por deudas, a los autodidactas heterodoxos y delirantes, a los filósofos excéntricos de bares y de cafés, a cuantos merodean en los suburbios y en los extramuros del pensamiento civilizado, a los grandes solitarios. Animará a los personajes “insondables” de Orson Welles, a los infatigables vagabundos de Jack London, a los arrogantes hobos de Robert Aldrich en El emperador del Norte, e inspirará al dostoievskiano hombre del subsuelo su terrible, honda, monótona, espléndida salmodia inolvidable: “Soy un hombre enfermo, soy un hombre desagradable, soy un hombre malo”. En su manual de filosofía moderna, Fischer decide la expulsión con un elegante juego de palabras (“Stirner está en la esquina de la filosofía alemana”): “el que está en la esquina”, der Eckensteher, significa también “mozo de cuerda”: Stirner nunca fue más que un harapiento mozo de cuerda, vulgar como todo harapiento, fastidioso como todo harapiento, pero también, primero, antes que nada, peligroso, como todo harapiento. “Yo desprecio la naturaleza, los hombres y sus leyes, la sociedad humana y su amor, y rescindo toda relación natural con ella, incluida la del lenguaje (…) Ya hago una concesión si me sirvo del lenguaje; pues yo soy el ‘indecible’, ‘yo sólo me muestro’”. Tajante autoexclusión y voluntad atomizadora, disolvente de la opresiva estructura de lo social con las que el Único no se contenta con enfrentar al Estado ni con rebelarse contra Dios sino que desafía al Hombre, los valores, la Verdad, el Bien y el lenguaje mismo, intolerable esclavitud de lo gregario que no me dice, pues sólo podría decirme una neolengua única. “¿Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras”. Ideales y valores: simples máscaras de Dios. El egoísta no se somete a Dios ni a idea o valor alguno. ¿Por qué lo haría, si Dios no lo hace? Dios no sigue la causa del amor, la justicia o la verdad, pues todas ellas le son consustanciales: sigue su propia causa; se es su propia causa para sí: Dios es el egoísta más perfecto, y el egoísta, como Dios, se es su sola causa, y por ello será siempre el primer enemigo del Estado, la moral y cuanto represente intereses generales y principios “universales”. “Nuestros ateos son gente piadosa”: niegan a Dios pero creen en los “derechos del hombre”, en el “bien de la humanidad”, etcétera. De modo muy diferente interpela el amor del egoísta: “Si yo te brindo atenciones y cuidados es porque te quiero, porque encuentro en ti el alimento de mi corazón, la suspensión de mi angustia; si te amo no amo en ti a un ser superior de quien seas la envoltura consagrada ni veo en ti un fantasma ni adivino un espíritu: te amo por egoísmo”. “Si yo baso mi causa sobre Mí, el Único, ella reposa sobre su creador efímero y perecedero que se devora a sí mismo a cada instante, y puedo decir por ello”, escribe por fin Stirner, cerrando su extraño libro con una frase que podría haber sido su propio y airado epitafio: “Yo he fundado mi causa sobre la Nada”. Hay blasfemias más hermosas que todos los sermones, y vidas de condenados más nobles que las que narran las hagiografías. La vida de Johann Kaspar Schmidt, áspera, dura, zanjada con olvido y soledad, y el libro de Max Stirner, altanero, vigoroso, lleno de entusiasta y tosca poesía, ríen con la bárbara carcajada del orgullo, el más peligroso de los pecados capitales, y el predilecto de las almas fuertes.

http://www.nietzscheana.com.ar/safranski_stirner.htm

1 comentario:

KuruPicho dijo...

RÜDIGER SAFRANSKI
[Nietzsche y Stirner]
Traducción de Raúl Gabas en SAFRANSKI, R., Nietzsche. Biografía de su pensamiento, Tusquets, Barcelona, 2001, pp. 131-137.

En la década de los cuarenta, años en los que a Nietzsche le habría gustado vivir, según confesó a un amigo, hubo un autor que se alzó contra los maquinistas de la lógica histórica y naturalista, y que había escrito sobre el espíritu libre y vivo: «Sabe que el hombre se comporta en forma religiosa o creyente no sólo en relación con Dios, sino también en relación con otras ideas, como el derecho, el Estado, la ley, etcétera, es decir, reconoce las ideas fijas por doquier. Y así quiere disolver el pensamiento a través del pensamiento» (Stirner, 164). Estamos recordando aquí a un provocador filosófico que ya antes de Nietzsche experimentaba con el pensamiento de la inversión, y había formulado su protesta anarquista contra la supuesta lógica férrea de la naturaleza, la historia y la sociedad en una obra que había aparecido el año anterior al nacimiento de Nietzsche. Johann Caspar Schmidt, profesor en el Centro de Educación de Señoritas de Berlín, publicó en 1844, bajo el pseudónimo de Max Stirner, su obra El Único y su propiedad, un libro que entonces llamó mucho la atención. Por su radicalidad individual y anarquista, los ambientes normales de la filosofía e incluso los disidentes rechazaron oficialmente la obra como escandalosa y desatinada.

Pero en privado muchos estaban fascinados por su autor. Marx se sintió incitado a escribir una crítica de esta obra, una crítica que alcanzó unas dimensiones superiores al libro criticado, y que al final no fue publicada. Feuerbach escribió a su hermano que Stirner era «el escritor más genial y libre que había conocido» (Lanka, 49); pero en público no se manifestó sobre este autor. Por lo demás, la callada repercusión de Stirner continuó también más tarde. Husserl habló una vez de su «fuerza seductora», aunque no lo menciona en la propia obra. Carl Schmitt, de joven, estaba profundamente impresionado por Stirner, y en 1947, encontrándose en prisión, se sintió «tentado» de nuevo por él. Georg Simmel se prohíbe a sí mismo el contacto con este «tipo sorprendente de individualismo».

Por lo que se refiere a Nietzsche, parece que se da en él un llamativo silencio. En su obra nunca menciona el nombre de Stirner, pero pocos años después de su derrumbamiento se encendió en Alemania una viva disputa sobre la pregunta de si Nietzsche conoció a Stirner y se dejó impulsar por él. En el debate se vieron implicados, entre otros, Peter Gast, la hermana, Franz Overbeck, amigo de muchos años, y Eduard von Hartmann. Defendieron una posición extrema los que le acusaban de plagio. Hartmann, por ejemplo, argumentaba que Nietzsche había conocido la obra de Stirner, pues en su segunda Intempestiva había criticado exactamente aquellos pasajes de la obra de Hartmann en los que se rechazaba explícitamente la filosofía de Stirner. O sea que, aun cuando sólo fuera por este camino, Nietzsche tenía que conocer a Stirner. Hartmann resalta además el paralelismo de ciertos pensamientos, y plantea entonces la pregunta de por qué Nietzsche, si bien se dejó influir con seguridad por Stirner, sin embargo lo silenció sistemáticamente. La respuesta que entonces parecía obvia la formuló así un contemporáneo:



«Nietzsche habría quedado desacreditado para siempre entre las personas formadas de todo el mundo si hubiera dejado notar algún tipo de simpatía por un burdo y desconsiderado Stirner, que hace alarde de un desnudo egoísmo y anarquismo. De hecho, la escrupulosa censura de Berlín sólo permitió la impresión del libro de Stirner por la razón de que los pensamientos expuestos eran tan exagerados, que nadie iba a estar de acuerdo con ellos» (Rahden, 485).



Dada la mala fama de Stirner, es fácil imaginarse que Nietzsche no quería verse asociado a él ni por un instante. Las investigaciones de Franz Overbeck mostraron que en 1874 Nietzsche prestó a su alumno Baumgartner la obra de Stirner, sacada de la biblioteca de Basilea. Fue esto quizás una medida de precaución, la de dársela anticipadamente a sus alumnos para que estuvieran ya preparados? En todo caso, así recibió el público esta noticia, una interpretación en cuyo apoyo vienen los recuerdos de Ida Overbeck, amiga íntima de Nietzsche en los años setenta. Esta relata:



«En una ocasión, cuando mi marido había salido [Nietzsche] conversó un ratito conmigo y mencionó a dos elementos que ocupaban su atención y con los que se sentía emparentado. Como en todas las ocasiones en las que adquiría conciencia de una relación interna, se mostraba muy animado y feliz. Un poco después topó con Klinger entre los libros de casa [ ...]. “¡Mira!”, dijo, “con Klinger me he equivocado mucho. Era un filisteo, ¡no!, con él no me siento emparentado. Pero Stirner, ¡ése sí!”. Y al decir esto, un gesto festivo recorrió su cara. Mientras yo me fijaba en sus rasgos con tensión, éstos cambiaron de nuevo, hizo con la mano algo así como un movimiento de ahuyentar y dijo susurrando: “Ahora se lo he dicho a usted, cuando en realidad no quería hablar de esto. Olvídelo de nuevo. Se hablará de un plagio, pero usted no lo hará, ya lo sé”» (Bernoulli, 238).



Ida Overbeck sigue relatando cómo, en presencia de su alumno Baumgartner, Nietzsche designó la obra de Stirner como «la más audaz y consecuente desde Hobbes». Como sabemos, no era un lector paciente, pero a su manera era un lector a fondo. Pocas veces leía enteramente los libros, aunque sí leía en ellos con un instinto certero para aquellos aspectos que eran instructivos y estimulantes. Ida Overbeck relata al respecto:



«Me decía que, cuando leía a un escritor, siempre se sentía afectado solamente por frases breves, con las cuales enlazaba él sus propios pensamientos; y que, sobre las columnas que así se le ofrecían, ponía un nuevo edificio» (Bernoulli, 240).



Pero ¿qué era lo que, por una parte, hacía de Stirner un leproso en la filosofía y, por otra, ejercía el efecto de estimular a Nietzsche o de confirmar su propio pensamiento? Más tarde, Nietzsche coqueteará en su propia obra con el aura de la locura; y en relación con Stirner podía contemplar ya ahora la propia empresa en el espejo de lo proscrito.

En la filosofía del siglo XIX, sin duda fue Stirner el nominalista más radical antes de Nietzsche. La radicalidad con que practicó la destrucción nominalista ha podido engendrar hasta hoy, especialmente entre los funcionarios de la filosofía, la impresión de un desatino, pero en su empresa había rasgos que en nada desmerecían de lo genial. Stirner es comparable a los nominalistas medievales, que designaban los conceptos generales, especialmente los referidos a Dios, como un «soplo», como un nombre sin realidad. En el núcleo del hombre Stirner descubre una fuerza creadora que engendra quimeras para luego dejarse oprimir por los propios engendros: ya Feuerbach había desarrollado este pensamiento en su crítica de la religión. Y Marx trasladó al trabajo y a la sociedad esta estructura de una productividad que se convierte en prisión para los productores. En el sentido mencionado Stirner permanece en la tradición del hegelianismo de izquierdas, por cuanto la emancipación del hombre se entiende como liberación de la esclavitud bajo los fantasmas y las relaciones sociales producidos por uno mismo Stirner agudiza la crítica. Es verdad, dice, que se ha destruido el «más allá fuera de nosotros», o sea, Dios y la moral supuestamente fundada en él. Aquí se ha «realizado la empresa de la Ilustración». Pero si desaparece este «más allá fuera de nosotros», queda intacto, sin embargo, el «más allá en nosotros» (Stirner, 192). Dios está muerto, lo hemos reconocido como quimera, pero hay todavía fantasmas más persistentes, que nos atormentan. Stirner acusa a los hegelianos de izquierda de que, después de matar a Dios, no han tenido nada más urgente que, en lugar del más allá antiguo, poner un más allá interior. ¿A qué se refiere Stirner con el «más allá en nosotros»? Por una parte, con ello se designa lo que luego Freud llamará el «superyo», a saber, la hipoteca heterónoma de un pasado que la familia y la sociedad han implantado en nosotros, una hipoteca de la que procedemos. Y la expresión se refiere también al dominio de los conceptos generales instaurado en nosotros, de conceptos como «humanidad», «humanismo», «libertad». El yo, cuando despierta a la conciencia, se encuentra cautivo en una red de tales conceptos, que tienen fuerza normativa, y con los que el sí mismo interpreta su existencia, carente en sí misma de nombres y conceptos. Ya para Stirner tenía validez el principio existencialista de que la existencia precede a la esencia. El intento de hacer que el individuo vuelva a su existencia sin nombre y de liberarlo de sus prisiones esencialistas es un impulso procedente de dicho autor.

Tales prisiones son para él en primer lugar las religiosas, que, sin embargo, ya han quedado suficientemente disueltas. En cambio, no está disuelto todavía el dominio de los otros fantasmas esencialistas: la supuesta «lógica» de la historia, las llamadas leyes de la sociedad, las ideas de humanismo y progreso, de liberalismo, etcétera. Para el nominalista Stirner todas esas nociones son universales que no tienen ninguna realidad. Ahora bien, si nos sentimos poseídos por tales universales, éstos engendran en nosotros realidades perniciosas.

Stirner se excita en especial por la expresión «humanidad», que normalmente se usa en buen sentido. La humanidad no existe. Sólo existen individuos innumerables. Y cada particular es inaprehensible a través de conceptos similares al de humanidad. ¿Qué significa, por ejemplo, la «igualdad» del género humano? ¿Que todos debemos morir? Pero nunca experimentamos el universal tener que morir, sino solamente el propio. Yo nunca experimentaré cómo el otro experimenta su tener que morir, por más que él sea mi prójimo. Yo no salgo de mí. Experimento solamente algo sobre la experiencia del otro, pero no la experiencia misma del otro. «Fraternidad» es también un concepto universal relacionado con la «humanidad». ¿Hasta dónde puedo extender realmente este sentimiento, tan lejos que abarque la tierra entera y el género humano? El yo se ha volatilizado en esta forma de hablar. «Libertad» es otro prominente concepto universal, que ha ocupado el fantasmagórico lugar de Dios. Stirner describe con mordaz ironía a aquellos pensadores que construyen una máquina de la sociedad y de la historia que, al final de su traqueteante trabajo, ha de llevar a cabo la «libertad» corno un producto; pero hasta que tal cosa llegue seguimos siendo esclavos como trabajadores del partido de esta máquina de la liberación. Así la voluntad. de libertad se transforma en la disposición a servir a una lógica. Qué consecuencias tan destructivas puede tener la fe en la lógica histórica es algo que el marxismo ha demostrado suficientemente. Sin duda, en su crítica de las construcciones universalistas de la liberación, Stirner ha tenido razón frente a Marx.

Por tanto, el nominalismo de Stirner quiere «disolver los pensamientos a través del pensamiento» (Stirner, 164). Pero esto no ha de tergiversarse. Este autor no pretende la falta de pensamientos, sino la libertad para el pensamiento creador, lo cual implica que no hemos de inclinarnos bajo el poder de lo pensado. Hay que seguir siendo el engendrador de su pensamiento. El pensar es una creación, el pensamiento es una criatura, y libertad de pensamiento significa que el creador está por encima de su criatura; el pensamiento es potencia y, por eso, más que lo pensado; el pensamiento vivo no puede entregarse a la prisión del pensamiento. «Tal como tú eres cada instante, eres tu criatura, y en esta “criatura” no puedes perderte a ti, el creador. Tú mismo eres un ser superior a lo que tú eres, y te superas a ti mismo» (Stirner, 39).

El nominalismo medieval había defendido a un incomprensible Dios creador, frente a una razón que quería encerrarlo en sus redes conceptuales. El nominalista Stirner defiende el incomprensible yo creador frente a los conceptos generales de tipo religioso, humanista, liberal, sociológico, etcétera. Y así como para el nominalista medieval Dios es aquel abismo que se ha creado a sí mismo y ha creado el mundo de la nada, y que en su libertad está sobre toda lógica, incluso sobre la verdad, de igual manera para Stirner el individuo inefable es una libertad «fundada en sí misma y en nada más». Del mismo modo que antaño lo fuera Dios, también este yo es lo abismal, pues, en palabras de Stirner, «yo no soy nada en el sentido de un vacío, sino la nada creadora, la nada de la que yo mismo como creador lo creo todo» (Stirner, 5). Con burla demasiado barata pudo Marx echar en cara al pequeño burgués Schmidt/Stirner su situación social, que puso límites demasiado estrechos a la creación. Pero en ello Marx no pensó el antiguo descubrimiento del estoicismo, a saber, el hecho de que nosotros estarnos influidos no tanto por las cosas cuanto por nuestras opiniones sobre las cosas. Y en definitiva Marx mismo en su acción no se dejó guiar por el proletariado, sino por su fantasma. Por eso Stirner tiene razón al acentuar en tal medida lo creado por el yo, pues es este fantasma el que produce el espacio de juego en el que después el yo se apoya teóricamente.

La filosofía de Stirner era un grandioso golpe liberador, a veces caprichoso y burlesco. Y era también consecuente en un sentido muy alemán. Sin duda Nietzsche lo experimentó como un golpe liberador cuando tenía que crearse espacio para el propio pensamiento, cuando, por mor de la vitalidad de la vida, reflexionaba sobre el problema del saber y de la verdad, y sobre cómo «el aguijón del saber» había de «invertirse contra la verdad».

De todos modos, había en Stirner un aspecto que debía resultar totalmente extraño e incluso escandaloso para Nietzsche. Por más que acentúe lo creador, la tenacidad con que reclama la propiedad de su ser individual y único muestra en definitiva a Stirner como un pequeño burgués, para el que la propiedad lo significa todo, aunque sea solamente la propiedad de su ser individual y único. También Nietzsche quiere liberarse de fantasmas y quiere hacerlo todo con su pensamiento, a fin de llegar «a la auténtica posesión» de sí mismo, como en cierta ocasión escribió en una carta (B, 6, 290). Pero los gestos de Nietzsche no son tan de rechazo como los de Stirner; Nietzsche quiere soltarse para llegar a sí mismo. Los esfuerzos de Stirner se dirigen al desenmascaramiento, los de Nietzsche se centran en el movimiento; Stirner forcejea por la ruptura, Nietzsche busca la partida.

Rüdriger Safranski


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