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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, noviembre 08, 2006

Nuevo libro en Jakembo (Noviembre)

Elogio de una autoinvasión de la intimidad

Antonio Tudela Sancho

Hace ya una eternidad ¾exactamente, la misma que de la nada cósmica separa a este humilde ego metido a prologuista por política adicción a la amistad¾, en un libro de precios(ist)a factura formal (Counterblast, diseñado por Harley Parker), Marshall McLuhan reflexionaba sobre el acto mecánico de la escritura, el puro centelleo de las teclas en la (hoy ya en desuso) máquina dactilográfica, para sintetizar una brillante diferencia respecto de la antigua (y hoy ya obsoleta, para qué añadirlo) escritura manual: frente a lo ilegible, tortuoso e impreciso de las lentas, silentes frases manuales, el raudo, estrepitoso y fulgente asentamiento dactilar de las palabras en el papel sólo es medio para un fin, camino para un determinado propósito. «Los pensamientos transpuestos en mecanografía ¾afirma¾ están efectivamente publicados, y la publicación aleja la expresión de esos pensamientos de la esfera íntima y personal. La publicación es una autoinvasión de la intimidad.» Qué decir de las actuales máquinas de escribir, las computadoras compañeras de nuestra vida a tiempo completo ¾en el hogar tanto como en la oficina o los mil «no-lugares» que median entre uno y otra¾, mágicos artefactos en los que la luz emanada por una pantalla increíblemente similar a la de un televisor ha desplazado los relampagueos martilleadores de los tipos, el zumbido de los ventiladores y la sensibilidad del teclado han eliminado la vieja percusión digital, la virtualidad vertical y continuada de un código binario invisible bajo su interfaz ha vuelto casi superfluo el recurso al papel... Qué diría McLuhan de los modernos notebooks, qué de los flujos inasibles e interneteros, qué de tantos acontecimientos técnicos venidos a reforzar y multiplicar como nunca antes la escritura, muy lejos de abolirla o superarla (tesis explícita en Explorations in Comunication)... Seguro que se lo tomaría con humor ¾sentido del que siempre hizo gala: baste recordarlo en Annie Hall, emergiendo de un margen de la pantalla a la llamada de Alvy Singer (Woody Allen) para, en el vestíbulo de un cine, desautorizar la pedantesca perorata en alta voz de un académico especialista en su obra.

Pero dejemos aquí también nuestra propia peroración para recuperar aquello que siempre deben ceñir las líneas de todo prólogo (a menos que deseemos volverlo fastidioso, intempestivo y, en definitiva, inasequible a cualquier lector, incluido el prologado): un libro y un autor. Simpleza que, al menos para este prologuista, resulta más compleja de lo que parece, por diversas razones que tocan a uno y otro de los anteriores términos, cuando no juntamente a ambos. Trataré con brevedad de explicarme a seguido, sin rogar por ello excesivas disculpas al lector, ya que, a fin de cuentas, todo prólogo es por definición de naturaleza prescindible ¾siéndolo por añadidura éste en particular a causa de la propia naturaleza de quien lo perpetra.

Francisco Franco: el autor. Que me permitirá la broma de no consignar aún su segundo apellido para disolver o atemperar lo que en suma, y sin necesidad de dar muchos rodeos derridianos, constituye una evidencia: que nada nos es más ajeno, nada más impropio que nuestro propio nombre. O así debería ser (a menos que, como el Rosas de Borges o el gran Histrión veterotestamentario, uno posea una fe resuelta en ser El-Que-Es). Por fortuna y con sencillez relativa, el idioma, los juegos del lenguaje, las coincidencias, azares e ironías de todo tipo suelen, a poco que estemos dispuestos a convocarlos y acogerlos, venir en nuestra ayuda para liberarnos de nosotros mismos, es decir: para arrancarnos de esos soberbios grilletes y ratoneras que forman espurios conceptos como los de «identidad» y «sujeto» (o su versión intelectual, literariamente autorizada: el «autor»). Único modo de disfrutar ¾enjoy¾ a Joyce, de ver al Bogart que hay en Godard o de presentarle batalla a Bataille, por citar algunos clásicos evidentes. Hasta Derrida tiene su deslizamiento en castellano, si uno acude al tomo correspondiente de la Enciclopedia Universal Espasa. Y bueno, lo que un españolito de mi quinta menos pudo nunca imaginarse era el prologar algún día a Francisco Franco ¾presente, no espectralmente¾, y menos aún hacerlo en un tono de franca amistad. Bromas al margen, Francisco Franco (Gauto) no precisa insistir en el chiste (con el que, insistamos todavía, se alía hasta su juventud: no en vano vio la luz en 1975, año-fetiche-catafalco del franquismo...), ya que le basta su práctica lectora, esa «curiosidad» propia a la que él mismo alguna vez ha aludido con relación a la filosofía, para entenderse y comprender su propia escritura como un ejercicio de (des)apropiación de sí y de su vida... por más que deba yo ahora pedirle perdón por situar tales palabras e ideas, incluso la pretensión de un situar semejante, en su personal itinerario.

El poder en el no-lugar, una reflexión acerca del poder en lo cotidiano: el libro. Que es también, en tanto que obra, una «opera prima». Es decir, un trabajo de escritura que se piensa desde un principio destinado a la condición de «libro», esto es, a la tinta, la pasta y los ritos de propagación e intercambio de la vieja Galaxia Gutenberg. Lo cual es importante, en la clave conjunta de lo antes apuntado sobre el nombre propio y la breve reflexión técnica de McLuhan citada al comienzo de estas líneas. Porque en realidad ambos ¾autor y libro¾ son así un mismo proceso, muy lejano (ya lo advertirá el lector) de ideas como la del autor/creador/artista o la del libro como obra (no habrá que añadir «magna», «literaria» o «de arte», pongamos por caso). Nada de eso. Nada de las mil formas, encubiertas o no, del trasnochado narcisismo de lo personal. La publicación, siempre efectiva, ya sea en el modo clásico de la presencia, como lo es ¾lector¾ este libro presente en tus manos, ya virtual, es decir: no presente en un pensamiento «previo», sino alojada en ese no-lugar hospitalario, acogedor y gestador (pero no por ello seminal ni germinal), afín al «tercer género» platónico, espaciamiento o khôra del Timeo, o suerte de «madre portadora» (por traer una figura sólo posible gracias al actual estado de la tecnología) que son, en conclusión, nuestras hiper-máquinas post-mcluhanianas procesadoras de textos digitales (dactilares: las puntas de los dedos, tanto da que sean hábiles dos o diez, indiscutible cerebro exterior), la publicación distancia definitivamente los pensamientos ¾en el decir de McLuhan¾ de la esfera de lo íntimo y personal: «La publicación es una autoinvasión de la intimidad». Como muy bien sabe Francisco Franco. Quien de este modo se interna ¾y con violencia, no cabe duda: qué invasión no será violenta¾ en tantos territorios, en tantos no-lugares donde el poder es ¾Foucault mediante, con mención complementaria y lejana de Shakespeare tanto como de Tennessee Williams¾ simplemente el «entre», la substancia con la que están tejidos los sueños. Nada más ni nada menos.

Pero, ¿por qué un elogio? ¿Por qué elogiar tal autoinvasión de lo íntimo por parte del «autor» que (así) se publica (y por vez primera)? [Y no tema el fortuito lector de tantos prolegómenos, que ya van/voy concluyendo.] Precisamente, porque Francisco Franco Gauto sabe lo que (se) hace. Lo que no es poco saber y hacer en estos tiempos de perplejidad y miseria, ni en este ámbito que aún se dice o se cree «creativo», ni en este bendito/maldito Paraguay donde los dos anteriores «handicaps» hallan modulaciones de espanto en lo tocante a la cuestión (problema, en realidad) de la escritura, y no digamos ya en lo que toca a la producción editorial y sus figuras, o «figuretis» mejor: voz en absoluto linda, pero muy apropiada a esa incesante búsqueda acumulativa de menciones, medallitas, fotos y demás implementos vanos que, cual fideos, abundan en el rancho de las micro-provincias de arraigada tradición cuartelera. Y porque sabe lo que (se) hace, con su escritura a ratos autobiográfica o enmarcada en una vívida experiencia («técnica» sería intolerable redundancia, «humana» palmaria estupidez), a ratos modesta y adaptada a cierto «sentido común» esquivo a cualquier hidalga arremetida, siempre con una prosa que sin ser deudora muestra la herencia áurea del mejor género confesional castellano ¾el teresiano-abulense¾, Franco Gauto puede enfrentarse sin problemas a la triste pregunta que en más ocasiones de las que desearíamos nos ronda cual aciago espectro: ¿por qué, para qué publicar ¾a santo de qué entrar en el único honesto saqueo que existe: el de lo íntimo propio¾ y exponer(se), y más en el espeso caldo de cultivo local antes descrito?

El lector que pacientemente haya llegado hasta este punto (o que tal vez más juiciosamente haya atajado, ahorrándose los fastidios del prologuista), sin duda encontrará en el texto de Franco sus respuestas.

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