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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, octubre 10, 2006

Zama, un Paraguay del siglo XVIII según Di Benedetto

—Estuviste cerca de hacer Zama también... —No cerca..., en realidad empecé a filmarlo pero se me vino todo abajo en Paraguay, en la época de Stroessner, porque venían los servicios a decirme a cada rato que acá no se puede trabajar, allá tampoco. Había cuarto o cinco asociaciones de actores, algunas clandestinas, otras semiclandestinas, otra oficial. Si yo llamaba a alguien que tenía barba para trabajar, venía un tipo y te decía que ese actor no podía trabajar. Te quitaban las ganas de hacer cine. Zama es una extraordinaria novela de Antonio Di Benedetto, de quien fui muy amigo. Entrevista a Nicolás Sarquis fuente: www.eleclipse.com

3 comentarios:

tetrabrik dijo...

Di Benedetto, un grande.

KuruPicho dijo...

El primer americano
Por Oliverio Coelho

Imaginemos un cruce. La mejor manera de pensar un libro es disponerlo en una situación azarosa y algo romántica. Sacarlo del presente. Un libro en este mundo no es más que un dado. Entonces imaginemos una vida, y el efecto de un libro dado sobre el destino de un hombre. En cien años todavía habrá trenes. Un joven, G, estudiante crónico de filosofía, viaja solo en un compartimiento idéntico a los de ahora. El esmalte de los vagones es gris, la chapa de los paneles remachados chirría y las ventanas no se pueden ni abrir ni cerrar, hace tiempo están en la misma posición. En otros compartimentos hay pasajeros. Pero misteriosamente, G ha quedado solo en el suyo y no puede evadir la curiosidad que lo asedia desde la semana anterior. Cada semana repite el mismo trayecto para visitar a sus padres en un pueblo del interior. En su anterior viaje tuvo un compañero enfrente, un hombre mayor que en un punto del trayecto se retiró y dejó sobre el asiento un libro. G esperó a que el hombre volviera, el tren en ningún momento se había detenido. Al final del trayecto nadie vino a reclamar el libro. Él, con una timidez seca, como si un libro olvidado no pudiera transformarse en un libro robado, sopeso el ejemplar y leyó la dedicatoria: A las víctimas de la espera.
Entonces, una semana después, en el mismo trayecto, G abre el libro. Teme que el dueño atemporal de ese volumen, en medio de la lectura reaparezca, ocupe enfrente su lugar, y lo vigile durante el lapso, las cinco horas, que le insumirá el viaje.
A medida que lee, hace anotaciones y copia algunas frases en un cuadernito. Al oyente curioso le interesará saber cómo lee un joven del siglo XXII una de las novelas más perfectas que dio la literatura argentina del siglo XX. Acá vamos:
“La crueldad genera aburrimiento. El tedio de Zama, la distancia que crece a medida que la necesidad de reencontrarse con su familia aumenta, revive fantasmas. Las víctimas de la espera habitan una zona espectral, la de los que aman sin razón. Por ese motivo la narración transcurre en un lugar imposible, en una lengua que no pertenece a ninguna época.
A medida que se aleja de su meta, Zama, rozado por una burocracia sutil, propia de una secta casi divina que plasma su poder elaborando una espera a la medida de cada hombre, inventa nuevas mujeres. En un momento de arrebato, dice que sólo desea mujeres españolas. A través de una española, Luciana, justamente piensa que puede salvarse de su destino americano.
La espera es el precio. Si Zama acepta sacrificarse por la corona española y vivir en la miseria, ilusionado con la llegada de un barco que fondee con novedades o con tesoros de la corona, no se debe a que ha quedado preso en el honor de una jerarquía, sino al hecho de ser el primer americano. Esa es su herida incomprensible. Lo llamativo reside en que ignora esta misma condición de americano y a cambio de una porción de poder ínfima e inservible, paga con negligencia y miseria la razón de su orgullo. En un momento Zama recibe de boca de una mujer, Rita, la evidencia de su condición. Escucha lo siguiente “arriesgad vuestra vida, que vale menos, por el buen nombre de una mujer”. Él Hace oídos sordos a lo que se insinúa como una advertencia. La mujer, por cortesía, no ha dicho “Arriesgad vuestra vida por el buen nombre de una mujer española.”
Desde ese momento la traición se impone como única vía para acelerar un ascenso. A la vez, la necesidad de amar lo vuelve un extranjero, lo aleja de su meta. Su condición deja de ser la de funcionario de segunda línea. En Zama se da una magnífica alquimia: camina y sufre como testigo. Encarece sus propios fantasmas y tergiversa el sentido de la realidad: las víctimas de la espera de un extranjero son por excelencia las mujeres. Y en esta colonia situada en el remoto Paraguay ellas reinan subrepticiamente, acopladas a la realidad como apariciones: una mujer de verde, esclavas, la hija del posadero que de pronto es esposa, una niña mulata de ocho años que muere, Emilia, mujer con la que tiene un hijo y que terminara alimentándolo a escondidas. Cada una parece haber negociado con un demiurgo secreto un fragmento del drama natural de Zama: no saberse americano, ser de ningún lugar. De todas, él sin duda espera ayuda. Dice: “De nuevo alguien me ofrecía ayuda. Otra mujer se sentía autorizada para dispensarme protección. Yo era, pues, un visible hombre frágil.” Y más adelante: “Todo era demasiado ambiguo, pero no me parecía que la ambigüedad estuviera en ella, sino que emanara de mí mismo y que esa figura femenina, a mi lado, no fuese verdadera, sino una proyección de mi atribulada conciencia, una proyección corporizada por los poderes de mágica creación que posee la fiebre.”
Sí, Zama es sobre todo visible. Aunque el término ideal sería omnisciente. Tiene la omnisciencia de quien ha quedado entre dos tierras y funciona como lazo y se expone al horror del absurdo, el horror de la fascinación. Ese horror del absurdo se asienta cuando la subsistencia de Zama depende de Fernández, su subalterno, ese hombre al que ha traicionado, y en quien a la vez deposita su esencia de desterrado porque algo en él le resulta magnético: Fernández escribe. Zama dice: “Se incorporó a mí, no obstante, una molestia por Fernández que era como si lo tuviese dentro de mi cuerpo”.
El desterrado es un hombre preñado de vacío: un testigo que no construye.
Sólo al final Zama consigue, por un instante que es eterno y sensato, aniquilar esta condición de testigo, guardando un secreto, haciendo silencio, protegiendo la identidad del bandido al que persiguen las tropas reales. Pero guarda silencio no por convicción, sino para vengar la afrenta del capitán Parrilla. Puede elegir plasmar de una vez su ascenso, pero por un instante que dura tres alucinantes días de incursión en la selva, prefiere no ser fiel a las tropas españolas y encubrir a ese bandido intruso llamado Vicuña Porto. Se vuelve americano cuando decide no denunciarlo, perdonarlo como si una extraña potestad lo autorizara y hermanara, pero finalmente lo delata, y paga por eso al final: su pecado original no es la delación, sino haber dudado. Y la mutilación es su bautismo.”
El viaje finaliza. G duda. Ahora él debe darle un destino al libro, legarlo o apropiárselo definitivamente. El tren avanza hacia el andén del pueblo. La gente que espera se divisa como mojones bajo la luz plena del mediodía. El tren para. Del otro lado la ventanilla, por azar, encuadra la cara de su madre. Casi sin darse cuenta, afectado por esa cara que ahora nota podría ser la de cualquier mujer espectral de Zama, G se levanta y deja la novela en donde la encontró. Su lectura probablemente haya sido semejante a la que un siglo antes hicieron otros jóvenes, en algún homenaje merecido. Lo que vendría a demostrar, ahora, entre nosotros, que esta novela ya es un clásico argentino del siglo XX, y que algunos libros que resisten los cambios de época salen aventajados en cada lectura.

Leído en el homenaje a Antonio di Benedetto.

This entry was posted on Jueves, Octubre 12th, 2006 at 4:44 pm

Vero dijo...

Traté de entrar acá: www.eleclipse.com
para leer lo de Sarquis pero según parece no existe la página. ¿Puede ser?