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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, octubre 12, 2006

Dos Marías: traductor y fumador

martes, septiembre 12, 2006 El detective decadente Oscuro y lírico, el príncipe Zaleski vuelve a investigar casos sin moverse del sillón.Además de Aristóteles, Karl Popper e Imre Lakatos, la lógica desde hace tiempo cuenta con un equipo de defensores aguerridos, que elevan su nombre bien alto y defienden a capa y espada sus silogismos y métodos. Ocurre, por ejemplo, con el método de la deducción ampliamente explotado por los más famosos detectives de todo el espectro literario, que hacen uso de él como un arma sin balas, la herramienta intelectual por excelencia que abre el camino a la resolución de un misterio. Así está el inefable Sherlock Holmes; lo sigue bien de cerca Auguste Dupin de Edgar Allan Poe y algo más rezagado, pero presente, el príncipe Zaleski, criatura peculiar y oscura de Matthew Phipps Shiel (18651947), escritor inglés admirado por H. G. Wells, y que escribió cerca de 30 libros como La mujer de Huguenin y La nube púrpura, aunque se lo recuerda más por haber sido coronado a los 15 años rey de la isla de Santa María la Redonda, una especie de trono de fantasía.Es cierto: el nombre de este personaje monárquico no será tan conocido como el de los dos primeros, y tal vez ni siquiera retumbe en los oídos de los seguidores más acérrimos de la ficción detectivesca. Y sin embargo, el príncipe Zaleski está ahí: en el vórtice mismo de la fundación de un género –su nacimiento literario data de 1893, seis años después de la aparición de Holmes–, conjugando todos los ingredientes que distinguen a los resolvedores de crímenes profesionales como Poirot, Marlowe, Peter Winsey o Nero Wolfe.Por empezar, como sus predecesores y muchos de sus seguidores, actúa por fuera de la policía. Es un autodidacta pleno cuyas hazañas deductivas las emprende sin moverse del sofá donde languidece fumando a sus anchas opio o marihuana. Es que, como Isidro Parodi de Bustos Domecq (Borges-Bioy Casares), encara los enigmas criminales –y los esclarece– desde la comodidad de su celda número 273 de la Penitenciaría Central, acusado de asesinato. Zaleski se vanagloria de ser un “detective de salón” que no necesita merodear escenas criminales bañadas de sangre o corretear por oscuros callejones para esclarecer los misterios que empujan el relato.Ahora, como si se hubiera ido a alguna parte, el príncipe Zaleski vuelve, en un revival editorial, un rescate emotivo desde el fondo germinal del género con la republicación de sus relatos completos. Dividido en dos partes, El príncipe Zaleski contiene tres historias escritas de puño y letra de M. P. Shiel en 1893: “La estirpe de los Orven” (sobre una maldición familiar), “La piedra de los monjes de Edmundsbury” (acerca del robo de una gema) y “La S. E.”, o en inglés “The S. S.” (iniciales de Spartan Society), la historia más llamativa por su carácter predictivo, sobre la eugenesia promulgada por una sociedad secreta. Completan el volumen tres relatos rescatados y retocados por su albacea literaria, John Gawsworth (“El asesinato de Murena”, “Los abogados desaparecidos” y el incompleto “La herencia de los Hargen”).Para el lector que lo descubra, la comparación con Sherlock Holmes será inevitable. Pero a diferencia del detective victoriano, el príncipe Zalesky hace honor a su esencia sedentaria sin moverse del cómodo interior de su mansión, una “casa de Usher” en miniatura: Zaleski es el detective decadente máximo, de condición antiheroica, solitario, extravagante, sentimental, de gustos exquisitos y refinados.Y como si las aventuras detectivescas de este aristócrata fuesen pocas, un rasgo que distingue al libro es su estilo cargado de imágenes, comparaciones, y sobre todo un acento puesto en la (oscura) ambientación. M. P. Shiel sabía que ése era su punto fuerte. En abril de 1895, después de la aparición de su libro, le escribe a su hermana Gussie: “Gracias por tus halagos. Pero, ¿por qué insistes en compararme con Conan Doyle? El no pretende ser un poeta –le recrimina Shiel–. Yo sí”.
Por Federico KuksoPágina/12Radar/Libros11 de septiembre, 2006 El extraordinario príncipe Zaleski M. P. Shiel 81865-1947), primer rey de la literaria (pero real) Redonda, no ha sido un autor demasiado conocido en España, pese a haber nacido en la caribeña isla de Montserrat y haber estado casado -la primera vez- con una española a la que conoció en París. Británico y mestizo, Shiel es un autor bohemio, que gozó de famas y olvidos intermitentes y que se movió siempre (cambiando lo que pidiera la época) en la esfera del gusto simbolista y decadente, facción cuentos o novelas de terror, misterio y anticipación científica, géneros en los que fue reconocido y alabado por personajes tan asimétricos como Wells o Hammett. Ahí se ubica su quizá más famosa y magnífica novela, La nube púrpura, de 1903, pesimista -otra vez- respecto al destino de la especie humana.Como Javier Marías (actual rey de Redonda) es, por tal motivo, el derechohablante de Shiel -y de su sucesor, el poeta y archibohemio Gawsworth, menos famoso-, la obra de este raro fundamental de la literatura inglesa está reapareciendo entre nosotros. M. P. Shiel publicó su primer libro en 1895, El príncipe Zaleski (editado ahora por Edhasa), un conjunto de relatos de misterio, estrafalarios y curiosos, en la línea del diletante Auguste Dupin de Poe. Porque el príncipe Zaleski, rico y exiliado aristócrata ruso, es el coétano Sherlock Holmes de tales enigmas, Zaleski, que se marchó de Rusia por penas difíciles de amor prohibido, vive desengañado y estrámbotico en un perdido y arruinado casón de la campiña inglesa, entre murciélagos y búhos, acompañado de un sirviente negro y libio, de nombre Ham, colmado de humo de pebeteros y narcóticos, casi siempre dedicado a sus estudios y meditaciones, tumbado en una otomana (los decadentes son inactivos, abúlicos) junto al sarcófago de una auténtica momia egipcia, al parecer el joven amante de una remota reina. Claro que, cuando el amigo Shiel (que sería su Watson) le propone un caso terrible e inquietante, Zaleski, que es lógica y sabor en estado puro, lo resuelve todo sin salir de su casón, entre los cortinajes de piel de serpiente y casi (salvo en el asunto espartano) sin abandonar la otomana. Zaleski encantó a Wilde y a Ernest Dowson, amigos de Shiel y jefes del decadentismo británico, pero, como ambos murieron no por igual causa- en 1900, nuestro Shiel (rey Felipe I de Redonda) debió de asustarse y abandonó casi para siempre a su estupendo príncipe ruso, que no tiene nada que envidiar al bastante más activo Holmes -que se inyectaba cocaína cuando le atacaba el negro tedium vitae- sino la mucha mayor fama del personaje de Conan Doyle, que apareció -ya dije, casi coétaneos- en la novela Estudio en escarlata de 1887.Pierre Bordieu, fallecido pensador francés, eminentísimo y también duque de Redonda, dijo que uno de sus intereses intelectuales era la dominación, sobre todo "de quienes toman la palabra en lugar de otros". No sugiero (Hércules me valga) que Holmes quitara la palabra a Zaleski. Pero afirmo que la palabra de Zaleski es bella, magnífica y meritoria. Un regalo para un mundo tan ordinario como el presente.
Luis Antonio de VillenaAgosto, 2006 fuente: http://www.javiermarias.es/blog.html

2 comentarios:

KuruPicho dijo...

El humo de las musas
El tabaco ha acompañado desde hace más de trescientos años el proceso creativo de buena parte de la mejor literatura. Sin duda las nuevas normas sobre espacios públicos libres de humo tendrán efectos literarios.

[…]

Javier Marías es otro de estos fumadores irreductibles. Amante declarado de la cultura del humo, y de la tradición de los objetos de fumador: mecheros, cerillas y pitilleras, como la que adquirió en una subasta, que había pertenecido al actor Robert Donat y que tiene sus iniciales. En muchas de sus novelas aparecen referencias y comentarios relativos al tabaco, y muchos de sus personajes fuman sin parar. «En Tu rostro mañana –afirma- hay un personaje que hace comentarios sobre una marca rara de tabaco; fuma unos cigarrillos, Ramses II, que yo mismo compro algunas veces. Me gusta, de vez en cuando, fumar cigarrillos exóticos; hay otro tabaco que también sale en alguna de mis novelas, el Karelias, y en mi cuento «Sangre de lanza» aparecen unos cigarros indonesios, Gudang Garam, que tienen un peculiar sabor a clavo. Estoy acostumbrado a trabajar con un cigarrillo encendido; luego no fumo tanto porque es difícil escribir y fumar al tiempo, pero no sé trabajar sin humo».

Lamparón de ceniza. Marías fuma tabaco rubio, suave, con la mano izquierda -es zurdo-, como los señores antiguos. […]

JESÚS MARCHAMALO

Abc de las artes y las letras, n.762, 9 de septiembre de 2006

Rain dijo...

Este post es delicioso hasta no más, felizmente. Y es peligroso: me ha incitado a buscar cigarrillos raros: eso ya estaba en mi mente y mi ánimo, mas ahora es un gran deseo.

:)
Salutes.