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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, septiembre 16, 2006

Seis meses de meditación

En la plaza Durbar de Katmandú, en las escalinatas de cuyos templos los hippies soleaban hasta no hace mucho su estupor y donde Bertolucci filmó algunas de las más memorables escenas de El pequeño buda, se piensa ahora que aquella fue una película premonitoria. En efecto, en las junglas del sur del país, al otro lado de la cordillera, se agranda la figura de un adolescente que, para muchos, ya es El pequeño buda de Nepal. Espoleado por la curiosidad, he viajado hasta allí para comprobar con mis propios ojos si estamos ante un auténtico fenómeno místico o si, por el contrario, se trata de otro de los frecuentes fraudes con que supuestos ascetas y gurús orientales suelen engañar a los más crédulos. Pero que nadie crea que ha sido tarea fácil; trasladarse de Katmandú a Ratanpuri, la comarca a orillas del río Bagmati donde se sitúa la acción, requiere los servicios de un buen guía que conozca el terreno y muchas horas de traqueteo por infernales pistas de montaña que bordean abismos de infarto. Todo empezó el 23 de mayo del año pasado cuando Ram, el tercer hijo de una familia de nueve hermanos, decidió en un arrebato de juvenil ardor espiritual sentarse como Buda bajo un árbol hasta lograr la iluminación. Escapó de casa una noche oscura y se dirigió al árbol que había elegido previamente en la espesura, no uno cualquiera, sino un espléndido baniano o Ficus religiosa, de tronco nervudo y base piramidal, idéntico al que cobijó las meditaciones de Buda. Se sentó en la postura del loto y desde entonces no ha ingerido bocado y sólo ha hablado en contadas ocasiones. O eso es, al menos, lo que dicen las personas de su entorno. Los devotos y curiosos acuden a verle en masa, muchos dejan donativos, el lugar vive una explosión económica y ya hay una organización que lo controla todo, pero a nadie parece preocuparle el hecho de que un adolescente esté bordeando límites desconocidos de la resistencia humana y poniendo en riesgo su propia vida por realizar una cuestionable y arriesgada hazaña espiritual. Para mayor enredo, la madre del pequeño lama se llama como la de Gautama Buda, Maya Devi, y algunos ya quieren ver aquí un signo insoslayable de que el destino está jugando sus cartas. A la buena mujer, una campesina que ha traído al mundo nueve hijos, le dio un desmayo cuando se enteró de que su tercer varón, el joven Ram, había escapado al bosque durante la noche y pensaba pasarse seis años meditando bajo un árbol. Le rogó que volviera a casa y la seca respuesta de su hijo fue: “Si no dejáis de molestarme, me quedaré veinte años, en lugar de seis.” Ocho meses más tarde, el chico sigue vivo. De eso no cabe ninguna duda porque el pelo y las uñas le siguen creciendo; además, ha dado otras señales de vida. Su primo Prem Lama, un año mayor que él, que le cuida desde el primer momento sin apartarse de su lado, me cuenta que el séptimo día, harto de que la gente acudiera a molestarle, a tocarle e incluso a pellizcarle, se levantó y se perdió en la espesura para regresar al día siguiente. En esta ocasión eligió para sentarse un árbol aún más espectacular, comparable a un altar barroco, y trazó un amplio círculo alrededor, lo que fue interpretado de inmediato como una señal de que no quería que nadie se le acercara. El cambio de árbol pudo, o no, haber sido inocente, pero lo cierto es que el nuevo emplazamiento le ha situado en un lugar mucho más visible e impresionante desde la distancia. Setenta y cinco días más tarde, el buda (así se le conoce por aquí) accedió a mudarse de ropa e intercambió por primera vez unas breves palabras con su primo. No volvió a romper el silencio ni a dar señales de vida hasta pasados cuatro meses, en esta ocasión para decir que había sufrido dos picaduras de serpiente, que consideró simples “pruebas”, y que quería que se celebrara allí un gran festival religioso. En este punto, las gentes del pueblo, desbordadas por el flujo de visitantes y ante la perspectiva de un festival que podía atraer a decenas de miles de devotos, decidieron organizarse y tomar cartas en el asunto. Se nombró una comisión de dieciocho miembros presidida por un agricultor local, Bed Badhur, y se comenzaron a tomar medidas: los coches no podrían acercarse al lugar donde se hallaba el buda, quienes quisieran adentrarse en el bosque para verle meditar deberían hacerlo descalzos y siguiendo un orden. Se vallaron los accesos, se limpió la maleza, se cercó con alambrada el círculo protector que había trazado el propio lama, de unos veinticinco metros de radio, se levantó otra cerca paralela, varios metros más atrás, que nadie podría traspasar y se adornó todo el lugar con banderitas de colores. Los devotos y curiosos accederían de cinco en cinco, por supuesto, descalzos, y dispondrían de sólo veinte segundos para contemplar al pequeño buda. Un monje local, Sanu Kancha Lama, pasó a coordinar los aspectos espirituales con el lamasterio de Lumini, ciudad natal de Buda y distante unos doscientos cincuenta kilómetros, que, a su vez, nombró una comisión de once monjes para velar y supervisar el desarrollo de los acontecimientos, con lo cual, en la práctica, el clero budista se ha hecho cargo del asunto. No así el gobierno, que nunca quiso saber nada. Cuando la “comisión” le escribió solicitando ayuda y reconocimiento oficial, no obtuvo respuesta. Llegaron a sugerir en su carta que la Royal Academy of Sciences de Nepal investigara el fenómeno y emitiera un informe, siempre y cuando las pruebas se hicieran sin tocar al buda, pero nada, nadie se ha tomado la molestia de contestar hasta ahora. Así que todo ha quedado en manos del los lamas que enviaron al médico del monasterio para certificar a voleo que el chico está bien y que nos hallamos ante un auténtico fenómeno espiritual de dimensiones incalculables. Al fin y al cabo, el propio Buda estuvo menos tiempo en contemplación y con menos austeridades. Hay que caminar varios kilómetros a la sombra de añosos árboles, antes de llegar a un arco rojo que invita a adentrarse en la espesura, pero esta vez sin zapatos; así que no hay más remedio que dejar el calzado a su suerte en un corralito a la entrada y mezclarse con los devotos que avanzan emocionados y en silencio. El camino acordonado obliga a atravesar un árbol hueco, que sería fácilmente salvable, pero, al parecer, el pequeño buda lo cruzó el día que se adentró en el bosque y se considera muy auspicioso hacerlo así. Al pie del árbol aparece la primera urna para depositar donativos. Al final, el sendero se detiene ante una portilla. A partir de ese punto, sólo se deja pasar con cuenta gotas a pequeños grupos que no pueden permanecer más de veinte segundos ante la figura que medita impasible unos treinta metros más allá. Es el momento de las lágrimas y la emoción. Por un gesto especial del lama Sanu Kancha, y tras vencer no pocas reticencias, se me permitió atravesar todas las portillas y acercarme con mi cámara hasta una distancia de unos tres o cuatro metros del buda, algo verdaderamente insólito que nadie recuerda haber visto desde los primeros días. El raro privilegió, que agradecí, me permitió ver las cosas muy de cerca. En honor a la verdad he de decir que, más que impresionarme, la visión del chico cobijado en la oquedad de aquel magnífico árbol me sobrecogió. Recostado exánime sobre el tronco, lejos de esa imagen de firmeza, centramiento y serenidad que suele transmitir la postura meditativa, el muchacho parece un cadáver andrajoso, un muñeco abandonado, sucio y gris. El pelo le cubre ya media cara, tapándole los ojos; las manos reposan fláccidamente sobre su regazo y, de no ser por el magnífico tronco que le sujeta, creo que su cuerpo hace tiempo que habría rodado por el suelo. Nadie diría, al verle, que está dormido o meditando, tal es el grado de laxitud de sus músculos, sino más bien hibernado. En la espiritualidad budista que se desarrolló alrededor de los himalayas no es infrecuente que un renunciante se retire a una cueva aislada a meditar, desnudo y prácticamente sin comida, hasta que, mucho tiempo más tarde, alguien le recoge y le atiende durante su recuperación. Lo normal es que, después de esta dura prueba, que jamás trasciende más allá de unos estrechos límites, el asceta se consagre al monacato en algún lamasterio. Pero en Oriente hay que andarse siempre con pies de plomo porque la leyenda ronda la historia y nunca se sabe bien donde acaba la una y empieza la otra. De ser cierto lo que relatan los grandes meditadores budistas e hindúes, llega un momento en que la conciencia desborda los límites del cuerpo y se extiende por todo hasta hacerse infinita. El meditador vive entonces ajeno al mundo, nada le afecta, no siente el calor ni el frío ni el hambre ni el tiempo. Bien al contrario, se encuentra en un estado de bienestar y conocimiento inefables que no desea abandonar. Visto desde el lado terrenal, su cuerpo puede parecer una miseria, pero en su interior sólo habita la dicha. Cuando vuelve a la vida es un ser iluminado, a quien nada afecta. Pero más allá de estos inspirados relatos épicos, en la práctica no se tiene noticia ni registro alguno que pueda verificar tales afirmaciones. Ni siquiera creo que la ciencia disponga de instrumentos para hacerlo, más allá de medir la frecuencia de las ondas cerebrales o las constantes vitales. Quizá por eso, la increíble hazaña del pequeño buda plantea un apasionante reto a los científicos y a los racionalistas. No se trata ya sólo de saber si una persona puede vivir tanto tiempo sin comer o beber. En condiciones normales, ya sabemos que no, pero ¿dónde están los límites de la resistencia humana? ¿Y si los efectos de la meditación profunda pudieran llevar el cerebro a un estado de suspensión de toda actividad, reduciendo al mínimo el consumo de energía, como ocurre con algunos animales durante la hibernación? La idea me vino mientras escribía este reportaje. Alguien me llamó al teléfono, la conversación se prolongó y cuando regresé a mi trabajo el ordenador había suspendido sus funciones, entrando en hibernación. ¿Quién dice que, en determinadas circunstancias, el cuerpo no sea capaz de suspenderse hasta nueva orden? Las leyes físicas son bien conocidas, pero no así las mentales que tienen tanta influencia sobre el cuerpo. ¿No se dice a menudo que la fe obra milagros? Si los católicos aceptan con naturalidad que la virgen se aparezca a pastores semianalfabetos para transmitir importantes mensajes al mundo, ¿por qué no aceptar que la mente de un asceta, llevada a extremos inexplorados, pueda producir fenómenos inusuales como permitir que un cuerpo siga vivo y sano en ausencia de alimentos y agua? No estoy afirmando que tal sea el caso, de hecho yo mismo albergo las mismas dudas racionales que cualquiera: si se comparan las primeras fotografías con las actuales, su cuerpo no presenta muestras de delgadez o deterioro, teniendo un aspecto que podría considerarse saludable y que sugiere que está siendo mínimamente alimentado; su exhibicionismo ascético también despierta dudas y recelos, pero atribuir a un adolescente solitario que no conoce otro mundo que la aldea y el lamasterio un fraude de estas dimensiones me parece la más irracional de todas las hipótesis. Es posible que el chico se haya dejado llevar por un idealismo patológico, y hasta, si me apuran, por un secreto afán de protagonismo, ya que toda hazaña gratuita busca siempre la admiración y el reconocimiento, pero también es posible que la determinación de su intento le haya llevado a regiones inexploradas de la mente. He meditado mucho y he ayunado bastante. Puedo asegurar que cuando se pasan tantas horas sentado inmóvil en la posición del loto no es fácil recuperar el movimiento de las piernas, de la misma manera que cuando se ayuna varios días seguidos el hambre desparece por completo y la capacidad digestiva se reduce de tal manera que, aunque se quisiera, no se podría ingerir sino líquidos o papillas. ¿Qué iba a impulsar a un joven, casi un niño, a quien los asuntos terrenales no parecen interesarle, a ser un asceta integral durante el día y un fraude por la noche? El no urdió un plan para ganar dinero, sino que hizo una apuesta, quizá extremada e insensata, por trascender espiritualmente. Nadie puede pasarse ocho meses inmóvil y semidesnudo en la selva para engañar a la gente. Aunque así fuera, el sacrificio sería muy meritorio. Al anochecer, el joven lama que cuida al buda me alcanzó con su bicicleta y se sentó a cenar conmigo al borde del camino. Me contó que Dorje (el nuevo nombre espiritual que el chico recibió en la India) se había sentido desde niño muy atraído por la vida espiritual, lo que le llevó a peregrinar a Lumini con sólo catorce años y, mas tarde, a visitar el gran monasterio budista de Dehradun, en la India, donde pasó un año y se consagró como lama. A su regreso, le confió un día que planeaba pasarse seis años meditando como Buda en el bosque. Poco después, una noche desapareció de casa y ya nada se supo de él hasta que su hermano mayor lo encontró meditando bajo un árbol. Al parecer, la madre y la familia, que al principio se mostraban muy preocupados, ahora se sienten orgullosos del protagonismo adquirido por el muchacho. Como lo están, por otra parte, todos los comerciantes de la comarca que nunca tuvieron mejor negocio. El director del Hotel Avocado, el más próximo al lugar, a unos sesenta kilómetros de distancia, asegura que cada noche tiene, como mínimo, diez clientes venidos exclusivamente a ver el fenómeno, mientras el representante de Viajes Catai en Katmandú, Vista Travel, ya propone el Living Bhuda Tour, que incluye una meditación junto al ascético buda. Lo cierto es que en Nepal y en el mundo budista nadie duda de que se trata de un nuevo iluminado. Hay unos pocos que recuerdan recelosamente los múltiples fraudes cometidos por supuestos gurús y santones, desde la “materialización” de relojes y otros objetos del desacreditado Satya Sai Baba hasta los destellos de luz divina que emitía un tal Tilak Fernando en Nueva York, a cien dólares el chispazo. Pero no parece el caso de este lama que no busca otra cosa que la iluminación. Entre los reticentes se encuentran también aquellos que querrían tener evidencias científicas que explicaran el fenómeno. Va a ser difícil, porque la organización que lo controla todo en su entorno no permite que nadie se le acerque ni le toque. Sin saber cómo ni por qué, estas dieciocho personas parecen haberse adueñado del chico y de la selva: impiden el paso de vehículos, han vallado y limpiado una franja considerable de bosque público, obligan a descalzarse a todo el mundo…y controlan los numerosos donativos que ya están llegando de todas partes. Preguntado por este punto, el presidente de la organización (nada gubernamental, por cierto), por toda explicación me muestra un papel, no mayor que un billete de metro, con las cuentas de los últimos cuatro meses escritas en nepalí: entradas: 801.519 rupias. Salidas: 372.790 rupias. Total: 428.720 rupias (unos 6.000 dólares). Cada día que pasa, el mito crece. En una cultura que ha dado al mundo los Upanishads, el Ramayana o el Bhagavad Guita, los milagros son cosa cotidiana, algo que tiene que ver con otras dimensiones de la conciencia y supera de largo las limitaciones de lo conocido. Por eso me malicio que el interés de los científicos por este caso terminará más centrado en ver de aprender alguna cosa que en tratar de explicar lo inexplicable. Al fin y al cabo, ya se sabe que a las gentes de fe lo que les gusta es el misterio, y no que se lo destripen.

1 comentario:

KuruPicho dijo...

Esta anécdota merecería una deconstrucción kafkiana, pienso en ese relato llamado "El artista del hambre", donde la gente no termina de comerse la historia de la autenticidad de la huelga de hambre, escépticos,despiadados y crueles como son los observadores que no pueden vencer sus propias debilidades culinarias.La heroicidad y lo milagroso sencillamente no interesan y ya nadie está capacitado para comprenderlo, aceptarlo o sencillamente percibirlo. Otra ficción que juega con la misma idea es "El gran inquisidor" de Dostoievski. Cristo ha vuelto pero termina condenado por la inquisisción.Son profetas del absurdo moderno.