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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, septiembre 28, 2006

Por fin, la publicitada ponencia

Comunicación para el I Congreso Latinoamericano de Filosofía Política y Crítica de la Cultura. «Pensar en Latinoamerica» Asunción / Miércoles 27/9/06 El concepto de tirano en La república y su (nefasta) influencia sobre la novela «latinoamericana» de dictadores Cristino Bogado Resumen: vamos a aproximar la definición canónica de “tirano” del libro IX de La República como alma cruel e infeliz a la de “dictador” de las obras que forman el “mester de tiranía”, por así llamar a la novela de dictadores latinoamericana del siglo XX. Comprobaremos su homonimia o dependencia mutua, dejaremos abierta la hipótesis de la posibilidad de la existencia de alguna obra que rompa el esquema platónico dentro de ese corpus bien delimitado y clásico, e insinuaremos una veta -quizá pública pero no desarrollada satisfactoriamente, rica en propuestas que escapan mediante un viraje significativo a este círculo vicioso- donde podría abrevar tal novela, o grupo de novelas (no anti-dictatoriales, sino post-dictatoriales, sería mejor) en el caso que surgiera, abriendo así horizontes más amplios para los postulados paradojales de Trasímaco, Heliogábalo y Artaud acerca de la crueldad y la felicidad. Y como bonus track final, una vuelta de tuerca absolutamente irresponsable: atacar la propia plataforma del primer postulado. Palabras clave: tirano, cruel e infeliz, novela, dictadores, Trasímaco, Artaud.

3 comentarios:

KuruPicho dijo...

Comunicación para el I Congreso Latinoamericano de Filosofía Política y Crítica de la Cultura. «Pensar en Latinoamerica» Asunción / Miércoles 27/9/06

El concepto de tirano en La república y su (nefasta) influencia sobre la novela «latinoamericana» de dictadores

Cristino Bogado

Resumen: vamos a aproximar la definición canónica de “tirano” del libro IX de La República como alma cruel e infeliz a la de “dictador” de las obras que forman el “mester de tiranía”, por así llamar a la novela de dictadores latinoamericana del siglo XX. Comprobaremos su homonimia o dependencia mutua, dejaremos abierta la hipótesis de la posibilidad de la existencia de alguna obra que rompa el esquema platónico dentro de ese corpus bien delimitado y clásico, e insinuaremos una veta -quizá pública pero no desarrollada satisfactoriamente, rica en propuestas que escapan mediante un viraje significativo a este círculo vicioso- donde podría abrevar tal novela, o grupo de novelas (no anti-dictatoriales, sino post-dictatoriales, sería mejor) en el caso que surgiera, abriendo así horizontes más amplios para los postulados paradojales de Trasímaco, Heliogábalo y Artaud acerca de la crueldad y la felicidad. Y como bonus track final, una vuelta de tuerca absolutamente irresponsable: atacar la propia plataforma del primer postulado.

Palabras clave: tirano, cruel e infeliz, novela, dictadores, Trasímaco, Artaud.


Asistente impuntual, y más bien esporádico, a las lecturas platónicas de los lune-ró de Sergio Cáceres y su kreis en la UNA, se me ocurrió que la descripción del alma del despreciado tirano, por lo menos vista así, desde una perspectiva sabia y aristocrática, era análoga a la del estereotipo del dictador, i.e., en la última novela de la “saga dictatorial” que tan relevante ha sido en nuestras letras, La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas. Mientras la lectura del clásico platónico pasaba de una voz a otra, de una inflexión a otra, de una edición a otra distinta (EDAF, Alianza, Gredos ), de una traducción a otra, en un círculo de postas iluminadoras, pero con leves reminiscencias del raga hindú o del rosario católico —al menos para el dueño de la cabeza sonámbula y alucinada por el garbullo de la cotidianeidad, voluntariosamente capitalista pero aún, ¿gracias a Dios?, imperfecta de Asunción que era yo en ese momento—, vi que Trasímaco era muy «realista» y también por cierto muy próximo y muy moderno en su enunciación paradojal de la crueldad y la felicidad como dos líneas paralelas, para leerlas como apareables, pero que, pese a sus limitaciones euclidianas, sí podrían llegar a coincidir, y no apenas en un teórico infinito, sino en el tiempo de Aión, erigiendo en esta confluencia su propio jardín perverso a la manera de una fantasmagoría medieval. Vi y comprendí (con Cioran) que la crueldad de Tiberio era su raro privilegio y su más suntuoso lujo, vi y comprendí que el anarquista coronado llamado Heliogábalo por Artaud aportaba pruebas a favor de Trasímaco y en contra de Platón. Vi y alcancé con la memoria, aún embotada por el atiborramiento producido por el boom, que el corpus total del “mester de tiranía” (desde Tirano Banderas hasta el ya citado “Chivo”) era deudor de la ideología “tiránica” de Platón. Vi y aluciné que Platón podía fumar cannabis sativa y que al mismo tiempo, en otro jardín, no en este fijado por la historia, podría ser el autor de la carta VII y haber aullado sobre las miserias del mundo griego. Vi y abarqué todo el mester de tiranía del pasado siglo XX, desde El señor Presidente hasta el Chivo vargasllosiano, para ver que repetía como un disco rayado las ínfulas idealistas del Libro IX y su condena del tirano cruel e infeliz, o, mejor dicho, infeliz puesto que cruel, y viceversa, por supuesto. Vi y desprecié la simetría matemática, inderogable y a todas luces fantástica, establecida en dicho texto entre la opresión social (exterior) y la crueldad del alma (interior) en el sujeto platónico denominado tirano. Vi y lamenté que, ya desde Facundo (o desde La sombra del caudillo), el tirano apareciera inmerso, encenegado, en ese círculo monstruoso, tan íntimamente que su monstruosidad comenzaba ya desde su fonética misma, en ese ústeron próteron que con su elocuencia figurativa de tropo de la retórica clásica remite al perpetuum móbile de la retroalimentación viciosa del que sufre y por eso mismo hace sufrir, circularidad inquebrantable del hacer sufrir y del sufrir como consecuencia del propio sufrimiento que se había apoderado, consciente o inconscientemente, del personaje dictatorial erigido en el actor principal y la figura merecedora de lo que en muchos casos ha sido tal vez la denuncia más creativa producida por el arte llamado “latinoamericano”. Vi y reparé en que el “ciclo tiránico” —El dictador suicida , El recurso del método, Yo el Supremo, El otoño del patriarca, Oficio de tinieblas (aun Nostromo)— me seguía hablando con la lengua de la Weltanschaung platónico-occidental y su pretendida simetría entre lo particular y lo universal, entre lo micro y lo macro, entre el alma y la ciudad, sobre la fuente del mal y sus secuelas. Vi y recordé a Abu-l-Walid Muhammad b. Ahmad b. M. Ibn Rusd (Averroes) con su “zángano alado” aparentemente omitido en la traducción desde un hebreo español adoptado por la coyuntura (¿a qué alude esto? ¿qué tiene que ver Averroes con el tirano o lo platónico-occidental (especificar, ¿verdad?)? ¿qué es eso del zángano? ¿a qué viene lo de la traducción?). Vi y volví a mi época de estudiante, a mi explícito desprecio de aquel entonces hacia las matemáticas, estúpidamente engreído como era yo en esos días, por considerar que eran la materia más antipoética que había producido jamás la mente humana, tan fértil sin embargo en cosas aberrantes, y sucumbí a esa idea según la cual “729 veces más desgraciado” es el tirano con respecto al rey pregunta pilla: ¿a qué vienen las matemáticas, en qué se relacionan con el tirano platónico o el dictador novelado en Latinoamérica? Y lo de “729…”, ¿cómo se conecta con lo anterior? ¿Porque en lo caprichoso o enigmático de la cifra hay poesía, de modo que Platón puede hacer poéticas hasta las matemáticas? (si es esto, habría que decirlo) (p. 374, EDAF). Vi y amé, en cambio, la simetría animal entre el apelativo de Trujillo en Varguitas: el “Chivo”, y cierta criatura de ese bestiario-í, híbrido de león, monstruo y hombre, de la p. 376, EDAF, y evoqué a Stirner , que “toma el oro injustamente dando rienda suelta al animal” anticapitalista, el más despreciable bicho que se agita hoy en día (¿Stirner es todo eso? ¿o habla de alguien que lo es?). Vi y enhebré la zoología fantástica de la historia de la filosofía, la del león, la serpiente y el mono de la p. 378 de la edición de EDAF, y la del camello, el león y el niño nietzscheano-zarathustrianos, con su peculiar e inquietante evolución anti-darwiniana. Vi y grité (mentalmente): “¡Por el Perro!”, para no ofender al Olimpo (y estar a la altura dictatorial), tan puro, tan desanimalizado, tan libre de toda posible fisura tiránica, tan parecido si se lo mira bien a esa fortaleza inexpugnable para todos los asaltos del caos y lo irracional que es la polis utópica que Sócrates diseña verbalmente, sitio tan impermeable al desorden (aunque para ello tenga que expulsar a los poetas). Vi y compadecí al tirano-mujer encerrado en su prisión reverberante de temores y paranoias (¡horrible casa de los espejos!) con la morfina anímica de verse perdido (¿la morfina no “alivia”? verse perdido no puede ser entonces “morfina”; en todo caso, puede necesitarla), como el hombre de la multitud, milyunnochescamente, entre la felicidad de sus súbditos (p. 361, EDAF), (¿por qué se perdería así? ¿no habría que esclarecer el paralelo?) compadeciendo al Chivo, interminablemente atormentado por los achaques de sus desenfrenada y crapulosa existencia: su imposibilidad de excretar sin pujos y dolores (secuelas de sus ultrajes tanto morales como físicos a cientos, miles dice la leyenda, de niñas sometidas al derecho de pernada); su poético insomnio —el insomnio tiene siempre una cualidad poética, puesto que su raíz suele ser un misterio, y un misterio que suele sugerir perversión—, padecimiento siempre asociado monotemáticamente a figuras negativas, tanto a los dictadores latinoamericanos como a los endemoniados ateos de Dostoievski (aunque haya excepciones a esta convención: así, en el filme de Clouzot El cuervo, por el contrario, asociando el ateísmo no con la mala consciencia ni con las noches en blanco, sino con la firmeza del ánimo, se nos dice aquello de “tiene usted el aplomo del ateo”), seres a los cuales la inquietud de las culpas no expiadas impide todo reposo. Vi y enumeré las manifestaciones platónicas —epifenómenos textuales— de la maldad y la infelicidad, presentes ya en el lema de “Religión o Muerte” que se leía en la bandera facundista y reiteradas en tantas obras del canon del “mester de tiranía”: Estrada Cabrera en El Señor Presidente (en donde el tirano aparece sólo seis veces), Obregón y Calles en La sombra del caudillo (1929) de Martín Luis Guzmán (1887-1976), y presente incluso en La rebelión de los colgados (1936), del enigmático B. Traven, manifestación de una dictadura a la manera feudal. Vi, aun en medio del cabeceo que hasta al más devoto fiel le produce el rosario, tanto el cristiano como el platónico (se parecen tanto los dos, por otra parte), el puente entre Platón y la novela de dictadores en ese grupo grecolatino llamado “El ateneo de la Juventud”, dentro del cual se formaron las ideas de Guzmán: además de poseer un físico intachable conforme a cánones clásicos, unas proporciones estatuarias, en su obra el personaje de Aguirre también posee los atributos del príncipe aristotélico, es decir, los del ideal griego aristotélico, en contradicción con todo lo que de tiránico hay en el caudillo; éstos, por su parte, los caudillos, en cambio, son opacos, y, aunque muchas veces su mirada sea luminosa, esa luminosidad es sospechosa, porque lo oscuro, lo infame, lo excesivo, lo indígena, la opacidad y, en suma, lo tiránico es lo más esencial en el Caudillo (algún vivillo podría objetar acá que la piedra lunar, utilizada en la hidromancia siríaca en tiempos de Heliogábalo y la puta de su madre Julia Semia, está dotada de una luminosidad oracular, propiciatoria, sagrada) . Los ateneístas forman parte de una vieja tradición polémica que en América, y desde la Conquista, ha opuesto lo racional a lo bárbaro, tradición defendida más tarde por los grandes próceres latinoamericanos —por ejemplo, Sarmiento—. Dentro de este espíritu, volviendo al engañoso resplandor de la mirada del caudillo, (¿Pancho Villa?) esa luminosidad huidiza, réplica especular obtenida gracias a otra luz, de la cual es reflejo, revela sólo lo más primitivo de su ser, el instinto natural, en este caso un instinto de defensa: cuando brillan los ojos del bárbaro, lo hacen por ambición o por temor, y si su brillo material es bello, esta belleza física no manifiesta una belleza espiritual, sino que esconde una fealdad secreta. Instinto que Guzmán, como buen ateneísta, reprueba, pero que sin embargo reconoce como superior al de los otros jefes de la Revolución, quienes actúan no en defensa propia, como Villa lo hace, sino en ofensa ajena. Es la luz la que produce el brillo, la transparencia; es la luz la que destruye la sombra, pero es al abrigo de la sombra que la luz proyecta que se agazapan las fieras, esos seres opacos de la política nacional (mexicana) que hacen de la oscuridad su hábitat natural. Y en este punto agradecí a la señora Margo Glantz por las iluminaciones en su ensayo concienzudo acerca de las bases ideológicas de Guzmán en su novela de 1929. Entonces añoré la escritura, ese fluir de la conciencia impregnando el poroso papel, para escribir este texto y poder preguntar: ¿Habrá alguna novela dentro del “ciclo tiránico” que escape a este esquema —la de la tiranía dividida (signada) entre la crueldad y la infelicidad—, que es el dominante, y quizá no sólo en su avatar novelesco latinoamericano, sino más allá de él, desde hace 25 siglos? El otoño del patriarca (1975) es, claro está, y así se la considera unánimemente, la denuncia de un dictador infeliz y cruel, pero Gabo coquetea con ellos, y hay allí un indicio para levantar ciertas cuestiones de sospecha elemental, por lo menos, de que su obra está traspasada de cierta fascinación por los ejecutores de la crueldad, o, si no, ¿por qué perder el tiempo contemplando un alma infeliz? ¿Para sacar la felicidad de la escritura de la infelicidad del alma de un dictador? El autor de El recurso del método (1974), Alejo Carpentier, vivió desahogadamente en Venezuela en la época de otro “animal tiránico”: el «Cerdo» Jiménez. Respecto a La novela de Perón (de Tomás Eloy Martínez, 1934), ¿se trata de una novela de denuncia o de un intento de monumentalización fantasmal, como la interviú de Oliver Stone al «joven de 80 años» Fidel Castro? Ese borrador de la barbarie rosista (Juan Manuel Rosas, 1793-1877) —el caudillo por antonomasia— Juan Facundo Quiroga, es claramente representante de la Barbarie que hay que extirpar en nombre de la Civilización en la dicotómica novela de Sarmiento Facundo (1845). El rosario platónico sigue exorcizando la música infeliz de la crueldad tiránica y canta en versos anti-homéricos, de fanfarria grotescamente marcial, al estilo de la pompa fascista, la sideral felicidad musical del sabio. Pero el «morbo» que supone aceptar la felicidad del anarquista coronado, ese Heliogábalo que ha pasado por el filtro gnóstico de Apolonio de Tiana (o por la sofística de Filóstrato, el autor de la biografía) hasta llegar a las manos de un desquiciado Artaud, ¿pertenece ya al siglo XXI, como al siglo XX perteneció todo lo relativo a la episteme de la denuncia de la asimetría del alma, más animal que humana, aún demasiado humana para aspirar a ser divina, en el sentido en el que era llamado “divino” Platón y del “mester de tiranía”? ¿Un neo-boom cruel y feliz sería rentable, sería respaldado, en caso de que se lo cultivara, por ejemplo, por un Herralde? La década del 70 dio cuatro novelas de dictadores (las más famosas): en 1974 (dos), en 1975 (una) y en 1976 (una más). La década de los 20 sólo produjo dos obras del mismo tenor: en 1926, Tirano Banderas , y en 1929 la de Guzmán. Del año 1946 es la de Asturias. La primera del siglo data de 1904, y es la de Conrad. Y la del peruano Vargas es la última de ese mismo siglo XX, publicada en el 2000. Estos «amigos de nadie» (p. 355, EDAF), con las rentas agotadas (p. 352, EDAF), usurpadores de los bienes de sus padres (p. 353, EDAF), en cuya alma domina la parte concupiscible (p. 363, EDAF), y de carácter interesado, avaro (p.364, EDAF), este personaje alucinado, perseguidor de fantasmas (p.368, EDAF), este (judío) errante vertical que pasa constantemente de la región baja a la media y de la media a la baja (p. 371, EDAF), este hombre tiránico, paralizado por un número plano (?) (p. 374, EDAF), este descarriado de toda guía sabia y divina (p. 379, EDAF), este borracho, loco y enamorado (p. 352, EDAF), este ser desgraciado y cruel, sin raciocinio ni inteligencia, ha dominado toda la bibliografía o la historiografía de la novela de dictadores latinoamericana desde sus inicios hasta ahora.
Aquí es apropiado un pequeño impasse semiconclusivo, mero y fastidioso epojé didáctico, en medio del borboteo de palabras que se desaguan hacia su final inapelable, y elemnto de ordenación que precisa la claridad e ala mente human, recurrimos a la numeración arábiga (no vendría mal, en este apartado parentético, una celebración de la cultura árabe, aunque sea por mera crueldad anti-occidental): 1) No se puede escribir sobre lo que se odia; no se puede escribir odiando. Tal era, por lo menos, la conclusión de Lacan acerca de la obra de Duras .
2) De la felicidad de la escritura, y la felicidad del lector, trata el último texto de Barthes sobre Stendhal. El perverso en primer grado (el escritor), como Barthes lo llama, reduciendo la geografía estética de la novela a la denuncia de todo tirano / dictador, y el perverso en segundo grado (es decir, el lector), glorificando la altura ética de esa labor, han asimilado las enseñanzas de la República. La felicidad queda fuera de esta asimilación. Todo en el “mester de tiranía” es infeliz, como crueles e infelices fueron sus modelos históricos. Sus lectores, lectores infelices, crearon esos libros. Hay una alternativa que aquí aparece: o no se trata de literatura (todo el ciclo dictatorial), sino de “pedagogía platónica”, o Trasímaco, Heliogábalo y Artaud tenían razón, y es posible ser cruel y ser feliz. ¿Somos crueles parasitariamente al revivir, en la impunidad de la ficción, la crueldad del escritor dictatorial, que a su vez copia en su escritura la crueldad que el dictador realiza en sus actos? Entonces, tendremos que concluir que el dictador dicta al escritor nuestra crueldad y nuestra felicidad. Todos los escritos del “ciclo zoológico”: los del “Cerdo”, el “Chivo”, el “Saurio”, etc., son infelices. Seguirá siendo así hasta que alguien muestre o demuestre que delante de nuestros ojos vivillos y miopes ha circulado la crueldad feliz pese a que nadie se ha animado a verla. El incienso de Platón, entonces, se evaporaría como ahora el rosario infeliz de su escritura. Salir de la ficción dictatorial sería retomar la vía paradojal, monstruosa, del entrevero bestial de la crueldad y la felicidad, tan impura como la confusión del guaraní y del español en el jopará, doblemente teratológica para la mente de un lector no-macarrónico. Sería tomar en serio a Trasímaco, y no solamente a él: también a Mach, a Hilbert, a Musil, a Borges y a Leibnitz. Hoy somos crueles e infelices. Mañana, acaso, seamos felices y crueles, liberados al fin de las «cuentas» del rosario platónico, del bisbiseo digital que suena desde la antigüedad cíclica, desde los días en que hombre y ciudad, alma y mundo, opresión y maldad, eran la misma cosa, como en la novela latinoamericana son por su parte lo mismo crueldad e infelicidad.
La carcajada que estalla en el SergioKreis (más bien debería ser llamado el «Sergio Rombo», figura más adecuada que el círculo, porque los rombos o las losanges que salpican la uniformada figura de Arlequín, inquietante y bufo personaje de la Comedia del Arte, por el humorismo alejado de todo acartonamiento solemne que lo caracteriza, haría con plenitud más honor al grupo) cuando viene aquello de «hablas como un oráculo, Sócrates» (p. 372, EDAF). Esto expulsa la ilusión de anestesia y barre con su risa al dictador que el adversario de la dictadura, Sócrates, es sin saberlo, despojándolo de su chanterío infeliz que, solapado por la estructura monologal del género platónico, acalla, relegándolo cruelmente, a Trasímaco arrinconándolo en un tan oscuro como anecdótico destino de estrafalario que proclama enormidades, como lo hiciera Shakespeare con Bruto en su Julio César, a pesar de que el cisne de Avon ha pasado por la difícil prueba de una lectura tan perspicaz como la de Montaigne.
Para descabezar este ejercicio verbal, aún quedaría otra veta por explorar en esta materia: la sugerente veta del recuerdo del presente, que, de una forma tan actual como invisible, actúa cotidianamente en nuestras percepciones y opiniones, contaminando de nubes nocivas la atmósfera de nuestro pensamiento, enrareciéndola al anular el futuro y remitirlo todo a un pasado que, como todo lo inmutable o lo ya sido, esclaviza. Tal vez nuestra postura misma esté peligrosamente expuesta a este influjo uniformizador y nihilista. Les dejo con unas reflexiones sobre el punto de Paolo Virno , que creo que pueden ser leídas en perfecto cut-up con nuestro propio punto de partida, aunque corramos el riesgo de anunarla:

Recordar el presente significa considerar el «ahora» como un «entonces», introduciéndolo en un pasado sui generis (no cronológico, indefinido, formal). Este pasado, en el cual el recuerdo ubica el evento que estamos viviendo en este momento, es la potencia o la facultad subyacente al mismo evento (la lengua si se trata de un diálogo; la fuerza de trabajo si está en juego un proceso productivo, etc.); recíprocamente, la potencia es un pasado no cronológico, indefinido, formal. El recuerdo del presente permite, por ende, tomar en el evento un curso tanto al acto como a la potencia, tanto a la ejecución determinada como a la facultad genérica.

Rain dijo...

Hay que seguirle las ideas guías que van descubriéndose y esta ponencia se torna laberínticamente
estimulante.
Las dicotomías son echadsa por tierra, aparece lo que no es evidente, esa ontología extraña, nombres que significan otras miradas para emparentarlas con lo expuesto.

La polaridad propiciada entre términos consagrados a significados inamovibles, aquí es cuestionada. Ya nada es obvio.
La crueldad del tirano es visiccionada.
Ahora que ya no se habla de tiranos en política, abordas tu ponencia, rompiendo delimitaciones: allí está lo que opera en quien escucha, atiende, explora . Eso para mí es lo más valioso: uno no es un académico, mas comprende, sólo que debe estar muy atento, para comprender más.
Porque no hay resúmenes ni ideas puestas en bandeja.

Cuando tocas lo de la tiranía de la mujer que a su vez es tiranizada, recordé ese libro 'El varón domado" de una autora Vilar,donde prsenta reduccionistamente a la mujer tirana en el contexto cotidiano.
Bien, Xtino, agradezco difundas tu ponencia. Tu actitud es la de quien permanentemente abre en este blog, las proyecciones. Lo que sabes,de lo que has asimilado, dándole tu vitalidad intelectual, todo aquello que repercute sobre los otros benéficamente.

Una quiisiera acometer proyectos, itinerarios, salir... Hay que hacerlo.
Un gran abraxo y hasta pronto.

(si se repite el comment, por favor deja uno: creo que hago clik y click dudando si habrá entrado..x

Dama Satán dijo...

Asterix, gracias por tus palabras, tampoco soy académico, soy un salvaje que aceptó el corsé de los abstracc y palabras clave, y lo del tirano-mujer es literal, Platón compara -para humillarlo ante sus sus contemporáneos, cuando la cultura griega tenía muchos elementos musulmanes, una d eeellas la opresión de la mujer- al tirano con una mujer...el muy maldito.claro si es un animal también tiene que ser una mujer, y el encierro del tirano es también literal con respecto a la mujer, ésa no salía casi de la casa, no debatía, no coquetea por las calles, vivía encerrada y velada como las afganas hoy en día (claro, para mí el rostro velado me parece más interesante que el rostro descubierto, coincido con Michaux en esto, así moriría ese idealismo de relacionar el elam acon el rostro y el cuerpo con la parte baja y animal)...saludetes.