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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, agosto 07, 2006

Solo, de Strinberg

I
Después de diez años viviendo en provincia estoy de vuelta en mi ciudad natal y me encuentro cenando con los viejos amigos. Somos todos más o menos cincuentones, y los más jóvenes están por encima o cercanos a los cuarenta. Nos asombramos de no haber envejecido desde la última vez que nos vimos. Se insinúa por cierto un poco de gris en las barbas y en las sienes, pero también hay algunos que parecen más jóvenes que antes, y éstos reconocen que al llegar a los cuarenta se produjo un extraño cambio en sus vidas. Se sintieron de pronto viejos, creyendo estar en el final de sus días; descubrieron enfermedades que no existían; los brazos se ponían rígidos y les costaba ponerse el abrigo. Todo les parecía viejísimo y gastado; todo se repetía, volviendo como eterna monotonía; los jóvenes arremetían amenazantes sin ningún respeto por las obras de los mayores; lo más irritante era que los jóvenes hacían los mismos descubrimientos que habíamos hecho nosotros, y lo peor era que traían sus viejas novedades como si nunca antes hubiesen sido vividas.No obstante, mientras hablábamos de viejas memorias, que eran las de nuestra juventud, vivíamos literalmente en el pasado, nos encontrábamos veinte años antes, de modo que alguno se puso a pensar si el tiempo realmente existía.-Ya lo ha resuelto Kant- informó un filósofo. -El tiempo es tan sólo nuestra manera de entender la existencia.-¡Vaya! También yo he pensado eso, porque cuando recuerdo pequeños sucesos de hace cuarenta y cinco años, me resultan tan nítidos como si hubiesen sucedido ayer; y lo que sucedió en mi infancia está tan cerca de mí en el recuerdo como lo que he vivido hace un año.Y entonces nos preguntamos si todos han pensado igual en todas las épocas. Un setentón, el único que considerábamos anciano en el grupo, señaló que él todavía no se sentía viejo. (Estaba recién casado y tenía un hijo de pecho). Ante esta valiosa información tuvimos la sensación de que éramos muchachos, y el tono de la conversación se hizo muy juvenil.Yo había notado en el primer encuentro que los amigos estaban como siempre, y esto me había asombrado; pero también había observado que no sonreían tan rápidamente como antes y que empleaban una cierta cautela al hablar. Habían descubierto la fuerza y el valor de la palabra hablada. La vida no nos había suavizado el juicio, pero la sensatez nos había enseñado que uno recibe de vuelta todas las palabras; y asimismo habíamos reconocido que no es suficiente utilizar los tonos mayores, sino también los menores para aproximarse a expresar la opinión sobre una persona. Ahora, por lo contrario, nos liberábamos; las palabras no eran adornadas, las opiniones no eran respetadas; volvíamos al viejo trote y todo se volvía apariencia; pero era entretenido.Entonces sobrevino una pausa; varias pausas; y de pronto, un desagradable silencio. Los que habían hablado más sintieron una congoja, como si se hubiesen expuesto a sí mismos. Sentían que durante los últimos diez años, nuevos lazos se habían establecido entre ellos; que nuevos, desconocidos intereses se habían alzado entre ellos; y que los que se habían expresado libremente habían chocado con arrecifes, se habían enredado, habían pisoteado tierra recién cultivada, lo cual todos habían percibido, y habían visto miradas armadas para el ataque y la defensa, esas contracciones de las comisuras con las que los labios ocultan una palabra silenciada.Cuando dejamos la mesa fue como si hilos recién tendidos se hubiesen roto. El ambiente se cortó y cada uno se halló en situación de defensa; cada uno se encerró en sí mismo; pero entonces, cuando también era necesario hablar, se dijeron frases que por los ojos se notaba que no seguían las palabras; y por las sonrisas, que no coincidían con las miradas.Fue una noche insoportablemente larga. Los intentos de revivir viejas memorias, en grupo y de persona a persona, fracasaron. Se preguntaba, por pura ignorancia, sobre cosas sobre las que no se debía preguntar. Por ejemplo: -¿Cómo está tu hermano Herman? (Una pregunta formal, sin sentido, para saber de algo que no interesaba. Abatimiento en el grupo). -Bien, gracias, está como siempre. ¡No se le nota mejoría alguna!-¿Mejoría? ¿Acaso ha estado enfermo?-Sí... ¿no lo sabías?Alguno se echa en medio de la conversación y salva al infeliz hermano de la dolorosa confesión de que Herman ha estado enfermo.O algo así: -Hace tiempo que no veo a tu mujer.(Mientras ella está pidiendo el divorcio).O así: -Tu hijo debe de estar hecho un hombre. ¿Ya se ha graduado?(Y el muchacho es la esperanza perdida de la familia).En una palabra, se había perdido la continuidad y ésta se rompió. Pero también se había probado la seriedad y la amargura de la vida, y por lo menos, ya no éramos muchachos.Cuando nos separamos por fin en la puerta, sentimos la necesidad de dispersarnos rápidamente y no como antes, de alargar el grupo en un café. Los recuerdos de la juventud no habían tenido la esperada influencia refrescante. Todo lo pasado era paja de establo en la cual había crecido el presente, y esa paja había fermentado, se había consumido y comenzaba a enmohecerse.Y se notó que ya nadie hablaba del futuro, sino sólo del pasado, por la simple razón de que estábamos en el soñado futuro y ya no se podía fantasear sobre él.
Próximo lanzamiento de Jakembo editores, en su flamante colección de traducciones "70 traidores", en octubre del 2006

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