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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, agosto 19, 2006

Muchacha mala con los poetas coetáneos

Mi amigo el poeta Paolo de Lima requirió de mí ciertos comentarios sobre la obra, y el impacto de la misma en la poesía peruana de las últimas décadas del pasado siglo XX, de la legendaria poetisa María Emilia Cornejo. Me complacería poder emitir acerca de tema tan importante algo más que inverosimilitudes —considero, de hecho, que la obra de M. E. Cornejo merece sobradamente análisis más serios que los que una amateur como yo pueda hacer—, pero, como le comentara a P. en previo correo, por inverosímil que parezca (porque me consta que, en efecto, lo es), la absurda verdad es que no he leído (o, más bien, que no lo había hecho hasta hoy, cuando, por este medio electrónico, P. me hizo llegar sus poemas más citados y célebres) a María Emilia Cornejo, porque, para completar este cuadro de inverosimilitudes, sospecho que absolutamente insólitas (e incluso indecorosas) en poeta alguno que de tal se precie, lo cierto es que disto mucho de ser una gran lectora de poesía. Tengo, es cierto, unos pocos fetiches, que se pueden contar con los dedos de una mano, entre los que el erudito delincuente Villon ocupa el primer puesto de mi peculiar ranking bizarre y a los cuales sí leo y releo, pero en lo que toca a otros, permítaseme el atrevimiento de llamarlos así, ilustres “colegas”, mi ignorancia es francamente bochornosa. Debo decir que me sonroja admitir esto, e incluso que temo devaluarme ante los ojos del lector al hacerlo, pero es la pura verdad, lokos. Claro, tamaño testimonio mío pudiera interesar por pintoresco, “alternativo” —y, en ese sentido, “representativo” a su muy minoritaria o extravagante manera—, insólito o, por último, autista o aun psicopatológico. Tal fue, en efecto, la magnánima reacción de P. ante mi inesperada confesión. Aclararé aquí que, si lo ignoro casi todo sobre la obra poética de autores próximos en el espacio o en el tiempo, no es por desdén hacia ellos en particular sino por un temprano y más generalizado movimiento de repudio hacia la así llamada “realidad”. Me alejé muy pronto, ya en la primera infancia, de los acontecimientos y los seres del mundo exterior, que siempre me parecieron menos interesantes que los del reino interno del espíritu, para decirlo de una manera algo pomposa, y que siempre me dejaron bastante más indiferente que éstos. Ciertos rasgos que los demás llamaban desde mi niñez mi “distracción” o mi “despiste” (quizá habría sido más exacto decir mi “desapego”) expresaban mi distancia subjetiva del plano de lo “real”, que, por el solo hecho de estar compartido con otras consciencias, tenía ya para mí intolerables connotaciones de promiscuidad y gregarismo. La poesía, y el arte en general, tanto desde el punto de vista del mero disfrute cuanto desde el de la creación, representaron para mí desde el primer momento la escapatoria de un mundo que implicaba demasiados contactos con mis supuestos “prójimos”. Durante mucho tiempo, éstos me dejaron perfectamente impasible; mis emociones, si cabe el término, se restringían aparentemente al terreno estético. Pero un día descubrí el odio y su gran potencial subversivo y artístico, y, por así decirlo, su exquisita, venenosa belleza, y comencé a escribir mi verdadera poesía con el doloroso placer del que asesina y destruye, del que blasfema y se venga. Descubrir la poesía fue descubrir la violencia y la crueldad, el frenesí y el éxtasis sagrado de la destrucción y de la muerte, la macabra y orgásmica danza de la deidad que masacra y devora universos con la triunfal y espantosa sonrisa no-humana del jaguar en su rostro invulnerable. Mi máscara social, que procuro discreta, esconde pues, si se desea emplear estas palabras de sonido un tanto duro, la mueca sanguinaria de un artista extraordinariamente arcaico, lo bastante ancestral o primitivo como para ser básicamente ajeno “a toda ley, cultura o civilización”, o quizá incluso algo más viejo aún que lo humano, como una fuerza ciega de la naturaleza. No lo sé. Pero lo cierto es que el hecho de que para mí la poesía representara la feroz asunción de mi rechazo de todo vínculo y de toda solidaridad con mis presuntos “semejantes” determinó también que me alejara de manera espontánea e irresistible de la obra de aquellos cuya proximidad en el espacio o en el tiempo los hacía demasiado “reales” a mis ojos, es decir, demasiado involucrados con esa llamada “realidad” de la grey. De ahí que nunca leyera a María Emilia Cornejo, entre otros innumerables nombres también ilustres. Hoy he leído por primera vez su poema más difundido y famoso, “Soy la muchacha mala de la historia”, y otros tres poemas más: “Te beso en los ojos”, que sinceramente no me dice nada, “Como tú lo estableciste”, que encuentro algo más logrado pero todavía endeble, y “Mi pueblo no es”, poema limpio y honesto pero que me da la sensación de no haber sido llevado hasta sus últimas consecuencias, por decirlo una manera suave. Esto es todo lo que conozco hasta el momento de la producción de María Emilia Cornejo, y encuentro que el primero de los citados textos se encuentra a gran distancia por encima de los tres restantes. “Soy la muchacha mala de la historia” es un poema perfecto, tan cartesianamente “claro y distinto” en su sentido como un escupitajo y adecuadamente brutal en la expresión de su asco frente a la prostitución “decente” de la siniestra e insidiosa figura que enrarece la ponzoñosa atmósfera del hogar y cuya aparente sumisión esconde las trampas, las manipulaciones, los chantajes y, en fin, todo el juego sucio del rencor hipócritamente oculto de ese adversario cobarde al que se rinde homenaje cada mayo, la respetable señora burguesa. Cada verso es imprescindible y acrecienta la fuerza de la nauseabunda impresión de vileza de todos los demás: “Soy la mujer / que lo engañó cotidianamente / por un miserable plato de lentejas”: qué bien dicho está todo, talking laud and clear en este terrible decir lo que no debiera decirse, letra por letra firmemente dicha, letras amargas y ásperas como todas aquellas con las que sólo se puede escribir la verdad, en su grave ritmo de salmodia implacable y minuciosa, “Soy la mujer que lo castró / con infinitos gestos de ternura / y gemidos falsos en la cama”, en su monotonía majestuosamente despiadada, en este su no hacer concesiones y no dorar la píldora donde nada es superfluo y todo es necesario, en su secreta y honda furia agazapada tras el frío gesto de la lucidez, en la ardiente paciencia con la que se deletrea tanto horror. Si, como bien sentí siempre, el secreto universo paralelo del arte vale más que todo lo llamado “real”, entonces María Emilia Cornejo hizo bien en habitar veintitrés años el mundo para poder escribir este poema.

3 comentarios:

KuruPicho dijo...

Perdón: respuesta a una pregunta del amigo, poeta y periodista Paolo de Lima, hecha a Dama Satán acerca de la poetisa suicida María Emilia Cornejo, "autora de culto", por así decirlo, para muchos escritores, en especial en Perú, para la revista estadounidense de literatura "Intermezzo tropical".

Anónimo dijo...

Y salio ya en inTermezzo?

Dama Satán dijo...

Estimado amigo "Usuario": asì es, en efecto, y el ejemplar correspondiente ha emprendido ya su viaje por vìa aèrea para nuestro depa de Asu, Paraquaria, esperàndose que en los pròximos dìas asome socarronamente el pico por la traviesa hendidura del buzòn de la reja verde de la morada sajona. Saludos.