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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, julio 10, 2006

Monólogo

MONÓLOGO DEL ANCIANO PROFESOR EN EL AULA VACÍA «El predominio, en particular en sociedades más desarrolladas y, por ello, más embebidas en las formas de vida y pensamiento modernas y burguesas, de valores como el “profesionalismo”, propios de una clase que pone su dignidad en el trabajo y los logros laborales, es profundamente afín a las ideas que, por ejemplo, un Franklin expone en su obra clásica El libro del hombre de bien, tan profusa y oportunamente citado por Weber en su abordaje sociológico del “espíritu capitalista”. Ciertamente, son valores que, frente a aquellos vigentes en otras sociedades (la noción aristocrática del honor —más amplia y compleja que su contraparte comercial y plebeya de la honradez, que entre las clases medias básicamente se reduce a garantizar el orden contractual en las relaciones mercantiles y laborales—, las virtudes guerreras que la epopeya homérica celebra —al tiempo físicas, intelectuales y morales, pues todos estos aspectos propician el triunfo en la guerra— o, por último, las cualidades exaltadas por la tradición hagiográfica, con su extremo rigor y su elevada exigencia espiritual), parecen muy poco heroicos, casi triviales. Corresponden a un modo de vivir y de morir que por regla general excluye lo trágico, admitiendo a lo sumo lo melodramático. Difícilmente podría hallarse en ellos alguna belleza. Parece imposible, incluso, que por sí mismos puedan alcanzar la dignidad de una autonomía capaz de emanciparlos de su indudable funcionalidad y conveniencia, capaz de elevarlos sobre su presente utilidad práctica. Que la mente algo estrecha del profesional medio se vanaglorie de tamañas virtudes y principios (que, por cierto, benefician ante todo a sus patrones, los cuales, dicho sea de paso, raramente son lo bastante estúpidos como para cumplirlos a su vez, pues precisamente a su incumplimiento suelen deber su poder y su prosperidad, en ocasiones fabulosos y de los cuales las virtuosas mesocracias imbuidas de “profesionalismo”, aun las relativamente más acomodadas, sólo conocen sucedáneos de inferior calidad, burdas imitaciones de su auténtico lujo, de sus privilegios de oro macizo) no arregla nada: consciencias tan irrisorias carecen de aspiraciones dignas de mención en este aspecto. Pero es casi imposible que puedan satisfacer a espíritus más audaces y más altos corazones. Los citados valores guerreros, se me dirá, verbigracia, fueron también funcionales en su específica circunstancia histórica: los salvajes príncipes aqueos del siglo XII, cuyas hazañas de bandoleros y asaltantes recogieran las epopeyas griegas de la Antigüedad, necesitaban la lealtad, la fuerza, el arrojo, la decisión y el coraje en la batalla para sobrevivir en medio de sus vidas temerarias hechas de peligro, pillaje y botines de guerra tanto como los empresarios y los profesionales asalariados de hoy necesitan sus rutinarias y apacibles virtudes burguesas para escalar posiciones en la sociedad moderna y acceder a su famoso bienestar y a un cierto estatus socioeconómico que a ellos les permite sentirse tan orgullosos de sí mismos y de su profesionalismo, responsabilidad, eficacia, etcétera como orgullosos a su vez pudieron sentirse los hombres de otros tiempos de sus riesgos, sus hazañas y su bárbara gloria, que a menudo pagaron con su muerte. Cierta noche, en un café, en medio del rumor de una conversación más general, una anciana señora pronunció para sí misma una frase que encontré feliz y que guardé por ello en la memoria; ignoro si era una cita o una improvisación suya, y, de hecho, en aquel contexto aludía quizás a algo distinto, a sus viejos e ignorados secretos, pero puede aplicarse bien aquí: “Cada quien pone su orgullo en donde puede”. Claro, se me objetará nuevamente en este punto que es, pues, lógico entonces que, si el caballero pone su orgullo en su honra, el guerrero en su valentía y el anacoreta en su santidad, el burgués tenga pleno derecho a poner el suyo en su profesionalismo, su seriedad, su sentido de la responsabilidad, etcétera, etcétera. ¿Qué puede haber de malo en ello? Nada, posiblemente, en efecto. Excepto quizá que a estas plausibles virtudes, tan funcionales y útiles como otras cualesquiera en su particular contexto histórico, ningún Homero las cantará jamás.»

1 comentario:

Rain dijo...

Jamás las cantaría, jamás.


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Me acompaño con este monólogo.

Ese rictus en el rostro del anciano profesor mas la sonrisa, algo fílmico...


El monólogo, lo sustancial.