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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, julio 28, 2006

La eternidad, I

La eternidad de un perdedor "Acá sólo te permiten ser o asesino, o idiota". H. A. Murena.
Soy un reprimido sexual. Soy un muchacho simple y natural que tiene deseos sexuales y no los puede satisfacer. Ante la simple presencia de cuerpos femeninos, ya me mareo y mi falo desobedece la lisura de las buenas costumbres y la sequedad de los bien pensantes. Soy sumiso e iluso; nunca pienso que la gente pueda ser malintencionada en su indiferencia. Algunas veces me asombran mis propias ocurrencias: me pregunto quién o quiénes satisfacen a tantas mujeres exuberantes y tropicales, a tanta nostalgia del pene, a tanta oquedad. Nunca he hecho un uso pleno de los beneficios que la ciudad civilizada ha creado para casos como el mío. A veces, la timidez voyeur del cine; más frecuentemente, el temblor sudoroso de las revistas brasileñas. Nada barriobajero, ni sórdido o bacteriológico. Ninguna corriente amarillenta ha conmovido mis sueños inquietos. Eso sí, he tenido incestos pre-orales, meras imágenes de tardes desesperadas. Mera literatura emocional y efímera. Soledad ante todo, angustia del falo solo, la angustia roja y salivosa obstaculizando nuestro hábitat, minando de vértigos la inercia cotidiana. Y lo peor es que soy de la generación pos-marcusiana, clase flower children, ola mayo del 68. Piso el humus tecnodemocrático del antibiótico y del condón. Pertenezco al tiempo en el que los patitos feos ya son dinosaurios. Tanto el diván freudiano como el susurro del confesionario me absolverían. Es decir, estoy obligado a habitar, no la ermita ni la prisión, sino algo más contundente y fatal: el silencio. Se me prohíbe el viejo refugio del grito –atravesando todo el convulso cuerpo en una penetración al revés– arrojado como un salivazo visceral. Pero los momentos de lucidez me permiten salir a flote. Es como si el semen desbocado se desvitalizara momentáneamente, se enfriara y llegara a coagularse en luz, en pensamiento. Esta leve fisura luminosa es mi salvación. Para cuando la tormenta haya recrudecido, entonces ya me veréis al socaire de una nueva estrategia. Hoy soy un clipper travieso brincando en las calientes aguas de la UCA, en medio de sirenitas pequeñoburguesas, devotas de malos pensamientos, hijas de militares ansiosas de látigo, y de la generalidad carnosa, entre la monotonía del melodrama y la insipidez de la violencia machista. Soy un genio, es cierto, un genio virgen y con las manos sudadas por el trabajo de topo de la libido sobre las adrenalinas y los nervios. Pero hasta Napoleón me concedería que un general debe seguir vivo mientras tenga batallas que librar. Y yo tengo la UCA como campo de batalla. Me permito frotarme las manos mojadas, lubricar la garganta; todo es cuestión de elegir la víctima propicia. Hago pública promesa de respetar a las chicas del personal de limpieza, de no desbordar el tranquilo y pacato límite, ya sea hacia la impensable pedofilia, ya hacia el delictivo fetichismo, y de omitir a las jovenzuelas medio sórdidas que emergen de los bajos. Tal vez me permita algún pecadillo tan folclórico e inofensivo como el adulterio, o algún roce urgente resuelto en la fellatio universalmente popularizada por las memorias de Casanova, quien la restringiera, sin embargo, a los casos rigurosamente prescritos, como la vejez ya muy fofa y reseca o la noviciatura sobresaltada por una mirada más diabólica que piadosa. En cuestión de mujeres, tengo gustos burgueses. Éste ha sido mi laberinto siempre. Burguesitas de culo apretado y duro, rubias y aburridas, soberbias en su frivolidad, sin ningún matiz complejo, de esas que se abstienen terminantemente de coquetear con Faulkner, siquiera con la mano, las de fácil allanamiento, moralmente venales, caras y hermosas, y, por último, con el imprescindible acento de la alta. Esa lenguita sonrosada, hipersensible por esencia, que omite elegantemente todo atisbo guarango, toda posible alusión a esa genealogía onomatopéyica y como salvaje y dura, a ese arrastrar de ecos e inflexiones guturales, a ese idioma más cercano al fin a los ruidos de la naturaleza que a los de la palabra. Burguesitas etéreas, encapsuladas en los autos importados de sus papis trabajadores y sudorosos, apenas un tereré al día, cristianas y delicadas, mostrando en su rutina una tendencia hacia la asepsia, no moral, desde luego, sino, diría, material, física, una hipersensibilidad no sólo hacia el sol desbocadamente asesino desde la retirada del ozono, sino hacia todo lo que huela a proletario, a pobreza, a barrio obrero, encapsuladas en el auto importado como en una ermita, persiguiendo una pureza escasa hoy en día, un tal cultivamiento del espíritu en su soledad hierática, santa y venerable. Ermitañas on the road. Un Honda modelo 90 como ermita sólo chocaría a los espíritus antiprogresistas que proliferan en este país de vagos –de paso, se puede agregar, para realzar la imagen, en este país de vagos mantenido por campesinas machistas y serviles–. Una ermita moderna, afín al espíritu práctico del pret-a-porter de fin de siglo, para aprovechar los beneficios de la técnica en pro de la superación personal. Sin mayores conflictos y sin dilemas entre la materia y el espíritu. Si primero el huevo y luego la gallina… No, la reconciliación de los opuestos, la negación recíproca de los dos elementos contrarios y en tensión resuelta en una superación conciliadora, el consenso, la mansedumbre siempre como modelo de vida, el Opus Dei como verdadera opción individual. Burguesitas finas y hermosas. Nada de putas baratas que circulen entre la plebe en una parábola socializante y promiscua; en última instancia, acaso putas finas, al igual que quería siempre Bataille, hermosas aunque sean un tanto versátiles. Sí, entiendo a Bataille, todo sea por satisfacer al loco trasgresor que todos tenemos dentro (y a los paraguayos hay que sumarles a ese loco el indio; por descontado, los españoles no eran locos ni bárbaros, ya que les gustaban el oro y la plata, que son, como se sabe, cosas finas y de gente fina), y hay que considerar, además, que el trabajo y la civilización, el interdicto, no suele dar lugar, cito a Bataille (tipo con look erudito en rarezas, cuyos libros importados son muy caros por acá), ese hegeliano sin aufhebung, atrapado fatalmente en una dialéctica circular rarófila del humano saliendo de la animalidad y lo humano a su vez de nuevo que añora lo animal perdido, bueno, el interdicto, decía, no suele dar lugar a la manifestación de esa íntima bestia nuestra. Un laberinto sin Ariadna. Elegida la víctima, rebobinando mentalmente toda la utilería terminológica de la promiscuidad y de la orgía (cunnilingus, fellatio, "a la Bocaccio", "a la pompeyana", etcétera), he asumido mi funda de cuero negro, he puesto encima una edición de bolsillo de la Venus de las pieles y me he munido de la cocaína en polvo imprescindible para que el eros pueda hablar en todos los sentidos y a todos los orificios. Tal vez un plató algo decadente y barroco, una túnica sutilísima de world music negándose en su liviandad a posarse totalmente sobre el oído y, para atenuar las intrincadas convulsiones de la epilepsia, colchones repletos de tabaco holandés. Sin olvidar jamás, como látigo, la boca desbocada y sucia pertinente para hacer piafar a la mantis religiosa escondida en toda mujer estándar de clase media con estudios terciarios –psicología laboral, concretamente. El sacrificio exige, hay que decirlo, una burocracia harto dilatada en sus repulsivas genuflexiones, sonrisas, esperas, angustias sudorosas, triquiñuelas verbales, mañas pararrománticas, subterfugios melodramáticos; exige una digresión, una curva necesariamente retórica y rebuscada, lo que definiría nuestra cultura como una sociedad protocolar, rococó, una sociedad de amantes de las máscaras en la moda y de los gongorismos en la gramática. Alicia, Lolita, Julliette, Emmanuelle… fonemas, hitos de un discurso público –nada más público que el acto sexual– que la gente se empeña en negar y ante el cual simula casi siempre asombro y temor. Como mi pobre sadomasoquista, que repitió esa mueca de asepsia física y moral en mi escenario afro-afrodisíaco y ante su decorado kitsch, cuasi glitter, almodovariano, preparado de una forma consciente como resistencia a lo profano y vulgar. En un siglo freudiano, Sigmund tiene todo el derecho de exclamar: "¿Se me ha comprendido, se me ha comprendido acaso?"

2 comentarios:

inx dijo...

Estuve por aquí. Me voy regocijada, sorprendida, agradecida. Te conocí en el Doke de Bardamu, tu blog es muy bueno, muy bueno, un verdadero gusto.

Rain dijo...

Es como un jolgorio mental, una se deleita leyendo este desgarramiento irónico, donde se dispara certeramente a esa spiral de vanidades fashion in veritas inoculada hasta el tuétano.

Gran salute.