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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, junio 21, 2006

San Juan habita en la noche

La cancha, la casa con el guardia, la esquina del perro sarnoso, la farmacia, el banco 24 horas, la primera revistería, la pequeña iglesia, el ciber, el banco, la otra iglesia, la hamburguesería, la panadería, la revistería, la hamburguesería, el semáforo, el súper, por fin. El interior lleno de luz del establecimiento es celestial. Todos los fluorescentes encendidos son como aire puro. Los decorosos señores comprando sus correctas botellas de tinto son la encarnación de la salud. El policía blandiendo a paso de perro su walkie-talkie es la sensatez encarnada. Seguramente las personas que empujan ante ellas sus carritos melodiosos merecen el cielo y algo más. Pero toda alegría es breve. Esta ciudad provinciana aún no se ha munido de los súper abiertos las 24 horas de las megápolis de angustia y desesperación. Refugios luminosos contra los seres, demoníacos o benéficos, que se agitan y bisbisean en las sombras dormidas de los patios y jardines de barrios no lejanamente arrancados a terrenos matosos y hundidos en la promiscuidad de sus ramajes entrecruzados e inabordables... Refugios de orden y disciplina, de rito regulado y repetitivo, con rituales de corsi y recorsi emanando un opio letárgico y apartados del cúmulo ceñudo de voces demoníacas. Refugios contra el desorden. Refugios contra la calma. Refugios para aullar de alegría y para que la gente piense que una lata de repollos fermentados es la causante y no... Refugios, nada más que refugios, es lo que necesita un pobre hombre aturdido por entidades que la ciencia ha considerado hace siglos totalmente proscritas, perimidas, fantásticas. Cuando apareció y se "posó" sobre el escenario de la realidad, digamos, lo hizo como una reminiscencia, como cosa soñada o vagamente pensada y olvidada, como uno de esos terrores presentidos bajo la sombra de una debilidad temporal, de un altibajo súbito, típicos e inofensivos. Siendo religiosamente asiduas sus visitas, el primero en arrojarse en brazos de la camisa de fuerza para salvarse fui yo, mísero Basilio Lugones, loco consciente antes que profeta de otra dimensión. Abroquelado contra lo desconocido y macabro gracias al diagnóstico de mi propia locura sin fisuras posibles, asumió el papel de ángel de Swedenborg o de ángel de la guarda tipo película de Wim Wenders, de alguno de esos seres pálidos y mudos, resentidos por no tener carne y hueso, mujer y dolores, hambre y codicias. Oídos gigantescos como acantilados en los que reverbera el dolor del mundo o de sus protegidos, vagando por las calles penumbrosas. Otro estadio, posterior o más evolucionado, de nuestra "relación" consistió en la clásica visión feérica que encontramos en los cuentos de hadas. Por ejemplo, si necesitaba cigarrillos, indefectiblemente el cinco mil anaranjado estaba a la vuelta de la esquina, sonriendo socarrón entre las piedras plomizas del empedrado. O, si el importe del taxi alcanzaba los seis mil guaraníes y yo pagaba con un billete de diez mil, el taxista me daba como vuelto un cincuenta mil que en ningún espacio y tiempo kantianos o positivistas había sido intercambiado jamás. En suma, quería seducirme con actos de una liberalidad anónima y taumatúrgica fuera de lugar y que no despertaban en mí, pobre Basilio Lugones, más que claras sospechas de que en el fondo el poder que actuaba poseía una "esencia" absolutamente non sancta. Con el tiempo, aunque esto suene frívolo e incluso como una broma, su lenguaje bisbiseante y noisy fue asumiendo una nitidez gramatical terrible, incomunicable. Probemos. "Él", o "eso", habitante del topos uranos o del mundo paralelo de los magos simpáticos de Paracelso, es poseedor de una verdad que necesita o debe ser revelada. Esta verdad, inconmensurable como es, precisa antes pasar por un médium (Basilio Lugones, a su servicio) para actualizarse en la realidad o historia. Ahora vienen las preguntas: ¿por qué yo, un ser del rebaño, esclavo feliz, devoto de los supermercados, debe ser el adalid de esta cruzada absolutamente clandestina y turbia? Y esta verdad, a fin de cuentas, ¿de qué va, de qué naturaleza equívoca e impronunciable se trata para que solamente circule entre Zarathustras de tierra al nivel del mar, pedestres y completamente sin ambiciones en la vida? En la escuela siempre nos enseñaron que el día y la noche son las dos mitades de una naranja equitativa e idéntica en el reparto de la luz y de la oscuridad, de la vigilia y del sueño, del afán y de la calma, del movimiento y del reposo. Para mí esta naranja perdió toda sustancia y realidad con la perorata oracular de este ángel del no man’s land , de esta criatura que tantea para abrirse paso hasta mí desde los cenagosos pantanos de lo uncanny y horrible. Las noches plagadas de perseguidores o voces pesadillescas, el yo ahogado en el sudor de la angustia que emanaba de esta cárcel interminable, y el día lejano e inaccesible, un punto de luz macilenta incapaz de alcanzar volumen y estatus de ser. Troglodita en plena modernidad, el amanecer me encontraba de hinojos ante el milagro de la claridad, prorrumpiendo en apologéticos delirios verbales propios de un poeta mendicante o de un predicador intoxicado. Exactamente un guiñapo despreciable. Un dichoso período de lucidez siguió a esta cerrada época nebulosa. Vino, esta vez, bajo la forma afiligranada de un ángel de carne y hueso. Jovencilla perdidamente inocente, herméticamente pura. Trabajaba todo el día, explotada por una madre abyecta, estudiaba de noche y gastaba su escaso tiempo libre, los domingos, en una parroquia atiborrada de hipócritas y víboras dignos de probar las delicias imaginadas por Dante y la iluminación de sangre construida por los revolucionarios franceses del 89. Recogió los despojos a que me habían reducido las ascuas de lo extraño, apagó con su saliva santa los escozores de mi temporada en el infierno, lavó mi cuerpo enfangado, rodeó de música de órganos mi alma convulsa por visiones apocalípticas, me convirtió al bien, y al fin, craso error, me rodeó de una cohorte de brujas de iglesia celosas de que yo se las robara y las dejara otra vez en el mundo sulfuroso en que alentaban antes de que ella iluminara también sus nidos de víboras. Antes de que me lincharan y amenazaran además la vida de frescura y santidad de mi amada virgen, me declaré culpable de una existencia de proxeneta avaro y cruel, lleno de veneno y de codicia, incapaz de reforma y reedificación, réprobo de por vida, Satanás repartidor de panfletos blasfematorios contra todo lo noble y bueno que puebla el mundo. Decretaron mi expulsión, y, con ella, mi derrota en la felicidad y en el amor de una mujer y la salvación de mi libertad para seguir tambaleándome en las ondas vertiginosas de la soledad y de la paranoia. Nuevamente exiliado en los extramuros de lo humano, en los lóbregos territorios del Enemigo, mi otrora San Juan aristocrático y esotérico hizo una reaparición sorprendente estrenando un español de bolsillo enteramente vulgar y prosaico. Esta vez desplegó, sin transición o discurso propedéutico hacia lo oscuro alguno, unos pergaminos apocalípticos como si se tratara del programa de gobierno de un intendente neroniano o del brazo derecho del Anticristo. La escritura de fuego que fulguraba entre sus hojas duras fue llenando de lágrimas mis ojos... ¿Acaso yo, Basilio Lugones, no estoy atrapado entre las páginas de ese cuento medieval con un rey desnudo y con sus súbditos hipócritas y cobardes que no ven sino el boato de las prendas que su soberano cree vestir? Pese a que es imposible en la vida una felicidad colectiva, y pese a que es la percepción del weltschmertz exclusivamente solitaria, no puedo terminar de creer que el conocimiento de los sellos que muestran esos pergaminos ricos en numerosos cielos tenebrosos asaeteados por lluvias de fuego apocalípticas sea monopolio de un solo habitante de la tierra. Creo más bien que el planeta entero está poblado de hierofantes que han depuesto su clarividencia ante tamaña verdad. Poblada de caballeros medievales acobardados ante la naturaleza de su misión. Atletas obedientes a la soberana sabiduría de los músculos y el cuerpo autotitulados locos para no sucumbir ante las fuerzas abisales que pacientemente los solicitan. Marionetas sordas y ciegas ante las voces que tal vez pueden prometerles pasajes a islas paradisiacas y billetes para palacios de música esplendorosa. Devotos señores de la fuga y de la normalidad que dejaron sus castillos a los fantasmas del abandono y a los meteorismos de la gorda incuria. Sacrificadores débiles y timoratos ante las órdenes sangrientas de los dioses salvajes de Tenochtitlán o de Judea en el altar del suicidio, como yo, el tembloroso Basilio Lugones, testigo desesperado de las demostraciones que ante mí realizaba el ángel de las catástrofes del futuro: el ala de la iglesia de Trinidad cuarteándose como un huevo hasta liberar el ulular desaforado de una serpiente babosa y arrebatada; todo el estricto barrio de Manorá hundido violentamente por una succión infernal; automóviles descarrilándose sobre los cables eléctricos al salir disparados a causa de las abolladuras levantadas en el pavimento por el lomo corcoveante de un Leviatán fogoso; discos de luz fantasmal incidiendo desde el cielo en una tropa molecular e inevitable, atravesando los edificios del centro, dejándolos lívidos o blancos, y, cuando se trata de cuerpos humanos, un minuto antes perfectamente sanos y vitales, transformándolos en muñecos de trapo sin peso donde equilibrarse; precipicios profundos como galerías que dejan ver en su fondo pequeñas y tristes estrellas; personas que, al correr hacia todos los puntos azimutales, poseídas de medio pánico, chocan entre sí, desperdigándose como naipes que resbalan de las manos de un jugador desmañado; el rectángulo que forman Mariscal López/ General Santos y España/Brasilia puesto boca abajo, mostrando sus estratos semi-anfibios, siniestros...

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