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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, junio 09, 2006

Quiero ser un indio piel roja, un mak'a chaqueño, un Velvet...

Definitivamente nuestro psicopompo de las superficies, Antonio Tudela, trabaja a contrapelo, a veces caballo, a veces viento, como en una de sus citas kafkianas, siempre indígena, en todo caso, del espacio preñado de flujos y alegrías embrionarias. Ya inserto entre las redes laberínticas del mercado el último libro de Antonio Tudela Sancho: Escrituras de la diferencia. El desplazamiento de la identidad en Deleuze y Derrida, Fundación Universitaria Española, Madrid, 2005. Un escrito de estructura proteica, rizomática, de fuerza abrumadora pero no necesariamente intimidatoria para con el lector, a pesar de su naturaleza de tesis doctoral cum laude. He aquí el torbellino molecular de un fragmento, infinitesimal, como su posible núcleo propulsor, centro descentrado y descentrante, línea de fuga captada en su quantum de reposo ilusorio antes de un nuevo salto desterritorializador, salvaje, nómada, como la orquídea que imanta a la avispa para atraerla hacia una milagrosa reversibilidad teratológica, hasta devenir libro, este libro que no se cansa de abrir cajas y desnudar muñecas; libro sin desperdicio posible, no sólo cuando el autor reflexiona, sino incluso cuando “meramente” cita, pues entonces ofrece sorpresas en ocasiones de colosal magnitud, no en pocos casos deliciosamente hilarantes, como ésta, citada, para solaz y carcajada de los lectores, del Nuevo Diccionario Ilustrado de la Lengua Española –Enciclopedia Sopena (en dos tomos, Barcelona, Ramón Sopena, 1928); se encuentra en la página 152 de la tesis que gratamente nos ocupa:
“Nietzsche (Federico). Biog. Filósofo alemán, cuya filosofía ejerció funesta influencia, especialmente en la literatura. Murió loco. (1844-1900).”
Nada que añadir a la fina ironía, no por tácita menos elocuente, de su descontextualización, en más de un sentido “desterritorializante”.
Como no hay decumanus maximus ni cardo que dividan el territorio textual del libro en ínsulas (para usar un símil moderno del cuadriculado urbano romano estándar, nuestras actuales “manzanas”), uno puede entrar en él por donde se le antoje, cortar la continuidad del entramando verbal guiado por el más extravagante de sus caprichos de flâneur. Puede poner en práctica una de las ideas-fuerza que motorizan el libro y cortar su flujo coherente con la literalmente cortante punta de la pluma fuente al subrayar ciertas frases desde una subjetividad, ya ingenua, ya de lector de novela policial. Un primer resultado de esta metodología nos coloca ante panoramas inopinadamente poéticos: “Hablar con labios de Diotima”, ”Hacer ver a Shakespeare a través (del espejo) de Lewis Carroll”, tocar “la textura del tallith”, “olvidar como los indios chinchas”, o vislumbrar ”las uñas de Lumiére”... Aquí ya tendríamos dos fronteras porosas y las puertas de acceso liberadas, pues el “ábrete sésamo” habrá sido pronunciado al pasar, inconscientemente, o meramente rozándolo, haciéndolo emerger sin presión casi, por el juego de las asociaciones culturales, convirtiéndonos en Indianas Jones de chiripa, al salmodiar, por ejemplo: espejo, speculum, specus... El propio hecho de cortar nos remite a otra temática querida por el autor y por sus filósofos, a quienes él a su vez no se cansa de aplicar su método de corte, separación y reordenación constantes. Por esta vía caemos en el texto de Deleuze “Un manifiesto menos”, traducido por nuestro autor y que está dedicado al estudio de la obra del operador teatral italiano Carmelo Bene. Método crítico encaminado a constituir un teatro político de originalísimas características. La proclividad a las mutilaciones de autores mayores, como Shakespeare, nos retrotrae al juego cruel y subversivo del niño que fragmenta y destroza sus juguetes. Nuestras semi-paráfrasis emborronadas al vuelo del ojo que sigue previos subrayados del libro corren obedientemente por las mismas aguas que dirigen tanto el fondo como la forma.
Por supuesto, tanta arbitrariedad decadente no es incumbencia real de la obra que estamos glosando. Ella está claramente dividida en seis capítulos con dos apéndices. Deleuze es el maestro de ceremonias, el filósofo mayor y objeto de la minoración, en los capítulos 1 y 2 (junto a Gauttari, Godard y Beckett) y en el capítulo 5. El capítulo 6 es territorio Derrida. Quedan el capítulo 3 para Bacon y el 4 para Borges, Nietzsche, etc.
Tudela hace hablar a Deleuze con labios de Diotima sobre su teoría antiplatónica, antifreudiana, antiidealista, del deseo. Recupera al antaño despreciado “perverso polimorfo” cuando es el hombre menor, de minoridad de edad y razón, que se afana en destrozar sus juguetes, es decir, cuando se eleva a la categoría de máquina de cortar el flujo producido por otro (acaso por los padres) y de producir a su vez un nuevo flujo, como lo han hecho ciertos artistas (Eisenstein, Borroughs).
Si queremos, podemos también trepar a esos árboles que “tienen líneas rizomáticas”. La idea es siempre enfrentar la lectura como un viaje que no consiste en mudar de lugares, sino en mudar de intensidades, un “viajar por intensidad”, un fugar sobre un plano de inmanencia absolutamente desterritorializado, un sucumbir a un trip polícromo vía LSD. Se puede imaginar un melodrama teratológico, ya que a esta altura estamos suficientemente colocados, a la manera de los bestiarios medievales tan bien estudiados por Baltrusaitis: amores de la avispa y la orquídea (tamanakuna, orquídea salvaje en guaraní, de figura pleonásmicamente fálica, como un racimo de bananas), o del gato y el babuino.
Me disculparán los pacientes lectores de reseñas al uso y el señor Tudela las citas de mi vaciado personal y en principio extraño al texto original. Sigamos, sin embargo, un momento más en esta enumeración caótica de la temática del libro. Podemos asistir a la mutilación del Ricardo III, y, en oposición a esto, al desarrollo acromegálico (sin intervención de ningún alimento carrolliano o swiftiano) de un personaje de trasfondo como Mercuzio. Como también está permitido escuchar “ecceidad” donde se dice “haecceidad” (ecce, “he aquí”, en vez de haec, “esta cosa”). Pensamos que, a lo largo de la lectura del libro, todo está permitido, excepto acaso trabajar, como diría el Chaplin prístino de la infancia argelina de Jacques Derrida, que en el cine olvida su trabajo de intelectual sabio y crítico.
Podemos enterarnos de que la escritura en Nietzsche, Proust o Kafka siempre aparece cruzada o socavada por el flujo alimenticio o el amoroso: comer-hablar, escribir-amar. (Para que no digan que me limito a subrayar pulcramente, como un alumno prolijo, con marcador verde o con la tinta china de una pluma Parker, ciertas frases del libro, en este punto puedo derivar, rizando, a la mención de Wanda, road-movie precursora del género allá por los primeros 60, en cuya famosa secuencia final comer, beber y fumar están imbricados de una forma tan “sustancial” que revela la identidad poliédrica y exuberante de la heroína –que lo ha dejado todo, familia y vida disciplinada de burguesa americana– de Barbara Loden). La ambivalencia esencial de las bestias medievales continúa con Bacon, que cuando mira también toca. Se trata de lo háptico, tan en boga últimamente por la proliferación puntual del género cyberpunk. Y no está ausente el sonido: sonorizar fuerzas mudas: la música. Se puede flirtear con la “amiguita corintia”, proscrita por Platón a los atletas atenienses, en un pie de página irreverente. Éste es el punto en el que ya les parecerá que todo mi recorrido no ha sido más que un paseo por los decumani y cardine que he abierto como una cuadrícula romana en el territorio de un texto más bien refractario a tales marcas del orden y la disciplina. Debo reconocer que la reducción del espíritu y de la lengua de los guaraníes fue llevada a cabo precisamente por los “bienintencionados” jesuitas en las misiones del Paraguay de los siglos XVII y XVIII, que elogiaron en el ava ñe’ ë la capacidad demiúrgica de decirlo casi todo; salvo que, por supuesto, el guaraní clásico, jesuita, fue ya un producto “reducido” –como los propios indios en las reducciones–, normalizado, codificado, cortado a partir de un flujo lingüístico mucho más ramificado y heterogéneo en su origen, que las sucesivas gramáticas y tesoros apenas salvaron. Sin embargo, a propósito de esto, los monjes se detuvieron ante la imposibilidad de traducir “espejo” y hubieron de recurrir al inevitable préstamo del término español para su versión en lengua indígena de la Carta a los Corintios, XII,12, traducción traída a colación en una nota a pie de página del subcapítulo que glosa la lectura borgiana de un texto del diario del cabalista francés Léon Bloy. (Recordemos, de paso, el amor flamígero hacia Platón de parte de estos jesuitas; un ejemplo de ello, el recientemente reeditado La república de Platón y los guaraníes, del Padre Peramás, cuya edición original está fechada en 1793.)
El lector, durante su excursus, perdiéndose por los caminos vecinales, puede llegar a tocar la textura del tallith, prenda ritual judía, como hace el viento en las velas, o el pensar que acaricia la idea... O fumar con los “indios chinchas” unamunianos –que, según la visión eurocéntrica del profesor salmantino, carecen de memoria, y a los cuales no hay que señalar nuestros nombres, porque los olvidarán. (No sabemos si don Miguel se refiere a la cultura peruana chincha o a los chibchas, confederación de pueblos de los Andes colombianos). Esto, dentro de una de las estrategias preferidas de Tudela: hacer hablar a los intelectuales contemporáneos de la primera aparición de Nietzsche en Francia o en España, recurso, por lo demás, caricaturesco, pero altamente objetivo. (De todos modos, se echa en falta alguna mención de ciertos curiosos representantes marginales de la generación inmediatamente posterior a la del 98; pienso en gente como Rafael Barrett, a quien Baroja recuerda en algún cuento fantástico, que citaba a Nietzsche en sus articulillos anarquizantes durante su peregrinaje por el actual Mercosur, sin mayores aspavientos defensivos y con la inteligencia que merecía la obra del “polaco”.)
Aún podríamos desplazarnos por la sala de cine, ese “modo del pensamiento distinto de la ciencia o de la filosofía, modo que formaría peculiar parte de la historia del arte”, ya que “los grandes cineastas son pensadores que pensaron no con conceptos sino con imágenes”. Por las uñas de Lumiére, que forman parte de ese sistema que reproduce el movimiento en función de instantes equidistantes escogidos de manera que den la impresión de la continuidad. Por la potencia de lo falso en Godard, acaso. Ilusión fantasmal que hace volver a los seres queridos desde el país de los muertos. Por esa misma mirada ingenua que Derrida busca alimentar en los rectángulos de semioscuridad durante sus viajes a California. A veces, por otra parte, no vemos más que el rodar “vacío” de la cámara tudeliana, a la manera de Huston en su último filme, Los muertos.
Podría, dicho sea de paso, haber “piloteado” –paraguayismo por divagar en un examen– un poco, maliciosamente, en torno a la carabela bicolor que hace las veces de pomposo frontispicio a la –por otra parte, bien cuidada– edición del libro. Pero mis ambiciones de poeta metido a escritor amateur de reseñas se reducen a sugerir el paladeo de este texto sin resolver su enigma, dejando intacto su secreto, manteniendo como intraducible su prosodia, agitando el avispero de sus fantasmas incorregibles. Volviendo al cine, pues, busquen en sus faltriqueras ese nickel que les hará acreedores a unas horas de olvido de todo lo grave y pedante y que les permitirá ectoplasmizar fantasmas hace tiempo dormidos en el cuerpo anestesiado por la terapéutica del control de las ciudades modernas y de las disciplinadas cuadrículas de la razón. Cristino Bogado Poeta y editor paraguayo
Extraído de Daímon. Revista de Filosofía, Número 36 (monográfico dedicado al tema "Variaciones de escepticismo"). Murcia, setiembre-diciembre 2005, pp. 209, 212

4 comentarios:

Boneco non de Lolo dijo...

Suena lindo. No entendí ni jota, pero me gustó. ¿Soy el lector ideal? ¿Merezco saber lo que no sé?

kravitz dijo...

Boneco sos un tonto. Esa "reseña" no dice absolutamente nada. Es un palabrerío al soberano cohete. Es una cantinflada total. Te acordas como hablaba Cantinflas: "Suponiendo un suponer de muy demasiada manera y en modo supuesto de ser y tanto así en apariencia que tomandolo desde un anterior visto que puesto que bla bla bla bla...". Me imagino que la "Tesis doctoral" reseñada debe ser de la misma raza. Pura chapuceria seudo-profunda y seudo-filosófica. Y el Doctor aquel debe ser otro tarambana chapucero como nuestro poeta y editor y reseñador amateur. Dejense de joder!.

lenny dijo...

"He aquí el torbellino molecular de un fragmento, infinitesimal, como su posible núcleo propulsor, centro descentrado y descentrante, línea de fuga captada en su quantum de reposo ilusorio antes de un nuevo salto desterritorializador.." jua jua solo un ser profunda y decididamente imbécil puede escribir un párrafo tan evidentemente sin sentido.
Nuestro psicopompo de las superficies Antoni Tudela debe ser otro gran humorista involuntario como su reseñero.

kravitz dijo...

¡Aguante la revista Daimon de Murcia! Gran estómago deberían tener sus aporreados lectores, si es que los tiene (lectores, digo). Ni "El Popular" es tan boludo para publicar semejantes cretinos y tan-traidos-de-los-pelos párrafos.