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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, junio 03, 2006

Poètica de Frisancho: la poesìa hace que "nada" suceda

Poesía: nada sucede Hay muchas razones para escribir poesía. Hay muchas razones para empezar a hacerlo cuando uno es joven y está lleno de entusiasmos, y hay muchas también para persistir en el asunto, con tenacidad digna de la mejor de las causas, mientras los años avanzan. Hay muchas razones, sí, pero ninguna es válida. Quienes opinan lo contrario tienden a dividirse en dos campos —tienden, como quien dice, a marchar con los ojos fijos en dos horizontes distintos (que bien pensado quizá sean el mismo, visto desde diferentes ángulos) —tienden a integrarse a una de dos tradiciones largas y venerables en la cultura occidental; juntas, estas dos tradiciones forman lo que, a falta de mejor término, quiero llamar aquí el momento romántico de nuestra poesía (hay por cierto muchas variantes y muchas variables, pero permítaseme ser simplista). En primer lugar, están aquellos para quienes la poesía tiene la obligación irrenunciable de expresar y defender las aspiraciones más justas de la sociedad. En esta línea, la poesía es una actividad esencialmente cívica, ciudadana, y su deber-ser es en lo fundamental un deber-ser político. Pienso, por ejemplo, en los románticos rusos y su miríada de descendientes, desde los tiempos de Belinsky, Pushkin y los poetas revolucionarios del decembrismo (muchos de ellos muertos en las cárceles del zar), a los tiempos de Mandelstam, Pasternak, Akhmatova, Maiakovski, Esenin y todos los demás (muchos de ellos muertos en las cárceles de Stalin, o empujados al suicido por el régimen, o perseguidos y silenciados por la policía política y los comisarios culturales del estalinismo). La poesía es vista aquí, fundamentalmente, en términos de sus engarces con las dinámicas mayores de la vida social, y el poeta se convierte, al menos en su propio imaginario, en una figura pública de importancia singular. Esta tradición —y los rusos que he nombrado son un buen ejemplo, pero en modo alguno el único— corteja asiduamente la tragedia, coquetea con el desastre, y encuentra sus mejores justificaciones en el contexto más opresivo, por ejemplo bajo la férrea férula del totalitarismo. Quizá podemos decir, incluso, que necesita esa férula, que se alimenta de ella, y que sólo en ese contexto llega a florecer de verdad. En segundo lugar, están aquellos para quienes la poesía es, sobre todo, expresión de una individualidad irreducible, voz de la persona, manifestación de un ego que por lo general existe contrapuesto a las demandas y las disciplinas de la sociedad. En esta línea, la poesía es una actividad esencialmente vital; de hecho, las manifestaciones más radicales de este modo de pensar promueven el colapso de las fronteras entre “poesía” y “vida”, declarando ambos territorios uno, un espacio continuo en el que las distinciones son siempre artificiales y están siempre sujetas a subversión. Pienso, por ejemplo, en Antonin Artaud, en su existencia “violenta y ejemplarmente desordenada” (la frase es de Ashbery), en su renuncia a reconocer los límites de la experiencia estética y, por eso mismo, a construir con palabras —con sus hermosas, resplandecientes, feroces palabras— una obra distinta de su biografía. Artaud, por supuesto, estaba loco, pero su locura puede ser interpretada como un caso monstruoso de coherencia —una demostración, desde el punto de vista de la poesía, de que los locos somos los demás. Aquí la poesía es vista, fundamentalmente, en términos de su conexión con la interioridad absorbente y absoluta de quien la produce, y el poeta se convierte en un visionario de su propia experiencia, epítome y suma de la experiencia colectiva. Esta tradición también tienta permanentemente la tragedia, y busca, para legitimarse, el desastre de la más pura y tenaz marginalidad. Sus justificaciones se encuentran en el contexto de un generalizado y prosaico instrumentalismo cultural; florece ahí donde la sociedad desconoce activamente la validez del acto poético y el acto poético se ejerce en contra de la sociedad. En Lima a principios de los años 80, cuando uno empezaba a escribir poesía con cierta seriedad (por decirlo de algún modo), estos dos horizontes parecían estar al alcance de la mano. De una forma u otra, estas tradiciones eran las nuestras (o quizá sólo queríamos, pero muy intensamente, que lo fueran). El vitalismo, heredado de los románticos a través de la vanguardia y a través también, más provincianamente, de los muchos grupos locales que adoptaron como suyas las maneras y las estrategias de la vanguardia internacional, le daba forma a nuestro entendimiento de la poesía. Al mismo tiempo, escribir poemas era conectarse de manera inmediata y casi automática con los mejores impulsos de la sociedad. Era en esencia un acto de contestación. Que su eficacia en tanto tal fuera severamente cuestionable importaba poco. Lo que realmente contaba era la espectacularidad del gesto, el profundo poder simbólico que la opción por la poesía acarreaba consigo. Todo lo demás podía esperar. No sé si las cosas hayan seguido siendo como las describo. No lo sé, pero no lo dudo. Me parece perfectamente factible —y, me digo aguijoneado por una cierta nostalgia, entrañable— que ambas maneras de concebir el trabajo poético continúen ejerciendo influencia sobre quienes quieren entregarse a él. Me parece perfectamente factible también que continúen ejerciendo una cierta presión sobre los tipos de texto que se escribe y los tipos de poeta que ocupan el escenario. Creo, sin embargo, que tal continuidad es hoy tan sólo una apariencia. Creo que ese momento ha pasado. Creo que a aquellas ideas (si lo son) ya no les queda ni siquiera el rezago de sentido que pudieron poseer veinte o veinticinco años atrás, ni mucho menos el sentido incomparablemente más pleno, más denso, que fue suyo en épocas aún anteriores. Y no creo estas cosas porque haya cambiado mi manera de ver el mundo o mi manera de verme a mí mismo, ni porque unos cuantos años hayan derrotado mi espíritu antiguamente combativo, ni porque haya vuelto a algún hipotético redil (quienes me conozcan sabrán que, en realidad, nunca me alejé demasiado). Las creo porque las circunstancias son ya otras; las creo porque la cultura que generó aquel momento romántico y lo sostuvo, mal que bien, por un buen par de siglos de (decreciente) esplendor, ha dejado de existir. Déjenme repetirlo: aunque no lo parezca, aunque sobrevivan muchas de sus superficies y sus manerismos, aunque todavía no nos sea posible verlo con completa claridad, la cultura que generó aquel momento romántico ha dejado de existir. La tradición cívica que quise describir líneas arriba sólo es comprensible dentro de un marco ideológico mayor. Para tener alguna coherencia lógica, requiere que postulemos un espacio ontológicamente estable desde el cual emanen sus significados y sus valores. Requiere responder a un lugar esencial; requiere, para usar el vocablo que usé previamente, engarzarse con un lugar que se imagina fundamentalmente verdadero. Ese lugar ya no existe. Aún hablamos su idioma, es cierto, pero ya no lo vemos delante nuestro como lo veíamos antes, y ya no es allí que ocurren nuestras experiencias. De manera similar, la tradición vitalista demanda su contrario: sólo es inteligible en oposición a un centro cerrado (tienta usar aquí la palabra “burgués”) de la vida social, y necesita postular la existencia de territorios marginales, desconectados de los mecanismos generales de control pero aún integrados a la totalidad, desde los cuales esa oposición pueda ponerse en funcionamiento. Hoy, cuando el museo y el underground son una sola y la misma cosa, cuando toda rebelión estética viene con opciones de compra, cuando los valores artísticos se juegan en la bolsa, esa topografía es falsa. Aunque en el fondo se pensaron siempre a sí mismas como formas atemporales y permanentes, casi ideales, tanto la tradición cívica como la tradición vitalista fueron fenómenos históricos, y sus fundamentos han sido disueltos por el curso de la historia. Como ideologías del arte y la literatura, pertenecen a un estadio concreto en la evolución de las sociedades industriales. Pertenecen a una época en la cual, en efecto, el mercado no acababa de convertirse en el espacio básico para la producción, distribución y consumo de objetos simbólicos. Hoy ese proceso se ha cerrado, y ya no hay márgenes, ya no hay “afueras”, ya no hay terrenos de descontrol e indisciplina que le sean asequibles a la poesía. Los hay, quizá, para otras prácticas, pero no para la poesía. O tal vez sí los hay, pero conforman un horizonte distinto. Tal vez conforman un horizonte interior no ya al individuo y su psicología, no ya al centro o corazón de la vida social, sino a sí mismo. Tal vez, quiero decir, el lugar de la poesía es hoy la poesía misma, su pura materia verbal, el lenguaje propiamente dicho. Que es, a fin de cuentas, el terreno y el instrumento de la cultura. Me viene a la memoria una frase de Auden: Poetry makes nothing happen. La poesía no hace que suceda nada, pero también: la poesía hace que nada suceda, obliga a esa “nada”, a ese excedente de significado, a ese excedente de experiencia que no encuentra lugar en nuestro orden simbólico, a ocurrir. Esta no es, sin duda, una razón para escribir. Pero quién las necesita. Es una estrategia para hacerlo, y eso basta. Texto de Jorge Frisancho, poeta peruano

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