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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, junio 23, 2006

Parlamento del rockero melancólico

PARLAMENTO DEL ROCKERO MELANCÓLICO «Los muchachos y yo tenemos una banda, “Billiboy y sus drugos”, ya sabes, por la peli, y nos gusta tocar muy fuerte y muy alto, y a mí, que hasta el momento soy el vocalista, pronunciar muy violenta pero muy claramente cada letra y sílaba y palabra de nuestras canciones, casi como si estuviéramos diciendo algo muy urgente e importante y cuya comprensión fuera un asunto de vida o muerte, aunque supongo que esto es absurdo porque no creo que en realidad podamos decir nada demasiado digno de atención, ya que no somos escritores ni filósofos y a veces ni siquiera estoy seguro de que seamos muy inteligentes. Y al bajista y al guitarrista, por su parte, les gusta entrar en trance, como yo suelo decir porque una vez en el cole un profe contó que eso hacen los chamanes o los brujos en ciertas ceremonias primitivas, y en Oriente los derviches, que profesan una extraña y antigua religión, y por eso el guitarrista y el bajista a veces saltan una, dos, tres y luego infinidad de veces, o giran sin cesar sobre sí mismos, e incluso en ocasiones pierden la cabeza y lanzan unos aullidos interminables y horribles que pueden resultar oportunos o no, según la suerte y el momento, pero que, cuando entran bien y pegan dentro del tema (o así nos parece a nosotros mientras estamos arriba, en el escenario), por desgracia no se pueden repetir ni programar. El baterista es un hombre muy fuerte, más que la mayor parte de los hombres fuertes, y, de hecho, diría yo que el hombre físicamente más fuerte que he visto en mi vida. Golpear los platos le permite descargar su energía de mamut sin matar a nadir ni terminar preso y, sobre todo, darle una especie de “forma”, por decirlo de algún modo. Yo no diría exactamente un “orden”, pero quizá algo así como un “sentido”. Creo que es bueno que pueda usar sus manazas de gorila en algo distinto de romperlo todo o asesinar a cualquier atorrante, porque si no tendría problemas con la justicia y habría que ir a visitarlo a Tacumbú y pasarle un cinco mil para su caña. Juro que no exagero. No querrás creer esto, pero cuando Lalo y Juanjo, bajo y guitarra de “Billiboy”, quedan inconscientes de puro borrachos, Alfonso se echa a cada uno en un hombro y los deposita en algún rincón más o menos resguardado para que duerman la mona con cierta privacidad. Creo que esto muestra una rara delicadeza de sentimientos. Y fuerza, claro. Es verdad que son flacos como lagartijas, pero al fin y al cabo se trata de dos hombres adultos de estatura algo más que mediana. Yo no lo podría hacer, y a mí tampoco se me puede llamar precisamente alfeñique, además de que estoy hecho a trabajos muy pesados y fácilmente podría dar una buena paliza a quien dijera que todo lo que estoy contando es bola. Pero Alfonso es otra cosa. Sus anécdotas parecen películas yanquis acerca de desastres naturales. Es mejor tenerlo como amigo. Y te diré otra cosa sobre mi amigo Alfonso: aunque parezca mentira, no es, tal como yo veo las cosas, lo que se puede llamar un hombre malvado. Es más, yo estoy seguro de que en realidad es un buen hombre. Sólo que es difícil entender cómo alguien puede ser tan bueno siendo a la vez tan peligroso. Alfonso y yo somos los veteranos de la banda, los “momios” del grupo. No somos viejos, claro; los viejos no tienen cabida en nuestro mundo. Pero, como dos ñatos en medio de sus treinta, disfrutamos de cierta autoridad frente a Juanjo y a Lalo, que no llegan a los veinte. Esto marca diferencias. Por ejemplo, Juanjo y Lalo creen ilusamente creen que quizá lleguemos a tener éxito algún día e incluso ser rockstars con un harén de groupies por cabeza y el mundo a nuestros pies y todas esas cosas, pero sería estúpido desengañarlos, porque a su edad es necesario creer en cosas como esas, ya que el espíritu todavía no está lo bastante templado como para aceptar ciertas fatalidades. Como para aceptar, digamos, que todo eso con lo que Lalo y Juanjo sueñan no está hecho para tipos como ellos, como Alfonso ni, de más está decirlo, como yo. O como para aceptar que el mundo es para otros y que esto no podemos arreglarlo con música por mucho que ensayemos y ensayemos, ni tampoco podemos arreglarlo a trompadas, porque esos “otros” no nos enfrentarían a trompadas, como hombres de verdad, sino que se esconderían detrás de sus guardias de seguridad, sus leyes, sus policías, sus cartas magnas, etcétera, ya que ellos no son exactamente lo que entendemos entre nosotros como “hombres de verdad”. Bueno, como para aceptar finalmente que hacemos todo esto sin alimentar ninguna expectativa, ni aun la más pequeña e irrisoria, sólo porque sí, por hacerlo, por la misma razón por la que los perros a veces persiguen frenéticamente su propia cola, poniendo en ello un gran interés, pese a saber de sobra que no la alcanzarán (porque no son tan estúpidos como se cree), o justamente porque saben que nunca la alcanzarán, o, para poner un ejemplo más “poético”, si así puede decirse, por la misma razón por la que los pájaros de las más diversas especies cantan con tanto entusiasmo y mucho mejor que todos nosotros ante perfectos desconocidos que nunca los aplaudirán ni les prestarán la menor atención, lo que, por otra parte, a los pájaros no les interesa en lo más mínimo, es decir, por alguna razón que no es exactamente una “razón”, sino todo lo contrario. O quizá lo hagamos porque no podríamos ya dejar de hacerlo, ya que si no lo hiciéramos el mundo sería probablemente aun peor y más feo de lo que ya lo es, lo cual sin embargo tampoco significa que lo hagamos con la menor esperanza de conseguir absolutamente nada con ello, ni para nosotros ni, en general, para nadie. Es decir, ya que estamos en esto, como para aceptar que ensayamos y ensayamos y ensayamos “robando” horas al descanso y al trabajo e “hipotecando así nuestro futuro” porque en realidad sabemos que si no lo hiciéramos no por ello tendríamos ningún futuro digno de tal nombre. Alfonso y yo sabemos esto y sabemos que lo sabemos, mientras que Lalo y Juanjo lo saben también, pero todavía no están listos para saber que lo saben. Porque Alfonso y yo tenemos ya más calle y menos ilusiones; eso es. Quisiera explicar ahora cómo es posible que mi amigo Alfonso sea un hombre bueno siendo a la vez un hombre peligroso. A veces, cuando estamos los cuatro allí arriba, sobre el escenario, y mientras Lalo y Juanjo entran en su trance chamánico con bastante salvajismo como para que, sin que ellos se den cuenta, se haga palpable el hecho de que en algunos años serán como nosotros, en una pausa de mi canto, o, si se quiere, de mi vocalización, o aun, si se prefiere, de mi salmodia, observo a nuestro baterista y se me hace evidente lo peligroso que es, porque sus ojos parecen ciegos, como si no pudieran ver nada más que cosas como sangre y huesos rotos. Y cuando veo esos ojos fijos y turbios me parece que yo también voy a perder el control, como ya lo han hecho a estas alturas los otros, y siento un dolor tan furioso que temo que mi voz se quiebre, pero me sobrepongo y me adueño de esta fuerza que en realidad es odio, un odio que me tienta con el deseo de quebrantar los huesos del lenguaje y romper y matar las palabras con las que me enseñaron a hablar y me hicieron pensar y reducir las ficciones de la mente y la cultura al grito inarticulado que está en su núcleo y que es más verdadero porque es absurdo e idiota como el mundo y como él no tiene objeto y no tiene sentido. Pero me sobrepongo, porque todavía soy capaz de hacerlo, y con voz alta y firme, congelando mi furia hasta hacerla glacial, pronuncio claramente cada sílaba y con gran precisión deletreo cada palabra de mis canciones de tonto aprendiz de poeta y digo “ustedes” y “perro” y “ciudad” y “pan” y “muerte” y todo lo que tengo que decir porque en ese momento, cuando estamos sobre el escenario, llego a creer que es algo importante y que significa algo y que alguien tiene que decirlo aunque ni siquiera yo mismo lo entienda, digamos, a la perfección, ni me conste fehacientemente que haya algo allí que se pueda entender. Pero era de Alfonso de quien quería hablar, y en particular porque, viéndolo ahora, enteramente barbarizado, por decirlo de algún modo, nadie lo creería, ya que parece haber crecido en un yuyal, y sin embargo no fue en un yuyal sino en un jardín donde creció, en un pulcro y limpio jardín, o, más exactamente, en una bonita casa con el jardín de rigor. Claro, él no suele hablar acerca de sí mismo, ni, a decir verdad, acerca de nada en absoluto, pero yo he deducido esto basándome en ciertos datos incompletos y desgajados de su historia que corren por ahí y, en particular, en un recuerdo que un día me contó. En la casa de Alfonso trabajaba como empleada doméstica una chica que un día se marchó sin que nadie la viera llevándose de paso uno de los dos televisores que allí había, el más nuevo, comprado por los padres de nuestro baterista con el objeto algo muelle de ver la tele cómodamente despatarrados en la gran cama de su dormitorio; al parecer, los blandos sofás de la sala eran aún austeros para sus deseos de molicie. Por alguna razón, Alfonso estaba al tanto de que en su casa, por su parte, aquella chica no tenía ninguno, y también de algún modo sabía tácitamente, aunque nunca había pensado demasiado en el tema, que seguramente no lo tendría en mucho tiempo ni sin contraer algunas deudas, a menos que apelara al recurso al que, en efecto, apeló. Ella no volvió, obviamente, y Alfonso juzgó que en eso hizo bien, ya que de volver habría tenido que entregar su botín o pagarlo trabajando gratis por un lapso de tiempo insostenible, pues, ya que ninguna ley no interfiere con esto, su jornada superaba ampliamente las famosas ocho horas por las que esos tipos murieron en Chicago, si no recuerdo mal, a principios del siglo pasado, y no ganaba precisamente el sueldo mínimo, sino una suma aún más irrisoria. Pero además, como aparentemente los padres de Alfonso eran algo así como intelectuales de izquierda y tenían que justificar ante sí mismos todas las barbaridades sobre las que descansaba su bienestar, la mina se vería inevitablemente aplastada por los más elevados argumentos morales hasta que en su cerebro no quedara ni un centímetro cúbico limpio de asco hacia sí misma y libre de la convicción de que no valía más que una cucaracha. Por otra parte, ella no podría replicar, ni en alta voz ni tampoco interiormente, porque, a diferencia de los eruditos cónyuges, no había leído ni un libro en su vida, y posiblemente ni siquiera sabía leer, así que estaba inerme ante el matrimonio justiciero, que no se privaría de abusar de esta culta y admirable ventaja. Como suele ocurrir en estos casos, en su ausencia fue denostada con todo el rigor conceptual que el ensañamiento de la pareja permitía, que era mucho, y, cosa que desconcertó un tanto al adolescente algo despistado que era Alfonso, fue acusada en especial de “ingratitud”, por lo cual, para su fastidio, empezó a olfatear que algo fallaba en las premisas que conducían con lógica irreprochable a la silogística conclusión “Somos las víctimas de esta perra del Infierno”. Más cohesionada que nunca por la solidaridad de los justos frente a la traición de los malvados, la familia se le apareció de pronto como algo torcido y sospechoso, y sin poder evitarlo se sintió un extraño en esa casa, alguien que estaba por error en un lugar que no le correspondía, pues en cierto modo le era incomprensible, aunque los demás no se dieran cuenta de que entre ellos se había deslizado subrepticiamente un forastero. Su situación se le hizo de pronto incómoda, como si fuera un impostor a pesar suyo, y buscando aclarar las cosas una mañana, en el desayuno, carraspeó, tragó saliva y consultó a su padre, a quien respetaba y con quien en general hasta ese entonces solía coincidir: “Papá”, le dijo, “si lo piensas en frío, ¿no es justo a su manera, es decir, en cierta forma? En nuestra casa habían dos televisores y en la suya ninguno. ¿No sería, por decirlo así, más razonable que hubiera un televisor en cada casa?” Su padre dijo con firmeza: “En ningún caso se justifica el robo”. Pero a Alfonso algún obstáculo interior le impidió asentir con sinceridad a este precepto. Claro, me dirás que es tonto pensar que este incidente hizo de Alfonso el baterista de “Billiboy y sus drugos”. Pero quizá las cosas decisivas son tonterías como ésta, a las que uno mismo no da la menor importancia y de las que incluso casi nunca se acuerda. En fin, lo que quería decir a fin de cuentas es simplemente que los muchachos y yo tenemos una banda que mete mucho ruido en los conciertos y que nos gusta tocar verdaderamente fuerte, y que Juanjo y Lalo, como no son aún bastante fuertes ni están bastante hechos como para aceptar que nunca será así, suelen soñar despiertos, fumando algún jointcito, en el harén de groupies que tendrá cada uno de nosotros y en los contratos jugosos que firmaremos y en cómo vamos a farrear a lo grande. Pero hasta ellos están creciendo ya y empiezan a darse cuenta de que no creen del todo en lo que dicen, y su entusiasmo empieza a moderarse e incluso a sonar falso, como una forma de guardar las apariencias o una decorosa transición antes de aceptar, como Alfonso y como yo, eso que no decimos pero flota en el aire: que no estamos hechos para el triunfo. Lo cual, para cortar de una buena vez el rollo, en el fondo —y saber esto es tener ya por fin las cosas claras—, tampoco es realmente algo que se deba lamentar. El triunfo miente siempre, y lo hace parecer todo más dichoso y más bonito de lo que es en verdad, como una máscara social que te hace decorativo y de juguete y que disfraza todo lo que en ti es molesto y perturbador, todo lo que en ti puede resultar inquietante y desagradable, y en realidad esto es muy ofensivo, porque eso tan desagradable es lo que más genuinamente eres tú. Bueno, cuando pierdes la partida, al menos sabes que apareces sin rastros de maquillaje: incluso esa derrota te hace más real, más sólido, más denso, desnuda la plenitud de tu cruda contextura, profundiza la sombra nuclear en que te arraigas, te despoja de cualquier ornamento adulterado, te vuelve definitivo, cierto y hondo como una pesada lápida, como la elocuente nada en la que todas las farsas se resuelven, y te da tu sola dignidad posible, porque, para decirlo ya sin pelos en la lengua ni forro ni vaselina, tal como están las cosas en el mundo, druguitos, lo único respetable es el fracaso.»

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