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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, junio 04, 2006

Interviu con Róyer Santiváñez

En estos días, Perú está de moda por las elecciones presidenciales. Pero los políticos no son representantes demasiado favorecedores, por lo general, de país alguno. Quizá sea mejor conocer cada sociedad por sus poetas. En especial cuando éstos, como sucedió en el caso del Movimiento Kloaka, se proponen explícitamente hablar con el lenguaje de su gente y de sus calles, con ese sordo rumor plural de las esquinas de los barrios y de los bares de putas donde nadie tiene un micrófono dispuesto a llevar lo que pueda decir a los oídos de nadie y tampoco lo recoge libro, diario ni revista alguna. Hubo una década, la de los 80, en la que todavía podía escandalizar a alguien la contaminación del espacio poético con la vulgaridad del argot populachero y la barbarie de los grafemas quechuas. El escándalo, parafraseando a Breton, aún no había muerto por completo. Noches de mal aguardiente, de violencia y apagones, en las que la poesía no era todavía un lujo, sino una necesidad. Róyer Santiváñez caminaba entonces por las calles del rioba, y participaba del proyecto de no hablar solamente en nombre propio, sino en nombre de muchos. De llevar a la poesía la voz sucia de los que no la leerán jamás. Kloaka fue eso en gran parte, y la poesía de Róyer también. Si se logró ese objetivo, la historia lo dirá seguramente, pero también podrán hacerse alguna idea los lectores que siguen la movida de Jakembó Editores, que prepara actualmente, para una fecha que se precisará muy pronto, el lanzamiento de Amastris, poemario inédito que el amigo Róyer ha puesto en nuestras manos. Este testimonio del poeta Santiváñez es un pequeño aperitivo para esa celebración en la que esperamos reunirnos con ustedes en torno a este nuevo libro. Kurupí: Según leemos en algunas notas bio-bibliográficas, sos de Piura, la ciudad donde llueve arena. ¿Cómo es ella en tu memoria? ¿Recuerdas alguna experiencia desencadenante de lo que más tarde harías? Me soplan que estuviste en la Facu de la gente del Opus. Róyer: Claro, yo nací en Piura, exactamente en la Maternidad del Hospital de Belén (que ya no existe), y crecí hasta los ocho años en la tercera cuadra de la calle Junín, en el centro de la ciudad. En aquel tiempo, a principios de los 60, Piura era una pequeña población manejada por los llamados barones del algodón (antes de la Reforma Agraria de Velasco), y yo pertenecía a una clase media –mi padre era abogado, y mi madre, maestra- atrapada entre la pituquería de arriba y la enorme masa popular india o chola de procedencia campesina. A los nueve años me mudé a una nueva urbanización al norte de la ciudad, Santa Isabel, crecida al compás de la ola modernizadora de los 60 y bajo el furor del American way of life, y simultáneamente fui trasladado al recién fundado colegio San Ignacio de Loyola de la Compañía de Jesús, en cuyo liberal ambiente empezaron –o, mejor dicho, continuaron- mis primeras lecturas (iniciadas en la bien surtida biblioteca de mi padre) de Mark Twain, Julio Verne, Edmundo D’Amicis. Pero en realidad lo que a mí me interesaba era el fútbol. En Santa Isabel teníamos un equipo al que la gente llamaba “Los Locos del Fútbol” y que, en abreviada y –claro- anglófona forma, terminó llamándose “Loco-Ball”. Por fin llegó la adolescencia, y con ella el acné y las chicas lindas del barrio, conquistadas por esa canción que uno aprendía a tocar con la guitarra de los patas en la esquina los viernes por la noche. Ésa fue la época más hermosa. La del rock and roll, que nos llegaba a través del cine (Woodstock, Easy Rider) y de los discos y revistas (la argentina Pelo, fundamental), la de los grupos que formábamos bajo las lluvias tropicales y los timbres electrizados de las puertas para tocar a Santana, Jimy Hendrix, CC Revival, The Who, Grand Funk, y, por supuesto, a los Beatles y los Rolling, cuando no a los limeños Traffic Sound, Telegraph, We All together, El Álamo. Nunca llegamos a debutar, pero los nombres de nuestras bandas –los Cream Crackers, Industria Peruana- quedaron para siempre en la memoria de los remordimientos. Una vez –y eso fue lo máximo- canté una canción con Aroma –conjunto de Piura- cierta noche apoteósica en un bar denominado Fresco Mar, perfomance por la que obtuve la promesa de un beso de la chica a la que amaba desesperadamente, promesa que, por supuesto, ella olvidó al día siguiente. Entonces empecé a escribir poesía. Súbitamente, una mañana de junio, y sin que mediara lectura poética alguna, me vi componiendo unos versos que –con cierta inexplicable fuerza- me salían desde lo más profundo del ser. Recuerdo una sensación muy grande de insatisfacción y desasosiego, a causa de la cual brotaban esas líneas disparadas que intentaban –supongo- formar una expresión. Lo concreto es que, a partir de ese momento, ya no me interesó nada excepto escribir poemas, así como leer cuanta poesía estuviera al alcance de mis manos. A la vera de mi casa en Santa Isabel, en una de aquellas alucinantes tardes del 71 o del 72, sentado sobre el capó del carro de mi viejo en el crepúsculo, arrobado en la contemplación solitaria del cielo de Piura, con sus rojísimos encendidos y sus azules celestes plateados diseminándose en la impalpable bóveda, tuve la insoslayable certeza de que sólo sería un poeta. En el transcurso de aquel atardecer lo supe con toda claridad. Y todavía tiemblo al recordarlo. En 1973 ingresé a la Universidad de Piura, donde mi vocación se consolidó más. Claro que decidirme por la poesía me llevó a espantosos abismos de soledad, pero en la Privada (como se llama a la universidad en Piura) conocí a un par de jóvenes –Ani Du Bois y Federico Chalupa-, y los tres armamos una especie de círculo para lanzar una revista a mimeógrafo, Katarsis. La terrible inercia piurana, sin embargo, seguramente producto del apabullante, ígneo y cotidiano sol, nos consumió antes de llegar a ningún puerto. Me dediqué entonces a componer mi primer libro de poemas, al que llamé Entre el Paraíso y el Infierno y con el que obtuve el primer premio en los Juegos Florales de 1973 en la Universidad. Entonces decidí viajar a Lima para seguir estudios de Literatura en San Marcos. Kurupí: Lima. ¿Cómo era cuando llegaste allí, a mediados de los 70? Róyer: En el verano del 74 fui a Lima para matricularme en San Marcos. Tenía que dar un examen de traslado, cosa que nunca hice porque –como decimos coloquialmente- se me pasó la fecha por distracción poética. Y es que, por pura casualidad, yo había conocido a un poeta joven en la Colmena –centro del centro de Lima- llamado Armando Arteaga, quien no sólo me llevó al Palermo –bar en el que se daba cita nocturna toda la literatura peruana de entonces-, sino que me integró al grupo que él conformaba y que Luis La Hoz –digamos, el líder- denominaba El Oro de Acapulco en homenaje a un verso de Rodolfo Hisnostroza. Aquella mancha inolvidable se completaba con Oscar Aragón y las musas Amparo Cuadros, Elsa Sánchez León y Marilyn Palacio. Con este grupo hicimos la plaquette La Peca de la Jirafa, y, ya en 1975, la revista Auki. Mi padre, naturalmente, casi me mató al saber que, por andar en extravagancias poéticas, había olvidado la fecha del examen. Y hube de volver a mi natal Piura para regocijarme en el hastío, la soledad y la nada. Sin embargo conocí a Sigfredo Burneo, joven poeta piurano, con quien hicimos un par de plaquettes, Sueños de Ecce Homo y Niebla Púrpura, desafiando al feroz sol de Piura que pugnaba por anularnos derritiendo nuestros cerebros –cual relojes dalinianos- y regar con ellos las veredas de la ciudad. En 1975 volví a Lima, y esta vez me preocupé por dar mi examen de traslado, que me permitió ingresar a San Marcos para estudiar Literatura con los poetas y profesores Marco Martos, Antonio Cisneros, Washington Delgado, Francisco Bendezú, Hildebrando Pérez. Eso fue bacán. Especialmente porque con Marco e Hildebrando formamos una especie de grupo junto a Coral Pei, Marisol Bello, Roxana Carrillo, Mito Tumi y Luis Alberto Castillo, que era el poeta joven del momento. En aquellos días, con Tumi y Castillo sacábamos Escritura, para defender y difundir la poesía en el ambiente saturado de maoísmo radical que era San Marcos por entonces. Pero en 1977 la crisis general que se produjo con la dictadura militar de Morales Bermúdez, tras la caída del régimen reformista-populista de Velasco, nos condujo a algunos a pensar en la necesidad de un cambio revolucionario total –que debía de incluir la poesía-, y así fue como se fundó el grupo La Sagrada Familia (Luis Alberto Castillo, Guillermo Niño de Guzmán, Edgar O’Hara, Enrique Sánchez Hernani y quien redacta este testimonio). Quisimos politizar la poesía. A la distancia pienso que, de todo este maremágnum, lo único que ha quedado para la historia de la poesía son las Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga) de Cesáreo Martínez. Ése era el ambiente de la Lima poética de fines de los 70. El Movimiento Hora Zero –surgido y disuelto a principios de la década- se había vuelto a reagrupar. El Frente de Trabajadores de la Literatura, liderado por Gregorio Martínez e Hildebrando Pérez, realizó una exitosa huelga de hambre en apoyo a la huelga general del SUTEP, poderoso gremio de los maestros del Perú. La Sagrada Familia se disolvió por diferencias políticas irreconciliables (todas dentro de la izquierda), pero aquí quisiera mencionar a Carlos López Degregori, que fue miembro del grupo, y a Mario Montalbetti y José Morales Saravia, que no lo fueron, pero que sí son compañeros generacionales, como los poetas más interesantes de dicha hornada. Y hasta hoy. En el verano de 1981, mi compañera de entonces, la poeta Dalmacia Ruiz Rosas, y yo decidimos aceptar una invitación de Jorge Pimentel para integrarnos a Hora Zero. Fue una gran experiencia para mí. Con Enrique Verástegui, Tulio Mora, Carmen Ollé, Eloy Jáuregui, Ricardo Paredes, César Gamarra, Miguel Burga y el finado Mario Luna, aprendí la verdadera vida de la calle en Lima, lo cual enriqueció enormemente mi poesía. Tras un año de vida horazeriana comencé a carburar que algo nuevo se estaba cocinando en la sensibilidad poética de la década del 80, que recién se iniciaba, y eso dio lugar al estado de revuelta total que denominamos Movimiento Kloaka. Kurupí: Un capítulo aparte en tu trayectoria es Kloaka. ¿Querrías extenderte sobre el particular? ¿Sobre su onda, su ideología, su tendencia, sus acciones, sus anécdotas y, en resumidas cuentas, su política y su poética? ¿Y qué hay de gente como Domingo de Ramos? ¿Cómo llegó al grupo? Róyer: En 1978 yo había contactado en San Marcos con el poeta José Antonio Mazzotti, por el cual conocí la poesía de Eduardo Chirinos y Raúl Mendizábal, que eran de la Universidad Católica (Mazzotti estaba en ambas) y con quienes sacaba Trompa de Eustaquio, y por entonces se empezó a hablar de la novísima generación del 80. En el verano del 82 –en los frescos jardines de la memorable casa de Mazzotti en Trinidad Morán 740, frontera entre Lince y San Isidro- empezamos a reunirnos con Dalmacia Ruiz Rosas, Rafael Dávila-Franco y Mariela Dreyfus, con miras a organizar un nuevo movimiento poético. Pasaron los meses y este proyecto no funcionó. Pero una tarde de setiembre, poco después de la celebración de Santa Rosa de Lima, el azar me encontró sentado en una mesa del restorán Wony –calle Belén, en el Cercado- con Mariela Dreyfus, quien parecía dispuesta a destruir el mundo: Hay que romper con todo fue la consigna que apasionadamente formuló, y coincidió conmigo en la necesidad del Movimiento Kloaka, versión peruana del underground que conocíamos por libros, revistas y películas. En cierto sentido éramos andes-ground, ya que la letra K del nombre quería reivindicar ese fuerte fonema kechua. Y con la palabra electa queríamos decir que la sociedad peruana era una cloaca de abisal podredumbre. La democracia formal de Belaúnde Terry, desde 1980 había aumentado la miseria de las masas populares, llevándolas a infrahumanas condiciones de existencia. El narcotráfico y la corrupción generalizada se habían aposentado en las esferas del poder e inficionado toda la estructura social. La izquierda electoral se había cretinizado en el establo parlamentario y las primeras acciones armadas del Partido Comunista del Perú, popularmente conocido como Sendero Luminoso, conmovían los Andes y dejaban casi cotidianamente a Lima en la oscuridad absoluta, mientras decenas de locos calatos deambulaban inopinadamente por las principales arterias de la ciudad. Kloaka quería ser la respuesta poética a todo esto. Nos sentíamos herederos de las vanguardias históricas, sintetizadas en el surrealismo, admirábamos a los beatniks, recitábamos el Aullido de Ginsberg y leíamos la Obra Negra de Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo colombiano. Éstas eran, diría, nuestras fuentes literarias inmediatas, pero lo principal en nosotros era un anarquismo de pura cepa, la rebeldía callejera, chichera y rockanrolera, y un deseo utópico de amar intensamente la vida e ir más allá de lo determinado por nuestra contingencia y circunstancia. Optamos por una especie de mística transparencia, de inocencia pura deslumbrando nuestros ojos, y por una solidaridad activa con todo aquel que sufriera marginación, discriminación o explotación en una sociedad que considerábamos infernal, injusta, salvaje, antihumana y atroz. En lo estrictamente poético-textual, planteábamos la liberación del verso, tratando de que cada quien encontrase su lenguaje en el fondo de sí mismo, y nos fascinaba la oralidad de las esquinas de la gran Lima, de la vida sencilla y cotidiana de las gentes del barrio, la magia verbal del habla peruana. Pero no queríamos quedarnos en una transcripción naturalista del sonido, sino provocar y provocarnos una insospechada iluminación a través del lenguaje. Kloaka empezó sus reuniones en mi cuarto del Rímac –comiendo todos de un mismo plato-. Se extendían desde las 10 a.m. hasta pasada la medianoche, en una suerte de psicoanálisis colectivo y a viva voz en el que interactuábamos con Mariela Dreyfus y los dos muchachos a quienes invitamos, el poeta Guillermo Gutiérrez Lyma y el narrador Edián Novoa, ambos estudiantes de literatura de San Marcos. Ésta fue la primera y quizá la más dulce etapa del movimiento: éramos sólo cuatro íntimos amigos –una terrible hermandad- metiéndonos en los peores bares del centro, repletos de lúmpenes y prostitutas, tipo La Llegada o La Catedral (el mismo de la famosa novela de Vargas Llosa), fugándonos sin pagar la cuenta (como acto de provocación y sabotaje) y postulando un riesgo vital que no escatimó energías para expandir nuestra locura por vivir y celebrar la poesía aún en los ambientes más sórdidos y desgarrados. Inmediatamente después se sumó Rómulo Domingo Ramos Ramos, a quien yo conocía de vista por las manifestaciones universitarias a favor de las huelgas del SUTEP de 1978-79. En ese tiempo Domingo era un dedicado activista del Comité de Estudiantes Secundarios, y había llamado mi atención su brazalete rojo en las asambleas. Lo volví a ver cuando Mariela Dreyfus lo llevó a una reunión en mi cuarto, donde Mingo nos leyó sus poemas, que hablaban con esa nueva voz que andábamos buscando: la del cordón de miseria que rodea Lima por los conos, eufemísticamente llamados “pueblos jóvenes”. Esa noche fue rebautizado como Domingo de Ramos y quedó claro que la auténtica experiencia de su extracción india y de su vida de poblador del Cono Sur de Lima se expresaban en un nuevo lenguaje, nunca antes escuchado en la poesía peruana, por lo que rápidamente se convirtió en emblema de nuestro movimiento. Casi simultáneamente apareció José Alberto Velarde (quien vive actualmente en París), poeta y músico con una interesante experiencia como montonero en la Argentina, hippie en el Brasil y finalmente estudiante de psicología y músico callejero con el conjunto Ayawaska en Lima. Pepe Velarde entró a Kloaka con la seria propuesta de elaborar lo que él llamó las Bases ideológicas del Movimiento, fundamentadas en la antipsiquiatría de David Cooper, tal como éste la expone en libros como La Muerte de la Familia o Gramática de la Vida. Velarde, por su extraordinaria simpatía personal, funcionó como el espíritu de la unidad del grupo, cumpliendo un papel de elemento de cohesión en cuanta discusión interna nos entrampáramos. Finalmente se integraron el pintor expresionista Enrique Polanco, cuyo extraño colorido fue la novedad en la Lima de aquellos locos días, y los poetas Julio Heredia y Mary Soto. Ésta fue la nómina “oficial” del Movimiento Kloaka. Pero justo es decir que su mensaje corrió como un reguero de pólvora por los barrios de Lima. En Lince, el grupo de rock Medias Sucias, integrado por Cali Flores y Pepe Gómez Sánchez (a) Sándwich, se plegó formalmente, y los poetas Gino Ravina y Bruno Mendizábal, de la Residencial San Felipe, manifestaron su total simpatía. En el Rímac, David Pillman (Kloaka-Escolar) me contactó con Edgar Barraza, mejor conocido como Kilowatt, notable cantante y líder de la movida del rock subterráneo en su instante fundacional, quien, al frente de su conjunto Kola Rok, y después de Kilowatt y sus cuchillos, participó en los recitales y performances del Movimiento Kloaka. Un día nos invitaron a la Universidad Católica a leer poemas, y eso dio inicio a una fructífera relación con Fernando Bryce –hoy un pintor muy cotizado y por entonces el joven punk, como lo llamaba Polanco- y Rodrigo Quijano, quienes, con Daniel Brodiano y Octavio Susti, formaban la banda Durazno Sangrando. Un cuarto miembro del grupo (aunque no músico) sería Frido Martín, poeta surrealista a la sazón y actualmente brillante neobarroco. Recuerdo que Quijano y Bryce, dirigidos por Armando “Chergüin” Williams, pintaron el telón de la escenografía del primer recital de Kloaka en el Auditorio Miraflores. Otro pintor muy próximo al grupo fue Roberto Cuenca, apodado Caballo. Podría mencionar al genial Juan Javier Salazar, líder de Huayco, pero en verdad ésta fue una relación personal mía, más que del movimiento. El poeta Rafael Dávila-Franco estuvo muy cerca de Kloaka, y su manifiesto ATESTADO fue compartido por todos nosotros. Los poetas José A. Mazzotti y Dalmacia Ruiz-Rosas, en el tramo final de Kloaka –verano del 84-, participaron intensamente en calidad de aliados principales del movimiento, y lo mismo el grupo de fusión-rok Delpueblo (el original), liderado por Piero Bustos. Y sólo para la historia secreta nombro aquí a las musas de Kloaka, algunas de las cuales devinieron poetas o artistas: Tatiana Berger, Charo Checa, Gisella Orjeda, Joaquina Belaúnde, Eliana Mabire, Anita Longoni y María de los Ángeles Chero, cuyas puras siluetas de mujer guiaron las actividades y la agitación del más loco movimiento que cruzó volando por el cielo de la poesía peruana. Hay una novela, El testamento de la tormenta, de Mario Wong (antiguo contertulio del Wony que ahora vive en París), cuyas páginas iniciales evocan la revuelta total que fue Kloaka a principios de la década de la violencia, los 80, en el Perú. Kurupí: Los Iunaites. ¿Cuándo y cómo llegaste allí? ¿Ha aportado algo esa sociedad a tu poesía? ¿Gustos, disgustos? Róyer: Llegué a los Estados Unidos después de casi morir en una salvaje bohemia de alcohol y droga. Yo siempre me había dedicado al periodismo para sobrevivir. Pero un día (a mediados de los 90) lo abandoné todo para dedicarme a tener visiones (to have visions, como dijo Ginsberg) y componer poesía. Opté por vivir en, por y para la poesía. Así estuve un tiempo, pero esta situación casi me lleva a perder la vida. Lo cual no era admisible, porque yo deseaba seguir escribiendo. Entonces decidí cortar con todo eso. Salí de Lima hacia mi natal Piura, donde me curé solo, bien guardado en la que fuera la casa de mis padres, hoy en poder de mi hermana mayor. Después de esto ya no podía regresar a Lima. En ese instante me acordé de mi Bachillerato en Literatura por San Marcos y postulé a una beca de post-grado. Así, en el 2001 vine a Filadelfia para hacer una tesis doctoral en la Universidad de Temple, donde actualmente redacto mi Disertación sobre la poesía de Enrique Lihn. Esta sociedad me ha aportado la paz de Main Campus para dedicarme íntegramente a escribir y estudiar poesía. Y también una hermosa mujer –Kathy-, con la que comparto versos y sueños caminando a orillas del río Cooper, en un idílico paraje próximo a nuestra casa. Y, claro, la experiencia de Nueva York, que es alucinante, y más y más poesía en las buenas revistas de aquí, como la antiquísima Poetry (la misma de Ezra Pound) o The American Poetry Review, que te ponen al día. Y los museos, por supuesto (el Pop Art y el Expresionismo Abstracto en vivo y en directo). Y el inglés; in fact, ya estoy componiendo en el idioma de Eliot algunos trazos solitarios. Kurupí: Respecto al fenómeno de los escritores peruanos que viven ahora en Estados Unidos, ¿se puede hablar de exilio económico y político indistintamente, o predomina lo primero? Róyer: Sinceramente, no veo exilio político por ningún lado, salvo que recordemos el caso de Julio Ortega tras la caída de Velasco (1975), momento difícil para él ya que, por haber apoyado a dicho régimen, tuvo problemas para trabajar en el Perú y hubo de salir. Y quizá el de algunos otros patas en el momento de la represión desatada tras la caída del Dr. Abimael Guzmán (1992), líder de Sendero Luminoso, y también la razzia contra gente vinculada al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), como el poeta José Serna Ponce, que se exilió en Nueva York. Pero en la mayoría de los casos se trata de personas que simplemente vinieron a hacer su post-grado, muchos de ellos escritores, quienes encontraron aquí una sociedad en la que –a diferencia de nuestros países latinoamericanos- podían dedicarse a la creación sin las angustias económico-socio-político-raciales que enferman –en este caso- a la sociedad peruana. En lo que a mí respecta –como expliqué líneas arriba-, yo ya estaba exiliado en mi propio país por la vida que llevaba (de maldito, bohemio o marginal), pero al recuperarme ya no me era posible regresar a esa sociedad de la que me había separado: tenía que seguirme yendo –si puede decirse así-. Por eso vine a los Estados Unidos. Fue algo tremendamente personal. Seguí un impulso, una corazonada. Sufrí muchísimo al comienzo, pero un ángel llamado Kathy me otorgó la belleza de su amor a cada instante. A esa belleza me remito.

Róyer Santiváñez Collingswood, 29 de mayo de 2006
Róyer Santiváñez nació en Piura en 1956. Estudió Literatura en la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima. Perteneció a La Sagrada Familia, militó en Hora Zero y fundó el Movimiento Kloaka. Ha publicado los poemarios Antes de la muerte (1979), Homenaje para iniciados (1984), El chico que se declaraba con la mirada (1988), Symbol (1991), Cor Cordium (1995), Santa María (2001) y Eucaristía (2004). En prosa, la nouvelle Santísima Trinidad (1997), Historia Francorum (2000) y El corazón zanahoria (2002). Actualmente se encuentra terminando un doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad de Temple, en Filadelfia, EE. UU.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

el grupo de rock de Lince MEDIAS SUCIAS estaba integrado por Manuel Flores y Pepe Gomez Sanchez y no por Cali Flores

Anónimo dijo...

Muy buena entrevista. Respuestas conmovedoras.

Anónimo dijo...

Primero una observacion necesaria: El poeta Jose Serna Ponce nunca pertenecio al MRTA ni a ningun grupo politico. Lo fueron dos de sus hermanos que es algo totalmente diferente.Segundo, el poeta jose Serna Ponce salio del Peru muchisimo antes que el MRTA saliera a la luz publica.Porque afirma esto Santivanez? Seria bueno preguntarselo.