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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, mayo 17, 2006

COSMOS 19, V

5.

Aquella mañana, el licenciado Rosas había desayunado demasiado frugalmente para la larga caminata que le esperaba. Iría a pie hasta el Edificio Cosmos. No estaba en condiciones de gastar en pasajes. Tampoco había comprado el diario en el que leyó el anuncio: se lo había prestado la señora de la pensión. No tuvo necesidad de recortarlo: poseía una memoria privilegiada. Había sido una mala semana: excesivos gastos, y su magra economía menguada. Si quería seguir permitiéndose sus largas tertulias solitarias en el Café Brasil hasta fin de mes, debía gastar poco o nada en los próximos tres o cuatro días. Masticó su último pedazo de pan y terminó su cocido, preparado con un pequeño calentador eléctrico dentro de su propio dormitorio. (Le molestaba entrar en la cocina de su huéspeda. Eso podía crear un ambiente falso de supuesta confianza y pegajosa intimidad. Le forzaría a ser más cordial.) Calculando que tal vez tendría que esperar mucho hasta que apareciera Lukaziewicz (“a cualquier hora del día o de la noche”, decía el anuncio), metió en una bolsa de plástico un cepillo de dientes, un paraguas (habían pronosticado lluvias en la radio), un par de libros, para no aburrirse mientras esperaba que se desencadenaran los acontecimientos (El círculo lingüístico de Praga, de Fontaine, y el Viaje sentimental, de Sterne) y una caja de pañuelos de papel para limpiar sus gafas, y salió, cerrando cuidadosamente con dos vueltas de llave el aposento que abandonaba. Miró su reloj: eran las seis de la mañana.

Mientras caminaba, con una temperatura ambiental todavía soportable a esa hora temprana, el licenciado Rosas se preguntaba si el Lukaziewicz del anuncio sería aquel en el que estaba pensando. Si lo era, cabía esperar lo más descabellado. Lukaziewicz podía proponer a los asistentes a la cita fundar un movimiento terrorista o constituirse en hermandad esotérica, asaltar un banco o realizar un suicidio colectivo. Lo desagradable de cualquiera de las posibles propuestas de Lukaziewicz era que, por su carácter radical, obligaría al licenciado Rosas a cambiar sus planes para el resto de sus días. Estaba bastante satisfecho con sus largas tertulias solitarias en el Café Brasil. Era la suya, si cabe decirlo, una rutina de lo inesperado. Del pensamiento feliz, de la frase brillante mascullada en secreto, para el cuello de su botella, de la imaginación casi alucinatoria. Su interioridad era lo bastante intensa como para permitirle prescindir de toda clase de estímulos externos, y, gracias a ello, su pobre vida lo era sólo en apariencia, antojándosele en realidad de una riqueza extraordinaria. Evocó complacido, riendo para sí mismo ahora que la distancia había apagado su furia, aquella ocasión en la que puso en su lugar al idiota de Narváez y a aquel amigote suyo (¿cómo se llamaba?). Dos aspirantes a escritores, pseudointelectuales que, por haber hecho con él un par de años de facultad, se creían con derecho a sentarse a su mesa. Había aprendido a odiarlos por la condescendiente y divertida lástima con que lo saludaban, por su amable desprecio. Evidentemente, lo juzgaban “pintoresco”. ¡Idiotas! Volvió a reír. ¡Les había dado un buen susto! Sus ataques de furia eran contados, pero siempre oportunos. ¿Cómo había sido aquello? Ah, sí: Narváez y su amigo anónimo hablaban de Cavafis. El licenciado Rosas compuso mentalmente la escena en su recuerdo:

“EL AMIGO DE NARVÁEZ: Sin embargo, como persona –y pese a que fue el gran poeta que conocemos bien-, me da un poco de lástima. Creo que la vida de Pessoa, por ejemplo, tampoco fue muy linda.

“NARVÁEZ: Sí: oscuras, opacas y tristes vidas de burócratas solitarios que...

“YO (EL BURÓCRATA FURIOSO): ¿Qué? ¡Cuidado con lo que dicen! ¿Oscura la vida de un burócrata? ¡Protesto contra esa idea infundada! La vida de un burócrata hambriento no tiene por qué ser más oscura que la de un príncipe ahíto, puesto que aquello que en la existencia de un hombre posee verdadera importancia –esto es, su subjetividad, su interioridad, si saben a qué me refiero- nadie entre los mortales, salvo ese hombre, puede conocerlo...

“NARVÁEZ: ¡Pero no te enfurezcas así!

“YO (GRITANDO MÁS): ¿Opaca la vida de un burócrata? Esto también es falso, puesto que las condiciones de la vida exterior de un hombre no pueden afectar en una proporción que valga la pena mencionar a las de su vida interior, y en el más repugnante de los colectivos o en el más infecto de los burdeles puede ser concebido el más exquisito de los palacios, el más brillante de los...

“EL AMIGO DE NARVÁEZ (INTERRUMPIENDO IMPRUDENTEMENTE): ¿Por qué no nos calmamos un poco? ¡Escuche, Rosas...!

“YO (PONIÉNDOME DE PIE PARA ABANDONAR EL LUGAR Y GRITANDO AÚN MÁS): ¿Triste la vida de un solitario burócrata? ¿Por qué habría de ser triste la vida de un burócrata? Responder pregunta tan estúpida sería rebajarme. ¿Por qué habría de ser triste la vida de un solitario? ¡La vida de un solitario no sólo no es más triste, sino que lo es menos que cualquier otra vida, pues el espíritu sólo conoce en verdad la alegría cuando entre ella y él no se interpone la siempre inconveniente presencia del prójimo!

Esas habían sido, más o menos, sus palabras. ¡Y luego, el soberbio portazo final! Sonrió socarronamente. Narváez y el amigo de Narváez no habían vuelto a interrumpir sus largas tertulias solitarias en el Café Brasil. Sí, sería una pena alterar su amada rutina, perturbar la perfecta armonía de su preciosa y fecunda soledad por alguna majadería de Lukaziewicz. ¿Debía regresar? Demasiado tarde. Su curiosidad se había despertado, y era lo bastante intrépido, creía, como para afrontar las consecuencias que pudiera acarrearle el saciar este nuevo y delicioso apetito.

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