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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, abril 21, 2006

Cosmos 19, III

3.

María recortó cuidadosa y subrepticiamente el anuncio en cuestión. Qué suerte que siempre compraban el diario en la oficina. Guardó el anuncio en el bolsillo de su camisa. Se reclinó en su silla y encendió un cigarrillo. Se puso de pie y caminó hasta el balcón. Lo abrió y salió al smog y al calor y al ruido. La cita era en un decimonoveno piso. Eso le gustaba. Le gustaban los lugares altos. Le parecían más inconstantes y caprichosos que los bajos, bien pegados a la tierra y llenos de buen sentido. Su propia oficina estaba en un lugar alto, en un décimo piso. Si hubiera estado en uno de los primeros pisos, habría sentido el peso de los horarios y el trabajo como una intolerable esclavitud. Pero ese balcón suspendido en el aire, al cual salía a menudo so pretexto de fumar, le permitía una intensa ilusión de libertad. Y cuando lo abría y el aire caliente y ruidoso entraba removiendo la acondicionada atmósfera, con él entraban también bramidos jubilosos, feroces carcajadas, mil deseos intrépidos y oscuros.

Teóricamente, ingresaba en la oficina a las ocho de la mañana y se iba a las seis de la tarde y tenía dos horas libres al mediodía para almorzar, pero frecuentemente había demasiado trabajo acumulado por corregir y las dos horas del almuerzo se reducían considerablemente, mientras que la hora de la salida se retrasaba también de manera notable. Hoy, sin embargo, se tomaría completas las dos horas del almuerzo para despejar la incógnita de ese tal Lukaziewicz. Miró, impaciente, el reloj. Las once y media. Terminó su cigarrillo y arrojó al vacío la colilla, que se perdió de vista mucho antes de llegar al piso, como si hubiera sido tragada por la atmósfera, de modo que no pudo seguir más que el principio de su trayectoria.

-Así -dijo, en voz alta- será, sin duda, la Muerte: un ser humano cae y nuestros ojos no pueden seguirlo hasta el final. Se estrella contra el piso y en ese instante lo perdemos de vista. Pero, ¿hasta dónde llega?

De pronto, una visión llenó su mente con tal intensidad que le pareció tenerla ante sus ojos: ¿Ícaro perdiéndose en el mar? ¡No! era Lucifer, cayendo desde la altura, volviendo contra el cielo la garra amenazante en gesto de maldición y desafío. Un monstruo con más de hombre que de ángel y con más de bestia que de hombre. Grandes ojos glaciales de gigante antediluviano, voz impensante y furiosa como el rugido de diez mil leopardos o el salvaje bramar de las coléricas aguas procelosas, belleza enorme y helada que sobrecoge de espanto. Helo aquí, al Gran Rebelde, precipitándose para siempre en los misterios subterráneos de sus fastuosas noches abisales, en el país oscuro y hermoso de los muertos. Vedlo caer, como en cámara lenta, una sombra deforme tan grande como el mundo recortándose contra los horizontes incendiados de la canícula, revolviéndose imperioso contra su Creador, ardientes las titánicas pupilas con un helado fuego de reptil asesino. Ecce tabes, ecce virus, ecce locus lutulentus, ecce filius inmortalis. "Sígueme, sígueme". "Dios ha quebrado mis cuernos, Dios ha roto mi espinazo". "Sígueme, sígueme". "Mira cómo caigo con el puño en alto, mira cómo caigo y muero sin temor".

Abrió la puerta del balcón y entró en la oficina. Recogió su bolso y dijo a las dos secretarias:

-Ya es hora de almorzar. Nos vemos a las dos.

-Dale. Nosotras también nos vamos dentro de un ratito.

Evitaba siempre almorzar con ellas. Estorbarían los placeres de su soledad. Salió del ascensor e intercambió un "Buenas" con el conserje. Calculó que lo saludaba unas cuatro veces al día. Hablaba, pues, con él mucho más que con la señora Bazán, dueña de la pensión en la que vivía. Ésta solía levantarse tarde y acostarse temprano, de modo que pasaban días enteros sin que tuvieran que verse. Era una solterona obesa y anémica en pleno derrumbe, permanentemente desgreñada y sucia, que comunicaba a todo su entorno un aire de abandono, de decadencia y casi de deshonra. Tejía incansablemente largas prendas de lana sin conclusión posible mientras escuchaba la radio. Olía a viejas y húmedas medias de nylon, a escapularios apolillados, a telarañas en salmuera, a moho, herrumbre, pus, caída, abismo.

Le hacía pensar en su abuela materna. No existía el menor parecido físico entre ambas, pero había en ese tejer infinito algo misterioso que las emparentaba. También su abuela había dedicado toda su vida a tejer cosas inútiles, sin pies ni cabeza, a tejer ponzoñosas y vanas intrigas. Había invertido en esto casi todo el breve tiempo que dura una vida humana.

Y después había muerto.

En ocasiones creía verla aparecer de pronto, aquí o allá. Pero nunca era ella. ¿Cómo podría serlo? Sin embargo, mientras vivió también solía aparecérsele así, súbitamente. Caminaba sin ruido y parecía materializarse intempestivamente de la nada, a la espalda de uno, en medio de un pasillo, en el umbral de una puerta, en la ventana de una habitación, clavando a través del vidrio una mirada frecuentemente maligna.

Como aquella vez que, en el corredor que daba a la cocina, su abuela había aparecido para increparla, acercando a su rostro, amenazantes, sus largas uñas corvas. Era la tarde de un día de invierno, húmedo y ventoso, y la casa ya estaba sumida en la penumbra. “Quién te crees que eres tú”, le había dicho su abuela, llena de desprecio, se hubiera dicho que llena de asco. “Quién te crees, estúpida”. “Tú no eres nada, nada”, había dicho.

O esa otra vez que, en la puerta de su dormitorio, se había reído displicentemente. “Qué clase de antro es este”, había dicho. Por ese entonces estaba ya muy encorvada y consumida. “Aquí no querrían vivir ni los chanchos. ¿No te da vergüenza que alguien vea este chiquero?” Se reía todo el tiempo. “Aquí no querrían vivir ni los chanchos”, había dicho.

Y después había muerto.

“Ojalá pudiera verla de nuevo”, se dijo María. Había reaccionado con imperdonable aspereza ante la anciana en más de una ocasión. Ojalá pudiera tener otra oportunidad, la pobre vieja. Ojalá pudiera volver a intentarlo. “Ojalá pudiera verla de nuevo”. Parada en la puerta del dormitorio, en el pasillo de la cocina, en el jardín, en medio de la sala.

Como aquella vez que, en medio de la sala, había increpado al padre de María. “Eres un mantenido, un sinvergüenza que vive en mi casa” Se acercó a su yerno para golpearlo y éste la sujetó por las muñecas, pidiéndole que se calmara. Pero la pobre vieja había seguido escupiendo las cosas más torcidas, más abyectas, rebajándose sin remedio.

Y después había muerto.

Luego, en sus últimos años, cuando su memoria y sus facultades empezaron a debilitarse, hubo momentos en los que se mostró sorprendentemente inocua. Tenía un aire libre, ingrávido, como si hubiera regresado a la niñez, a un tiempo mítico anterior a la culpa, al resentimiento, al odio.

Como esa noche en la que María encendió en el jardín, bajo el gran mango, una pequeña fogata. Su abuela había aparecido de improviso, con una débil sonrisa de niña en su rostro anciano. “¡Cómo me gustaban a mí las fogatas!”, había dicho. “Mi tío Germán nos hacía fogatas, cuando yo era chica, en la tardecita, y nosotras (ella y sus hermanas, las tías abuelas de María) tratábamos de tostar pan en el fuego. Una vez Ida se quemó la mano”. Miraba el fuego con aire absorto y gozoso, sonriendo luminosamente de vez en cuando, tal como debió mirarlo por primera vez, cuando aún no sabía su nombre. “¡Cómo me gustaban a mí las fogatas!”, había dicho.

Y después había muerto.

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