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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, abril 15, 2006

COSMOS 19, II

2. Bruno abandonó el café dando vueltas en la cabeza básicamente a tres temas discernibles: los versos sueltos de un poema que él juzgaba fallido y que había desechado de inmediato, el misterio del piso 19 del Edificio Cosmos y el hecho de que la pendeja de la mesa de enfrente, evidentemente, había querido levantarlo. Él había simulado indiferencia, pero, la verdad, por dentro ya estaba “casi derretido”. ¡Esos ojos! Miopes, a todas luces, es verdad, pero “¡qué mirada ardiente!”, pensaba, complacido. Se detuvo de golpe frente al Edificio Cosmos. ¿Debía volver? Era un verdadero desperdicio dejarla allí, sola. Se sentó a la sombra, en los escalones de la entrada, y encendió un cigarrillo, cavilando. Estaba en el punto de encuentro de dos campos magnéticos, se dijo. De un lado, el del imán del piso 19. Del otro, el de la pendeja. ¿Cuál era más poderoso? Por un momento, el impulso de ponerse en pie y volver al bar tensó los músculos de sus piernas. Pero eso –esta idea lo inmovilizó en su asiento- ¿no sería huir? (aunque, ¿huir de qué? ¿Qué podía haber en el piso 19, a fin de cuentas?) ¿No sería él un cobarde, a la caza de un pretexto para no preguntar en portería por el señor Lukaziewicz? Una vez que hubiera preguntado, obviamente, no podría volver atrás. Sería hacer el ridículo ante testigos –el portero, otros visitantes del edificio, la limpiadora- y, sobre todo, ante su propia severa, orgullosa, inflexible consciencia –aunque esto último no lo pensó -. “Qué pelada”, musitó para sí mismo al considerar esa posibilidad. No, nunca retrocedería. Si iba a decidirse por la mina del bar, tenía que hacerlo ya. ¡Pero no soportaría ver su cara en el espejo, al afeitarse, en lo sucesivo, cada mañana, si escapaba del famoso Lukaziewicz! Nunca podría estar seguro de que no lo había hecho por temor. “¡Qué bajón!”, exclamó, casi en voz alta, “que justo hoy, el día del anuncio, me haya encontrado con esa minita”. Pero no podía rechazar el desafío del pesado de Lukaziewicz. Porque ese anuncio era como un guante que Lukaziewicz había arrojado, y él sería un cobarde si no lo recogía. De un salto, se puso en pie, arrojó con rabia la colilla contra el asfalto y, con paso decidido, empujó la puerta y entró en el Edificio Cosmos. Se topó con la mesa del portero. Éste era un individuo de aspecto amable, despistado y aturdido, con gruesos anteojos de fondo de botella e ingrávida sonrisa de matemático demente. Bruno juzgó nulas sus posibilidades de sonsacarle algo sobre el misterio del piso 19: el person no debía estar enterado de nada. - Buenos días –lo saludó cortésmente -. Vengo a ver al señor Lukaziewicz. -¡Sí, sí, señor! ¡Buen día! –sonrió aturdidamente el portero, mirando a todas partes menos a Bruno y, evidentemente, sin ver nada detrás de aquellas lupas -. Piso 19, por favor. Adelante –y le indicó a Bruno los ascensores. Bruno esperó ante éstos un momento, pero había mucha gente en la misma situación y los ascensores se llenaban de inmediato. Impaciente, tomó por las escaleras. Cada vez que llegaba a un nuevo piso, veía a otro grupo esperando el ascensor. ¿Toda esa muchedumbre iría al piso 19? “¡Imposible y grotesca idea!”, rió para sí. El anuncio era definitivamente siniestro. Se detuvo, desplegó el diario y lo releyó: “Si la vida ha perdido todo rumbo, sentido y finalidad para ti, y si estás genuinamente desesperado, y sólo si realmente lo estás, ven a verme. Esto te interesa. Soy la última puerta que tendrás que tocar. Edificio Cosmos, piso 19, el viernes 12, a cualquier hora del día o de la noche. Pregunta en por- tería por el señor Lukaziewicz.” “Soy la última puerta que tendrás que tocar”. Se hubiera dicho algo así como un dios –o un demonio -, o alguna manifestación de una providencia omnipotente. ¿No se trataría de una especie de mafia? La idea le gustó. “Una onda La Cosa Nostra pegaría”, se dijo. Estaba dispuesto a todo. No tenía nada que perder. “No tengo nada que perder excepto mis cadenas”, parafraseó en voz alta, medio en broma y medio en serio. Descubrió que había acudido a la enigmática cita no sólo por esa suerte de intrépido y confuso sentido del honor del que no tenía clara consciencia y que solía guiar sus acciones aparentemente más descabelladas, ni tampoco únicamente (aunque sí en gran medida) por la acuciante curiosidad que despertaba en él la extraña oferta de Lukaziewicz, sino también por desesperación. “Si estás genuinamente desesperado, y sólo si realmente lo estás”. ¿Lo estaba? Tenía sólo treinta años. Su existencia podía cambiar de un momento a otro. Tal vez esta fuera la ocasión en la que cambiaría su fortuna. Tal vez por eso estaba aquí. Su mente se rebelaba contra su vida y su suerte, y la única manera de calmarla era fumando join y bebiendo alcohol y escribiendo poesía y pasando noches y noches en vela a pesar del cansancio físico tras la ruda jornada laboral. Siguió subiendo escaleras. No era un edificio de viviendas, sino de oficinas. Subía con creciente ímpetu, y ya iba por el piso 10. Sí, en realidad quizá estaba desesperado. La vida se parecía demasiado a un túnel sin ramales, era demasiado unidireccional, había demasiado pocas alternativas y se diría que su destino pesaba sobre él como una lápida desde su nacimiento, se diría incluso que había empezado a pesar sobre él desde antes de que fuera concebido en el vientre materno. No era la pobreza material de ese destino lo que rechazaba. Tal vez no fuera siquiera el progresivo embrutecimiento que esa clase de vida, según pensaba, acarreaba consigo lo que e le anudaba en torno a la garganta con la consistencia férrea de la esclavitud. Era más bien su inexorabilidad, su fatalidad lo que lo asemejaba a una condena. “Un condenado a cadena perpetua en una cárcel tan grande como el mundo”. La cárcel del músculo agotado, del sueño pesado y sin imágenes, de los salarios mendigados e insuficientes, de las cotidianas humillaciones, de la reiteración idéntica de idénticas rutinas –alimentarse, bañarse, trabajar, dormir, morir, finalmente -, más adecuadas para una máquina que para un ser dotado, al fin y a la postre, de un espíritu, de un espíritu hambriento, de un espíritu sediento, de un espíritu, sí, desesperado. Los seres humanos pasaban de largo ante su vida contemplando con indiferencia cómo moría su juventud, cómo se malgastaba y marchitaba su talento, cómo su corazón sensible se tornaba duro y amargo. Bestias, seres infernales. Las escaleras por las que subía también eran duras y frías, como el hielo, como el corazón de pedernal de aquellas bestias, como la vida. Si sólo hubiera un rincón fresco y sombreado en el mundo, donde respirar un momento, tomar aliento, sacar la cabeza fuera del agua, reunir fuerzas para luchar contra esa vorágine idiota de lo fatal, tal vez podría tomar las riendas, cambiar la dirección de su destino. Quizá el piso 19, después de todo, fuera ese rincón. Esta trémula esperanza, como una luz vacilante, intentaba abrirse camino entre las tupidas sombras de su helado escepticismo, acuñado a lo largo de treinta años de amargas decepciones. Con un gesto burlón, seco y duro, de la boca, hizo a un lado esa esperanza. De esa boca que, sin embargo, al sonreír lo traicionaba, porque su sonrisa era la de un niño, extrañamente vulnerable y soñadora, luminosa y dulce, abierta a la promesa del placer que nunca se cumplía. La sonrisa de alguien que tendría que quedar rezagado en la dura carrera de la vida, la de alguien que jamás llegaría a la meta. Y, hablando de llegar a la meta, he aquí que las escaleras terminaban en el piso 18. No había un siguiente tramo de escaleras, pero Bruno apenas estaba en el piso 18. Desorientado, caminó vagamente frente a las oficinas. Entonces se abrió la puerta de uno de los ascensores y apareció la pendeja que había tratado de levantarlo en el bar.

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