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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, marzo 19, 2006

They live by night

They live by night La irrupción abrupta e imprevista de la adolescencia. "La adolescencia... Esa especie de despertar de Belladurmiente por el beso nauseabundo de los granos... o por el perfume ambarino que exhala el campo floreciente del propio cuerpo... o por el calor, las ondas de calor elevadas del manantial ya fecundo. O mejor, ese instante trepidante de la posesión del cuerpo por su espíritu". Así trataba de definir él esa nueva realidad: no el lapso que va desde los 13 a los 21 años que es sólo inercia, sino el comienzo, el instante de deslumbramiento primero, esa que los filósofos llaman caída, los sicólogos conciencia. Ahora, superado un tanto el vértigo ante la hoja blanca, adelgazado el pesado cuerpo de su lirismo, volverla a intentar definirla. "El momento que sabemos que estamos en la vida, que vivimos; pero al mismo tiempo, el momento que sabemos que morimos, que estamos muriendo". Tú no eras aún un ser humano. Sino una simple compulsión biológica, un conscripto obediente a la orden militar del cuerpo, mera masa física con su peso en la gravedad de la adolescencia, uno más tratando de matar al Padre. Mientras camino por las calles, no espontáneamente sino por una coacción en la cual se ha difuminado el eslabón primitivo, es imposible detener-esconder-escamotear esa sensación cotidiana de ser-tan-solo-nada-más una duración inercial que persiste debido a que aún no ha encontrado en su camino ningún abismo. Evitabas pensar siquiera en salir de tu agujero, salir y lanzar otra mirada a la muralla intacta en su sitio de siempre. Esa primitiva mirada-anzuelo que luego de ser revoleada presuntuosamente en el aire, caía en la roca maciza y dura, resbalando angustiosa, larga, esperanzadoramente. sin ningún salto abrupto, sin lograr enganchar ni en una trampa de hormiga, resbalando humillantemente con ruidito tosco y tímido. Evitabas, declarando tu cobardía, salir y verla sólida, compacta, sin atisbos de decrepitud. Verla tiesa como un soldado haciendo guardia, totalmente inmune al tiempo. Con tu ojo asustadizo, apenas voyeur, escépticamente cauteloso. Un ojo que volvía siempre a ella no con un brillo joven y alegre, predispuesto a algo agradable, sino de la manera con que un viejo miraba el horizonte anubarrado: con automatismo lento y amargo. Acaso inconscientemente regida por la tenacidad, que es la negación de la derrota. O acaso como la plegaria de un animal en ese segundo que siente que ya no puede hacer nada más y sólo depende del cazador (de la piedad que clama su ojo que debe ver el cazador) para salvar su vida. Evitabas categóricamente salir a mirarla con las manos... La trompeta se ha apoderado de la noche que hay en el cuarto, erguida sobre ella con un sonido nítido, cool, blanco. Impresionado el joven comienza a seguirlo con atención: sí, no hay más dudas, es Miles. La música se ha desenvainado con el deslizamiento de una espada y como mero nervio espasmódico ha estallado y se ha sostenido sobre el silencio hecho pájaro. Asumida su nueva forma, se mueve entonces en un lento rodar, el cuerpo rígido, pasivo, paciente, esperando el consentimiento del viento. Al fin sale de esa atmósfera de estupor con el sacudón que se produce al emprender el vuelo. Luego, alcanzada la altura necesaria para dominar el horizonte, vuelve a caer en el adagio primordial en un signo de que ha soltado las amarras de los músculos, superada la tensión del orgasmo; en este punto es como si buscará, revolviera el aire con el olfato, excavara con los ojos sedientos... Después de eso, la mirada se cansa y cae en una plegaria bisbiseante que le va cerrando los ojos, sin esperanzas ya de encontrar tierra firme en medio de ese mar interminable, en medio de tanta soledad, mísera tierra donde posar sus diminutas patas, poner huevos y morir. El sonido de sus acordes finales es sólo monótona apatía hacia la nada. "La sexualidad es una lluvia perpetua. Una región húmeda y exuberante. El atolladero de la niña bonita del espíritu. Me he quitado la ropa y me he metido en ella. La que yo conozco, la primordial: narcisismo. La primera fisura del caos. El largo peregrinaje del capricho. El viaje interminable alrededor del propio cuerpo; la tierra sin miedos. La plenitud. El círculo de la libido. El totalitarismo cerrado y perfecto del placer. El plexo efervescente de semen. El universo que ignora el no". Como si la soledad fuera un espécimen arqueológico -debido a un ensamblaje aún incompleto, con una apariencia grotesca ampliada- caminando, respirando el aire puro de las calles democráticas; como si ese cansancio naciera del fastidio de la mano derecha -autómata galeote de mi sexualidad; número maldito de un dado cargado- que automutilado hubiera encendido el sistema inmunológico, paralizando así todo el cuerpo, en un acto que se podría denominar de sabotaje narcisista. Hoy he caminado todas las calles y, al final, he llegado a este cansancio. He deseado todos los cuerpos que he visto, y la única certeza que se ha dejado atrapar: que he mirado. Mirar es una cacería de donde siempre lanzamos (¿nos lanzamos?) y nunca atrapamos a la presa. Es un gasto de energía, un esfuerzo que desconoce la lógica del fruto maduro. Es una sombra deleznable que desaparece al desaparecer la luz. El tacto frío de la frustración trazando el limite exacto, ni más ni menos, de tu silueta; con una claridad de luna llena, de una manera obsesiva, persecutoria, aún en los disimulados refugios, obscuros y pululantes de respiraciones atrailladas y ojos animales, abiertos por el sueño. Aún en el llanto, en la resignación del llanto; encarnizado solo con la promesa de tu carne joven y virgen; puesto en celo su rabia por el olor-alarido, el olor-sangre que despide tu cuerpo cansado. Es morocha o más bien blanca de pelo negro, nariz egipcia, de hermosa sonrisa constante. Le miro a su acompañante, chico de su misma edad, unos 14 o 15 años; enseguida empiezo a tejer mentalmente siniestras disquisiciones sobre su rostro, su vulgaridad, tratando de reducirlo, tornarlo insignificante y todo por la sencilla razón de que se trata de su pareja. Pero la muchacha continua sonriendo (tiene un ligero hoyuelo en la mejilla izquierda) y atenta a lo que él le está contando: no hay caso, se nota que le gusta el chico. Mientras, mi memoria barre el pasado hurgando en mis quince años; pero no, no registra nada parecido a esa nariz, a esa blancura lechosa... Aún, mi memoria insiste, penetra en los arrabales más profundos del olvido; está tan rabiosa que no quiere volver con las manos vacías, necesita al menos el placer de cerciorarse con rigor sádico de su soledad y abandono, necesita convertir una mirada sin respuesta en una tragedia. Así, un gesto atávico alcanza mi intelecto: “Mátame memoria, mátame". Se bajan; el rabillo del ojo capta el cuerpo joven, en fermentación, con clara intención de ser mujer. Cierro los ojos: el deseo y el abatimiento tiemblan en una pulseada epiléptica. "el sexo fláccido, el sexo sensitivo fácilmente erizadle, onanísticamente ablenorrágico el sexo yo-yo eternamente cautivo, el escroto hormigueante el escroto hong kong, el escroto tokio calcuta méxico, el escroto que se dilata como una vena ahogada y que al fin estalla, y en un pleamar insólito la esperma gana trepa cubre arrambla anega los compartimientos sanguíneos. cuya alerta roja de fuga de gas radiactivo es el debilitamiento de las piernas de la cabeza el sudor de las manos, la cosquilleante esperma que en su pandemónium de amotinamiento picotea el agujero de los poros produciendo una sensación parecida a la del burbujeo de champán en la epidermis, y, en la desesperación por sostener la lucidez vacilante de la cabeza, arroja agónicos manotazos de náufrago". Frecuentemente intentaba salir del pozo, con la breve y fugaz cuerda de la masturbación: cocaína barata. Cocaína auténtica, pura, obtenida en los bajos fondos de la soledad. El busto se le endurece, de modo que sus manos se afianzan con fuerza a la butaca. Ya siente el helado culebreo de la serpiente en la piernas subir inexorable, sin freno hasta el escroto, agarrotando toda esa zona en su paso; siente la aglomeración arrolladora de la sangre caliente en su sexo, de forma que éste llega a su apogeo, rebasando el slip y tocar el pubis. Cierra los ojos pensando que de ese modo no van a verlo temblar a pesar de que las manos se magullan crispadas en los brazos de la butaca. Abre los ojos; percibe el cabello revuelto, la forma exacta de los granos en las sienes y el mentón; siente como si su cara haya sido objeto de una pérdida, un abandono -tal vez ese ardor febril- , y en el muslo izquierdo la substancia viscosa cálida e incómoda. Cuando las olas de los estremecimientos comienzan a aplacarse, se pregunta si el color del pantalón será lo bastante obscuro para no llegar a delatarlo a las intensas luces del exterior de la sala, que es el verdadero enemigo ya que la calle siempre está en penumbras a esa hora. Para asegurarse se saca los faldones de la camisa sobre el pantalón, y se levanta de la butaca. Mientras sale, bromea consigo mismo: "Tal vez un céfiro se apiade de mi" (céfiro lo saco evidentemente de una novela romántica del siglo pasado, en cambio el verbo mostraba su inclinación al papel de héroe humillado). En la calle lo vemos ligero, con las manos en los bolsillos, algo achicada toda la figura, frotándose el pelo con fuerza intermitentemente. Ha tomado la acera de la calle asfaltada, algún vehículo ilumina la muralla alargada estampando su sombra desproporcionada en ella, atrás quedan los carteles donde vampiresas abren las piernas y miran con miradas voraces. No puedo dominar las aguas turbulentas que agitan mis manos... El mundo tiene un solo habitante. Esa vez intentó escapar. Las causas, las circunstancias... nada complicado, dramático. El estaba en la cima de un precipicio. Por un lado, su mundo, sus conocidos, formando un bloque móvil como una locomotora embalada, con su cara agrandándose a cada minuto, el ruido aturdiéndolo con la clara intención de embestirlo. Por el otro lado, la superficie lisa, serena, infinita: el mar, con todas las insinuaciones y perspectivas de una cama confortable, mullida; el reposo, en suma, tantas veces escabullido. El único problema era lanzarse. Esa vez volteó la cabeza, vio la locomotora ya ante sus narices, y saltó. No fue algo deliberado, racional, sino la manifestación helada de un hastío tan desproporcionado como la corbata que el prestidigitador va extrayendo de su galera. He tomado conciencia plena de mi condición de pompa de jabón. He aceptado doblar por la bocacalle sin luz, esa que lleva al callejón sin salida. Me acuerdo de una fuga. Hoy reniego de ella. Reniego de todas las fugas geográficas. "Lo que vemos no es lo que vemos. Sino lo que somos". Entonces, todos los lugares son el lugar. Todo es yo. La paradoja del yo. Nos eleva por encima de la masa, de las colectividades, de la estupidez, de la naturaleza. Paralelamente, nos deja en la soledad de la contemplación y del saber. Nos vuelve ojo (la conciencia es un ojo con el cuerpo mutilado). Nos reduce a deseo, a delirio. A fuego. El mundo es un muro. Siempre. La neurastenia del ojo es insoportable... Pero hay que salvar el fuego. Quemar el mundo. Lamer la gran vagina del mundo, navegar en el miedo, en su vacío. Y caer en la gran noche de su otro lado. La muerte. Encender la obscuridad... No eras tú quien estaba encima de ella. Con olor a tabaco, y suficientemente chupado para tratar de dominar el temblor de tu virginidad amenazada o en todo caso tu inexperiencia. No eras tú el pendejo quien la poseía con torpeza mientras ella hablaba de que eras el primero, de que te apuraras, de que le faltaban todavía seis o siete entradas para salvar la noche... No: jamás podías ser tú aquella masa frenética a la deriva en una obscuridad manoteante y calurosa; era imposible que hubieras salido sin tus ojos. Era la calentura, la soledad. cualquier cosa. menos tú. No era tu esperma la que mojaba a esa puta que no había querido chuparte la pija, ni cabalgar como un potro sobre tu cuerpo, que no había permitido ni el más simple e inofensivo de los kamasutras. Y no fue ninguna noche con un resplandor rojizo quien te vendió la gonorrea. Cavo mi propia caverna, un mundo ciego; me hundo bajo el peso del falo implacable y recupero la piel de la animalidad en la caída. Ahora estoy en la cumbre de la naturaleza, respiro el aire de los ociosos y los libertinos, corro la carrera de la sangre y la esperma, ilumino mi cuerpo con la obscuridad de la mente, me asomo sobre las sensaciones-acantilado, giro en el vértigo del vacío... Soy yo por primera vez.

6 comentarios:

caniche gigante dijo...

Qué fuerte, Kuru... ¿Esto es parte de un libro? ¿donde se consigue, o cuando lo lanzas, si no existe aun?

L. dijo...

Me ha gustado su escrito. Tiene razón el anterior comentador, debería estar publicado en papel y no en pantalla.

KuruPicho dijo...

copias de respaldo nomas

KuruPicho dijo...

mi PC anda mborenado, le falta memoria, esta caduco la pobre...mientras consiga otra o le inyecte memoria.i guardare copia respaldo en la red, mbae ya yapota che duki!tu chambae la soguetismo!

kerberito dijo...

concuerdo en un todo y a los mismos efectos con los preopinantes. dixi.

xanto dijo...

Kore Kuru, majestuoso está este texto, chera'ato. Posteá más, hay que salvar esa prosa de las garras de tu máquina anti-Funes.