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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, marzo 29, 2006

Sacudiendo

Llegó después la adolescencia, en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de la puerta del cuarto de baño, disparando mi taco por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del armario botiquín, ante el que estaba de pie, con los calzoncillos bajados, para poder verlo salir. O, si no, estaba inclinado sobre mi veloz puño, con los ojos fuertemente cerrados y con la boca abierta de par en par para recibir en la boca y en los dientes aquella pegajosa salsa de mantecoso suero y Clorox… aunque, frecuentemente, en mi ofuscación y mi éxtasis, la recibía de lleno en el pelo, como una rociada de grasosa brillantina. En medio de un mundo de pañuelos amontonados, arrugados Kleenex y pijamas sucios, yo movía mi novicio e hinchado pene, con el perpetuo temor de que alguien me sorprendiera justo en el momento culminante de mi frenesí al soltar mi carga. Sin embargo, me sentía totalmente incapaz de mantener los dedos apartados de mi capullo una vez que empezaba a ascender a lo largo de mi vientre. En medio de una clase, yo levantaba la mano en petición de permiso, echaba a correr por el pasillo hasta los lavabos y, con diez o quince salvajes sacudidas, me descargaba, de pie, en un urinario. El sábado por la tarde, en el cine, me separaba de mis amigos para ir a la máquina automática expendedora de dulces, y subía luego hasta una lejana localidad de anfiteatro, soltando el chorro de mi semen en el envoltorio vacío de una barra de “Mounds”. En una excursión de mi asociación familiar, quité una vez el corazón a una manzana, vi, para mi asombro (y con la ayuda de mi obsesión), lo que parecía y corrí al bosque para caer sobre el orificio de la fruta, fingiendo que el frío y harinoso agujero estaba realmente entre las piernas de aquel ser mítico que siempre me llamaba Gran Chico cuando suplicaba lo que ninguna muchacha había suplicado jamás. “Oh, métemela, Gran Chico”, exclamaba la manzana que yo agujereé estúpidamente en aquella excursión. “Gran Chico, Gran Chico, oh, dame todo lo que tienes”, rogaba la botella de leche vacía que yo guardaba escondida en nuestro sector del sótano para introducir en ella, después de la escuela mi vaselinado miembro. “Vamos, Gran Chico, vamos”, gritaba el enloquecido trozo de hígado que en mi propia locura, compré una tarde en una carnicería y, lo crea o no, violé detrás de una cartelera de anuncios cuando me dirigía a la clase de bar mitzvah. Fue al primer de mi primer año de escuela media –y mi primer año de masturbación- cuando descubrí en un costado del pene, justo donde comienza el glande, una manchita pálida que ha sido diagnosticada después como una peca. Cáncer. Yo me había producido a mí mismo cáncer. Todo aquel frotar y estirar de mi propia carne, toda aquella fricción, me había producido una enfermedad incurable. ¡Y aun no había cumplido los catorce años! “¡No! –sollozaba-. ¡No quiero morir! Por favor… ¡no!” Pero, luego, como, de todas formas, no tardaría en ser un cadáver, continuaba como de costumbre y eyaculaba en mi calcetín. Me había habituado a meterme por las noches en la cama con mis calcetines sucios, a fin de poder utilizar uno de ellos como receptáculo al acostarme y otro al despertarme. ¡Si, al menos, pudiera limitarlo a una sola vez al día, o fijar el límite en dos, o, incluso, tres! Pero, con la perspectiva del aniquilamiento definitivo luciendo ante mí, empecé a alcanzar nuevas marcas. Antes de las comidas. Después de las comidas. Durante las comidas. Me levanto de la mesa de un salto, agarrándome teatralmente el vientre -¡diarrea!, grito. ¡Tengo diarrea!-, y, una vez detrás de la puerta del cuarto de baño, cerrada con el pestillo, me deslizo por la cabeza un par de bragas que he robado del armario de mi hermana y que llevo en el bolsillo, enrolladas en un pañuelo. Tan excitante es el efecto de las bragas de algodón contra mi boca –tan excitante es la palabra “bragas”-, que la trayectoria de mi eyaculación alcanza sorprendentes nuevas alturas: brotando de mi cuerpo como un cohete, se dirige en línea recta hacia la bombilla que pende del techo, donde, para mi horror y admiración, queda colgada. Instintivamente, en el primer momento me tapo la cabeza, esperando una explosión de cristales, un estallido de llamas…, el desastre, ya ve, nunca está lejos de mi mente. Luego, lo más silenciosamente que puedo, me subo al radiador y quito la chisporroteante gelatina con un trozo de papel higiénico. Comienzo un escrupuloso registro de la cortina de la ducha, la bañera, las baldosas del suelo, los cuatro cepillos de dientes -¡Dios no lo quiera!-, y, justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, imaginando que he borrado mis huellas, me da un vuelco el corazón al ver lo que está colgado como moco en la punta de mi zapato. Yo soy el Raskolnikov de la masturbación… Fragmento de “EL LAMENTO DE PORTNOY”, de Phillip Roth

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