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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, octubre 31, 2005

Gecé o el GrouchoMarx del fascismo español

Ernesto Giménez Caballero, nacido en Madrid en 1899, ha merecido un estudio de parte del profesor Douglas Foard (Ernesto Giménez Caballero o la revolución del poeta), allá por 1975. Es necesario aclarar que el libro del norteamericano alcanza sólo hasta la guerra civil española, circa 1936, pero que cubre sin embargo un período de tiempo que es uno de los más prolíficos, creativos y dinámicos de la obra de Gecé. Por la bibliografía que se irá desgranando a lo largo de este post verán pasmados que aquella tesis del alabardero de Cela, Francisco Umbral, de que los prosistas de la falange más bien iban por el corto aliento, la página bien escrita y otras boludeces, con Giménez Caballero se desmoronada despiadadamente. De 1923 a 1936 tenemos como mínimo 20 libros y su obras completas irían por la cifra astronómica de más de 50 títulos, lo que lo haría hermano menor de escritores de la exuberancia de un Proudhon, por ejemplo.Gecé, doctor en Filosofía y Letras (1919), e inauguró la cátedra de español en la Universidad de Estrasburgo, gracias a los buenos oficios del que después sería su padrino de bodas, Américo Castro. Primer libro: Notas marruecas de un soldado (1923), texto poemático, memorialista y ya polemista. De hecho, fue arrestado en prisiones militares por desacato y ofensa contra las fuerzas armadas por la Ley de Juridicciones; vamos, por criticar la incuria del colonialismo español en Marruecos. El 13-IX-1923 tiene lugar el golpe del general Miguel Primo de Rivera. Liberado Gecé, no acepta la invitación del dictador para sostener el nuevo régimen y parte a Estrasburgo. El 4-V-1925 se casa en Madrid con la signorina Sironi, hermana del cónsul italiano. Su segundo libro es Fermento, manuscrito hoy perdido, probablemente una novela autobiográfica (1924). Escribe artículos y reseñas en la recién fundada (VII-1923) Revista de Occidente: sobre Don Juan Valera y El Eoántropo. Funda con Guillermo de Torre La Gaceta literaria, publicación quincenal (1-I-1927). Carteles aparece también en 1927, y publica una selección de artículos de Gecé previamente aparecidos en El Sol. De Torre abandona España para casarse con Norah Borges. Los toros, las castañuelas y la Virgen (1928) es también una recopilación de textos del diario liberal El sol. Aquí cita a Nietzsche para fundamentar su nacionalismo. Yo, inspector de alcantarillas (1928) consiste en 200 páginas de poemas, versos libres y relatos inspirados por el surrealismo. Julepe de menta (1929) está integrado por poesías que buscan la estructura de la pintura abstracta. Entrevista para La Gaceta Literaria a Marinetti en su visita a Madrid. La gaceta fundaría el primer cine-club de España (1928-1931). Hércules jugando a los dados (1928). El primer documento sobre el fascismo español: Carta a un compañero de la joven España, publicada en La Gaceta del 15-II-1929. Empieza su cinematografía documentalista: Esencia de verbena (1930), sobre Gómez de la Serna; La escuela del trabajo en Barcelona (1931), etc. Una peli muy famosa, con una escena -Gecé está en pose Hemingway en Africa apuntando aun jaguareté que, en el momento del disparo, sale volando de un raquítico yuyal con toda la consistencia fláccida y estropajosa de un oso de peluche de baja estofa- muy comentada por su espíritu kitsch y con mucho de trash, sería Paraguay, corazón de América (1964). El libro Trabalenguas sobre España (1931) contiene capítulos tanto en inglés, alemán, italiano y francés tanto como en español. La Gaceta Literaria del 1-VII-1931 reseña el Mein Kampf de Hitler, que no fue muy simpatizante. Circuito imperial ya había aparecido en 1929, el mismo año en que sale su traducción de Curzio Malapart: En torno al casticismo de Italia. I-1930: el rey Alfonso XIII acepta la dimisión de Primo de Rivera, sustituido por el general Berenguer hasta que el rey abandona el país tras la votación del 14-IV-1931, cuando España se convierte a la República. Ese año Gecé saca su Robinson Literario de España, revista que apareció alternando con los ciclos quincenales de La Gaceta. Sus 6 números (de VIII-1931 a II-1932), de 16 páginas cada uno, con sus ilustraciones, estaban escritos y compuestos por Gecé, como un auténtico Karl Kraus madrileño. Manuel Azaña, Edicones La Gaceta literaria, Madrid, 1932. La nueva catolicidad. Teoría general sobre el fascismo en Europa, Edicones de la Gaceta literaria, Madrid, 1933. En octubre del 33 José Antonio primo de Rivera anuncia la formación de Falange Española, nuevo partido político. Arte y estado Madrid, 1935. “El poeta es el macho de la historia. Y el político el elemento femenino”.

viernes, octubre 28, 2005

La gran novela de la Soja Transgénica

"En un extenso artículo publicado en la revista “Letras Libres”, de México, el escritor argentino Rodrigo Fresán se extraña de que aún no exista la novela canónica sobre el fútbol. Fresán, que ostenta el raro capricho de ser indiferente a este deporte a pesar de su nacionalidad, enumera allí algunos intentos legítimos en este sentido, como el emprendido por su compatriota Osvaldo Soriano antes de que la hora sin sombra viniera a buscarlo." (de Escrito en la pelota.Plumas y plumeros. Sábado 8 de junio de 2002. Roberto Brodsky) Fresán como vive en España -bebiendo el ajenjo de los viudos de Bolaño, convertido súbitamente en epígono/parasito sin maestro ni legitimador- aparentemente no sabe que lo que la novela argentina necesita urgentemente es la Gran Novela de la Soja Transgénica, mucho más real que la mariconería del futbol. Claro, no sabe que la plaga de la Soja fue una de las causantes de, por ejemplo, la gran inundación de Santa Fe del 2003. Después que Menen mató las fábricas la novela proletaria argentina fue a pique, y la antaño oligarquía vacuna hoy es historia. Ya no quedan dinastías de la vaca como los Bunge, los Ocampo...ah, qué bella época aquella... Que yo sepa el único estrafalario sigue siendo el bueno de Ceballos, allí en esa suerte de Macondo correntino, Alvear, encrucijada de ganado vacuno, contrabando de anteojos de sol y prostitutas rapai bajo el aroma del chamamé y la yerba mate. Pero si Fresán quiere incitar la incorporación de un nuevo género o subgénero en la gran tradición de la novela en lengua española, ya que para y factura en la península ibérica, se le podría sugerir la elaboración de algo así como la Novela de las Paraguayas que emigran como para niñeras y terminan (engañadas, cómo no, ¡así es de reiterativa la novela de género!) como prostitutas en Alicante o Albacete (no digo muchachas argentinas también, porque según Cucurto éstas no son tan lindas como las paraguayas, aunque yo no le creo mucho al itacurubiense político). Si la sugerencia va para el bien comportado del cachai Brodsky, se le podría insinuar escribir la Novela de los Militares Pinochetianos vegetando en las carceles su vejez culposa, en una especie de Alcatraz mapuche, sufriendo la sodomía reservada a los carcamales y acodados después de la caminata vespertina sobre los relatos autobiográficos apologéticos....Si de géneros se trata, la novela rusa nos supera ampliamente. Mis preferidas son las novelas de la época staliniana que iban de represas, hidroleléctricas, científicos capitalistas enamorándose de bioquímicas rusas... Bueno, amigos, la mediocridad de las columnas literarias semanales en la prensa es inobjetablemente representada por la cita ut supra que ha motivado nuestro divague tekorei hasta esta línea. Complacencia, superficialidad, ripios, aire de estar enterados de lo último, de no estar desconectados de lo que pasa, salario mensual que solventa los libros pillados en librerías usadas en Baires, y sobre todo y por encima de todo, mediocridad de la más pura anti-psicoactividad neuronal.

jueves, octubre 27, 2005

Crónica de un amigo del kurupi sobre otro amigo...

El sábado pasado fui invitado a la casa de la familia Betusta-Vala (en segundas nupcias el primero) para cenar y departir sobre temas de interés común ( la longevidad de las ballenas, el decreciente uso de las minifaldas en República Dominicana, las dietas del Readers Digest, el premonitorio cambio de look de tudobola sankocho, el ahorro en los tiempos del matrimonio,etc). La invitaciòn fue hecha vìa telefònica ( costo:1.200 gs. el minuto para el invitante) y hete aqui que al llegar con mi acostumbrada puntualidad albiònica ,me encuentro con que el invitante no estaba ni por ende su umbilical labio laxo consorte y en cambio quien me aborda en la vereda ipsofacto es el guardia de la cuadra, el cual me informa que la happy hortera couple se ha ido un rato a cenar (ahorro emergente de 20 a 15 mil de moneda nacional) a la casa de la amantìsima madre(doña Larga Simiente, dama patricia de perspicaces caldos y aguas estancadas quien sigue vicariamente amamantando a su vàstago forunculoso para que no sienta tanto los rigores de su segundo himeneo). Ante esa suerte, no tuve más remedio que hacer uso de eso que Confucio llama li o el estado de equilibrio cósmico y comprensión universal y me dispuse a esperar el retorno alborozante de mis considerados invitantes. Pasados los minutos pude comprobar que a la tarde se liberan los humores caleidoscópicos de los habitantes del lugar y cada uno opta por la forma más púdica de procurarse un solaz para su ontoaburrimiento (pendejitas en ajustados shorts se pasean ensimismadas en sus aparatos de comunicación celular, los borrachos más conspicuos salen aintercambiar papelmoneda por espuma de arropiré embotellada, etc.). Cuando a lasmilquinientas retornaron,mi porción Confusiana de paciencia ya se había agotado, pero haciendo acopio de mi inveterada adquiescencia poundiana (lo confieso mi más vituperable debilidad) los recibí poco menos que arrojándome a sus brazos. Continuarà...

miércoles, octubre 26, 2005

Poetas que leen (se doblegan) ante/a milicos y poetas que no...

Santiago de Chile, 24 de Octubre de 2005. Somos algunos de los poetas de diversos países que fuimos invitados al Festival "Compartir el Mundo", al que convocó "Chile Poesía", y que se llevó a cabo en Santiago y otras ciudades del país, del 18 al 24 de Octubre de 2005. Como la lectura que realizaron varios poetas chilenos en la Escuela Militar "Bernardo O'Higgins" el 20 de Octubre ha suscitado diferentes reacciones, queremos consignar que: Dicha lectura, a la que ninguno de los poetas extranjeros fuimos convocados, ni siquiera como público, y de la cual, sin embargo, teníamos noticia previamente, ya que apareció como parte del programa general con varios días de anticipación en los correos electrónicos de los participantes, antes de la salida de nuestros respectivos países, fue interpretada por nosotros dentro del contexto de un Chile diferente al de los años de la dictadura, un Chile en el que los principales represores de ayer están siendo enjuiciados hoy, y sus bienes justamente confiscados. Por tanto, respetamos como legítimas las acciones de estos poetas chilenos, en las cuales, por nuestro carácter de visitantes, no debemos intervenir. Pensamos, además, que "Chile Poesía" es un evento encomiable y paradigmático que nos sentimos en la obligación de apoyar, porque constituye, como es su propósito, un invaluable punto de encuentro entre los diferentes pueblos del mundo. Alex Fleites - Cuba Aleyda Quevedo - Ecuador Edwin Madrid - Ecuador Elizabeth Cazessús - México Floriano Martins - Brasil Forrest Gander - Estados Unidos Humberto Mello - Brasil Humberto Quino - Bolivia Ivan Junqueira - Brasil Jotamario Arbeláez - Colombia Kazuko Shiraishi - Japón Marianne Larsen - Dinamarca Rafael Courtoisie - Uruguay Sergio Mondragón - México Se puede ver el original de la carta en: http://www.letras.s5.com/cp241005.htm

martes, octubre 25, 2005

Douglas Diegues se bifurca en dos heteronimos

SONETOS FRONTERIZOS [por Ángel Larrea]

[# 1]

burguesa patusca light ciudade morena

el fuego de la palavra vá a incendiar tua frieza

ninguém consigue comprar sabedoria alegria belleza

vas a aprender agora con cuanto esperma se hace um buen poema

esnobe perua arrogante ciudade morena

tu inteligência burra - oficial - acadêmica - pedante

y tu hipocondríaca hipocrisia brochante

son como un porre de whiski con cibalena

vaidosa barbie bo-ro-co-chô ciudade morena

por que mezquina tanto tanta micharia?

macumba pra turista - arte fotogênica

já lo ensinou Oswald - mas você no aprendeu - son como disenteria

falsa virgem loca ciudade morena

vas a aprender ahora com quanto esperma se faz un bom poema

ZONETOS ERÓTICOS [por Felisberto Leites]

[# 1]

bocê es - no discuto - toda certinha

mas está siempre molhadinha

atrás de esa pose de santinha

en el fundo também adora una chupetinha

bocê dice que perdeu la virgindade hace pouco

pero cavalga mi falo como una égua árabe

dice que no sabe

mas sabe como curar do tédio um poeta novo

bocê no admite

mas gosta dos finos - e dos grossos - estilo cabalo

parece que miento quando falo

chupar e ser chupada é o seu melhor palpite

bocê diz que es diferente

mas só sossega quando vê el zabra entrando dulce & quente

[# 2]

poesia rara ?

voy a gozar en tua cara

quero más que punheta

voy a gozar entre las tetas

quando chegarmos en Índia

voy a gozar en tu língua

livre de la maldición

poesia de esperma mesclado con batom

de bellezas el mundo está repleto

voy a gozar en tu secreto

puedo reir de mi complexo

en el rocio de tu sexo

la noche en Asunción es barroca

estoy go-zan-zan-zan-zan-zan-do en tua boca

[# 3]

las meninas de la fronteira

caminan dissimulando

quando ninguém está mirando

chupan berga como dulce mango

en celo

mastigam el próprio cabelo

esta está feliz

ha encontrado berga tamanho maiz

enquanto o tempo passa

ellas se hacen la paja

no aprenderan a desfrutar la pulpa

ni saben chupar sin culpa

miles de caras feas

para mi que es falta de berga

[# 4]

en Ponta Porã - Campo Grande - Dourados

o en la nova nobela

nadie chupa como ela

el mangalho fica siempre com saudades de sus lábios

bocê sabe lo que quer

dar pra bocê es como receber

en la terra del céu

professora de mel

vagina color-rosa

siempre sorridente

bocê es diferente

fica más leve & luminosa después que goza

no sou um lobo-mau

mas gosto cuando bocê chupa mi pau

(*) Nota de Ángel Larrea: "Ciudad Morena: epíteto oficial de Campo

Grande, la capital de Mato Grosso do Sul

lunes, octubre 24, 2005

Intermezzo Tropical saca su tercera entrega

INTERMEZZO TROPICAL, TRIBU/LACIONES DEL SUJETO DES/CENTRADO LATINOAMERICANO Los años difíciles
Dirigida por los jóvenes poetas Victoria Guerrero y Paolo de Lima, aparece la tercera entrega de Intermezzo Tropical, una de las revistas literarias de mayor calidad aparecidas en los últimos años. En esta ocasión, esta publicación, editada entre Boston y Lima, dedica un amplio dossier a la violencia política de las décadas de 1980 y 1990. Giancarlo Stagnaro La metáfora de la casa vacía y repleta de fantasmas, como en el poema “Casa familiar”, de Jorge Frisancho, publicado en las primeras páginas de esta revista, representa en cierto modo la idea que nos quiere transmitir el tercer número de Intermezzo Tropical: el abordaje sincero y directo de un pasado que permanece aún irredento: los oscuros años de la violencia política en el Perú. La revista nos conduce así por un bosque literario en el que no están ausentes narrativa, poesía y numerosas reflexiones críticas y estéticas de lo ocurrido en la historia peruana reciente. En ese sentido, destaca el artículo “Desapariciones forzadas / resurrecciones míticas”, del crítico y curador Gustavo Buntinx, en el que, a partir de un zigzag dialógico con la obra de Walter Benjamin, estudia las estrategias de las Madres de Mayo al poner en escena su luto y a la vez la esperanza de recuperar, de manera simbólica, a los ausentes. Las Madres de Mayo, en ese sentido, hacen del dolor por la ausencia una continua resistencia en el imaginario colectivo de la sociedad argentina. El texto de Paolo de Lima dedicado a homenajear el recuerdo del poeta Carlos Oliva (autor del poemario Lima o el largo camino de la desesperación) sirve de antesala también a un análisis de la década de 1990, marcada por los reposicionamientos poéticos durante el fujimorismo y que impulsó, como dice De Lima, a una transgresión de la subjetividad. Luis Abanto dedica amplias páginas a plantear una relectura de la novela Los hijos del orden (1973), de Luis Urteaga Cabrera. Asimismo, Luis Fernando Chueca analiza la imagen del desierto –y, de paso, de la muerte– en la poesía de Jorge Frisancho y Rodrigo Quijano. Victoria Guerrero, por otra parte, repasa desde el psicoanálisis freudiano y los estudios de género la fetichización del cuerpo de la senderista Edith Lagos. A los estudios anteriores se aúnan la poética visual y literaria de El infarto del alma (proyecto de las escritoras chilenas Diamela Eltit y Paz Errázuriz, descrito por Carolina O. Fernández); y un recuento de los poetas de la década de 1990 y la violencia política (de Ericka Ghersi). La sección testimonial se inicia con un recuerdo de Carlos Meneses sobre Javier Heraud –con quien hizo amistad durante el viaje que éste realizó a París– y otro de Róger Santiváñez sobre las reuniones barranquinas del colectivo Huayco, a inicios de 1980. Guillermo Ruiz Torres critica el debate provocado por el reciente libro del politólogo Samuel Huntington, ¿Quiénes somos? Los retos de la identidad nacional en América, en que el estadounidense señala que el mayor peligro para la democracia de ese país reside en la comunidad hispánica. Ruiz Torres se ocupa de desbrozar uno a uno los falaces argumentos de Huntington y resalta los aportes de los inmigrantes en la construcción de la superpotencia mundial. Por otro lado, César Ángeles se aproxima a la actualidad literaria de Chimbote. Colaboran, en la sección de reseñas de películas y libros, Rocío Silva Santisteban, David Abanto, Carlos Villacorta y Reinhard Huamán. Desde el testimonio y la reflexión, Intermezzo Tropical hace posible discutir tópicos esenciales para la cultura peruana en relación con su contemporaneidad, sobre todo aquellos que permanecen ajenos a la atención pública, en vez de absurdas “polémicas literarias”. Esperemos que este tercer número ratifique la continuidad de dicha publicación.

viernes, octubre 21, 2005

Miguel Ildefonso visto por Chueca

En una propuesta cercana, Miguel Ildefonso -que en la primera sección de su libro Vestigios (1999) construía sus sujetos como testigos de una Lima nocturna y marginal, con un hábil manejo de la tradición, pero todavía con muchas deudas con una retórica que evidenciaba su desgaste- entrega, en la primera sección de su nuevo Canciones de un bar en la frontera (2001), "Cuaderno del desierto de El Paso", un extraordinario retablo que da muestrasMiguel Ilde de una madurez dentro de esta perspectiva: se trata de un conjunto que, combinando una intensa lírica, elementos narrativos, estructuras dramáticas, fragmentarismo, hibridismo lingüístico, va construyendo una imagen del mundo de la frontera del desierto tejano (donde vive desde hace un algún tiempo). Un fragmento de "Épica de las tribus", el que sea quizá el mejor poema de la sección, permite dar más luces sobre lo que señalo: el desierto era el insomnio de las tribus-era pues el sol atrapado en esa malla eléctrica era el coyote que se tiró del puente-no me dejes ahogar en el río gritaba no pues no seas gacho reía antes de ser-comido por las turbias aguas del Grande porque el desierto es maldito-y no te juntes llévate agua y júrate que lo cruzarás-y esta noche estarás a mi diestra por dios las tribus creían en la bondad-del desierto de Guadalupe mijo - decía – esta vela te llevará-y te limpiará no te pierdas ahora los países abajo hacían fila para cruzar-dejando casa dejando lenguas leguas atrás se bautizaban en el río y pocos vivía para contarlo luego-luego no importa que se le olvide mira este desierto - te digo - antes de quererlo escúpelo para que así veas que ni así te responde-él compró una falsa identificación pero sólo alcanzó a cruzar un falso río-cayó en una boca grande definitivamente la boca del Ogro-desiertos de amor todos iguales desiertos de Nueva York de Lorca-Oh pirámides sin misterio entonces el desierto era chicano-el desierto era un melodrama que las tribus veían por televisión dime si el desierto abarcará nuestro silencio decidme, Dante, por qué me haces esto? _ ella recapitulaba mientras él nacía de entre las aguas de sus ojos desde antes de llegar al desierto desde antes de cruzar los puentes para pisar la Vita Nuova romper las páginas en que Beatrice moría en que Florencia no florecía antes de amar ya te amaba _ decía el vaquero a la muchacha que a la mala había subido su alma adonde mires Dante verás el desierto pero no te sientas mal que el desierto te dará de mí nuestro lenguaje todo desierto, recuerda, es un lenguaje entre dos cuerpos desnudos todo desierto así no es soledad jamás jamás entonces me olvides porque adonde mires estará el desierto (ellos hablan mientras afuera llueve mientras afuera se incendian las tribus mas el desierto es una exacta dimensión en una frontera mojada) - yo era un eco que naufragó en tu cuerpo los vestigios de mi biografía se remontan a Apolo: Mi corazón es ilegal Mi alma es mojado Mi tristeza no tiene Visa antes de la mitad del camino // de mis sueños me desterré // 500 años adelante & ella cruzó el Arno Grande // ella encima del desierto de mi alma la Madre Patria // la lengua en Rojo - no me mires así chiquillo que me da vergüenza (decía) entonces escucha (respondió): la noche es clarísima en cada punto de tu cuerpo se descifra el universo el desierto no miente es duro atravesarlo pero no te miente Consagración de lo diverso Una lectura de la poesía peruana de los noventa (Apareció en Lienzo 22, Universidad de Lima, 2001; pp. 61-132) Luis Fernando Chueca

miércoles, octubre 19, 2005

Sarita Colonia cobija a Montserrat Alvarez

" Los animales de Nerópolis bajo mis caricias Que el desparpajo de la mano en su deriva perezosa, alejada de toda pretensión virtuosística, mero ejercicio para descontraer los músculos, confíe a la exposición pública su luz más plena, la solaridad que grafica toda cruz gamada en la luminosidad de sus extremos ahora extendidos como brazos sacados del cómic underground, la parodia infantil de lo que alguna vez fue parodia siniestra de un rito más antiguo, la infantilidad, que no reniega de un cierto poder destructivo, de la imagen formada a base de pequeños pedazos de letras a modo de un lego soñado por un poeta entregado a los juegos de un pintor también lego. Las seis partes del dibujo-poema, tres miembros acodados reflejando su nomenclatura caleidoscópica, jugando a una regularidad matemática, la que persigue el niño que juega siempre para salvar la seriedad del mundo y del papel blanco, cómo no, aluden al 666, cifras del maldito supremo, que corresponden también a su representante temporal típico según la denuncia paleocristiana, Nerón. Y es sobre la ciudad que palpita bajo su égida sobre la que medita la mano en su abandono. Es Lima, es Asunción... es Nueva York, aun mutilada de sus torres gemelas (estamos hablando del poema “Sólo para decadentes”, extraído de la revista El Augur, Asunción, número especial, octubre de 1993). Si la serpiente intoxicada por la secreciones tumultuosas de su veneno, el orgullo (Chirinos, Los largos oficios inservibles, Lima, 2005) aparece aquí como el sentido denotado y en su avatar crítico de serpiente despedazada (y no en la versión mítica y ya ortodoxa del ouroboros), también la volvemos a encontrar en “Tengo una serpiente”, poema de Underground (Arandurá, Asunción, 2000), en este caso enclaustrada en la covacha moderna del cuerpo burgués minado diariamente por las disciplinas de rigor, en apariencia definitivamente domesticada, salvo por una nota discordante no soñada por los ingenieros del nuevo orden del mundo, la del verbo, que serpea caliente y obsceno desde las ruinas hasta el lector en una enésima revirovuelta, en una cotidiana mutación, la de lo ctónico transfigurado en lo espiritual. La polis de Montserrat Álvarez podría ser definida, en un intento apenas sugestivo y provisorio, por su trasfondo totémico. Hay como un linaje, de realeza solar-incaica, de cognatio severamente pura y de blasones satánicos, que se remonta a una cópula originaria, la de la primera de sus mujeres con la serpiente totémica, esto por jugar con el posible mito primigenio de una estirpe necesariamente rizomática por definición. Porque, y no pocas veces, veremos que, dependiendo del poema, el animal totémico cambia, de elemento, de figura, de armas... Es el caso de “Raposa”, poema del mismo libro ya mencionado, donde el animal cognativo es identificado con un perro. La Raposa reconoce al poeta como uno de los suyos, concediéndole su gesto más valioso, el de la lengua que impregna con su saliva-panacea la mano que ella reconoce como la de un igual, el tendy que todo lo sana, las heridas, la soledad existencial, etc.; palabra ésta, tendy, que en guaraní tiene un extraña duplicidad en su valor semántico, pues también designa el fuego, la llama, la luz, el resplandor, lo que claramente nos retrotrae a lo solar. La Raposa habitaba hasta antes del encuentro los páramos interminables de la incomprensión y el ostracismo de los suyos, los mismos que habita el poeta, todo poeta “que la tiene”. (Acá nos es necesaria una pequeña digresión para acotar que la soledad plena y absoluta ya no le es posible al poeta modernizado e integrado a las redes de la civilización, aquella soledad mencionada en un artículo de Octavio Paz en relación con el indio chaqueño que se interna en lo oscuro, lanzado a la explosión obsesiva del canto durante toda una noche sin que intervenga oyente ni espectador alguno en esta escena y sin que queden huellas o testigos de su poema-canto. Se trata sólo del poeta ante el mundo natural, de la lengua que en su actividad salivosa forma un engrudo-mandala para mantener la estabilidad del cosmos, su permanencia originaria y plena, con su canto chamánico como humus y energía inagotables para la continuidad de los seres). Que el lugar de aparición de La Raposa, según fuentes de primera mano, haya sido el Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos, de orientación jesuítica, casa de estudios en aquel momento de la autora, no es un simple hecho anecdótico sino que viene a completar el contexto satánico que une íntimamente el poema con su correlato empírico. Para ahondar en el concepto de lo satánico que hasta aquí hemos desarrollado sería bueno traer a colación la lectura que hace del mismo la teórica de lo fantástico Rosmary Jackson. Para esta autora inglesa, la forma de lo fantástico en literatura, y en especial la de su variante de lo siniestro, no es más que el minucioso y permanente socavamiento de lo real burgués-capitalista. Uno de los topoi que lo fantástico frecuenta para realizar este trabajo de subversión es el de lo satánico, junto a temas o motivos como el del doble, el de lo vampírico, el de los fantasmas y un largo etc. La literatura de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la literatura “gótica” y la romántica, que hacían uso y abuso de ellos, fue considerada como una literatura inferior, alejada de la seria y respetable literatura realista. Por sus orígenes y el desprecio que por lo general ha recibido de parte de los detentadores de la “gran cultura”, en general lo fantástico ha pugnado siempre por la problematización de lo real. Y en el siglo XX, que es cuando empieza a ser estimada en su auténtico valor esta corriente, las aportaciones del psicoanálisis, por ejemplo, revelan que lo demoníaco o lo satánico pueden ser interpretados modernamente ya no como simples supersticiones retrógradas sino como simbolismos portadores de verdades profundas e íntimas para el sujeto moderno. Lo satánico o demoníaco aparece así como el otro yo reprimido por la conciencia burguesa, que se concreta y al mismo tiempo se independiza del sujeto. Se externaliza y mira desde fuera al yo que lo había negado siempre. Es por ese lado que convendría leer lo satánico en Montserrat Álvarez Pues si la figura totémica es, las más de las veces, proteica, no ocurre lo mismo con el “espíritu de su raza”, invariablemente satánico. Los animales totémicos rotan su danza verbal alrededor de un centro descentrante, vacío en su satanismo. El poema “A Satanás” es la reivindicación de esa sangre matrilineal, ya lo dijimos, quebrada, rizomática, devorada por el olvido, pero irrestañable por esencia. Las posturas que ha asumido su cuerpo y el pescuezo de las botellas de cerveza rotas remiten sin piedad al mundo sin exorcismos posibles de Linda Blair, a ese mundo de las mil voces que la penetran en su célebre postura más esquizo que yogui, con el cuello que gira 90 grados sobre el eje del bien y del orden y la boca que lanza escupitajos de locura, poética, chamánica y mental, sobre la letanía agnativa del sacerdote y su cerebro falogocéntrico y del mundo que ha confeccionado esos vaqueros para aprisionar a sus hijos réprobos. “Tomates, tomates, hijos de la sangre / grandes nabos, blancas / fibras de la luna...”: he aquí el conjuro satánico en su vitalidad gastronómica, acaso caníbal también, para seguir con las asociaciones; canibalismo, por otra parte, achacado a todo espíritu cuando no se deja someter a las nuevas leyes indiferentes a toda consanguinidad que no sea exclusivamente blanca, humana, patrilineal. A la Epístola a los corintios se remonta la tradición que acredita a la posesión satánica tanto la esquizofrenia del cuerpo como la multiplicidad verbal que sobrepasa el pequeño coto del lenguaje o idioma dominante, mayor, codificado por el poder. La Blair se expresa con toda la variopinta lengua de la familia totémica, la del perro, la de la serpiente, desde el bisbiseo hasta el aullido, formas que la poesía de Montserrat, como sobrina del zoofílico Lautréamont, a través de una palingenesia retoma para minorar, como diría Deleuze, toda liturgia fiel al lenguaje mayor, reiterativo, ultracodificado, abriendo dentro de él una zona huamaniana, paródica, descoyuntándolo hasta el paroxismo con versos como estos: “De verdes anhelos está llena mi alma, / de jugo de berro, de sangre de palta, / de los entremeses, los engañabobos, / la lengua del pato, la boca del lobo, / el huevo del dodo y el del avestruz...” En “Elogio de la noche” no sólo accedemos a ese espacio superior, el del alma que ha pasado por todas sus figuras, sino también a aquella noche del chamán que busca a través de su vigilia poética la novedad del verbo al mismo tiempo que su reintegración a la hermandad de sus iguales. El poema “Instante” quiebra la ilusión burguesa del paso del tiempo y fija sus versos sobre la eternidad de X con su vaso de cerveza, eternizado por la gracia con que convoca al poeta para retratarlo, y el poema realiza la transfusión de esta gracia con la que aquél escancia la cerveza a los lectores. Idas y vueltas de la vida al poema, del poema a la felicidad del lector, que no sabrá nunca acaso con certeza que ha quedado ineluctablemente atrapado en la palpitante corriente de un saber originario. “Dios del sueño”, poema de la colección Alta suciedad (Buenos Aires, 2005) no es una imprecación desesperada de un insomne ante el Sueño que se niega aparecer, sino que va más bien por el camino alquímico de encontrar al dios que nos hace “susurrar el universo”. “Cuán grato...” fluye escandido en la prisión de una prosodia que se quiere dorada, antigua, acaso la de los ancestros españoles. La serie de negaciones aparentemente condescendientes con la ideología de la resignación de la España negra de Felipe II se cierra, como con un portazo, con un sí moderno, antihumanista, corroborado hoy día en la práctica cotidiana más que en el ocasional devaneo pesimista que segregan las horas muertas. De Zona dark (Lima, 1991), lo que nosotros podemos agregar a lo mucho y bien que otros autores han dicho al explayarse sobre él es, modestamente, poco: señalar, acaso, para reforzar alguna postura planteada en estas páginas, por ejemplo, en su “Ars poética” aquella definición de la poesía como ”...asunto raro de bichos raros de largos dedos...”, y, en “La metamorfosis”, cómo las manos de Gregorio Samsa en aquella fatídica mañana se convierten en “precarios recortes de papel”. Sin olvidar a “Circe”, con “mis animales bajo mis caricias”, ni, por último, a “Paradoja”, poema gracias al cual hemos aprendido que “todo hombre bueno tiene dos ojos como dos peces...” Hablar de la poesía de Montserrat Álvarez, que ahora Sarita Colonia pone en nuestras manos, es tan fácil y, al mismo tiempo, tan difícil, que uno en algún momento tiene que romper el tenor ex cátedra, la retórica academizante, para poner en claro eso, como sería necesario hacerlo para hablar de su acento limeño impregnado de tics españoles –y, por supuesto, bien sazonado con algún vocablo guaraní, porque así lo exige su respeto de las reglas de la cortesía–, pero aquí no hemos hecho más que esbozar un ápice de la vasta gama de lecturas de las que su obra es susceptible, y si hemos privilegiado la faceta totémica o zoomorfa no ha sido más que con el objeto de abrir un nuevo espacio allí donde ella no ha hecho más que socavar y agrandar el mundo para así poder reconciliarnos con la poesía y sus inagotables formas de vida y de placer. Cristino Bogado, poeta y editor paraguayo." ( De inminente aparición en el libro de poemas Nerópolis, de Montserrat Alvarez, E. Sarita Colonia, Lima)

lunes, octubre 17, 2005

Dos poemas del autor de "La habitacion" y "Fiesta de cumpleaños"

Su oposición a la guerra en Irak también ha tomado el forma de poesía. Su poema "God Bless America" fue escrito cuando Bush y Blair estaban preparando su invasión en enero de 2003: God Bless America Que Dios Bendiga América Here they go again, Aquí vienen otra vez The Yanks in their armoured parade LosYanquis en su desfile armado Chanting their ballads of joy Cantando sus baladas de alegría As they gallop across the big world Galopeando a través del inmenso mundo Praising America's God. Alabando al Dios de Norteamérica The gutters are clogged with the dead Las fosas están tupidas con los muertos The ones who couldn't join in Los que no pudieron participar The others refusing to sing Los que renunciaron a cantar The ones who are losing their voice Los que perdieron su voz The ones who've forgotten the tune. Los que olvidaron la melodía The riders have whips which cut. Los jinetes tienen látigos cortantes. Your head rolls onto the sand Tu cabeza rueda por la arena Your head is a pool in the dirt Tu cabeza es un charco en la tierra Your head is a stain in the dust Tu cabeza es una mancha en el polvo Your eyes have gone out and your nose Tus ojos se han ido y tu nariz Sniffs only the pong of the dead Sólo huele el olor de los muertos And all the dead air is alive Y todo el aire muerto esta vivo With the smell of America's God. Con el olor del Dios de Norteamérica Como ilustra el poema, Pinter cree que la guerra "contiene en si misma una alegría palpable en la destrucción. El poder, como se ha comentado a menudo, es el gran afrodisíaco, también, al parecer, lo es la muerte de otros." En su biografía del escritor, Michael Billington dijo que Harold Pinter era "a su favor, una molestia pública constante, interrogador de verdades aceptadas, tanto en la vida como en el arte." Los dos, agregó Billington, interactúan recíprocamente. Harold Pinter también es implacable en su condena a aquéllos que no hablan. La mayoría silenciosa que es tan culpable como aquéllos que aprietan los gatillos y empujan los botones de las armas que destruyen tantas vidas cada día. Nosotros usamos el idioma para disimular la realidad, acusa. Nosotros lo usamos porque somos cobardes, porque "no podemos enfrentar la muerte. Pero debemos enfrentarla porque ellos mueren en nuestro nombre. Debemos prestar atención a lo que se está haciendo en nuestro nombre." Siguiendo esta línea está la crítica hecha por anteriores poetas de guerra sobre la complacencia de las personas en la casa satisfecho llevado vidas normales cuyo mayor preocupación es el estado de tiempo: Weather Forecast Pronosticó del Tiempo The day will get off to a cloudy start. El día empezara nublado It will be quite chilly Hará bastante frío But as the day progresses Pero a medida que progrese el día The sun will come out El sol saldrá And the afternoon will be dry and warm. Y la tarde será seca y calorosa. In the evening the moon will shine Por la noche la luna brillara And be quite bright. Y relumbrara bastante. There will be, it has to be said, Habra, hay que decir, A brisk wind Un viento vigoroso But it will die out by midnight. Pero cesará para la medianoche. Nothing further will happen. Nada más sucederá Agradecemos a la gente de http://koeyu.blogspot.com/

viernes, octubre 14, 2005

Efímero pánico del cachai Jodorovski

"De México me vine a París, donde tuvo lugar ese extraordinario happening del Centro Americano. Tal vez podría hablarnos de ello, en la medida en que fue para usted una especie de apoteosis, un acto convulsivo y purificador. Sí, fue una fiesta grandiosa, una celebración donde las fuerzas de las tinieblas salieron de la trampa para luchar a plena luz con las fuerzas luminosas, un combate entre ángeles y bestias, un ritual saturado de sabiduría y de locura... Ese espectáculo pánico había sido minuciosamente preparado. Yo había adquirido cierta experiencia y ya no me movía a tientas: los riesgos eran asumidos con pleno conocimiento de causa. Al montar este acontecimiento, yo era consciente de estar encaminándome hacia una muerte, un rito de transición del cual sólo podría salir destruido o transformado... Para mí no se trataba de divertirme entregándome a una pequeña masturbación intelectual frente a un público escogido. ¡Yo no tenía nada que ver con las elucubraciones vanguardistas provenientes de cerebros desmedrados de algunos pseudoartistas autosuficientes! Me preocupaba tan poco de ello entonces como ahora del medio temeroso de la «espiritualidad», de la opinión de esas personas constantemente asustadas que buscan refugio en un nirvana de pacotilla para evitar tener que enfrentarse a las monstruosidades de la vida, la dimensión pánica de lo cotidiano... No se trataba de montar un pequeño espectáculo simpático cuya audacia fuera aplaudida por la crítica de moda, sino de cuestionarme por completo. Quería exponerme, poner en juego la vida, la muerte, la locura, la sabiduría, realizar una especie de sacrificio ritual. ¿Qué sucedió? La primera parte estaba basada en unas creaciones de Topor, Arrabal y Alain-Yves Leyaouanc. Topor me pasó cuatro dibujos que yo puse en escena con la compañía de ballet de Graciela Martínez, con trajes de tela blanca sobre los cuales el artista en persona dibujó, y personajes recortados en madera. El público pudo así asistir al ballet de Topor, que transcurrió lentamente sobre un fondo negro. Figuraba las etapas de la iniciación de una muchacha muy joven: el primer par de medias, traído en una pequeña carretilla por una anciana sin piernas, el primer par de zapatos, el primer sostén (dos personajes tipo Chaplin se abalanzaban a patadas sobre un enorme seno hecho en yeso, levantando una nube de polvo), el primer lápiz de labios, las primeras joyas... Arrabal me entregó una comedia de cuatro páginas: la historia de una princesa enamorada de un príncipe con cabeza de perro que acaba engañándolo con un príncipe con cabeza de toro. Para esta escena, yo había llenado el escenario de miles de pollitos que piaban produciendo un ruido infernal. La princesa masturbaba un cuerno del toro hasta que salía un chorro de leche condensada. Estas dos primeras partes constituían a mi entender el prólogo cómico-poético del «Melodrama sacramental». Algunos de los poetas norteamericanos más célebres de la generación beat, entre ellos Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, asistieron al acontecimiento. Este último se mostró tan impresionado que me pidió para su City Lights Journal una descripción del melodrama sacramental, precedida de un breve prólogo explicativo. Voy a leerte ese documento, publicado en San Francisco en 1966. Redactado al calor de aquel evento, expresa mejor toda la locura y belleza de este efímero pánico de lo que podrían hacerlo mis recuerdos actuales. La finalidad del teatro: provocar accidentes. El teatro debería fundarse sobre aquello que hasta ahora hemos denominado «errores»: accidentes efímeros. Al aceptar su carácter efímero, el teatro descubrirá lo que lo distingue de las otras artes y, por ende, se abrirá a su propia esencia. Las otras artes dejan páginas escritas, grabaciones, telas, volúmenes: huellas objetivas que el tiempo borra sólo muy lentamente. El teatro, por su parte, no debería durar ni siquiera un solo día de la vida de un hombre. Apenas nacido, debería morir enseguida. Las únicas huellas que dejará estarán grabadas al interior de los seres humanos y se manifestarán en cambios psicológicos. Si la finalidad de las otras artes es crear obras, la finalidad del teatro es directamente cambiar a los hombres: si el teatro no es una ciencia de la vida, no puede ser un arte. MELODRAMA SACRAMENTAL Un efímero pánico presentado el 24 de mayo de 1965 en el Segundo Festival de Expresión Libre de París Un espacio escénico del cual han sido retiradas todas las cuerdas, los decorados, etc. En otras palabras, un escenario desprovisto de todas sus futilidades: muros desnudos. Todo está pintado de blanco, incluso el suelo. Un automóvil negro (en buen estado); los vidrios están rotos de manera que se puedan guardar objetos dentro, utilizar ese espacio como vestuario, como lugar para descansar, etc. Dos cajas blancas sobre las que están dispuestos objetos blancos. Un mesón de carnicería, una pequeña hacha. Un frasco con aceite hirviendo sobre una cocinilla eléctrica. Antes de levantar el telón, se quema gran cantidad de incienso. Todas las mujeres tienen los senos desnudos. Dos de ellas, tendidas en el suelo, están completamente pintadas de blanco. Otra mujer, pintada de negro, está sobre el techo del automóvil negro. Junto a ella, otra, pintada de rosado. Ambas tienen los pies inmersos en una pequeña tinaja de plata. Una mujer, con un vestido largo plateado y el cabello peinado en forma de media luna, se apoya sobre dos muletas. Su rostro entero está enmascarado, incluso su nariz y su boca. Dos agujeros en el vestido revelan sus pezones, otro revela su vello púbico. Lleva consigo un gran par de tijeras de plata. Otra mujer más, que usa una capucha de verdugo, grandes botas de cuero, un cinturón grueso. Tiene un látigo en la mano. Sus senos están recubiertos con un chal negro. Grupo de rock'n'roll: seis muchachos con el pelo a la altura de los hombros. Nadie debe haber ingerido drogas, excepto los músicos. Una rampa une el escenario con el público. Los objetos y trajes utilizados durante el espectáculo serán lanzados a los espectadores. Apertura súbita y estruendosa del telón. La calma antes de la tempestad. Aparezco, vestido con un traje de plástico negro brillante, pantalones altos como los de un basurero, botas de caucho, guantes de cuero, lentes gruesos de plástico. Sobre mi cabeza, un casco de moto, blanco, como un gran huevo. Dos ocas blancas. Les corto la garganta. Estalla la música: cascada de guitarras eléctricas. Los pájaros deambulan, agónicos. Las plumas vuelan. La sangre salpica sobre las dos mujeres blancas. Trance. Bailo con ellas. Las golpeo con los cadáveres. Ruido de muerte. Sangre. (Había previsto degollar las aves sobre el mesón de carnicería. Pero en mi estado de trance, llevado por una fuerza extraña, les arranqué el cuello con mis manos con la misma facilidad con que le habría sacado el corcho a una botella.) La mujer rosada, con los pies siempre en la tinaja, ondula las caderas mientras que la negra, como una esclava, comienza a cubrir su cuerpo con miel. Destruyo las ocas sobre el mesón de carnicería. La mujer plateada abre y cierra violentamente sus tijeras. ¡Ah, ese ruido metálico! Les pasa las tijeras a las dos mujeres blancas, que comienzan a recortar el plástico negro. Destruyen mi traje. Pierdo mis botas y mis guantes. Curiosamente poseídas también, las dos mujeres terminan desgarrando mi traje con sus puras manos. Mi cuerpo es entonces revestido con 20 libras de bistec, cosidas como camisa. Aullando, las mujeres se abalanzan sobre la carne roja y la despedazan en trozos pequeños. Le entregan los trozos a la mujer plateada. Con una enorme cuchara plateada, ésta introduce calmadamente los bistecs en el aceite hirviendo. (La proximidad de la cocinilla y de los cuerpos sudorosos de las mujeres produce golpes eléctricos.) Cada trozo de carne frito es puesto sobre un plato blanco; las mujeres ofrecen los platos a la vista del público. Yo sigo vestido con un pantalón de cuero negro. Un falo hecho con la misma materia está colgado perpendicularmente al suelo. Tengo brazaletes de cuero en las muñecas y en los tobillos: homenaje a Maciste, el Hércules del pueblo italiano. Concentración. Karate-kata. Recojo el hacha y recorto en tajadas mi falo de cuero sobre la mesa de carnicería. La mujer negra, consciente de su esqueleto, danza, mueve sus huesos como un títere, mientras que yo rompo los platos blancos a martillazos. Las mujeres blancas danzan sin parar. Cuando se sienten cansadas, adoptan la postura de zazen. Acerco un cuadro de metal. Lentamente, levanto el chal negro que cubre los senos del verdugo. Su piel no está pintada. Tiene unos pechos fuertes y sanos, un cuerpo poderoso. Me paso el cuadro alrededor del cuello, dándole la espalda al público. La mujer me propina un latigazo. Trazo una línea roja sobre su seno derecho con un lápiz labial. Segundo latigazo. La línea comienza en su plexus solar y desciende hasta su vagina. (El primer latigazo fue fuerte, pero no lo suficiente: necesitaba más. Buscaba un estado psicológico que me era desconocido hasta ese entonces. Necesitaba sangrar para trascenderme, para romper mi propia imagen. El segundo golpe me marcó instantáneamente. Luego el verdugo perdió el control, porque muchas veces había soñado con dar latigazos a un hombre. La tercera vez, completamente excitada, me dio latigazos con todas sus fuerzas. La herida tardó dos semanas en curar.) La mujer quiere seguir golpeándome; me empuja con todas sus fuerzas. Con el aparato alrededor del cuello, doy vueltas y caigo al suelo. (Podría haberme roto las vértebras cervicales, pero en el extraño estado emocional en que me encuentro, el tiempo se vuelve lento, y, como si me encontrara dentro de una película a cámara lenta, pude levantarme sin la menor herida.) Le pincho el seno para sosegarla. Calma. La mujer negra me trae limones. ¡Ah, ese color amarillo! Los dispongo en círculo en el suelo. Me arrodillo al centro. Un peluquero profesional, casi paralizado por el miedo, se acerca para cortarme el pelo. La mujer cubierta de miel se baja del techo del automóvil. Bailo con ella. Deseo sexual, con una fuerza onírica. Sus medias parecen resumir toda la hipocresía social. Las saco sin preámbulo. Resbalan por sus muslos llenos de miel. Abejas. El impacto de su pubis negro. La sumisión de la mujer. Sus ojos semicerrados. Su aceptación natural de la desnudez. Libertad. Pureza. Ella se arrodilla junto a mí. Sobre su cuerpo, y partiendo desde el vientre, pego los cabellos que me cortan. Quiero dar la impresión de que sus vellos púbicos crecen como un bosque e invaden todo su cuerpo. Las manos del peluquero están paralizadas por la ansiedad. Es el verdugo quien tiene que terminar de afeitar mi cabeza. Dos modelos de Catherine Harley, ajenas a todo lo que está sucediendo y llenas de pánico ante la idea de ensuciar sus vestidos de seda muy costosos (arrendados para la ocasión), van y vienen, trayendo al escenario 250 grandes panes. En ese momento, mi cerebro está en llamas. Saco de un frasco de plata cuatro serpientes negras. En un principio, trato de pegármelas con tela adhesiva sobre mi cabeza a modo de cabellos, pero cedo a la tentación de disponerlas sobre mi pecho cual dos cruces vivas. Mi transpiración me lo impide. Las serpientes ondulan alrededor de mis manos como agua viva. Bodas. Persigo a la mujer rosada con las serpientes. Ella se esconde en el automóvil, como una tortuga en su caparazón. Baila en su interior. Me sugiere un pez en un acuario. Asusto a una de las dos modelos. Ella deja caer su pan y salta hacia atrás. Un espectador ríe. Le lanzo el pan a la cara. (Durante una recepción, algunos días después, esta mujer se me acercó y me dijo que al recibir ese pan en pleno rostro había sentido la sensación de comulgar, como si yo le hubiera introducido una gigantesca hostia a través del cráneo.) De pronto, lucidez: veo al público sentado ahí en las butacas, personas paralizadas, histéricas, excitadas, pero inmóviles, sin participación corporal, aterradas por el caos que está a punto de devorarlos: tengo que lanzarles las serpientes o hacerlos explotar. Me contengo. Rechazo el escándalo fácil de un pánico colectivo. Calma. Violencia de la música. Los amplificadores a todo volumen. Me visto con un pantalón, una camisa y unos zapatos naranja. El color de un budista quemado vivo. Salgo y vuelvo con una pesada cruz hecha con dos vigas de madera. Sobre la cruz, un pollo crucificado cabeza abajo, el culo hacia arriba, con dos clavos en sus patas, como un cristo decapitado. Lo he dejado pudrirse durante una semana. Sobre la cruz, dos letreros del tránsito: abajo, un letrero con una flecha y la mención «Salida por arriba»; encima del pollo, un letrero con la mención: «Prohibido salir». Le entrego la cruz a la mujer plateada. Traigo otra. Dos letreros indicadores: siempre uno abajo que indica hacia arriba; siempre uno arriba que prohibe salir. Le paso la cruz a una de las mujeres de blanco. Traigo una tercera cruz. Se la entrego a la otra mujer de blanco. Las dos mujeres cabalgan sobre las cruces, transformándolas en gigantescos falos; luchan entre ellas; una de ellas introduce la punta de la cruz a través de la ventana del automóvil y simula los movimientos de un acto sexual con el automóvil. Dispongo la tinaja frente a la cruz. El pollo crucificado es sacudido por encima de las cabezas de los espectadores. Dejamos caer las cruces. Escojo entre los músicos a aquel que tiene los cabellos más largos. Lo levanto. Está más tieso que una momia. Lo visto con un traje de papa. Lo cubro de estola. Las mujeres, de rodillas, abren la boca y sacan la lengua lo más lejos posible. Aparece un nuevo personaje: una mujer vestida con un traje tubular, como una lombriz de pie. A través de este traje, quiero sugerir la idea de una «forma papal» en descomposición. Un papa transformado en camembert. El músico, imitando los gestos de un sacerdote, abre una lata de frutas en almíbar. Pone medio durazno amarillo dentro de la boca de cada una de las mujeres. Estas lo tragan de un solo bocado. ¡Hostia bañada en almíbar! Una mujer encinta hace su aparición. Estómago de cartón. El papa se percata de que tiene una mano de yeso. Coge el hacha y la rompe en mil pedazos. Le abre el estómago valiéndose de una piocha (tengo que controlarlo para evitar que la hiera realmente). Pone las manos dentro de su estómago, del cual extrae ampolletas eléctricas. La mujer grita como si estuviera pariendo. Se levanta, saca de su seno un bebé de caucho y golpea con él al papa en pleno pecho. La muñeca cae al suelo. La mujer se retira. Recojo el bebé. Abro su vientre con un escalpelo y extraigo de su interior un pez vivo en las convulsiones de la agonía. Fin de la música. Solo de batería brutal. El pez sigue retorciéndose; el baterista sacude unas botellas de champán hasta que explotan. Al ver cómo la espuma lo recubre todo, el papa tiene un ataque de epilepsia. El pez muere. La batería se calla. Lanzo el animal por encima de la rampa; cae en medio del público. Presencia de la muerte. Todo el mundo sale del escenario, salvo yo. Música judía. Himno atroz. Lentitud. Dos manos blancas inmensas me lanzan una cabeza de vaca. Pesa ocho kilos. Su blancura, su humedad; sus ojos, su lengua... Mis brazos sienten su gelidez. Yo mismo me vuelvo gélido. Por un segundo, me transformo en esa cabeza. Siento mi cuerpo: un cadáver bajo la forma de una cabeza de vaca. Caigo de rodillas. Quiero aullar. Me es imposible hacerlo porque la boca de la vaca está cerrada. Introduzco mi índice en sus ojos. Mis dedos resbalan sobre las pupilas. No siento nada aparte de mi dedo -satélite sensible girando alrededor de un planeta muerto-. Me siento como la cabeza de la vaca: ciego. Deseo de ver. Agujereo la lengua con un punzón; abro las mandíbulas. Tiro de la lengua. Dirijo la cabeza, con la boca abierta, hacia el cielo, al mismo tiempo que yo alzo la mía, con la boca abierta. Un aullido sale, pero no de mí, sino del cadáver. Una vez más, veo al público. Inmóvil, gélido, hecho de piel de vaca muerta. Todos somos el cadáver. Lanzo la cabeza en medio de la sala. Esta se vuelve el centro de nuestro círculo. Entra un rabino (las manos blancas inmensas eran las suyas). Lleva puesto un abrigo negro, un sombrero negro, una barba blanca tipo Viejo Pascuero. Camina como Frankenstein. Está de pie sobre una tinaja de plata. Extrae tres botellas de leche de una maleta de cuero. Las vierte sobre su sombrero. Froto mi mejilla contra la suya. Su rostro es blanco. Tomamos un baño de leche. Bautizo. Me coge por las orejas y me da un beso apasionado en la boca. Sus manos agarran mis nalgas. El beso dura varios minutos. Temblamos, electrizados. Kaddish. Con un lápiz negro, traza dos líneas desde los rincones de mi boca hasta mi mentón. Mi mandíbula parece ahora la de una muñeca ventrílocua. Él está sentado sobre el mesón de carnicería. Una de sus manos está apoyada sobre mi espalda como si él quisiera pasar a través de ella, cortar la columna vertebral, introducir sus dedos dentro de mi caja torácica y presionarme los pulmones para forzarlos a gritar o a rezar. Me obliga a moverme. Me siento como una máquina, como un robot. Angustia. Tengo que dejar de ser una máquina. Deslizo mi mano entre sus piernas. Abro su bragueta. Introduzco mi mano y con una fuerza inusitada extraigo una pata de chancho, semejante a la imagen que yo tenía del falo de mi padre cuando yo tenía cinco años. Retiro mi otra mano empuñando un par de testículos de toro. Abro los brazos en forma de cruz. El rabino aúlla como si hubiera sido castrado. Parece muerto. La música judía se vuelve más fuerte; cada vez se vuelve más melancólica. Aparece un carnicero, vestido con un sombrero, un abrigo, tiene una barba negra, su delantal cubierto de sangre. Tiende al rabino y comienza la autopsia: introduce sus manos en el abrigo y saca un enorme corazón de vaca. Olor de carne. Clavo el corazón en la cruz. Largo pedazo de tripas. Lo clavo. Sale el carnicero. Aterrado, levanto el sombrero del rabino. Saco un cerebro de vaca. Lo reviento sobre mi cabeza. Cojo la cruz y la pongo cerca del rabino. Saco de la maleta una cinta larga de plástico rojo y amarro al hombre a la cruz cubierta de tripas. Levanto todo el armazón: madera, carne, ropas, cuerpo y lo dejo caer por la rampa que baja hasta el público. (El peso total es de 125 kilos: pero, pese a la violencia del golpe, el hombre no sintió nada ni sufrió el menor rasguño.) Entran las mujeres blancas, negras, rosadas y plateada. Se arrodillan. Espera. Entra un nuevo personaje: una mujer cubierta de satén negro cortado en triángulos. Una especie de telaraña. Un bote de neumático de tres metros de largo va amarrado a su traje y parece una enorme vulva. Plástico naranja inflado con aire. El fondo de la balsa es de plástico blanco. Símbolo: el himen. Danza. Ella me hace señas. Cuando me acerco, ella me rechaza. Cuando me alejo, ella me sigue. Se encarama sobre mí. La balsa me cubre completamente. Cojo el hacha. Rompo el fondo blanco. Aullido. Rajo la tela y me refugio en la vagina. Permanezco entre sus piernas, escondido en el satén negro. De un saco escondido junto a su vientre, extraigo cuarenta tortugas vivas que lanzo al público. Parecen surgir de la enorme vagina. Como piedras vivas, diríase. Comienzo a nacer. Gritos de una mujer que da a luz. Caigo al suelo en medio del vidrio de las ampolletas eléctricas, de los trozos de plato, de las plumas, de la sangre, de los estallidos de los fuegos artificiales (mientras me rapaban la cabeza, encendí 36 fuegos, uno por cada año de mi vida), charcos de miel, trozos de durazno, limones, pan, leche, carne, harapos, astillas de madera, clavos, sudor: renazco en este mundo. Mis gritos asemejan los de un bebé o un anciano. El viejo rabino, mediante enormes esfuerzos, ejecuta pequeños saltos a diestra y siniestra, amarrado a la cruz como un cerdo agónico. Se libera de la cinta de plástico. El sale. La mujer-madre empuja hacia mí a la mujer negra. La levanto. La llevo hacia el centro del escenario, ella tiene los brazos abiertos en forma de cruz. Un cadáver-cruz: la pintura negra sugiere una cremación: mi propia muerte. Al darme la vida, la mujer ha lanzado la muerte en mis brazos. Manchado con el maquillaje de mi pareja, comienzo a volverme completamente negro. Mi rostro parece el de un quemado. Las mujeres nos amarran el uno al otro con vendas. Estoy ligado a ella por la cintura, los brazos, las piernas y el cuello. Este cadáver huesudo está incrustado en mí y yo estoy incrustado en ella. Parecemos dos siameses: como si fuéramos una sola persona. Lentamente, improvisamos una danza. Nos dejamos caer al suelo. Los movimientos no son ni los suyos ni los míos, sino los de ambos al mismo tiempo. Podemos controlarlos. Las mujeres blancas y rosadas nos salpican con jarabes de menta, de casis y limón. El líquido viscoso, verde, rojo y amarillo nos recubre; mezclado con el polvo, forma una especie de barro. Magma. El telón comienza a bajar lentamente. Nuestros dos cuerpos se agarran el uno del otro, como dos columnas. Queremos levantarnos, caemos. Se baja el telón. (Todos los ingredientes empleados en el melodrama sacramental fueron lanzados al público: trajes, hachas, recipientes, animales, pan, piezas de automóvil, etc. Los asistentes se pelean como aves de rapiña las reliquias. No quedó nada.) Me pregunto si lamento haberme perdido ese happening o si me felicito de haberme librado de él... ¡Espera, ahí no acaba la cosa! Mientras el público se disputaba las tortugas vivas, las vísceras, los bistecs, los cabellos, etcétera, volví a subir al escenario y 40 me dirigí al público en los siguientes términos: «Generalmente uno paga caro su butaca en el teatro para recibir poco a cambio. Hoy la entrada fue gratuita, ustedes no pagaron nada pero recibieron mucho. Es medianoche. Para presentarles la última parte del poema, necesito un par de horas de preparación. Vayan a tomarse un café y vuelvan a las dos de la mañana». Todo el mundo aplaudió y abandonó la sala. Dos horas más tarde, el teatro estaba nuevamente lleno. Entonces comencé el ceremonial que me había propuesto Alain-Yves Leyaouanc. Vestido con un traje de los años veinte, rasuré el pubis de su joven esposa al son de una música sagrada. Sobre su cuerpo, ella había pegado unos dominós. Era un acto muy emocionante, y el espíritu con que era realizado generaba inmediatamente una atmósfera religiosa. Había también una réplica del Pensador de Rodin en la cual hacíamos agujeros con un martillo. Chorros de tinta china salían de la cabeza del pensador, luego soltamos en la sala dos mil pajaritos. Al final del happening estaba tan limpio de mí mismo que los pájaros venían a posarse sobre mi cabeza sin que yo me percatara de ello."

jueves, octubre 13, 2005

Pishtakos

Domingo de Ramos, poeta peruano (nacido en 1960 en Ica, ciudad costeña) que pertenecio a la ya mitica agrupacion poetica de la Lima de la decada de los 80: Kloaka, adelanta aKurupi su poema Muñeca Quemada . Texto mitico-legendario que va hurgando en un personaje elaborado colectivamente por los miedos y angustias coloniales, mixtura del Sacamantecas iberico, el Dr. Jeckil, el Hombre de la bolsa y el vampiro de los fantasy goticos.

" Muñeca Quemada

Me han sanado hasta despedazarme

Recosido dulcemente como un bofe

Rapiñado en tu cielo en esas cuerdas confusas

Rotas ahora con la hoz de mis latidos

Y enterrado entre chispas eléctricas y hecho de viejas soldaduras

Que no cura ni hiere solo se levanta

errando en la arena de tu pelo

que decae en flexuasa amanecida

como ruedas en el silente cerro

he vuelto Mary Shelley

El olor de abajo me obispa

Una milenaria sed me convierte

en un nocturno campesino de los bares

desmantecando ropas y cuerpos con el blando resplandor de mi cuchillo

ante una lluvia platónica

que me ablanda y me tiznea en las paredes donde me parapeto anónimo y desgastado

Como una lamprea reanudando un laburo insomne quizás un ritual solitario parecido

A un sacerdote y digo sacerdote de un pueblo entre polvo y piedra pasando

como ahora se discurre la grasa entre los dedos como heladas lavazas entre mis pies

Tacto por ti estas líneas mar adentro

Este mundo es demasiado ancho para mi

Aldeas con cabezas voladoras y chupacabras

Pishtakos y criaturas volantes y el Prometeo de Mary

Y yo dando vuelta entre las torres en un tiempo estirado y otro acelerado como

esos que matan y rellenan el alma con partidos de fútbol y otros adefesios mas

que beben y pesan la sangre atándose a la cintura destrucción y bellas monedas

y sucede que después están podando asesinos en fiestas democráticas

sucede que el carnicero es un demócrata que el presidente de la Fao es un obrero negro

y despedido y que esta nueva generación se sublimatiza

como la epidemia de un triste dios Byroneano que me encima como una escarcha

y se hunden en el callizo en el estrecho mar que se bifurca

y no hay forma ni método sino solo estupor furor

para sentarse y tomar agua y desatar tus caballos sobre la plaza

a la luz de los rieles bajo la cálida putrefacción de los techos

Pukallacta

Sonjo luna

nauseante viaje

mi guitarra en la mano

que tu cráneo crezca como embotelladora en las riberas de los ríos como

relaves de hombres sin historia Que crezca sano como una cabeza de un Dios

India siempre india aunque herida y abandonada arrimada entre maderas miserables

transtornada por diluvios y llevada floralmente a los desiertos

¿De qué me sirve tu muerte? "

miércoles, octubre 12, 2005

Invasión de América

Cuando los Karai consideraron que la hospitalidad ofrecida por los arawucos no era lo suficientemente generosa, inventaron el mito del canibalismo. Como prueba de nuestra esquizofrenia diglósica acá van algunas muestras de es "minoría de edad" a que son sometidos todos los invadidos, sea América, las Galias, Irak, etc.: anamnessis del mitareko mi poema forcejeo contra el teko aporético nuestra vida El ka'u ñe'ë traqueteando su escritura por las calles de la hoja blanca con súbitos kyhyje pesados jojói un párrafo en todo caso de un total e inatacable py'ahái el aura de ñasaindy es una sola frase en medio del viento Norte y del hukuvo de toda una página El typoi transparentando un cuerpo monflorito: pensamientos de karia'y y estilo, formas de kuñataï juky Anives y plagueos de la nada (des)fundante, angustia amordazada con guahus (anti)poéticos Ere jey chupe ani hesarai araka'eve ndaijatuveicha haguä oipe'a iñakagui to pyta ipirere to mbopave'ÿ kyhyje oheja haguáicha itayrape avei py'a tarova omuñavaekue chupe amoite ka'aguyhovy ruguape pe tamanakuna ipotypahápe mavave ndo hechaiva ybyrahu'äme mba'asy mbore ndo mborariramo ko ñanderekorei ojembyai ha oje hundireiva koeti oiguive pyharepeve

viernes, octubre 07, 2005

Argentina, por un argentino

Según el diario francés L'Equipe, el tenista argentino Mariano Puertas dio positivo en el control anti-doping en Roland Garros. Mariano Puertas fue vice-campeón de dicho grand slam. Voy a pegar a continuación un artículo aparecido en el diario argentino La Nación. Sus líneas fueron escritas por Alfredo Bernardi. Su exquisita combinación de literatura y periodismo, la belleza de sus frases y mi repugnancia hacia todo lo que se ensoberbece vanamente (como muchos porteños) me impulsan a copiar aquí dichas líneas: ------------------------------------------------------------- Nadie te cree, Argentina Nadie te cree, Argentina. Todos te miran y se sorprenden. Hoy es el tenis y los tres casos de doping en siete meses; o los seis en 12 años. Es así, Argentina... Pasás del encanto al sufrimiento. De la risa al llanto. A la sorpresa encubierta por no saber qué sucede. O a la búsqueda de explicaciones para tratar de justificar lo injustificable. Nadie te cree, Argentina. Por esa eterna costumbre de pretender ir en contra de la corriente del mundo. "Total, ¿quién va a poder contra nosotros, si somos Gardel?" Y nadie te cree, Argentina, no por culpa tuya, sino nuestra. De los argentinos. Sos la misma cuyo Congreso, ante los ojos de todo el planeta, aplaudió el default. "Total, ¿para qué vas a pagarle tu deuda al FMI, no?" Sos la misma que se hace famosa porque nadie paga impuestos. "Total, si no sirven para nada..." Sos la misma que tarda en reaccionar ante el dolor de la gente del Chaco. Y que demora una eternidad en llevar esos más que urgentemente necesarios bidones de agua, mientras algunos de tus políticos (que dicen ser limpios y honestos) compran votos con eletrodomésticos o colchones. Sos la misma que se siente feliz hallando un hueco para burlar la ley. "¡Total, nadie la cumple!" Sos la misma que se sostiene en la viveza criolla, en el atar todo con alambre y en la picardía innata. Ya te escuché: "¡Total, qué me va a pasar! ¡Si yo me las sé todas!" Sos la misma a la que le "cortaron las piernas". Porque "es el mundo el que está en contra." Sos la que se vanagloria de un gol convertido con la mano de Dios tanto como con la genial jugada posterior. "Total, si le robás a un ladrón..." Hasta que siempre te pasa lo mismo: vivís pegándote contra la pared. Y sí, sos así. Somos así. En la vida como en el tenis. ¿Qué explicación me vas a dar? ¿Que hay otros casos de doping en el mundo? ¿Que hay otros que no se dicen? ¿Que existe un complot y que los otros nos tienen envidia porque somos argentinos, los mejores del mundo...? ¿Por qué no me decís que seis casos en 12 años es una barbaridad y que toda la Legión se escurre como agua entre los dedos? ¿Por qué no me contás que ese 25 por ciento involucrado en los controles positivos tiene su enorme responsabilidad? Y, también, ¿por qué cuesta tanto que alguien ponga la cara y diga me equivoqué o debo haber hecho algo malo? Pero no, siempre están las excusas o el yo no sabía... Nunca me contás que un país se construye respetando al de al lado, sin engaños o trampas, transitando el camino más largo, fomentando la educación, cumpliendo la ley, dejando los individualismos y sumando en conjunto. Ayer, tu tenis, Argentina, ése que estaba preparado para cubrirse de gloria, firmó su acta de defunción. Tres casos en siete meses; seis en 12 años. No quieras explicármelo, Argentina. Ya es demasiado tarde. Para esto y para las otras cosas. Nadie te va a creer.

Manos combativas

Llamativo y anecdótico, el Campeonato Internacional de Piedra-Papel-Tijera fue ganado por el hermano de Freddy, Rob Krueger. Aún no tenemos información sobre si hubo o no representación de Jakembó Editores. Más info: aquí

jueves, octubre 06, 2005

Sofistas atacan Rio Grande do Sul

Que gente como Gianni Vattimo, Jean Baudrillard y Michel Maffesoli amenacen con caer una vez más con unas intervenciones sofísticas los días 17, 18 t 19 de octubre (20 reales la entrada, descuento para estudiantes) en el salón de actos de la UFRGS de Rio Grande do Sul da que pensar que estos buenos muchachos, cuyo apogeo se mantuvo en equilibrio bufonesco en la lejana década de los 80 (¡hace 25 años!), aún pretendan sacarle el jugo a sus artes de birlibirloque en tierras de tupis y tapes (guaraníes reducidos por los jesuitas, hermoso vocablo que hace poco he pillado en una novela del finado Saer, creo que era en “La ocasión”, premio Nadal de 1981). Vattimo, que empezó como cristiano moderado, luego discípulo de Pareyson/Gadamer para terminar muy cerca de la reviviscencia religiosa con los dossier elaborados al alimón con Derrida y en su último libro, rendija que deja filtrar un luz sagrada, mortecina, pero luz al fin. Y lo peor eurodiputado de esa plataforma ultra-neoliberal que es la Constitución de la Comunidad Europea. Baudrillard, bueno, de crítico cultural de vieja escuela frankfurtiana a conferencista-saltimbanqui exhibiendo sus mejunjes-video virtuales para mayor pasmo y estupor de sudamericanos con ansias de europeizarse posmodernamente. Todo un personaje de un Bret Hart pos-fiebre del oro californiano. Y Maffesoli, teórico que había abrevado en las aguas de la etnología con sus divagues de las tribus modernas urbanas, por lo menos cae relativamente bien parado, pues si de tribus va el asunto, que mejor lugar para curtirlo que donde moran los mbya, los pai-tavytera y los ava-guaraní que las tierras tropicales de los bebedores de cimarroao que los gauchos, hoy en día disciplinariamente afiliados al PT íctico y a la canción sertaneja de Xitauzinho y Xororo. Más informes para los que deseen una sesión de estupidización ahí les va la dire: www.copesulcultural.com.ar No olvidemos que otro ex posmoderno hoy renovado hiperreal y defensor a ultranza de occidente contra la barbarie vengativa de oriente, Monsieur Gilles Lipovetsky también ha descendido del olimpo para desparramar buenas nuevas desde Europa en las pasadas 11ª Jornada Nacional de Literatura de Paso Fundo, que aconteció los días 22 al 26 de agosto en el campus de UPF. Gracias a nuestros informantes, cuyo email va al final, nos enteramos que su último libro traducido al portugués se llama O luxo eterno: da idade do sagrado ao tempo das marcas, editorial Companhia das Letras, Sao Paulo, 2005, 35 reales, firmado conjuntamente con la señora Elyette Roux, especialista en marketing y gestión, ¡cómo no! Nuestro buchón es: lojadomargs@terra.com.br que saca mensualmente su Jornal MARGS

martes, octubre 04, 2005

El escudo de Jotán

Demasiado conocedor de los humores y las señales del Imperio, de las quietudes y las agitaciones de los pueblos de la Ruta de la Seda, de los aterradores torbellinos de polvo, de ventisca y de soldados del Kansú era el caravanero que traía tan alarmante nuevas como para arriesgarse a no hacer caso a sus palabras cuando daba por seguro que aquella vez los alardes y los preparativos del emperador con sus ejércitos iban de verdad. Por la experiencia de los tiempos se sabía que los emperadores respetaban a los pueblos y ciudades que tenían reyes o kanes o gobiernos completos capaces de rendirles cumplido vasallaje, que no es la simple entrega de los cuerpos, si no el ofrecimiento de los nombres, pero que destruían a las despreciables gentes que se dejaban vivir únicamente según las tradiciones, sin títulos de fundación y con poca o ninguna gerencia establecida. Y la ciudad de Jotán se decía: “Es nuestra perdición, que apenas si tenemos una cámara de comercio, una administración de azotes y mutilaciones y una inspección de sanidad de caravanas”. Pero un fabricante de máscaras halló la solución: “Si no tenemos kan, lo fingiremos; si no tenemos justicia, la simularemos; si no tenemos soldados, yo enjaezaré cien caballos con sus caballeros y disfrazaré a quinientos jóvenes como de de infantería, y con tal arte que únicamente la batalla que nunca habrán de combatir podría llegar a comprobar si sus armas son de hierro o de madera y su yelmos y broqueles de bronce o de cartón”:

Dicho y hecho. Toda Jotán se puso en movimiento. Y para la esperanza de salir adelante con su empeño no sólo contaban con la lentitud que es connatural a todo imperio, si no también con la consideración de que cualquier campaña con gran envergadura en el corredor de Kansú y en la Kasgaria que no quisiese abocarse a la catástrofe tenía que saber medir muy bien sus tiempos y calcular cuántos hombre o millares de hombres, en qué estación y debajo de qué cielos iba a tener a cada uno de los pasos del plan preestablecido. Así pudo Jotán disponer de tantos meses para armar su engaño que cuando al cabo empezó la primavera y las noticias de las vanguardias del ejército imperial comenzaron a hacerse cada vez menos remotas, los jotanenses se habían embebido hasta tal punto en los preparativos, y a tal extremo se habían compenetrado con la idea del espectáculo, que, temerariamente, parecían tener casi olvidada la índole ominosa y nada voluntaria ni nada placentera de la motivación original. En lugar de sentirse cada vez más temerosos, como quien ve venir el día de una terrible prueba, se mostraban cada día más excitados y llenos de impaciencia, como el que cuenta las horas que le faltan para la gran fiesta y no querría otra cosa que apresurar el paso de la espera. Una y otra vez, los más sensatos tenían que recordar a los demás que aquellas rigurosas paradas militares, aquellas aparatosas y fantásticas ceremonias ciudadanas, aquellas enguirnaldadas, hieráticas y reverenciales procesiones de doncellas, cien veces ensayadas ante un emperador de trapos viejos embutidos de heno o de borra de camello, no eran cosa de burla ni de broma. Pero las risas de nácar de las mujeres de Jotán restallaban cada vez más incontenibles contra el cielo de seda azul y blanca del Kuen Lun.

La selección del que había de hacer de kan se hizo bastante trabajosa, pues nada hay más vanidoso en este mundo que un turco cincuentón, y fue ardua tarea conseguir la renuncia a papel tan prestigioso de una veintena larga de ricos prestamistas y tenderos, todos los cuales pretendían tener “una noble cabeza de mongol”. Por el contrario, no hubo vacilación alguna para dar el papel de ajusticiado –pues me falta indicar que a fin de persuadir al emperador de la solidez de las instituciones de justicia de Jotán se había considerado indispensable incluir en el programa de las ceremonias una ejecución capital-, y como hombre de apariencia más abyecta fue al punto señalado un corasmio afincado en el oasis de Jotán y que tenía los dientes separados y, según juicio unánime, una sonrisa repugnante. Pero como era servicial y bondadoso, algunos que tenían un severo sentido de la dignidad le decían: “Tú, no”, reprochándole que aceptase aquel papel tan feo por juzgar que el corasmio era merecedor de otro más honroso; a lo que él se reía, con sus horribles dientes, y decía: “No importa, que tendré una cabeza de reserva para el emperador y salvaré la mía al tiempo que las vuestras”. Y es que el truco arbitrado para la ejecución era una cabeza falsa, copiando sus facciones, a llevar bajo el holgado sayo de los ajusticiados, para soltarla al tiempo de caer el hacha, escondiendo la propia como una tortuga, y con una vejiga de sangre de ternero, que reventaría en aquel instante, salpicando el tablado y un poco en derredor.

Llegó el emperador, con su corte militar, su guardia y un ejército. Salió el falso el kan con sus fingidas huestes, a una jornada y media de Jotán, a darle la bienvenida y ofrecérsele por vasallo con toda la ciudad. En una vasta pradera que había sobre los barrios altos, a la parte contraria del oasis, fue plantada la inmensa tienda de campaña, de seda azul celeste, del emperador, y en derredor las tiendas rojas de los eunucos y las amarillas y negras de los mandarines, y luego el campamento de la guardia en sucesivas circunferencias concéntricas, hasta cubrir un área cuatro veces mayor que la ciudad. Sobre un radio de este círculo, desde la puerta alta de Jotán hasta el suntuoso dosel que daba entrada a la tienda del emperador, se formó una avenida de mil doscientos pasos, alfombrada en toda su longitud y permanentemente flanqueada por dos filas de lanceros inmóviles. A un lado de esta avenida, cerca de la ciudad, los carpinteros de Jotán tenían ya armado, desde semanas atrás, el cadalso para la ejecución, así como una gran tribuna, con un palco cubierto para el emperador y un amplio graderío para los demás espectadores. Del centro de la tarima del cadalso arrancaba un mástil altísimo con un sistema de cuerdas para izar rápidamente hasta la misma punta la cabeza del decapitado, antes que nadie pudiese verla desde cerca y descubriese la ficción.

Pero la ejecución, al alba del día siguiente, salió perfecta en todo. El emperador sonrió benignamente al ver rodar aquella única cabeza y agradeció la ceremonia, expresándole al kan, por intermedio de un eunuco, que la función no había desmerecido de las ejecuciones del Imperio sino en la cantidad, pues allí las cabezas se cortaban sólo de mil en mil. Y todo siguió perfecto de allí en adelante, salvo que conforme el día fue avanzando a través de la ininterrumpida sucesión de agasajos y de ceremonias, los jotanenses hubieron de verse cada vez más sometidos al asalto del más reiterativo y pertinaz de los ejércitos: el de la risa. Oleadas que iban y venían en acometidas contagiosas, que recorrían la extensión de la apretada y vasta multitud como las ondas del viento por las mieses, conatos que subían y bajaban en recurrencias cada vez más agudas e insistentes y más dificultosamente reprimidas, risas, en fin, unánimes, constantes, que si al principio podían ser interpretadas como expresión de una alegría sincera, aunque un tanto bobalicona y pegajosa, de los jotanenses por darse como vasallos al emperador, a la tarde empezaban a hacerse ya un poco desusadas, suscitando miradas de extrañeza, despertando cada vez más la suspicacia de los soldados y oficiales del Imperio destinados a compartir durante todo el día la presencia del pueblo de Jotán. Así que, cuando a la tarde, ya cerca de ponerse el sol, casi toda Jotán se desplazó hasta el campamento, y una gran parte de ella fue a engrosar hasta un punto escandaloso el ya nutrido número de los notables que acudían a la propia tienda del emperador para la recepción que éste les ofrecía como nuevo señor a sus nuevos vasallos, ya era casi imposible justificar las risas, más imposible aun disimularlas, y no digamos siquiera contenerlas.

Otro género muy distinto de extrañeza fue el que, entretanto, acometió a unos lanceros de la guardia al observar el inusitado comportamiento de los cuervos con la cabeza del decapitado izada todavía en lo más alto de su mástil; uno tras otro, en efecto, acudían a ella los cuervos volando desde lejos, pero no bien llegaban a pocos palmos de ella quebraban de pronto el vuelo, con un graznido entre de rabia y burla, y se volvían en el aire, alejándose aprisa como enojados del insolente cimbel. Ansioso de averiguar aquel misterio, un oficial mandó al fin que se arriase la cabeza y al punto fue desvelado el simulacro. Varias escuadras de soldados fueron lanzadas a la busca y captura del reo prevaricador, que, estando desprevenido de cualquier persecución, fue habido fácilmente y apresado por el cuello en un pesado cepo de madera, que lo forzaba a ir en pos de los soldados como un perro llevado del collar para ser conducido ante los mandarines o tal vez ante el propio emperador.

Tal muchedumbre había llegado a concentrarse, en este medio tiempo, como más que abusivo acompañamiento de los notables de Jotán, bajo la dilatada hospitalidad de los techos de seda del emperador, que la risa no precisó ya de las guías de la vista y del oído para correrse, extenderse y agigantarse, cabalgando la ola del contagio, puesto que ahora, aun antes de verse ni oírse unos a otros, aun sin reconocerlo como efecto de risa u otra cosa, ya el estremecimiento más leve y contenido recorría la multitud, directamente transmitido de uno en otro por el simple contacto de los cuerpos, casi en la forma pasiva e inevitable en que las cosas inertes y sin vida se comunican la pura vibración. Quedando así finalmente burlado por los ciegos resortes corporales todo freno capaz de sujetarla, la risa de los jotanenses se hizo abierta, total e incontenible. La risa se alzaba, pues, por vencedora, y el simulacro no podía ya desmentirse, aun a falta de toda precisión sobre su alcance, ni el entredicho podía ya ser soslayado. Eunucos, mandarines y oficiales, que, como dignatarios del Imperio, estaban haciendo los honores de la corte en la multitudinaria recepción imperial, viéndose ahora cada vez más embarazados y en suspenso, fueron quedando en silencio uno tras otro y volviendo, expectantes, la mirada hacia el emperador, que, inmóvil en su trono, inmóviles la mirada y la expresión, a la vez parecía no ver nada y estarlo viendo todo.

Como el abrirse de una flor, así de lento y suave fue el ir floreciendo la sonrisa entre los labios del emperador, que rompió luego en risa, vuelto hacia el falso kan y los falsos notables jotanenses que se encontraban cerca de su trono, como invitándolos a volver a reír ahora con él. Y fue en el instante en que la risa estaba ya estallando en carcajada cuando se vio abrirse paso entre la muchedumbre al oficial de guardia que, acompañado de una escuadra, traía al ajusticiado y su cabeza a la presencia del emperador. Se les dejó llegar hasta su trono y la imperial mirada pasó dos o tres veces de la cabeza viva que asomaba por encima del cepo de madera a su gemela muerta, que el oficial le presentaba sosteniéndola en alto por la cabellera; y el emperador volvió a reír y, siempre por intermedio de un eunuco, mandó soltar al reo. Éste, no bien se libró del cepo, se abrió un pequeño círculo ante el trono y, rescatando de manos del oficial su cabeza simulada, improvisó, manejando aquella cabeza en mil posturas, con mil muecas, mil burlas, mil desplantes y mil reverencias, la danza o pantomima del bicéfalo, que llevó al punto más alto la hilaridad y el júbilo de la multitudinaria concurrencia. En esto empezó a oírse de pronto un chirriar de poleas y los enormes lienzos de la carpa corrieron por sus cuerdas, como un velamen que se arría, al tiempo que los telones que hacían de paredes y tabiques fueron cayendo al suelo uno tras otro; y arriba sólo se vieron ya palos y cuerdas contra el cielo estrellado y la lejana sombra blanca del Kuen Lun, mientras abajo, en medio, entre lienzos arriados o abatidos, los intensos faroles de la fiesta seguían alumbrando fuertemente a la apretada multitud de los jotanenses, ya mudos y demudados de estupor. Y por primera vez se oyó la voz del emperador, que dijo: “¡Arqueros!”, y una rueda cerrada de arqueros apareció en la sombra todo en derredor, que dispararon sus arcos una y otra vez y vaciaron sus aljabas hasta que dejó de verse todo movimiento de vida entre los de Jotán. Ya levantándose y separándose del trono, miró el emperador por un momento la explanada cubierta de cadáveres, y dijo: “¡Qué lastima! Eran, sin duda, unos magníficos actores. Pero yo soy mejor”.

Los demás jotanenses fueron muertos donde fueron hallados, en el campamento, en la ciudad, en el oasis, huyendo hacia el desierto, hacia el camino de Pamir, a lanza, a sable, a daga, sin que importase el cómo. Sólo al ajusticiado mandó el emperador que lo sacasen del asaetamiento, para que le fueses dada aquella misma muerte que había hecho simulación de recibir. Y por eso el escudo que el emperador les concedió a los gobernadores chinos de Jotán representa una vara vertical de cuya punta cuelgan dos cabezas de idénticas facciones, anudadas por la cabellera, y con un cuervo posado en una de ellas comiéndole los ojos a la otra.

(De Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Barcelona, Destinolibro, 2001)