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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, septiembre 30, 2005

Fragmento de Lito Pesolani, alias Joaquín Morales, en sermo vulgaris, jopara moderno y diglósico, cómo no

hiperromántico voluptuoso sentimiento de por ejemplo (dos puntos) uno: la deleitable pulpa de los pechos y su elixir irreal goteando de pezones que son montículos, elevaciones de la bienaventuranza, la mano exprime la sustancia que brota por la pequeña montañita morena que es monte de Carmelo y montaña de Mahoma y cerro de la Cordillera y dos: conversación de órganos internos y territorios compartibles ijar contra ijar, tu corazón bajo mi oreja interflujo de materias familiares respiración de atrios y corredores del cuerpo que dibujan su propia rosa de los vientos cuando inhalan y reciben al ámbito del ser: si es umbral ignoto, saluda el cuerpo al mensajero (aire o ser ajeno); cuando exhalan y visitan los atrios del otro: si a la nuez/la nada del origen vuelve la pomposa combustión del animal que nos cobija y nos acepta apavorado.. tres: entonces, quindi, therefore las conexiones entre. punto. ese self, la Dinge, la cualcosa, el ma’ëra, ese cuajo de gemido recién nacido a la violencia de saberse -- pedazos de conciencia, filamentos de recuerdo que insisten en figurar sentido pero hay más somnolencia cuando más fuerte el grito -- esa cosa complicadamente vacua por veces reclinada en la indolencia / de escribir, de describir la insolencia de la nada de unas voces, ese un poco retorcido, un tanto mal lavado trapo en el agua del aljibe de la casa de su niñez, (quattuor vocibus: pianississimo) porque niñez primera es siempre casa, real en fotos o derruida en nuestro llanto, con luna y con lucero flotando en el aljibe pequeños cangrejos de agua dulce apareados en un amor sin compromiso ni mayor misterio.. y después la piedra arrojada al fondo cancelando ese estado de cosas que después supimos se llama equilibrio.. maravillado vértigo y delicioso terror, el emocionado asco de percibir otra piel que no es uno pero nos iguala y supera, nos espera y señala: la aparición de otra temperatura que no se apaga cuando adentro mirando hay par de ojos y profundidad se abría que invitaba al vacío, la piedra invitaba al desastre del espejo, tu atención se tensa y se relaja, se contrae y se expande quiere escuchar el yambo corazón imita su galope ¡quétrilládo / quégastádo / quéonomáto / péyicoloha / bládo ! también fantasma, falsa y afiebrada sensación de hondura cuando chapotean en su lodazal patrio doble imagen, refracción por espejismo, una mitad es nada y la otra es rompida realidad que moja la cara en sus caireles, disuelve sus cabellos en materia gradual de intensidad delicuescente hasta llenarse, vacías hebras, de quemante luz -- atributo habitual de redención, vuelta a la vida, ícono de la verdad, puerta hacia otro mundo, l u z que al reventar tu entendimiento recobra peso y medida, no depende ni de si puesta en palabras de trabazón maestra, ni de si oscuridad arrecia o sinsentido amaina por regla de memoria discrepante del estilo, que toma su estado, se incorpora, encarna en cálamo currente, lápiz obsoleto, teclado, abecedario inflado, mecánico alacrán de tablatura, criatura nutrida en metáfora del glorioso asco del estilo, temperamento mercurial de enciclopedia se despierta en la intemperie de no saber qué latitud odiar menos que la sombra que proyecta, pulsando en ondas de puro dolor -- porque si gusta que duela es un dolor impuro -- en vaharadas de algebraica fetidez, en tanta salsa sin nombre moja su pan tu vida y en lectura recomendada por cultivar el Espíritu por purificar el Alma por alimentar la Eterna Llama o los transitorios guanacos.. qué lastima no haber sido presentados en privado antes de esta educada contienda, en el kiosko de los autómatas, tras el biombo de las ofertas, o ante la puerta de un kilombo: hubiérate invitado a un té in vitro, post mortem un almuerzo postumoderno: requintadísimo llanto descafeinado en tu homenaje si no un tereré con hielos fin de siglo no: puntita de milenio fuera de época y libreto... qué pena, qué asco, que indecencia maltratar así este leve ramo, tan ingeniosa construcción cultural, pedazo de carne atravesada por flechas de plomo que un decrépito cupido maquillado, peluca de nailon, atormenta me deleito en esta enfermedad de ciudadano herido en su patrimonio metafísico, mi tísica canción llorando cantábile y sostenuto molto [de]cantada en trocitos fue como nació, bailada por sombra de esqueleto proyectada en lienzo pintado por alquímicos maestros (tertia pars: vuelven tenores, mariconizantes, con los labios pintados y las caderas más sabidas, y suenan sistros y panderos, y se baila la cumbiamba como nunca vióse antes, por aquello, me parece, de las caderas entendidas, bien templadas) tripudio bailando remedo la amorosa guerra, branle bolero pavana y cumbia al son de reflujo peristáltico semoviente, gozando nodulosa sensación de ser un caracol iridiscente ser de pura refringencia desplazando babosa avidez de cada hambriento día sobre: torso embellecido por disciplina de artes marciales, tetitas juveniles como frutas edénicas de Africa imaginaria, vientre tensado por gimnasia y por amores exigentes, barriguita linda y ombliguito como un pequeño dulce sol asomando por encima del pareo, muslo ejercitado en aguantar caricias, en cerrar el paso al hambriento, espaldas en que sólo el sol con otros labios calientes rivaliza, nalgas que ya otros ingenuos perversos perdidos adoraron aullantes, desesperados; sexo pocamente visitado aunque desprovisto de protectores pelusas de virtud, apenas brevemente amado con el apuro de la dicha que se sabe interminable, puerta de la casa, de la ciudad feudal, de otra dimensión, guardada por la campanilla del ser, testigo espía, yurupepita y yagua’i cuentero.. delicado borde de sentimientos parecidos a lo que en la tele ( ¡yo la contemplo! ¡ella me ilumina! ¡yo la frecuento! ¡ella me ampara! ) a lo que en la tele y las revistas fashion llaman amor (silencio y pausa de unos 6.180339 segundos) [i] Liebe love amore amour provenzal porohayhu cortés no más en textos venerables de amantes consumidos por su muerte o por la muerte de su amor o por el amor a la muerte o por la tisis o las pestes ni de misser que veladamente intuye mi lector centro del verbo, vacío, tokonoma, nada: pues practicamos diferentes diccionarios, distinto canzonier’ interpretamos, se ofenderían los ogros señores del mundo, se agitaría la túnica del fantasma de tu mal sueño si pronunciado el purísimo vocablo -- nada -- sin adecuado condimento en la garganta de soez gargajo escupible en el primer rostro que se anime a ser visto desde dentro, desde el lado que el fantasma señor del rostro habita señor del sueño ordena señor del verbo grita: y nunca, te juro, nunca es o será -- ni puede -- ser revelado. (pausa de al menos pi segundos) (comentario) aunque las operaciones de la memoria parecen sucesivas, el contenido propio de cada partícula de posible recuerdo se enlaza con todos los que le anteceden y espera e invita ser alcanzable desde todos los que le seguirán: lo cual sin embargo no compone un lugar donde la memoria misma pueda construirse, menos aun encarnar estado o conciencia que, de ser posible, sería inabarcable desde las operaciones del lenguaje, estrictamente sucesivas. pero la totalidad de las conexiones entre los contenidos de las operaciones de la memoria dibuja en el lenguaje, oblicuamente y por reflejo, una apariencia de realidad sensible, cuya intensidad más elevada es objeto de especulación si no de experiencia interrogable: y todo, misser Güido, vos también, cualuncue, todo vanamente. (contracláusula) porque construcciones son estos conceptos para acomodar la percepción de la complejidad de los mundos en una porción sazonada de palabras, en un texto fabricado: en un invento, misser, nangána: en un poco más de lo mismo: nada.

miércoles, septiembre 28, 2005

Catorce cuentos inmarcesibles

Reseña de un libro escrito por Javier Viveros y recientemente editado y presentado por Jakembó Editores. * Blas Brítez Periodista dedalus729@yahoo.es Vida, muerte, infamia, ironía, ternura. Éstas son algunas de las palabras en las que el lector del primer libro de Javier Viveros, titulado La luz marchita, quizás pensará mientras se abra paso por entre sus páginas. Nacido en Asunción en 1977, el autor es un legítimo representante de una generación emergente de escritores cuya obra editada es apenas la punta de un iceberg literario en constante y silenciosa ebullición. Se trata de jóvenes escritores, muchos de ellos colaboradores del semanario cultural El Yacaré, que, quiérase o no, son invisibilizados –más allá de la previsible acusación de “actitud de victimización“ que se puede adivinar en lontananza– por todo un entramado de razones, que incluye, entre otras cosas, la pauperización económica creciente, la falta de oportunidades y, de alguna que otra forma, el bajo perfil característico del arte que surge en los enclaves de la resistencia cultural en tiempos de imperio y globalización. Es esta una generación de creadores que se abre paso entre las dificultades para decir lo real sin la ampulosidad de otros tiempos y otras expresiones, pero que lo hace de una manera auténtica y pretendidamente nueva. Con un lenguaje cercano al melódico barroquismo de Carpentier, y desde una matriz poética quevediana con grave acento senequista, los relatos de La luz marchita hallan su basamento esencial en el concepto estoico de la brevedad, de la fugacidad inexorable de la vida. Es por ello que en gran parte de los relatos –en “Apocalipsis de un alma”, en “La pólvora del destino” o en “Para cuando regreses”– los personajes son arrastrados a la antesala de la muerte, o a ella misma, con una ternura, una ironía y una violencia sutiles. La definición pindárica de los seres humanos como “seres de un día” es, además, una clave para la interpretación de estos relatos como una especie de puente entre la vida y la muerte. Somos seres efìmeros que luchan por vivir y no morir, personas que se debaten entre el alumbramiento primero y el ocaso último dentro de las entrañas de un destino cuyo nombre desemboca siempre en las aguas de la muerte. “Soy un fue, un será y un es cansado“, parecen repetir los personajes, junto con Quevedo, en muchos de los cuentos que conforman este libro. Las sutiles interrelaciones que tienen entre sí todos los relatos es otro de los elementos a tener en cuenta en el momento de a lectura: desde la primera hasta la última narración, hay personajes que reaparecen fugazmente en otros cuentos para participar del mismo mundo trágico en el que vive toda esta galería de seres, para sufrir y gozar de la misma tristeza y de la misma alegría comunes a todos ellos. Es decir, para Javier Viveros aquello de Cortázar –de que todos los fuegos son el mismo fuego– parece ser una divisa importante y fecunda. Locaciones sin nombre los de este libro; sin embargo, se puede adivinar una leve tensión entre los ámbitos rural y urbano del Paraguay, como una de las características justamente no desdeñables de esa literatura joven que habita las aguas por debajo de la superficie exterior. Y en cuanto a la estructura, sigue el modelo de los autores clásicos del género, con algunos aportes desde la novela y su renovación en el siglo XX, como el de William Faulkner en el cuento “Polvoriento transitar”, donde el tiempo trastocado se llena de calles desiertas y helenismo anacrónico. Cuentos inmarcesibles los catorce que integran este libro, porque la realidad de la ficción no se marchita cuando se vertebra sobre un lenguaje y un mundo auténticos, o porque, como lo dijo Roland Barthes, estos relatos están signados por “esa idea simple y, en suma, intratable, de que la literatura se hace siempre con la vida”. Fuente: Correo Semanal, Ultima Hora.

martes, septiembre 27, 2005

Tatu ro'o metafísico

Casi es un adverbio metafísico Casi metafísico o Casi ganador Casi hermoso Casi campeón Casi feliz Casi terminado Casi 18 años para la primera peli porno Casi millonario el día de navidad Casi por un número cenicienta en este cuento cruel Casi púber dice el erotómano para su camisa delante de la visión alada Casi casi el cazador con la presa definitivamente perdida Casi la muerte el orgasmo la pistola la bala en la ruleta rusa Casi viento la frescura del agua y de la felicidad Casi habita en una tierra de nadie que colinda con lo posible aún no frustrado por un lado y con lo posible Casi imposible por el otro Casi es una goma elástica que coquetea con la plenitud y acaba rechazando al fracaso Casi es el límite del paraíso la frontera del placer la gloria la grandeza la forma lo perfecto lo acabado la sustancia última la revolución el edén recuperado la libertad todo Casi me besa Casi le habla Casi me engañó Casi me moja Casi le quema Casi no suena escucha here comes the sun Casi compra el globo aerostático Casi rió en un ataque de locura Casi cayó en el vicio la inocencia en el mercado negro la especulación la generación Casi mau Casi mutante Casi pato Casi fu Casi gracioso Casi inglés Casi un bufón Casi poético

lunes, septiembre 26, 2005

Aunque se vista de seda...

"La mona, aunque se vista de seda, mona se queda" reza el viejo y consabido proverbio griego. Asimismo, el cowboy aunque se vista de presi, cowboy se queda. Eso le cabe al autoproclamado presidente del mundo. Una vez le sacaron una fotografía mientras leía un libro invertido. En otra ocasión lo fotografiaron cuando miraba a través de unos prismáticos de los que no había retirado las tapas protectoras. Aquí lo tenemos en otra de las suyas.
En realidad poco importa que esté agarrando bien o mal el teléfono pues de todos modos no escucha a nadie. Excepción hecha quizá con el incinerable Franklin Graham y algún otro ensotanado/ensatanado que recomienda matar a presidentes zurdos de paises petroleros. Aquí va otra, de la serie "Postales del Katrina":

Le matin des magiciens

El artista y poeta asunceno Fredi Casco está macerando en Photoshop una rancia colección de fotos palaciegas de los jugosos años del Stronismo, adquiridas a las pulgas domingueras con el remanido estilo del tira y afloja en esos casos, titulada significativamente El retorno de los brujos Vol 2: Los desastres de la guerra fría. Los tics culturales hacen sus guiños de forma proteica y son de estratos variopintos, pudiendo mencionarse las de la serie Z o cine trash, el mito del doble que ronda las historias de dictadores -recordemos las de Tito por ejemplo-, la yuxtaposición humorística y a veces siniestra de tiempos históricos o de modas, etc. Acá van dos perlitas de la joyas de la corona de la imaginación de Monsieur Casco. Bon apetit.
Príncipe-consorte



Videla

miércoles, septiembre 21, 2005

Vulgatas exitosas y su errancia nacionalista

El Diccionario insólito 2 del argentino Luis Melnik, Emecé 2001, da por sentado que el texto de Martín Barco de Centenera (1535-1602), editado en Lisboa el año de su muerte, titulado Argentina y conquista del río de la Plata, trata de nuestro país vecino y 'hermano'. En realidad es un error muy repetido, pues no va del país que se conoce con ese nombre actualmente. Como sabemos hoy, los sueños de los españoles con la argenta y la plata nunca se materailizaron, a no ser en el Potosí. Este texto primigenio más bien habla de lo que hoy se llama Paraguay, que en aquel entonces abarcaba como provincia dependiente del virreinato del Perú (y no del Rio de laPlata, que fue una excrecencia burocrática tardía, que duró el sueño de un colibrí, treinta años nada más) extensas zonas hoy pertenecen tanto a Brasil como a Bolivia y Argentina. Como prueba podemos alegar que el texto de Centenera contine la primera estrofa de un canto guaraní: "Entre otros cantares que les hacía cantar, el más celebrado y ordinario, según alcancé a saber, era éste: Obera, obera, obera, paytupa, yandebe, hiye, hiye, hiye; que quiere decir: Resplandor, resplandor del padre, también Dios a nosotros, holguémonos, holguémonos". (f. 159 v)
Por sus palabras y estructura esta estrofa corresponde a un canto de tipo guahu, en el que una frase es repetida, durante la danza, decenas de veces.

martes, septiembre 20, 2005

Huesos hábiles

X2 sólo deja de fumar cuando duerme, cuando come o cuando está en el cyber. (Aunque lo de no fumar cuando se come ya fue desvirtuado por Barbara Loden, compañera de Elia Kazan, en la famosa secuencia final de Wanda –road movie primigenio de mediados de los 60–, donde la protagonista se atiborra de pastas, cigarrillos y cerveza, todo simultáneamente. Bueno, en algún cyber te proveen de ceniceros y hasta se puede chupar birra sin corte. Así que sólo queda incólume a los ataques del cigarrillo el tiempo del sueño. Esto nos lleva a la asociación de la muerte con el sueño, que los románticos alemanes ya habían proclamado. Claro, nada más alejado de la vida que la inmovilidad del durmiente, y quién vio alguna vez fumar a un muerto. Y lo digo sin ningún sesgo de ironía, ni alemana o paraguaya). Desprecia a todo aquel que se precie de intelectual pero que no haya hecho experimentos sobre su cuerpo y sus neuronas. Que no haya agitado esa cosa de por sí inercial y conservadora (el cuerpo) con todo tipo de agresiones fecundantes, ya sea con hongos o con hachís, con cocaína o con anfetaminas, con LSD o con tabaco, etc. Todo vitalismo de la letra se le antoja falso, fatuo, mentiroso; el de Nietzsche o el de Deleuze, famosos ambos por su condición enfermiza crónica, no merece más que su burla. Pues para él el cuerpo no es más que un campo donde las fuerzas planetarias se sumen en una lucha sin cuartel. Piensa que lo que subyace a la persecución actual del tabaco, a la búsqueda contemporánea de su extirpación completa a través de la movilización total, es un complot entre la ciencia de la salud y el confort burgués. Recordemos que el tabaco es un aporte de lo precolombino, de lo no occidental en términos puros, a la civilización de la cultura material mundial. Hoy no encaja del todo dentro de la lógica del confort burgués. Ésta, originada en la época más sórdida y humosa de la Inglaterra decimonónica, la era de la revolución industrial, ya no soporta hoy ese cuerpo extraño y advenedizo, ese agregado foráneo a su ideología tout court europeo-occidental. A X2 ya le es prácticamente imposible visitar a sus contados amigos. Últimamente, las “incompatibilidades” provocadas por el humo de su cigarrillo barato los ha separado (casi) definitivamente. Un objeto, un gesto, el rito del humo y del tatatina, han quebrado esos años igualmente rutinarios e inerciales a los que en el fondo se reduce la “amitié”, en vista de las prohibiciones que rigen. (Prohibiciones que no sabemos bien si empezaron desde una abstracción –la salud, la ciencia, etc.– o confluyeron desde puntos ínfimos y relativos –las mujeres, los asuncenos, los paraguayos, mis vecinos, etc.–. O si se dio el consenso entre lo universal y lo relativo: la ciencia y el prójimo concreto que me fastidia allí en mi barrio). X2, antes de caer en este estado de postración que lo ha obligado a recurrir a los buenos oficios de Huesos hábiles, fue un pintor, un artista. Un artista del huevo, uno, dos, diez, cincuenta, cien, quinientos huevos. Exposiciones de huevos en la Chacarita (el primer artista top en ocupar la chacarita con sus huevos), en el Chera’a Tom, en Loma Plata, en los museos más fashioned de la capital. Su método, genial desde donde se le mire, y que llegó a hacer escuela y dejó un reguero desleído de imitadores sin talento, era como sigue: tomaba un pack de huevos, de media o una docena, del Mercado 4, del Mercado de Abasto o de la cadena de supermercados más frecuentados y lo depositaba en una galería de arte. El huevo, atrapado ahí como una bestia acosada bajo la luz cenital de la galería, con ese mínima alteración, tipo efecto mariposa, trastocaba todo un mundo de prejuicios, supersticiones e ilusiones cotidianas sobre la realidad. Pues el huevo que había pasado, a cambio de unas calderillas, el sistema de control del super era ofrecido en su gratuidad cósica elemental a la contemplación de los amantes del arte. Es cierto, ya no era el mismo y vulgar huevo, quebradizo o a punto siempre de caducar hacia la fetidez del huevo huero: era contemplado bajo la reja del arte. Adquiría el status mutante de un conejillo de indias enloquecido por el laboratorio científico, o la desnaturalización a la que son sometidos los murciélagos en medio de las corroboraciones de la naturaleza de sus aptitudes perceptivas, o el apresamiento aséptico de la mariposa bajo el yugo de la taxidermia. Sólo algún crítico huevón llegó a quebrar la atmósfera de pasmo admirado que rodeaba al genio del huevo. Fue la excepción que confirmaba que la gente cultivada no había sido objeto de una alucinación colectiva. Cuando se cansó, encumbrado ya en el olimpo de nuestras artes, se retiró y procedió a subastar todas sus creaciones. De las ventas obtuvo lo suficiente para ir tirando en su vida retirada y solitaria. Con ese dinero se pagaba las visitas de nuestro perro. De hecho, yo mismo, cuando llevé al perro para su primer trabajo en su casa, recordé que había adquirido uno de sus célebres huevos. Lo reconocí y lo felicité inmediatamente. X2, fastidiado, hizo entrar al perro y me despidió dándome con la puerta en las narices. Como los perros le dejan fumar, sólo a ellos los deja entrar y hacerle compañía. No rompen las bolas con ninguna perorata acerca de la situación trágica de los indefensos fumadores pasivos.

viernes, septiembre 16, 2005

Sogue-poe-ta-ndo

mba'e pio pe'a claman los cerebros de alto coturno ka'utango responden los pochocrooner ordinariuo culo ario los culinarios menonitas los inanes an{inas de los por a ratos po-rrotos ja'u ad infinitum jeÿ piden los yahoos, hombres-jagua amokañy la soledaD INSUFRIBLE con terapéuticas kañas emokä las caras llorosas embopu-embokapu los fuegos artificiales de tu fantasía emboscada háke (al tedsio) mbo (al mbore) jaque (chicos) hembo (i) viene (ovu) en yambos etéreos sobre el Jumbo guasu canta Gran Khan los can-canes verbales del señor Herr Kant

sábado, septiembre 10, 2005

¿QUE HACEMOS CON SARTRE III ( y Ultima parte)?

Pero el caso es que Sartre avanzó un paso más. Exactamente hacia 1953, año que media entre su acercamiento al partido comunista francés y sus viajes a la URSS y a China, Sartre deja de verse como un «escritor comprometido» y empieza a considerarse como un sujeto comprometido con la historia que, además, escribe. No es un matiz sutil precisamente, sino todo un cambio de perspectiva que modelará (digámoslo ya a modo de tesis fuerte) el destino intelectual de Sartre. Desde ese momento, la trinchera ya no se sitúa en la literatura, sino en la plena intervención militante, un período frenético en absoluto exento de problemas, marchas atrás y avances a retropasos. Citemos, por ejemplo: sus entusiastas declaraciones acerca de la «libertad soviética» (cuya falsedad reconocería más tarde), su complicidad con la rebelión argelina, con la Cuba de Castro, la Indochina de Hô Chi Minh o sus coqueteos con el maoísmo de fines de la década de los sesenta. Hoy suele reprochársele sus errores en este sentido. ¿Con qué criterio decide, pongamos por caso, que en cierto momento hay que apoyar -aunque críticamente- al comunismo? ¿Por qué, pese a la denuncia repetida de los campos y los tanques en Hungría hay que seguir dando oportunidades a la anhelada desestalinización, pero desde la Primavera de Praga y Mayo del 68 procede retirar por completo el crédito al partido comunista para entregárselo ahora a los maoístas? Por no hablar de la miopía ante el ensimismamiento criminal de las colonias recién liberadas, aún hoy transformadas en auténticas cárceles que necesitan de sus antiguos vigilantes para volver a ser humanas. O del empecinamiento en considerar el marxismo como filosofía definitiva de nuestro tiempo, insuperable en tanto no varíen las circunstancias históricas del período que expresa, y ante la cual el existencialismo y el propio pensamiento sartreano se definen como «ideologías». En fin, lo cierto es que, como ha demostrado Celia Amorós, este itinerario político está lejos de resultar -como se le achaca- espasmódico, y en realidad viene marcado por una clave unitaria procedente de la asunción por Sartre, con Lukács, del proletariado como «la clase universal». Lo que no implica que sea un universal como clase, sino que puede encontrarse como tal -y les cito a la profesora Amorós: [...] en lo que podríamos llamar diferentes niveles de tensión sintética: «En frío, en caliente y en tibio». Estas situaciones corresponderían respectivamente a lo que Sartre conceptualiza como «la serie», «el grupo en fusión» y el «grupo juramentado». Cuando el proletariado está disperso, su unidad institucional la encarna el partido comunista -su existencia «en tibio», como remedo de su estructura juramentada- y debe por ello, críticamente y malgré tout, ser apoyado. En Mayo del 68 el partido comunista se ve desbordado cuando los jóvenes obreros secundan la lucha estudiantil. Hay que desmarcarse, entonces, de él, pues su legitimidad resulta ser inversamente proporcional a la unificación de la clase en y por sus prácticas revolucionarias. Cuando en 1952 escribió «Los comunistas y la paz», había que salvar el punto tibio porque el proletariado estaba en frío; ahora bien, cuando éste constituye su unidad en caliente al hilo de sus prácticas revolucionarias, entonces hay que estar contra el esclerotizado aparato del partido. Colaboró luego con los maoístas porque «tenía la idea bastante vaga de contribuir a restaurar la unidad perdida en Mayo del 68». Como vestal consagrada, Sartre cree ver y quiere atizar el rescoldo de ese fuego venido a menos... Hasta aquí la cita. Sencillo, ¿no les parece? Desde luego, no sé cuál será la opinión de ustedes, pero a mí, sinceramente, estas categorías -y la cadena de apoyos y actuaciones que incorpora- se me antojan procedentes ya no de las pasadas décadas, sino de un universo paralelo o extraterrestre. Si a ello se le añade que Sartre, pese a ser consciente en todo momento de los efectos perversos inscritos en las sociedades comunistas, lo que en la nomenclatura clásica se llamaba el «segundo mundo», estimaba en última instancia que tales efectos perversos son menos irredentos que la intrínseca perversión de las sociedades capitalistas, que él denominaba «sociedades desunidas» (primer mundo en la citada terminología), tienen ustedes completo el cuadro. En definitiva, un idealismo como la copa de un pino, que no duda en dar fe y en justificar soluciones políticas e históricas en ocasiones atroces al amparo del ambiguo precepto -pródigamente administrado por los discípulos de Sartre- de «decidir en contexto». O como decimos coloquialmente en España: «Apaga y vámonos». Con tales premisas, resultaría sencillo explicar el olvido al que se somete hoy su vida y obra, conmemoraciones al margen, aludiendo a la desaparición de aquel clima postbélico de liberación y resistencia, aparte de todo cuanto ha supuesto, una década tras la muerte de Sartre, la caída del muro y del mundo que tal muro se supone preservaba. Sin embargo, probablemente la situación sigue siendo más compleja, es más: la situación se ha complicado enormemente en los años que han seguido al óbito del filósofo. Sin duda, su obra sigue siendo válida, incluso puede que aporte líneas de fuga de primer orden al estudio de determinados problemas, conflictos y contextos de los que Sartre ni siquiera llegó a vislumbrar un mínimo atisbo. El tiempo lo dirá, y no, en absoluto, mi pequeña intervención ante ustedes esta noche. Pero lo cierto es que posiblemente, por encima incluso de los reproches concretos sobre errores de percepción histórica que se le suelen achacar a la persona -o a su espectro- a modo de excusa para dejar sus libros reposar en los estantes del olvido, las causas de esta marginación haya que buscarlas mejor en una suerte de estrategia para adormecer la mala conciencia y falsificar nuestra propia biografía, partícipe al fin de muchas de las fallas denunciadas en vida por Sartre, y de sus propios errores en definitiva. Puede que en este contexto el olvido al que se condena al filósofo forme parte de una operación más o menos tácita, más o menos evidente, de borradura de la propia memoria histórica, al modo en que la corrección política de los comisarios de la Biblioteca Nacional de Francia, Biblioteca François Mitterrand, ha borrado el cigarrillo de entre sus dedos. De todos modos, la corrección y la búsqueda ecléctica del consenso ciudadano ha encontrado en 2005 un peculiar aliado: se celebra, sí, el centenario del nacimiento de Jean-Paul Sartre, pero también se celebra (o podría celebrarse) el vigesimoquinto aniversario de su muerte, ocurrida en 1980. Contento para todos, que cada cual elija a placer, o como dirían al otro lado de los Pirineos, mirando hacia el este, à chacun son goût. Permanece, en fin, la pregunta en el aire. ¿Qué hacemos con Sartre? Los homenajes, las conmemoraciones, los fastos y las conferencias de poco sirven. A fin de cuentas, vivimos en una época museística, amante de la exposición en vitrinas de sus momias (razón ésta por la cual se salvó, en definitiva, la momia de Lenin, reubicada ab aeterno en su mausoleo de siempre, pero como fetiche turístico de una época al fin clausurada... ¿felizmente clausurada?), y para un intelectual, incluso con tan vasto curriculum de activista político como el de Sartre, los homenajes y exposiciones, con o sin borraduras digitales, equivalen al panteón de los tutankamones ilustres. ¿Qué hacemos con Sartre? Leerlo, me dirá alguien, puede que incluso con cierta sorna o malicia. Leerlo, sí, pero habrá que ver si vivimos aún en una época propicia -para la lectura en general, y para la lectura en particular de una personalidad intelectual tan rica, intensa y contradictoria. La tarea parece de titanes, en una tiempo escasamente dado a la intensidad, arrumbada por su prima virtual, la eficacia velocípeda -llamémosla así-: comida rápida, pensamiento rápido, cultura rápida, diplomas rápidos, lectura breve. Me temo que todo esto, al igual que la miríada de sectas religiosas, santones, gurúes, espiritistas, salvapatrias, bienpensantes, mejorintencionados, Paolos Coelhos y candidatos de renovación y nuevo consenso parlamentario o planetario, encajará mal con cualquier propósito de recuperación de Sartre. Reste, entonces, la pregunta inicial: ¿qué hacemos con Sartre? Antonio Tudela Asunción, Paraguay Martes 16 de agosto de 2005

miércoles, septiembre 07, 2005

Douglas selvagem!

El poeta rapai Douglas estuvo por Buenos Aires para un encuentro de poesía y no desaprovechó la oportunidad de arrojar algunos espermáticos dardos en la ciudad de Borges. Podemos leer la crónica de su visita en esta dirección: Palabras di esperma caliente contra u frio kurepi

lunes, septiembre 05, 2005

¿Que hacemos con Sartre? II

En las páginas del diario parisino Le Monde del 21 de junio pasado, aniversario del centenario de Sartre, su biógrafa Annie Cohen-Solal se preguntaba si éste es hoy «una referencia obligada o un mal maestro», pues mientras en Francia es «anatema», símbolo de «impostor» o «pensador pasado de moda», en países como EEUU o Colombia, su «mensaje sigue siendo un instrumento de referencia para descifrar su época». ¿Cómo se explica el rechazo y la falta de lectores hoy en Francia, solar propio donde Sartre ejerció en vida la controversia y la polémica, hasta llegar a ser mitificado tras su muerte? Sin duda, la respuesta sería compleja. Para empezar, habría que definir a Sartre de algún modo, y puede que lo más acertado consista en hacerlo asignando a su nombre un concepto epocal. De este modo, si Voltaire y Rousseau son los filósofos de la Ilustración, Marx el de la Revolución y Lyotard -por sacar un poco los pies del tiesto clásico- lo es de la llamada Postmodernidad, Sartre sería el filósofo de la Libertad. Libertad entendida en un sentido amplio (que es como hay que entender también los otros conceptos citados), que implica ante todo la Liberación. Ahora bien, aunque la Liberación ha de ser a su vez entendida ampliamente, bien es verdad que hunde sus raíces en una situación histórica concreta: la derrota del nazismo y los fascismos en 1945, tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, final éste que no hay por qué glosar ahora ante ustedes, pero que convendrá recordar no fue un simple final, ya que dio durante mucho tiempo lugar al temor realista de una tercera guerra, y sumió a Europa, una Europa habitada por hombres que habían creído lograr la civilización definitiva y contra todo pronóstico tuvieron que experimentar físicamente el derrumbe súbito de su mundo, sumió a Europa, digo, bajo una sensación de precariedad omnipresente en la vida cotidiana. La victoria fue amarga, las ciudades se volvieron ruinas, el pasado se evaporó junto con las viejas ilusiones y el porvenir incierto comenzó a tomar sobre el horizonte las formas amenazadoras del hongo atómico. Con este panorama, se hacía preciso renovar la confianza del ser humano en sí mismo, extender la esperanza que parcial y costosamente se había abordado en los días de la Resistencia contra los nazis. Tengan ustedes presente que El ser y la nada se gestó casi por completo en un campo de prisioneros alemán, del que tuvo Sartre el honor de ser huésped nueve meses en 1940: en ese contexto -tan fácil de olvidar hoy día- la tesis de que el ser humano no es nada no necesita de la menor prueba; tales circunstancias arrojaban como aserción perentoria e imperativa el que los hombres no poseen determinación ninguna: ni su pasado, ni su cultura ni su naturaleza siquiera predeterminan su actuación (hoy tendríamos que añadir que tampoco lo hace la dichosa genética omnipotente); en tal desposesión, los hombres no cuentan más que con su existencia individual, de carne mortal e histórica, lo que no significa otra cosa que su libertad absoluta para hacer de sí mismos un futuro. Y que, para ese fin, cada ser humano sólo tiene como «medios» a los demás hombres con los que le ha tocado en suerte vivir, con sus aciertos y sus disparates. Un ser humano en particular sólo puede lograr la libertad que lo define ejerciéndola en acciones concretas encaminadas a reconocer esa misma libertad en los otros, de forma que nadie puede llegar a ser sujeto si no es liberando a los demás de la condición de objetos: en definitiva, sólo reconociendo la libertad ajena puede la propia aspirar a ser reconocida en toda su dimensión. Tal es, muy a salto de mata, la atmósfera de la Liberación que tuvo en Sartre un incuestionable paradigma de coherencia entre vida y pensamiento. Ni tenemos tiempo ni este es el lugar para desarrollarlo, pero fácilmente verán ustedes, dicho lo anterior, la radical diferencia que media entre el ser-para-sí de Sartre y el ser-ahí (Dasein) de Heidegger: mientras éste es un ser arrojado, yecto en el mundo, el de Sartre se plantea como ser en proyecto, un ser que no puede dejar de hacer-se. La esencia, por tanto, en la tan cacareada supeditación a la existencia, no es que se anule, antes al contrario: sin estar dada de antemano, como algo preexistente, se sitúa en el futuro, depende de su propia realización. ¿Será muy malvado por mi parte apuntar que en esta controversia (que para quien les habla, y al margen de los cambios de moda filosófica, se salda a favor de Sartre) juega un papel no desdeñable la muy distinta postura, mejor: existencia, experiencia, vivencia en definitiva de la guerra en uno y otro autor? Sartre, entonces, como pensador de la liberación, de la libertad, entendida epocalmente pero también como ser y verdad de todo lo concerniente al ser humano. Evidentemente, tal exaltación teórica de la libertad tenía que hallar su correlato en una decidida responsabilidad pública del escritor. Nace así el Sartre que se veía a sí mismo como «escritor comprometido», figura opuesta a una larga tradición -que criticaba- de escritores de origen burgués y tendentes a la irresponsabilidad pública. Nuestro autor invirtió el inmenso crédito que pronto obtuvo en el mundo de las letras (que hizo de él un icono intocable) en la intervención cultural plena en la sociedad y la historia de su tiempo, lo que le granjeó su fama de provocador y de agitador terrible. Como «escritor comprometido», su trinchera fue la literatura, entendida en un sentido también amplio que iba desde la reflexión y la crítica filosófica hasta los estrenos teatrales, pasando por medios relativamente novedosos como la radiodifusión o el cinematógrafo. Desde la posguerra, sus conferencias reunían a un vasto público, sus estrenos teatrales causaban terremotos políticos, su revista Les Temps Modernes se erigió en autoridad crítica incontestable y sus novelas difundieron rápidamente en un ámbito internacional el existencialismo a modo no tanto de teoría como de auténtico «estilo de vida», alternativo diríamos hoy.Hasta aquí, todo entraba en el marco perfilado por El ser y la nada, como antes vimos: y más en concreto en la necesidad de todo ser humano que quiere constituirse como sujeto de liberar a los otros seres humanos de su condición de objetos. En este punto, a ustedes les tiene que sonar ya el crepitar de la hoguera archifamosa del mito platónico de la caverna, esa curiosa y un tanto nefasta, si me permiten la broma, obligación para el «iluminado» de dejar su beatitud contemplativa de la Verdad y volver a la oscuridad con el propósito de zarandear a sus viejos compañeros de cautiverio. O les debe sonar al batir pertinaz de élitros del más moderno Pepito Grillo. Dejémoslo así, no sé si habré sido capaz de mostrar a qué me refiero.

viernes, septiembre 02, 2005

¿ QUE HACEMOS CON SARTRE?

Antonio Tudela Sancho, nuestro amigo murciano, presentó como intervención el texto que sigue durante la Semana Sartriana realizada del 14 al 18 de agosto en el Café Italiano de Asunción. Lo pasaremos en tres fragmentos, como ya aconteciera con la intervencion de Kurupicho, que voces ya tuvieron la paciencia de curtir en post anteriores. Sin duda, recordarán ustedes la polémica que hace unos años, tras la caída del muro y lo que no era el muro -de hecho, la caída de cuanto estaba tras el muro-, se siguió durante cierto tiempo en Moscú acerca de qué destino último y conveniente otorgarle a los restos mortales del hasta entonces intocable Lenin: si darles por fin discreta sepultura en cementerio estatal, provincial u ortodoxo ad hoc; si reacondicionarlos en el oneroso mausoleo donde desde siempre se encontraban expuestos, pero maquillando en el mismo unos cuantos símbolos fastidiosos y cobrándole en lo sucesivo el boleto de entrada al morboso aunque deseable turista; si enviarlos, en fin -y dado su alto y muy aprovechable grado de componentes plásticos-, a un museo de famosos en cera... Y bueno, sin pretender llevar más adelante la broma, el caso es que durante un buen tiempo flotó en la atmósfera moscovita, para regocijo o escándalo de propios y extraños, la siguiente pregunta: ¿qué diablos hacemos con la momia del ex-tovarich Lenin...? Mutatis mutandis, los franceses pasan ahora por trance parecido con respecto a su compatriota Jean-Paul Sartre, a quien por fortuna no tuvieron el dudoso gusto de embalsamar para colocar en hornacina de costosa manutención. Pero otra cosa es su espectro, su huella aún incómoda y de mirada estrábica y acusatoria como pocas, otra cosa son los meandros abiertos por su polifacética obra. De ésta, de cuanto ha supuesto nuestro autor para la filosofía contemporánea, pero también para la literatura, el teatro y la crítica cultural, supongo que les van a hablar a ustedes más amplia y competentemente todos mis colegas a lo largo de las presentes jornadas. Yo quisiera, por tanto, dedicarme a ofrecerles una perspectiva general, global, problemática, de lo que supone Sartre hoy, ahora, en el panorama intelectual, europeo ante todo. Perspectiva problemática, les he dicho, y bueno, supongo que este dato les llegará con redundancia, dada mi breve rememoración del litigio moscovita a propósito de Lenin. O dicho de otro modo: ya he dicho cuanto tenía que decir, ya he mostrado la evidencia del asunto, sin explicar, interpretar o divagar sobre los hechos. Simplemente, los he mostrado, y de lo que se trata a continuación es de perfilar un poco los contornos de la situación. De hecho, el título que he dado a mi intervención puede ayudarnos en el ejercicio, ya que «¿Qué hacemos con Sartre?» admite, como habrán visto ustedes, dos senderos de acceso: 1) ¿qué hacemos con Sartre?, cómo re-situamos al tipo, tan incómodo en el imaginario occidental como lo era Lenin de cuerpo presente en una Rusia renegante de su pasado soviético. Pero también 2) ¿qué hacemos con Sartre?, en el sentido de qué pretendemos con los homenajes, el centenario, las reediciones de sus obras, los reestrenos de sus piezas teatrales, los mil y un sesudos cursos en curso a lo largo de este año. Miren ustedes. Hasta el próximo domingo, día 21, se puede visitar en la Biblioteca Nacional de Francia (que lleva, por cierto, el nombre de otro personaje cuya memoria incorpora casi tanta problemática como la de nuestro pensador: el presidente François Mitterrand) una exposición monográfica dedicada a Sartre. En ella se puede encontrar de todo acerca del autor, su vida y su obra: su voluntad de crear un sistema filosófico, su intemperancia grafómana, sus piezas de teatro, algunos de los guiones convertidos en película, la totalidad de sus manuscritos, la música que amaba, los libros de cualquier género -desde Husserl y Heidegger hasta Faulkner y Dos Passos- que dejaron en él impronta duradera, las drogas que lo consumieron, las mujeres que amó, los documentos concernientes a su «compromiso» intelectual y político, las fotos -en fin- de quienes fueron sus amigos y seres queridos. Todo está en esa espléndida exposición, que no deja de ser una entre muchas otras, en una especie de ecléctico, neutro y sabio ejercicio de equilibrista sobre las cuerdas del mito y la realidad acerca de un personaje carismático e intocable a lo largo de varias décadas en el medio intelectual, de la obra real que ha llegado hasta nosotros y la contingencia que fue espuma del momento. Ahora bien, hay ya un indicio de cómo van las cosas en el diseño del mismo cartel que ha presidido (y preside hasta el domingo próximo) la exposición oficial: en la foto de Sartre escogida para dicho cartel los comisarios de la exposición han tenido a bien arrancar el inevitable cigarrillo humeante que el filósofo sostenía entre sus dedos. Evidentemente, los comisarios de la exposición son fervientes devotos de la dichosa «corrección política» que es el sino de nuestro triste mundo hundido en las simas del pensamiento único, corrección política que convierte a dichos comisarios artísticos en verdaderos «comisarios políticos» a la vieja usanza bolchevique. Cigarrillo y humo tabaquista, en que siempre andaba envuelto nuestro personaje, han sido borrados sin más de su fotografía, al modo en que por idéntico arte de birlibirloque el ojo aficionado a las suertes fotográficas del gran hermano y padrecito Stalin borrara a Trotsky de cuantas tribunas revolucionarias frecuentó antes de ser en persona borrado de su forzoso exilio mejicano. Se me podrá decir que lo anterior no pasa de ser una mera anécdota sin mayor importancia. Posiblemente. Sin embargo, a mí me da qué pensar. Una cosa es que nos guste o no nos guste que el tipo fumase, que esto vaya mejor o peor con los aires de nuestra época (y para qué hablar de su no menos flagrante alcoholismo, o de su adicción al Corydane, o su afición teórica y práctica a la «poligamia»...), pero de ahí a tratar de reinventar al sujeto conforme a nuestra conveniencia hay un trecho. Y esto, será preciso repetirlo, en un aspecto a la postre banal y epidérmico, que ni siquiera entra en su pensamiento... Dejémoslo acá por ahora, como simple anécdota, pese a nuestra sorpresa, ya que también implica cierto grado de yanquización de la antaño irreductible Galia.

jueves, septiembre 01, 2005

Una bombacha para Othelo

La tecnología actualmente está más omnipresente y patente que el dios de los panteistas. Inclusive los celosos han hallado en ella a una buena aliada. Navegando las caóticas olas del ciberespacio bajo pasados soles, me topé por casualidad con un enlace que llamó mi atención y azuzó mi curiosidad. Seguí el enlace con premura y di con un sitio que ofrecía una prenda femenina que poseía características muy llamativas. Se trata de lo que podría considerarse como un cinturón de castidad versión siglo XXI. Terminé de leer el sitio y recordé al personaje de Willy que, cautivo por aquel pálido monstruo de los celos (magister dixit), dio muerte a su amada Desdémona. Celoseitor el hombre. El sitio mencionado comercializa unas bragas que da en llamar "no-me-olvides". Son prendas íntimas de apariencia común que tienen una pequeña flor de adorno. Pues bien, resulta que esa florcita no es simple plástico sino un poderoso transmisor GPS. La prenda también posee sensores biométricos de temperatura y el ritmo cardiaco. Con ello, el hombre celoso puede saber a cada momento y en tiempo real donde cuernos está su pareja. Y también la temperatura de la entrepierna. Con lo cual, si se obtiene una temperatura alta y un ritmo cardiaco acelerado: listo! a calzar guampas de sombrero! La información obtenida por la prenda puede ser enviada en tiempo real al celular, a una handheld, una computadora, etc. Cuenta con un software llamado pantyMap que permite determinar exactamente en qué latitud/longitud se encuentra quien porta la prenda. Según rumores no comprobados, están bien determinadas ciertas zonas de Lambaré y San Lorenzo. En la sección de "testimonios" habla un padre celoso y un marido soneteado por Quevedo. En fin, el regalo ideal para los celosos de siempre. Aquí abajo está una imagen de la mágica prenda. Haciendo click en el título de más arriba pueden encontrarse la no menos mágica página que comercializa el producto.