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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, agosto 31, 2005

Poema apocalíptico

Recientemente ha sido publicada una antología de poesía peruana contemporánea. El volumen contiene textos, fotos, archivos de voces y música. Datos completos a continuación: Chicha. Antología de poesia peruana. Editorial "Voy a salir y si me hiere un rayo" Buenos Aires, 2005 Entre los poetas antologados encontramos a nuestra compañera Dama Satán, a quien podemos oír siguiendo este enlace. Apocalipsis.mp3

lunes, agosto 29, 2005

El buen uso de la 'y'

"Digo y declaro y confieso que yo tengo y Dios me ha dado en esta provincia ciertos hijos e hijas que son: Diego Martínez de Yrala y Antonio de Yrala y doña Ginebra Martínez de Yrala, mis hijos, y de María, mi criada ...; y doña Marina de Yrala, hija de Juana, mi criada; y doña Isabel Yrala, hija de Agueda, mi criada; y doña Ursula de Yrala, hija de Leonor, mi criada; y Martín Pérez de Yrala, hijo de Escolástica, mi criada, e Ana de Yrala, hija de Marina, mi criada; y María, hija de Beatriz, criada de Diego de Villalpando." El 13 de marzo de 1556 Domingo Martínez de Yrala escribió en su testamento lo que antecede. Hay que reconocerle al gobernador el buen uso de la 'y', acotar nuestra admiración al ámbito de lo estrictamente literario, para no hablar de su pija de conquistador cristiano abandonado a su suerte en la Asunción de la época con escasez de mujeres españolas.

jueves, agosto 25, 2005

Baudelaire de sartre III ( y última parte)

e) La nada en Sartre en primer momento parece negativa pero termina siendo considerada positivamente. Sartre está de acuerdo en principio con Parménides: El ser es y el no ser no es. Pero los juicios de negacion están condicionados y sostenidos por el no ser. Este no ser es parasitario, posterior en relación al ser, que es a su vez positividad plena. Pero el ser está infestado de no ser. La nada infesta el ser porque hay un ser en que el la nada es una presencia constante: el hombre. Porque el hombre siempre pregunta, cuestiona, duda, y en el preguntar queda implícita la posibilidad de la respuesta negativa. El no posible es la condición primera de la conducta interrogativa y, en general, de toda indagación filosófica o ciencia. (Aquí hacemos un paréntesis para destacar el hecho de que la nada que está incrustada en el hombre es el origen también de la filosofía). Esa fuerza interrogadora del ser, presente sólo en el hombre, es el no-ser, la nada, que emerge del ser parasitariamente como la base de la estructuración de todos los juicios de negación. Estos no son abstracciones, sino que tienen un sustrato real en el hombre. Esa capacidad de nihilización intelectual y aun material que hay en el hombre es su nada, su libertad de interrogar y de destruir. Si la negación no existiera no podría formularse pregunta alguna; es preciso, entonces, que la nada se dé de alguna manera, y, en efecto, la nada se da en el meollo mismo del ser, pues para nihilizar es preciso ser, y el ser por el cual la nada adviene a las cosas es el hombre, y, como la interrogación introduce en el mundo cierta dosis de negatividad, el hombre se presenta, por ende, al menos en este caso, como el ser que hace surgir y desplegarse la nada en el mundo. Como el hombre no tiene una esencia que cumplir, se hace en su existencia; por eso dirá Sartre, jugando con los axiomas escolásticos, que la esencia del hombre es su existencia, su libertad. Si tuviera alguna esencia sería su nada, es decir, nuevamente, su libertad. La libertad del hombre precede a la esencia del hombre: el hombre no es primariamente para ser libre después: no hay diferencia entre el ser del hombre y su ser-libre. La libertad es el ser humano en cuanto pone su pasado fuera de juego y segrega su propia nada. La libertad empírica se concibe, así, como nihilización del hombre en el seno de la temporalidad y como condición necesaria de la aprehensión trascendente de la negatidades. Resumiendo, el ser es primero, y después la nada: para poder negar algo, previamente debe haber algo, y el lugar donde se da constantemente esa negación o posibilidad de negación teórica y de destrucción material es el hombre. “La nada del ser es el hombre”, se podría postular como la filosofía portátil de Sartre. Como vemos, la nada es positiva en nuestro autor, casi totalmente positiva, pero con visos de negatividad, con cierta sombra leve y oscura que se cierne sobre su concepto positivo. Recordemos que cuando se define lo positivo de la libertad humana él dice que el hombre está condenado a la libertad. Hay un lastre, una connotación ligeramente negativa, aun a su pesar, en el concepto sartriano de la nada. Como si su libertad fuera un callejón sin salida, inderogable, solo asumible sin mayores miramientos, como si hubiera una fatalidad en la libertad. Es el lado dark, sombrío, que está obligado a llevar por siempre el existencialismo, a pesar de todo el compromiso y la responsabilidad sobre los actos fruto de la propia libertad que Sartre haya querido después concederle. Me perdonaran que les haya obligado a hacer una inmersión atropellada en toda esta jerga filosófica, de retórica autotélica y cerrada, altamente tribal, un paseo por los vericuetos de la pequeña historia del nihilismo moderno y terminar diciéndoles que la ‘nada’ en el Baudelaire de Sartre no va por estos carriles ‘canónicos’ de esa filosofía trágica sino por otros muy distintos, literarios, divagatorios, maniáticos, menos graves, casi frívolos. La excusa de este libro va por carriles como los esgrimidos por Ingeborg Bachmann para toda su poesía. “Lo que me gusta al escribir es en el fondo, la tinta negra sobre el papel blanco, el movimiento o la configuración que adquieren esas pequeñas hormigas sobre el desierto blanco que es el papel...” (La cita es de memoria). Claro, nada más alejado de las intenciones de Sartre que coquetear con cualquier clase de estética formalista, en la onda del ‘arte por el arte’, por ejemplo, eso seguro. Como prueba basta leer las citas extractadas al comienzo de nuestra charla y corroborar que el uso de la nada en sentido filosófico estricto, técnico, como la utilizada por Sartre y aun por los otros antecedentes es mínimo, predomina el uso de ‘nada’ como uso cotidiano, elemental, como pronombre, de ese término que nos viene a la perfección para totalizar un ser al cual negamos su intervención en la realidad del enunciado. Incluso, vemos la fascinación de Sartre por el término citando, cada vez que tiene un resquicio para hacerlo, a gente que nadie acusaría de nihilista ni en estado de intoxicación alcohólica o en levitación onírica, es el caso cuando cita la famosa frase de Sócrates “Sólo sé que no sé nada”. En otras palabras, lo que guía el texto de Baudelaire no son objetivaciones menores o vulgatas de alta filosofía para lectores de ensayos o novelas, a la manera de El mundo de Sofía o Menos Platón y más Prozak, literaturas preparadas para una digestión suave y cómoda de grandes ideas, digamos bajar a la tierra al dios y hacerlo pasear con los pobres mortales hablando su lengua profana e inofensiva. Nada de ejemplificaciones reductivas o simplificadoras donde las aristas son gastadas por la intención pedagógica o populizadora. No, se trata de pura y simple estrategia literaria, con casi nada de ‘filosófico’, como cuando Hemingway monta los contenidos de sus cuentos sobre el previo corte de sus oraciones. La elección previa de una estructura de trabajo para no perderse en lo ilimitado del mero contenido. La nada, si la hay, en el texto sobre Baudelaire, se halla en otro lugar, muy distinto del que piensan los lectores avispados del Sartre filósofo. Con Sartre literato y ensayista se necesita de un lector más inocente, sin prejuicios constreñidores para su correcta lectura ‘primigenia’. Soltar todo el bagaje teórico, que nosotros ya hemos desechado previamente al hacer una versión portátil del mismo, y enfrentarlo como un texto solamente cruzado de virtudes literarias. La nada sartriana del Baudelaire se apoya en la libertad de la invención, el proyecto experimental o suicida de lanzarse a la creación más allá de las meditaciones que precisa supuestamente todo texto filosófico. Eso de que la invención es una liberación de supuestos que antecederían a su realización concreta, De que toda elaboración literaria crea sus propias reglas de juego sin someterse a modelos empíricos o a finalidades puramente miméticas. La obra ENSAYÍSTICA DE SARTRE NO LE debe NADA al pesado aparato teórico de sus obras filosóficas, sino que es la prueba de su ejercicio de libertad literaria. El malentendido que supone que un filósofo llegue a abrir un espacio distinto al que tiene acostumbrado a sus lectores, un espacio liberado de plan a realizar, un espacio de literatura pura, donde las verdades emergen autónomas tanto de los referentes exteriores ( la realidad) como de los de los referentes internos ( los de la teoría filosófica del autor), lanzados a la intemperie de la libertad pura, sin sombras pesadas, la creación literaria, donde los conceptos naufragan y el placer galvaniza virtudes de otra naturaleza. Proyecto menos ambicioso y esteticista dirán ustedes, no acorde con los lauros del papa del existencialismo, pero la subjetividad sartriana conoce de caminos más amplios que los de la sola filosofía sesuda que en general lidia en los campos de su frondosa tradición. La creación literaria, en cambio, puede partir de la nada pura, inventar un mundo nuevo, con valores y reglas instaladas ad hoc, y poder perderse en ella sin culpas de ningún tipo. Para terminar, recordemos que sus propias novelas siempre han confundido a sus críticos más sutiles, pues las reducían a simple novelización de sus graves aporías filosóficas, sin otorgarles mayores logros en lo literario. Eso ha acabado hoy, la interiorización total de la realidad por el sujeto narrador, o la objetivización obsesiva de la escritura que termina en una subjetivización extrema de lo real, distorsión de lo dado por el filtro de una subjetividad arrojada a su nada, libre de montar un mundo desde su nada particular e intransferible. Toda la nueva literatura latinoamericana que aparentemente venía de Arlt y Onetti y del Nouveau Roman tiene a Sartre como ejemplo secreto y no reconocido de liberación de las formas del género de la novela y aun del ensayo. Cuando el narrador o el ensayista se lanzan sobre el papel o sobre la luz catódica de la computadora saben que están jugando, en el fondo y nada más, su nada.

sábado, agosto 20, 2005

El uso del vocablo 'nada' en el Baudelaire de Sartre II

Hacer un pequeño inventario del uso hecho por Sartre del vocablo “nada” en su obra sobre Baudelaire parecería prima facie un devaneo caprichoso, pero tratándose de un autor como Sartre, cuyo título más importante es El ser y la nada, de ningún modo puede ser considerado trabajo superfluo, traído de los pelos o arbitrario, sobre todo en el caso de un autor en quien lo inconsciente casi no existe. Claro, el mero placer de paladear las frases ya es un aliciente suficientemente plausible para llevarlo a cabo. Pero saltar del adverbio de negación al sustantivo masculino (en francés), del rien a la néant, nos dará una visión panorámica de cuán importante es en el Sartre literato y ensayista, a quien trataremos aquí, más allá de sus escritos filosóficos, esa palabra que por común y corriente nunca había invadido con tanta competencia los estratos filosóficos y literarios hasta entonces. Bueno, Sartre la toma de Hegel y de Heidegger; de eso hay constancia plena. No menciona a Schopenhauer ni a Stirner, aunque no hay que descartar que haya frecuentado a alguno de estos, en especial al último, de veta hegeliana, fuente común a ambos filósofos (Ya Löwith situaba a Stirner al lado de Kierkegaard, en un contexto manifiestamente existencial. Y también Buber arrastraría a Kierkegaaard y Stirner. Llegó después Juliette Grecó, y en la Europa desolada de 1945 se hablaba en voz baja del existencialismo, señalando al nuevo mandarín Jean-Paul Sartre. Pero en la búsqueda de antepasados, Herbert Read no tardó en recordar a Max Stirner, “uno de los más existencialistas entre los filósofos del pasado”, observando que “enteras páginas de El único se leen como anticipaciones de Sartre”. En punto se separan tajantemente, hay que decirlo, pues a Stirner le gustaban las ostras por su sabor agradable mientras que Sartre sentía profunda aversión, manía neurótica por todo lo que se moviera bajo las aguas saladas del mar ). Más aún teniendo en cuenta esa especie de fascinación que ronda al filósofo francés alrededor de este término elevado a categoría filosófica por él de una manera inusitada. Nuestra hipótesis se reduciría a esta fascinación por el concepto y por el vocablo nada, fascinación por su sentido, que no es sino una especie de indeterminación total, de un vacío absoluto ante el cual se detiene la razón, o quizá incluso de una absolutización de los juicios de negación. El Baudelaire de Sartre es enigmático dentro de su bibliografía en primer lugar por la dudosa pertinencia u oportunidad de la fecha de publicación: 1947. El mundo salía de una hecatombe, las luces apenas empezaban a caer sobre unos hechos cuya polvareda aún cubría el pasado reciente y podría decirse que todas las fuerzas deberían concentrarse en el presente y en el porvenir, en la reconstrucción de un mundo que se había conmovido en sus cimientos. Se trataba de la ocasión en la que el ser debería emerger de la nada. ¿Por qué perder tiempo analizando la vida y la obra de un poeta maldito pero reaccionario hasta los tuétanos? Ya, es una lectura poco condescendiente, como muy bien lo dice Leiris en el prólogo introductorio. Y acaso sirva como simple aplicación de la terminología de El ser y la nada al análisis de la obra y la persona de un poeta decimonónico. Pero creemos que las obsesiones traicionan a los escritores y que su obra es esa traición concretada. Escribir para llenar las páginas con el vocablo “nada” es un tema inquietante. Recordemos como ejemplo clásico la pretensión de Flaubert: “He escrito un libro que trata de nada”, alusión a La educación sentimental. En realidad, nos proponemos descartar la interpretación más fácil y portátil, aquella según la cual el Baudelaire de Sartre sólo sería la puesta en práctica de conceptos desarrollados en su obra filosófica principal (El ser y la nada), para intentar demostrar que en realidad nuestro autor escribió ese texto con el afán inconsciente de divagar alrededor del vocablo “nada” y, como husmeando en un posible segundo sentido de éste, tal vez concretar una escritura absolutamente surgida de la nada, opción esta última que, por cierto, parece contradecir rotundamente la primera alternativa. La primera interpretación nos obligará a esquematizar la concepción de un Sartre portátil y manejable a capricho para poder pasar a nuestra tesis principal, pero esta esquematización de todos modos es necesaria para captar los matices y las diferencias sustanciales entre una y otra postura. a) La nada, en Hegel, es positiva, pues el ser, que es en el fondo pura nada, indeterminación absoluta, necesita negarse en la historia y en la lógica para poder revelar su esencia y finalmente reconciliarse consigo, conocerse. La negación moviliza todo ese proceso lógico-fenomenológico hasta su transparencia última, la del saber que se sabe. Así, la negación del ser, que se aliena de sí en el mundo y la historia, permite su plenitud. El ejemplo que da el propio Sartre indica que Hegel se mueve sobre el enunciado spinoziano según el cual "Toda determinación es negación” (omnis determinatio est negatio). Es decir, que si Sartre es un escritor parisino, que fuma esperando a un amigo en un café con 13.000 francos en el bolsillo, este hecho niega la posibilidad de que Sartre sea nativo de una colonia francesa en África, un colonialista que detesta los cigarrillos y que nunca ha escrito ni una jota. Las determinaciones que posibilitan el ser de un Sartre niegan las del otro Sartre posible. Sólo entonces se es. b) La nada en Heidegger, por más vueltas que le dé la hermenéutica de hoy en día, en el fondo es negativa. El olvido del ser que caracteriza toda la historia de la metafísica, desde Platón a Nietzsche, es esa nada. Lo unheinlich, lo siniestro, lo pavoroso, lo lúgubre que ha opacado ese espacio que antiguamente ocupaban los dioses es esa nada. Que esa nada, y una de sus formas en el ámbito de lo intramundano, la angustia ante la muerte, puedan abrir al Dasein la posibilidad de la existencia auténtica y la recuperación del ser, es un elemento que no se encuentra nunca enfatizado por el pastor alemán y que queda reducido a una salida exclusivista y aristocrática... c) La nada en Schopenhauer es plenamente positiva. El mundo de los fenómenos, donde todo está regido por las leyes de la causalidad, el tiempo y el espacio, se agota en el afán de satisfacer los deseos por la urgencia de los apetitos de la voluntad, de la cual dicho mundo es mero desdoblamiento, y no consiste sino en un universo de sufrimiento eterno que sólo puede ser superado por el cortocircuito de la contemplación artística, por la santidad o por el nirvana. O, finalmente, por la piedad, actitud que empuja a la moderación, cercana al perdón dostoievskiano, único amor, por “desinteresado”, por despojado de los acuciamientos de la voluntad todopoderosa, válido para el filósofo prusiano. d) La nada en Stirner es más ambigua. Si tomamos su “He basado mi causa sobre la nada”, parodia de una frase goethiana, tenemos la impresión de que hace jactancia impúdica de nihilismo. Si leemos su El único y su propiedad siguiendo su sinuoso y quebrado hilo argumentativo, el resultado es otro. La nada es todo lo que quiere aplastar lo único que puedo defender, mi yo egoísta, ese ÚNICO del que precisamente habla Max el frentón. Todas las ficciones que han surgido y se han inventado para ese trabajo de eclipsamiento entran dentro del ámbito de la nada: el Espíritu santo, la Verdad, el Rey, la Ley, el bien, la Majestad, el Honor, el Orden, la Patria, la Sociedad, el Estado, la Humanidad, la Moral, la Revolución y un largo etcétera. Ese mundo fantasmal, esa espectralidad alucinada que pugna por ahogar mi yo egoísta, son la nada. Su signo último es negativo, y creemos que Stirner ha leído a Hegel correctamente, pues defender lo más determinado de todo, el yo egoísta puro y neto, Yo, Max Stirner, maestro de colegio de señoritas, despreciado por Marx y Engels, filósofo olvidado por la historia de la filosofía, como lo único real y verdadero, es haber comprendido que el resto es indeterminación, abstracción, fantasmagoría, es decir, nada.La nada en Sartre en principio parece negativa pero termina siendo considerada positivamente. Sartre está de acuerdo en principio con Parménides: El ser es y el no ser no es. Pero los juicios de negacion están condicionados y sostenidos por el no ser. Este no ser es parasitario, posterior en relación al ser, que es a su vez positividad plena. Pero el ser está infestado de no ser. La nada infesta el ser porque hay un ser en que el la nada es una presencia constante: el hombre. Porque el hombre siempre pregunta, cuestiona, duda, y en el preguntar quedo implícita la posibilidad de la respuesta negativa. El no posible es la condición primera de la conducta interrogativa y, en general, de toda indagación filosófica o ciencia. (Aquí hacemos un paréntesis para destacar el hecho de que la nada que está incrustada en el hombre es el origen también de la filosofía). Esa fuerza interrogadora del ser, presente sólo en el hombre, es el no-ser, la nada, que emerge del ser parasitariamente como la base de la estructuración de todos los juicios de negación. Estos no son abstracciones, sino que tienen un sustrato real en el hombre. Esa capacidad de nihilización intelectual y aun material que hay en el hombre es su nada, su libertad de interrogar y de destruir. Si la negación no existiera no podría formularse pregunta alguna; es preciso, entonces, que la nada se dé de alguna manera, y, en efecto, la nada se da en el meollo mismo del ser, pues para nihilizar es preciso ser, y el ser por el cual la nada adviene a las cosas es el hombre, y, como la interrogación introduce en el mundo cierta dosis de negatividad, el hombre se presenta, por ende, al menos en este caso, como el ser que hace surgir y desplegarse la nada en el mundo. Como el hombre no tiene una esencia que cumplir, se hace en su existencia; por eso dirá Sartre, jugando con los axiomas escolásticos, que la esencia del hombre es su existencia, su libertad. Si tuviera alguna esencia sería su nada, es decir, nuevamente, su libertad. La libertad del hombre precede a la esencia del hombre: el hombre no es primariamente para ser libre después: no hay diferencia entre el ser del hombre y su ser-libre. La libertad es el ser humano en cuanto pone su pasado fuera de juego y segrega su propia nada. La libertad empírica se concibe, así, como nihilización del hombre en el seno de la temporalidad y como condición necesaria de la aprehensión trascendente de la negatidades. Resumiendo, el ser es primero, y después la nada: para poder negar algo, previamente debe haber algo, y el lugar donde se da constantemente esa negación o posibilidad de negación teórica y de destrucción material es el hombre. “La nada del ser es el hombre”, se podría postular como la filosofía portátil de Sartre. Como vemos, la nada es positiva en nuestro autor, casi totalmente positiva, pero con visos de negatividad, con cierta sombra leve y oscura que se cierne sobre su concepto positivo. Recordemos que cuando se define lo positivo de la libertad humana él dice que el hombre está condenado a la libertad. Hay un lastre, una connotación ligeramente negativa, aun a su pesar, en el concepto sartriano de la nada. Como si su libertad fuera un callejón sin salida, inderogable, solo asumible sin mayores miramientos, como si hubiera una fatalidad en la libertad. Es el lado dark, sombrío, que está obligado a llevar por siempre el existencialismo, a pesar de todo el compromiso y la responsabilidad sobre los actos fruto de la propia libertad que Sartre haya querido después concederle.

martes, agosto 16, 2005

El uso del vocablo nada en el Baudelaire de Sartre I

Baudelaire, Gallimard, Paris, 1947, traducción de Aurora Bernárdez. Losada, Buenos Aires, 1949. Prólogo Michel Leiris. “Ha recibido la existencia para nada.” Pág. 13. “Sabe que no puede sujetarse a nada.” Pág. 27. “Sabe que los resortes y las palancas no valen para nada en su caso: no es ni causa ni efecto; contra lo que será mañana, nada puede hoy.” Pág. 27. “Pero la creación es pura libertad; antes de ella no hay nada, empieza por producir sus propios principios, inventa, lo primero de todo, su fin...” Pág. 29. “Ya no es nada: hace.” Pág.34. “La gran libertad creadora de valores emerge de la nada...”. Pág. 34. “Pero detrás de ellos no hay nada...el niño emerge de pronto de la soledad y de la nada.” Pág.36. “De este modo, se produce algo que no existía antes, que nada puede borrar...” Pág. 48. “Contribuye, por lo tanto, mediante un rodeo, a glorificar la regla. Mejor aún, proclama que no es nada.” Pág. 48. “Como nada iguala en intensidad y en hondura los sentimientos religiosos...” Pág. 49. “...nada hace sentir tanto la libertad y la soledad.” Pág. 52. “Nada es simple en él...” Pág. 53. “Baudelaire no cree del todo en nada de lo que piensa, en nada de lo que siente...” Pág. 54. “Será preciso, pues, concebir todos los rasgos que componen su imagen como afectados por una nada sutil y secreta...” Pág. 54. “...que no hará nada en su vida.” Pág. 60. “...el sufrimiento para Baudelaire...(es) un estado permanente, que nada es susceptible de aumentar o disminuir.” Pág. 62. “Nada revela mejor que Baudelaire escogió sufrir.” Pág. 62. “...porque nada de esta tierra podrá satisfacer sus deseos.” Pág. 63. “Es dolor porque nada le calma, nada le satisface.” Pág. 64. “Todo lo que es debía ser, nada podía ser sino lo que es...” Pág. 65. “Pero las realidades naturales no tienen para él significación alguna. No quieren decir nada.” Pág. 68. “’Nada me gusta tanto como estar solo.’” Pág. 71 (Carta del 5-III-1866). “’¿Nada en los antiguos?’” Pág. 74 (Palabras trasmitidas por Léon Cladel y citadas por E. Crépet en su Baudelaire). “Y Baudelaire goza, en primer lugar, con esa nada secreta porque no le compromete de ninguna forma... Y como el objeto deseado no le toma en cuenta, esa turbación que Baudelaire finge, no le obliga a nada y puede permanecer solo, encerrado en su avaricia onanista.” Pág. 83. “...el asco a esa carne muerta lo penetrará de una nada profunda...” Pág. 87. “Baudelaire no rompe absolutamente nada: su trabajo creador consiste tan sólo en modificar y ordenar.” Pág. 103. “...no desperdicia nada para transformar a sus propios ojos su vida en destino.” Pág. 105. “...nada nuevo en esas notas redactadas hacia el fin de su vida, nada que no hubiera dicho cien veces, y mejor.” Pág. 107. “Baudelaire, que no quiere emprender nada, vuelve la espalda al porvenir.” Pág. 108. “Su lucidez reflexiva le revela que existe a corto plazo, como una sucesión de pálidos deseos, de afectos estremecidos por la nada, que se conoce de memoria y no obstante le es necesario vivir gota a gota.” Pág. 111. “...permanece en suspenso entre la nada y el ser por una discreción llevada al extremo”. Pág. 113. “...pero el suicidio, en él, no es una aspiración hacia la nada absoluta...” Pág. 124. “Rechazó la experiencia, nada que pudiera cambiarlo le llegó desde el exterior y nada aprendió...” Pág.126 (la última de la edición en español).

viernes, agosto 12, 2005

Novela sin sonrisa

Las musarañas,Centro Editor de America Latina, Buenos Aires,1973 (descatalogado y nunca reeditado)de Jesus Ruiz Nestosa(Asuncion, 1941) El gran error de Las musarañas es circunscribir el discurso burgués a su ámbito literal y a su representación estereotipada, es decir, la ausencia de esa sutileza y lucidez elementales que debieran permitir al autor descubrirlo también entre los campesinos o aún en el mismo narrador. Un narrador que no ha tenido el talento suficiente para sobrevivir al largo monólogo del burgués sin llegar a identificarse con él, que carece del histrionismo necesario para no creer en ninguna de las palabras que ha escrito, que es incapaz, por último, de reducir su literatura a la mera transposición de una voz desde el plano de la realidad hasta el de la ficción lavándose las manos de todo lo dicho; tan preso, al fin, del universo burgués que retrata, y tan burgués él mismo, como sus personajes. Resumiendo, lo que la novela no llega, ni por un aleatorio lapsus verbal, a manifestar es el lugar de ese hiato invisible e inidentificable que resolvería el difícil problema de señalar el punto en el que empieza lo real (el fluir de una conciencia burguesa) y en el que termina la ficción (el discurso de un narrador que ha sabido "fingir" una voz burguesa pero que no tiene nada que ver con ella en última instancia). El "cuándo", el momento en el que se concreta ese hiato es fundamental si nos ponemos de acuerdo en que el material de la novela es de una trivialidad exagerada y redundante. Eso puede ser explicado contextualizando dicho material, ya que el discurso burgués no puede ser más que eso por su propia naturaleza, es decir, trivial, y redundante en su trivialidad, sin ningún tipo de interés ni creatividad. Convengamos en que todo el material de la novela, la historia de una familia típica que expone discursivamente esa tipicidad de una forma bifronte (mientras la mujer burguesa habla, explica, imagina un origen cuasi divino de su statu quo, el hombre, el marido, el macho, roba, estafa, coimea, se confabula para amasar la fortuna familiar), es trivial y, diríamos más, bastante pobre y limitado. Sin embargo, podríamos reconocer el mérito de la novela en otra parte. Por ejemplo, en el empleo proustiano del tiempo, que, en su "involuntariedad" radical, casi objetiva, en su dinamismo quebrado, discontinuo, caprichoso, en esa su "inocencia del devenir", nos lanza los fragmentos de una historia banal con una distribución no estrictamente narrativa sino, diríamos, casi musical, en forma de fragmentos que aparecen, se concretan vaga y efímeramente y se apagan, y que luego vuelven a aparecer en otro contexto, con otra distribución, bajo una luz diferente, obsesivos, quebrados, creando una melodía. Una melodía, eso sí, siempre erudita, europeísta, burguesa, el sonido de la "gran cultura", pero un sonido ya otoñal o dodecafónico, propio de, en todo caso, la Viena del fin de siglo. Si los fragmentos van de un modo y vuelven de otro, no es porque se haya producido un aumento de información o conciencia en ellos; lo que ocurre es que vuelven de modo distinto a aquel en el que se retiraron porque la combinatoria de cada uno con respecto a los restantes se ha modificado, y este dilatado jardín que es el monólogo burgués de la mujer se bifurca en senderos por los que los que han muerto en la página anterior regresan vivos y jóvenes en la próxima. Habría que hablar de ajedrez musical al tratar de acercarnos al monólogo, de un ajedrez que juega consigo mismo, siempre, el discurso de una memoria burguesa, en los cuatro sentidos que tiene este término para Marx y en los otros sentidos restantes y complementarios que tiene para Marcuse y compañía también. Los fragmentos que se mueven en el tablero-jardín son las piezas que se buscan y se pierden o no se buscan y se encuentran y viceversa, pero que nunca se extinguen porque la memoria que los sostiene es dogmática, unipersonal, egocéntrica, extasiada en los ritmos rotos, disonantes, sincopados, que se cuenta a sí misma. Lo que estamos diciendo es lo que Krishna ya afirmó: en mi comienzo está mi fin. Es decir que la no resolución de los difíciles problemas que el autor no ha sabido resolver o que ha resuelto sólo a medias está ya en el hecho preliminar o básico de plantearlos como los ha planteado. En el hecho de haber reducido la novela a un discurso monologal y unívoco en el que una sola y única voz se erige como la voz de la novela. En la ausencia de otra voz que se enfrente a esta voz omnipotente y la ataque para que su propio dinamismo adquiera más creatividad y al mismo tiempo más consistencia. Además, está el hecho irrefutable de la situación ambigua del autor, del que no sabemos si es tan burgués como el mundo de la novela o si, por el contrario, es un perfecto ventrílocuo al que ni siquiera vemos mover los hilos de su muñeco. Ambigüedad que, en todo caso, lo deja en una posición equívoca, oscura y aun siniestra, y plantea una pregunta crucial: el escritor, cuando habla a través de sus personajes, o cuando deja hablar a sus personajes –personajes, por cierto, en este caso, de una vileza notable–, ¿hasta dónde controla, ética y no gnoseológica o psicológicamente, su propia identidad de manera que no se disuelva en la identidad de esa otra voz que él mismo ha creado? En toda historia relatada por una voz principal y única, yo, lector, tengo que asumir toda la realidad de la novela desde la perspectiva del personaje que es al mismo tiempo el narrador. Pues bien, si toda la realidad ha sido distorsionada por la perspectiva del personaje, entonces el narrador último, el señor Ruiz Nestoza, debiera obedecer el imperativo categórico de salvaguardar, como dicen los militares, su identidad ética como narrador de facto y no meramente ficticio, y distanciarse claramente de este narrador meramente ficticio. El narrador último ansía constantemente separarse de tal narrador-personaje; en el caso particular que nos ocupa, debiera ansiar separarse del asfixiante monólogo burgués que exhuda ese narrador ficiticio que él ha dejado en libertad; debiera aspirar, para su arte, a algo situado más allá de una mera sesión ventrílocua perfecta, a la superación de esa voz representativa del mundo burgués y restringida en sus alcances a la estrechez de este mundo, que por otra parte representa lo más antitético con respecto al mundo del arte, lo absolutamente otro de un artista. El autor no puede dejar librada al azar la manifestación del hiato entre él, el artista, y su opuesto, el burgués. El autor no sólo debe saber cubrirse la cara, como todo artista, aunque sea con una máscara que represente su extremo más alejado. No basta con esto. Es necesario que, cuando hace tal cosa, en algún momento se produzca la fisura entre el autor y el personaje, entre el artista y el burgués, para que la máscara herméticamente fijada al rostro de la novela deje pasar, aunque sólo sea fugazmente, la sonrisa del artista. Esa sonrisa es fundamental para que las identidades asuman su lugar, y en particular la identidad del autor, que es o debiera ser el más interesado en no confundirse con el rebaño. El espejo de la novela debe quebrarse en la sonrisa del artista. En Las musarañas falta esa sonrisa.

jueves, agosto 11, 2005

Oír aDarío

VII-8 El enano sin Teresa tuvo sed hípica. Así el enano sea gitano asesinó a María margarita Salazar. El enano veloz asesinó becerros. Por una mora moral, el enano asesinó a Sartre célebre. Lesionando serranas con el escribano asesinó a Morfeo. Si el enano anciano asesinó a Marconi, Lógicamente con su arcano asesinó a Marte. VII-8 (Helena, nos interesa tu voz edípica. Ah, si helena no se agita no hace sino amar y amar garitas al azar. Helena no ve los ases y no ve cerros. Por un amor amoral, Helena no hace sino asar trece Lebreles y Onán doce ranas. Con el escriba no hace Sino amor feo. Si Helena no ansía -no hace sino amar Con ilógica mente-, con su arca no hace sino amarte.) El heno esputa el enano. ¡Es puto en la sábana! Esputa la hez: finge ser senador. Ah, sí, la hora da el Reloj erógeno. Sí, Dan hiel, enano satánico, loco, Cadaver de agua, catequizado soma, sensual cobayo, Verás aviones y hoy, oh, irás al Hades, posada de Circe. Mendigo: sé menesteroso semental. Eslavo, ¿siembras hoy? Oh, plebeyos, hoy el enano agonizó. Paz. (Heleno: ¿Es puta Helena? ¿No? Esputó en la sabana. ¿es puta la Esfinge cercenadora si la horada el relojero genocida? Ni helena nos ata ni coloco, cada verde aguacate -quizá dos, o más- en su alcoba. Lloverá, sabio necio, y oirás a la desposada Decir:-Semen, digo, semen, esteros. ¡Oh, semen!, tal es la voz y hembra soy. ¡Oh, plebe!, yo soy Helena. No hago ni sopas.) Del libro La vida dorada. Textos bifrontes del Logodédalo. Libro lúcido literactivo. de Darío Lancini. Ediciones Morada Onda, Caracas,2004

sábado, agosto 06, 2005

La reina de Asunción

He roto un tabú consensuado a medias por la oligofrenia creciente y la ceguera desenfrenada de mis contemporáneos: escribir enervado por la fiebre. Eso de omitir el paladeo solitario de su calor, de no respetar la calma extática de la enfermedad, la aureola de su verdad. La escritura, que es un modo de la frivolidad, de la banal e impotente salud, transgredió sus fronteras profanas. La enfermedad evocada arbitrariamente –ella, hermana del éxtasis psicodélico, dislocamiento de la perpendicularidad humana del engaño, descoyuntamiento de la perspectiva habitual saludable, rozagante y boba– en los paisajes de lo incurable (o insanable), debe ejercer su terapéutica revulsiva e impopular. El enfermo en su esplendor gnóstico o epistemológico despliega, forastero en tierra fofa y estéril, toda la gama cromática de su melodía insomne: si los toba qom no tienen dinero para comprar leche ni para sus propios hijos, es justo que comercien con el tamanduá cachorro (jurumi, oso hormiguero chaqueño, por cierto en peligro de extinción), que, como mamífero que es en edad lactante, aún no preparado para la adultez formicofágica, requiere un litro de leche diario. Sudamericanito empotrado en el capitalismo de los laberintos ilusorios, tu mundo se llama frivolidad. Si todos, absolutamente todos, lacayos de rancia escuela, alabarderos recién graduados, se la chupan al tío Sam, al FMI, al Banco Mundial, al betún, a los plásticos y a los timos multiplicados ad infinitum de la tecnología guillermoportiana... Si la Miseria es la reina de Asunción, si el fantasma hecho andrajos nos interpela a la vuelta del viejo y confortable hogar... En los 90 me he internado en todos los vericuetos asuncenos y sus alrededores; en los 2000, ya recluido convenientemente en mi bunker, parapetado tras mi paranoia indulgente, cuando salgo a inspeccionar la vida canina que prospera en la vereda de pisos destrozados... el fantasma hecho andrajos me interpela inequívocamente. Un amigo me pregunta en qué terminará mañana todo esto, puesto que es intolerable. La Miseria es la reina de Asunción. Visítela con su cámara de última generación y verá el porvenir, sí, usted, citoyen despreocupado de la eurocomunidad neoliberal, vegetariano, sacudido habitualmente por leves y espasmódicas convulsiones ante la simple mención de Nueva York, Madrid, Londres... Asunción resolverá satisfactoriamente el mal de Parkinson que se agita timorato en el fondo de la solidez imperturbable de su comodidad. La enfermedad nos ha imbuido de un coraje inaudito en nuestros por lo general fofos y contraídos músculos. La enfermedad de la verdad, de la intuición pura y sin mediaciones de la miseria, me empuja a reaccionar, a gritar, a señalar, a negar. La furia auténtica, la sublevación, germina de la desesperación, pero completando el ultraje hasta el desgarramiento, la penetración, el estrangulamiento, el entarquinamiento, el emporcamiento a través de todos los agujeros del devoto cuerpo de Viridiana en un levantamiento real, no surreal, de mi mendigo, hoy fantasma hecho andrajos, alucinación callejera de una cotidianeidad fantasmal, volviendo puros andrajos lo real, digo mendigo unskilled, sucio y gorrón, de esa putrefacta sanidad de Viridiana, la gran puta del adolescente cinéfilo evasivamente masturbatorio. Llenaremos de fotos de la miseria de Asunción prontamente este blog contrito y arrepentido por su nihilismo práctico inerte, su seudobohemia melancólica y su decadentismo alegre, apocalíptico, a lo finis austriae. Suban a la red y miren cuán abajo está Asunción, tembladeral fantasmático de la pobreza alucinada que os espera por vuestra sangre vampírica y solidaria.

martes, agosto 02, 2005

Pelar la pija hasta la raíz del dolor

Ndai kuaai mba’eve nda hai moõvelado stigmata martir la che reta mi emokañy nde chuko ava py'apy ryepype la wirrwarr mbokapu va’erã yvoty ñe’epe mante voi ochinini ja hairamo nde ñe'e kuatiã ari ehako’õ pe abgrund vai ñande mbo piripavo entero vea ara bicho lomitã oĩ oguapy paiteva ni nde chicai ndo ñe maneai mba’evere mba’eve ejapovara pandorgacha ja poi paite ja ndejoko voivagui etyryry rei araguype ñu ari hemby ndeve ergo eñe’e esapukai ehai mbegue katu mi nde py’a opoiva eira veneno pharmakon teko asy pyhare rehechava ejuka aña ojeliava oñorairova nde ahy’ore cafard tedium vitae bilis negra acedía nde reko ojeharu ojeohea va’ekue he’i ãicha ñande socio kuera Job Sófocles Teognis Leopardi...
PD: el maldito arsenal de fuentes del cyber no me reconoce la e nasal del guaraní. Disculpas, chera'a. Pónganlo mentalmente alli en donde se habla de ñe'e. El signo diacrítico, digo. Especie de vírgula que usan las ñ en español.