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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, junio 28, 2005

Nadaista propina cross al santo invidente

Borges es uno de esos personajes inasibles que siempre vuelven a los periódicos, cuando ya comenzábamos a olvidarlos, a librarnos de su presencia avasalladora, como el Ratón Mickey, Marilyn Monroe, John Lennon, y la misma perra con distinta guasca. Cada año los profesores a todo lo ancho de la Tierra vuelven a topar el cadáver de Borges, si es de Borges, también puede no ser Borges, y trepan en éste, para soltar su propia perorata, un distinguido ditirambo, una exégesis del dios ciego, y revelar nuevas claves que nos permitan penetrar mejor armados en los lujos de su obra insondable, de registros plurales y tersuras de terciopelo recién peinado. Borges es un cadáver que se obstina en no dejarse enterrar. Un enorme estorbo esperando que le celebremos el aniversario de su ceguera, su primer diente, su primer verso y su último suspiro, al que es preciso rendir el homenaje de unas babas imprescindibles, de año en año. Hay algo en Borges, si es Borges, que inspira desconfianza. Borges tiene un no sé qué de falso ciego que se deja arrastrar. Es el único argentino, si se puede, además, llamar argentino, con el Che Guevara, que le disputa a Gardel la gloria del porteño universal. Borges se ha convertido a estas alturas en una religión menor, en el santo a oscuras de una secta de estetas con vocación de lazarillos. Y, como siempre, es lícito y saludable desconfiar de las iglesias, sobre todo si no han completado un siglo de existencia. Algunas personas escandalizadas con mi cisma personal, hicieron lo posible a todo lo largo de nuestras vidas, la de esas personas, la de Borges y la mía, por remediar una distorsión aparente e imperdonable en mis juicios literarios. Juan Manuel Roca, el poeta antioqueño, el hijo de Rubayata, por ejemplo, me regaló su obra poética completa hace años. Y Jotamario, su amigo, el hijo de don Jesús, le completó el regalo con la prosa en uno de mis cumpleaños. Javier Villa me prestó todos los tomitos grises que pudo, de los que publicó Emecé hace años, con los pasos, hasta entonces, del venerable invidente. Ficciones. Evaristo Carriego. Etcétera. Sin lograr aficionarme a la droga alcanforada de Jorge Luis Borges. Con Borges me pasó como con el mar, que de tanto esperarlo se me empequeñeció cuando fui a verlo. Y me pareció mezquino y ampuloso a la vez. No me molestó en Borges la incongruencia de haber sido antiperonista y dedicar, más tarde, su traducción de Whitman a Nixon y a Pinochet: estaba en su derecho de gustar de unos tiranos y deplorar los otros. Lo seguí leyendo a pesar de todo. Hasta que detecté, o hice consciente, o se me revelaron sus posturas de señorito, sus vicios de aristócrata, un aire de superchería en su escritura demasiado correcta, la ausencia de la vida, la falta de humanidad y de calor y verdad. Borges asombra como el prestidigitador, en un escenario iluminado con luces indirectas y telones bien dispuestos, pero no altera nada en nosotros. No interpela o maltrata. Ofende al lector con su falta de confianza, su reticencia, su ocultación perpetua detrás de la telaraña de sus juegos verbales acerca de la incapacidad del castellano como vehículo de la poesía y los cincuenta años de soledad que alcanzó a leer, sobre la gloria, la fama y el tiempo. Aburre a la postre su adaptación frívola de Schopenhauer. Sus cuentos son cuentos de sombras, módulos intelectuales. Sus endecasílabos demasiado comedidos para servir de alimento o consuelo. Borges no es el Verbo. Es un orfebre distinguido, a lo sumo. La gran ausente en sus historias de criollo educado, es la vida. Sus calles, sus esquinas rosadas, sus escenografías de conventillo, son tangos de salón, a su pesar, a la fresedo. Todo es rigor en Borges, arrogancia disfrazada de modestia. Me pregunto, por qué un hombre que leyó tanto y tuvo tanto talento, nunca supo, que cuando la inteligencia se convierte en espectáculo es cómica y triste. De las virtudes del corazón Borges se reservó, si acaso, la nostalgia. Pero sus ironías carecen del sello del desengaño y de la amargura del verdadero conocimiento. Se parece a Wilde de lejos, en su anarquismo de dandy. Pero Wilde estuvo preso y fue radical y resentido. Borges, apenas el prisionero ciego de una imagen que creó para otros, para esconderse de los terrores de la experiencia. Por eso, en su versión de Whitman faltan la soltura, la fuerza, el músculo y el nervio del norteamericano. Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura. Más que un erudito que hilvanó un sentido del mundo y un significado aunque fuera inventado de las cosas y de sí mismo, es un banco de datos elegantes, selectos. Libros sobre libros, es Borges. Opio rebajado. Numismática. Heráldica. Ideario de ideas olvidadas y deshechizadas ya: en suma, escolástica. Sus obras llenas de informaciones sin entrañas son las memorias de un bibliotecario, de un ratón de biblioteca cebado. Que finge la indiferencia cuando sólo está ausente. Borges deja al lector helado bajo el peso de su bisutería. No es el escritor posmoderno que sus turiferarios creen que llegó a ser: apenas un modernista cultivado con más esmero que Darío. Y de mejor familia. De una sensatez irritante en un mundo dislocado. Es imposible no admirar la pericia de Borges para frasear con discreción y parafrasear sin vergüenza; para insinuar, adjetivar y engañar con falsas pistas, como en un juego. Pero deja intacto lo demás, y sin usar el mundo. Sus inquisiciones místicas y teológicas son recensiones culteranas de un hombre al margen, incontaminado. Ni en el infierno, ni en el monasterio, ni en el escepticismo. En el autismo de los limbos en galería de la estética. Borges no consiguió hacer carne el Verbo. Su escritura siempre fue demasiado prudente, cautelosa y contenida. Como la marcha de los ciegos. ( De Prosas incompletas,2004, de Eduardo Escobar)

lunes, junio 27, 2005

Weekend neoliberal (Hoy odio todo lo que se mueve)

A veces Asunción adquiere ese ritmo asociado con los tiempos finales, onda Hesíodo, onda ciclos temporales indios, como en este último fin de semana, definible como neoliberal por aquello del consumismo y la huida hacia adelante. Fue imposible cumplir con toda la agenda prescrita: Charlas de café, Feria del libro no shopping (donde prometimos a Susy pasar para ponernos al día con Takuapú), presentación de Sermo del person Morales, etc. Al final caímos por lo de Manolo y Denise, Pernod y whiskey se mientras hervían las pastas junto al vapor de Mc Coy Tyner y un grupito que hacía covers de “After midnight” de la señora Patsy Cline. Velada burguesa italianizante, de gente culta y sensata. Pos-cena, la tele de 14 pulgadas se equilibra sobre una doble base de mesa de velador de dormitorio y puf muelle de lanilla. La peli, La habitación del hijo, del signore Moretti, rodando en su sistema PAL-N del VHS clasicote. Ya habíamos oído hablar de otra peli de Nanni, Caro diario, que tenía por banda sonora la música de Keith Jarrett. La perspectiva hermenéutica de la peli, hay que aclararlo, estaba bastante distorsionada: cannabis sativa mezclada con tabaco, helado con Pernod (el señor Pernod se jacta, en la etiqueta legitimadora de la botella, de usar sólo anís estrellado y de que gentes finas y melancólicas, como Jean Rhys, hayan sido grandes consumidoras de su licor belle époque), cine encogido a 14 pulgadas en una caja boba, amenaza de lluvia en el quincho… Moretti en su papel de psicoanalista distanciado y sereno y su clientela disparatada recuerdan en algo los climas neuróticos urbanos de Woody Allen. La esposa, de una belleza replegada y sin grandes estridencias, la hija, de ropa holgada y algo neurótica, y, por fin, el figlio, relegado en los primeros 30 minutos al recuerdo del título de la peli, nada más. La cotidianidad es el tema, y las rutinas que recorre incansable, inmune a los cataclismos, inexpugnable a las bromas de la naturaleza. La muerte es un trámite que se sortea con trabajo, con deportes, con más rutina. Pero los caminos de la neurosis habitan estratos más profundos que los del grund ficticio de la sociedad y sus certezas cíclicas. Sucumbir al dolor, ser minados por la desesperación que se insinúa antediluviana en la dureza de un fósil, acaso el mismo que robara el chiquillo antes de que la muerte lo convirtiera en protagonista principal de su familia y de la peli (protagonismo del ausente: así podría ser definido este nuevo tipo de heroicidad. Como la del protagonismo de las espaldas en Sartre). La crítica de Moretti a la cotidianidad autosatisfecha y luminosa se centra en la descartabilidad esencial de los individuos. El hijo sólo empieza a existir post mortem. Se vuelve un ente misterioso, saturado de enigmas y de belleza perdida. La pérdida restituye lo que la rutina ha desleído con un trabajo de zapa y lavado cerebral, reduciéndolo a un mecanismo reiterativo y nulo. ¿Dónde reside la falla que lleva a amar lo perdido y, aparentemente, a desdeñar lo real y vital? El toque oriental guiña su sabiduría ya al comienzo mismo, cuando, camino al consultorio –refugio de neuróticos y rimbombantes enfermos psíquicos que la resaca de la luz cotidiana aglomera en él–, Nanni se cruza con una panda de mocosos volados por el mantra del “Hare, Hare Krishna…” Aprendizaje del dolor, aprendizaje de lo real. Llorar es un patrimonio de alto precio. Sólo lo logran los que han jurado lealtad a la Hermandad del Sufrimiento. Minada la familia, consciente de la traición que les ha propinado la rutina monótona y deportiva, la decisión es dura: abandonar el juego ilusorio de vivir sobre la cinta sin fin de la gimnasia adormecedora de la cotidianidad. La muerte corporiza la sustancia del hijo, rara paradoja. Dejar todo y entregarse a la deriva pos-existencialista del azar devuelve su cara sonriente a la rueda de la fortuna. El médium, la hasta ahora secreta novia del hijo muerto. El milagro se opera cuando la hipnosis nazicapitalista revela sus entrañas siniestras. La noviecilla adolescente aparece cual epifanía sagrada sobre la plataforma pragmática de lo profano. Su carta póstuma revela más del hijo que todas las rutinas transcurridas en torno a los innumerables desayunos familiares o los trotes dominicales junto al padre. Las fotos enviadas a la novia explican al fin el título del filme. La interioridad de la habitación del hijo en fotos de la intimidad de lo humano aovillado. Las posturas de seducción a distancia, imago mundi erótico de un epistolario lanzado en el mar de los afectos confusos de la amistad púber, cargan lo bufo de la realidad. El cuerpo busca afanoso la risa del otro. La seducción es la complicidad de la risa. La serenidad, en cambio, es la estrategia de la rutina. Reír es vivir, apotegma morettiano. La risa en la peli está representada a través de la música. En este caso es Brian Eno soltando los versos de By the river sobre dos teclados afinados en dos niveles tímbricos que acogotan de tristeza al publico alucinado. Raro, ¿no? La tristeza infinita que nosotros asociamos con Piano Magic hoy en día ya tenía a Eno como su precursor setentista. Es el reflujo de la vida golpeando los fantasmas que tapaban el mundo verdadero a nuestros ojos secos de dolor y lágrimas. La vida vuelve como parodia klosovskiana de la seriedad del mundo. Vendrá y tendrá la luz de tu rostro, podemos parafrasear a Pavese, y entonces ya estamos en Moretti. El poema a los dedos del pie de mister Carver, que lee Moretti antes de dormir, era ya un recodo a explorar antes de la caída, de la muerte del hijo. El otro, el que decide el filme, amar al hijo, los restos de la sustancia del hijo, por intermedio de la novia secreta. Las fronteras de Francia indican que las fronteras son nuestra verdadera patria. Echemos las aduanas que represan las lágrimas, las que censuran la risa. Tomemos el coche hasta la frontera última de la rutina y crucemos al otro lado, cuidemos la belleza de la niña que ha comprendido la vida. ¿Por qué ríes?, dice la familia un minuto antes de comprender que han vuelto a la vida irremisiblemente, movimiento que ha sido tan sutil y contundente como el inverso de su abandono. Reímos, hemos vuelto a vivir, ¿no te das cuenta, espectador distorsionado de sábado a la noche, en esta Asunción que imita, cool y sofisticada, la rutina vertiginosa del neoliberalismo que oculta, maquiavélico, sus catástrofes? Tres mil guaraníes invertidos en el alquiler de un VHS ya anacrónico nos han empujado a escribir estas líneas.

sábado, junio 25, 2005

La patologización del Mal

¿En qué momento de la historia de Occidente desapareció el Mal propiamente dicho, como necesidad del libre albedrío del que se suponía estaba dotado el hombre, como requisito indispensable para seguir acariciando el sueño de la Libertad, como uno de los elementos fundamentales –quizá el más fundamental de todos– de la dignidad humana, y reapareció degradado, envilecido, reducido a mera y oprobiosa "enfermedad"? ¿Qué cifra histórica podremos señalar para datar esta "Muerte del Mal", con el cual hemos muerto también un poco nosotros mismos? Existió una gran época, demasiado lejana, en la que el hombre tenía derecho a reivindicar para sí la libertad de hacer el Mal: fue la época del Monstruo, la del Gran Criminal, la del Blasfemo, la del Demonio –Satán, el Tentador, el Enemigo, a veces horrible, a veces el más hermoso de los ángeles rebeldes, como en Milton–, quizá la del Vampiro, la Bruja y el Licántropo. Hoy, reducidos por la asepsia médica a carne de diván, sólo podemos aspirar, a lo sumo, a ser esquizofrénicos, paranoicos o psicópatas. Perdida para el Mal toda posibilidad de gloria –la gloria del abismo y la de la condena–, ya no puede aspirar más que a la compasión –que no es sino la cara cursi, relamida y pegajosa del desprecio– y a la terapia. Antaño éramos libres para optar entre el Bien y el Mal, entre Dios y Lucifer, y Baudelaire aún podía decir que "hay que tener el valor de llegar tan lejos en el vicio como en la virtud". Hoy, la nobleza y el mérito del Bien y lo impresionante y lo siniestro, lo Enorme, del Mal, han sido reducidos a las categorías moral y metafísicamente paupérrimas de la Salud y la Enfermedad. Probadlo: haced el mal: se os dirá que no poseéis un super-ego lo bastante fuerte, que habéis sufrido traumas en la infancia, que vuestra personalidad es "inmadura" o, en caso de que el delito cometido sea lo bastante grave, que padecéis algún tipo de "psicosis". Eliminada la responsabilidad por el determinismo de los condicionamientos de vuestro "subconsciente", no produciréis ya horror, sino lástima: seréis "explicados". El enigma del Mal ha sido "resuelto" por la ciencia, y, así, vaciado de su poder auténticamente subversivo: de su Verdad. Hoy en día, el mismo Belcebú sería psicoanalizado, o, a lo sumo, recluido en una institución psiquiátrica: pues estas profanaciones del gran misterio del alma humana han sido institucionalizadas, materializadas en edificios, codificadas en tratados, mecanismos todos ellos equivalentes a una suerte de canonización vaticana del "saber". Un saber que no sabe, en verdad, nada: un saber que soslaya el fondo caótico de lo incognoscible y su ultimidad de ser superior a todo lo que pueda conocerse. ¿En qué momento se despojó al Mal, al Gran No, al Gran Rechazo, de toda su dignidad, de toda su oscura y magnífica gloria y de todo su poder? ¿En qué momento se patologizó al Hombre y al Demonio? Esta es una pregunta que tendrán que responder los historiadores. ¿En qué momento, en el sentido profundo en que el misterio del libero arbitrio preocupó a tantas grandes inteligencias de Occidente, dejamos de ser libres?

martes, junio 21, 2005

Tranströmer se viste el solsticio de invierno


Epílogo 




Diciembre. Suecia es un extenuado barco en tierra. Sus ásperos mástiles, contra el cielo de anochecer. Y el anochecer dura más que el día: el camino que conduce hasta aquí es pedregoso: recién a la hora de la cena llega la luz y el coliseo del invierno se levanta, iluminado desde nubes irreales. Entonces sube de pronto el humo blanco, vertiginoso de los pueblos. Infinitamente altas están las nubes. En las raíces del árbol del cielo hurga el mar, distraído, como escuchando algo. (Invisible pasa un pájaro sobre la parte oscura, retraída del alma, despertando a los durmientes con sus trinos. Así gira el refractor, atrapa otra época y ya es verano: muge la montaña, hinchada de luz y el arroyo levanta el brillo del sol con mano transparente… Todo desaparece luego como cuando se corta la película en la oscuridad.) Ahora la estrella de la tarde quema la nube. Árboles, patios traseros y casas se amplían, crecen en la avalancha silenciosa de la noche que cae. Y bajo la estrella se revela más y más el otro, el oculto paisaje que vive vida de silueta en la chapa radiográfica de la noche. Una sombra lleva su trineo entre las casas. Ellas esperan. A las 18.00 llega el viento y galopa ruidoso en la calle del pueblo, en la oscuridad, como una caballería. ¡Cómo la negra inquietud actúa y se desvanece! En danza inmóvil están las casas presas, en este zumbido que se parece al sueño. Uno y otro golpe de viento vagan sobre la bahía, lejos, hacia el mar abierto que se arroja en la noche. Flamean las estrellas desesperadas en el espacio. Las encienden y apagan nubes que van volando; sólo cuando anochece la luz elimina su existencia, como las nubes del pasado que andan cazando en las almas. Cuando paso frente a la pared del establo, se oye el estruendo de las coces del caballo enfermo que está adentro. Y es la partida en la tormenta, junto a una reja que golpea y golpea, un farol que surge de una mano, una animal que cacarea de terror en el monte. La partida, cuando truena como la tempestad sobre los techos de los establos, bordonea en los hilos telefónicos, silba estridente en las tejas del techo nocturno y el árbol desamparado extiende sus ramas. ¡ Un tono de gaitas se libera! Un tono de gaitas que avanzan desfilando, liberadoras. Una procesión. ¡Un bosque en marcha! Chorrean en torno a una proa y la oscuridad se mueve, y tierra y agua se transportan. Y los muertos, los que se fueron bajo cubierta, van con nosotros, con nosotros, en marcha: un viaje por mar, una travesía que no es caza, sino tranquilidad. Y el mundo rasga todo el tiempo su carpa de nuevo. Un día de verano el viento toma la jarcia de la lancha y arroja la Tierra hacia delante. Rema el nenúfar con su pata de rana oculta en el vientre oscuro de la laguna que huye. Rueda lejos un bólido en las salas del espacio. En el anochecer de verano se ven las islas elevarse en el horizonte. Viejos pueblos van en camino, se internan en los bosques más y más, en la rueda de las estaciones, con el rechinar de la urrraca. Cuando el invierno arroja de sí sus botas, y el sol tañe más alto, los árboles se cubren de hojas y se llenan de viento y navegan en libertad. Junto al pie del monte está el declive del bosque de pinos, pero viene la ola larga y tibia del verano, pasa lentamente entre los topes de los árboles, descansa un instante y se hunde otra vez: queda una costa deshojada. Y por fin: el espíritu de Dios es como el Nilo: se desborda y se hunde a un ritmo que ha sido calculado en textos surgidos en distintas épocas. Pero también él es inmutable y por eso rara vez se lo ve por aquí. Él cruza la procesión desde el costado. Como el navío pasa entre la bruma sin que la bruma nada perciba. Silencio. La débil luz de la linterna es la señal.





Tomas Tranströmer   






                                                                         (de 17 poemas, 1954)Traducción del poeta uruguayo Roberto Mascaró




Poeta con cojones

Hay un libro de Danilo Kis llamado "Un túmulo para Boris Davidovitch", esta obra aun no ha sido traducida al español. Kurupicho ha realizado la traducción de un fragmento que se refiere a la figura de un singular y trágico poeta aquejado de elefantiasis; poeta que debe su inmortalidad menos a la Literatura que a los tratados de Medicina Patológica. Go and get it: biografía de A. A. DARMOLATOV.

lunes, junio 13, 2005

Prohibido fumar en interiores

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El proyecto de ley municipal asunceno de prohibir taxativamente a los fumadores ejercer su antiutilitario y simbólicamente neurótico gesto en todo lugar cerrado, al que podemos definir de ‘tabú del interior’, en consonancia consensual de lo que sucede ya en casi todos los países “civilizados,” va a terminar creando una especie de secta demoníaca, chivo expiatorio de los males del mundo en la onda de los judíos antes de la constitución del estado de Israel. La judaización de los fumadores nos retrotrae al candente tema de la globalización y a la movilización total para el asesinato de lo simbólico, cuyo origen fue fechado por Couliano en 1484. En ese año “simbólico” tanto la reforma luterana como la Roma papista se lanzaron a la corriente principal llamada ciencia moderna para liquidar todo lo antiempírico, utilitario, funcional, insano, antiilustrado, supersticioso, irracional, insensato, “anormal”, etc. Freud y Jung fueron los últimos enclaves de resistencia de esa batalla hoy definitivamente perdida. El genocidio o etnocidio llamado a cabo por la colonización masivo del planeta se entronca también con esta cruzada que busca la aseptización mundial. Cuando murió la última payaguá en la actual Chacarita, favela-i, pueblo nuevo o villa miseria a los pies de Asunción, a mediados del siglo XX todo el inconsciente paraguayo se resquebrajó en su furia monótono-capitalista. Aquí sigue una de las elegías que escribieron los autoinculpados etnólogos y antropólogos, fragmentos pre-colonialistas de la nueva humanidad sana, gorda, racionalista.

“Lo curioso de la planta solanácea llamada tabaco (Nicotiana rustica y Nicotiana tabacum) es que, por ser nitrófila, ha buscado y busca espontáneamente la vecindad de las viviendas de los hombres, a causa de los detritus orgánicos. Los guaharibo y los motilones del valle de Araguaisa lo mascan; los napos y los záparos lo beben cocido con agua; los colorados y los napos lo enrollan sus hojas en forma de puros, otros hacen cigarillos con los pétalos de la mazorca de maíz como los guarayú, chiripá, chiriguano, chané, baure, yamiaca, tsirakua, ibonama, sauri, etc. y, finalmente, otros lo fuman en pipas de piedra, o más generalmente, de barro cocido, como los motilones, tarupayu, caipipendi, patamona, arekuna, tapuya, tehuelche, comechingones, araucanos, conibo, cayapo, carajá, cainga, subaya, chamacoco, lengua, payaguá, mocoví, yamiaca, tsirakua, toba, taprete, siriono, mataco, guarayo, choroti, chiriguano, ashluslay, etc. ‘El cigarro de tabaco torcido es el atributo de los chamanes indoamericanos’ ( A. Métraux). Entre los mayas-quiches los dioses de los cuatro vientos eran grandes fumadores, por lo cual las estrellas fugaces y el rayo eran chispas desprendidas de sus grandes cigarros.. Según el Popul Vuh los dioses hicieron a los cuatro primeros hombres de pasta de maíz, la cual vivificaron con humo de tabaco. El vestido de la diosa Cikuacóatl, la ‘diosa de la Tierra’, o la ‘la serpiente que es mujer’, según el P. Bernardino de Sahagún, ‘estaba formado de hojas de tabaco’. El marqués de Wawrin en sus viajes por Sudamérica y en especial entre los motilones de la Sierra de Perijá dice que todo el mundo fuma, lo mismo los hombres que las mujeres que los niños.”

(De Drogas ilusionógenas de los indios americanos de José Pérez de Barradas, en Antropología y Etnología 3 del Instituto Bernardino de Sahagún. Tomo III.1950)

viernes, junio 10, 2005

Definiciones

"Paraguay ( y naciones como Mozambique, Nicaragua, Camerún,Honduras, Tanzania y más de 37 países del Africa subsahariana)como uno de los PAISES POBRES MUY ENDEUDADOS" Definición del banco Mundial y el FMI según el libraco de Martin Wolf "Why globalization works", yale university, New have, 2004.

jueves, junio 02, 2005

Disglosias liticas

El escritor y poeta Lito Pesolani, sobreviviente lúcido de la generación “Ortiz Guerrero”(la mayoría de cuyos integrantes originales han cedido a la resaca pos-estronista) vuelve a publicar oficialmente poesía después de 20 años exactos. Como anticipo a la edición de “Sermo” (Ediciones de la Ura) ha concretizarse el viernes 17 de junio, deslizamos estas lecturas divagatorias sobre una de las versiones del poema. “ Es un grito estructurado (o pretende erigir una plata-forma desde la cual histrionizar su rito, mito, grito) como una petit sinfonía cageana que empuja a un tal Lito al escenario del poema apostrófico, remotamente lírico o totalmente anti-líriko, con una batuta en mano en forma de batata, bardo loco, disglósico, macarrónico, con sus mil y una lenguas de fuego para azotar el letargo hiper-realista de su platea pati-difusa por interpósita persona que sirve de mediación-traducción: un coro que supuestamente filtra el mensaje violento, divino, para que éste se metamorfosee en blancas-azulosas (por lo de Darío) palomas espirituales o pájaros a lo Hitchcock… más que fusión de música y palabras, espectáculo de cabaret (volteriano) o exhibición de freaks en un circo, concierto de estómagos arremetiendo sobre el aparato fonador con sus regurgitaciones inhumanas (“Todos los hombres usan el lenguaje”, traducción gadameriana de la clásica definición aristotélica), teatro de marionetas c-úbicas agitando el avispero de sus manitas inerciadas por el hilo invisible sobre la gravedad del sentido, a veces alcanzando la luz de un protolenguaje o lenguaje del porvenir en el que el español paraguayo es curepizado, el inglés asume un rostro de paraguayo simulando hablar curepa ("shame sha shame sha"), el alemán es desmembrado por una interjección concretista o estirado como un chicle pos-caligramático o el latín es guaranizado (“ne-quá-m-qum”) o el griego se acuesta leve junto al guaraní en una helenización del guaraní (“olorosa Pilsen ñande mba’e Teeteto”)… sueño jesuita al fin cumplido en la ucronía que monta y habita éste poiético mester de ceremonias, un tal Ortiz Toledano. Se evocan todas las sectas lúdicas, como la del OULIPO (“aiseopoesia / iseopoesi / seopoes / eopoe / opo / p”), comparece Khlevnikov para romper el plano único de la lengua, esa dimensión tiránica que niega que lo puramente fonético signifique. Son los padres mentados con quienes practica la respiración boca a boca para salvar el cuerpo de la poesía .Sobre esta plata-forma, y no forma-plana, las perversiones tienen uniforme (“sadomaso -verde’o- quismo”). Gran fiesta cumbiambera del lenguaje cuyo tema leimotívico posible es la cachaca, esa murga supra nacional, pero intervenida microscópica y cronométricamente como una partitura aleatoria y la vez cósmica (“6.180.339 segundos”). Los instrumentos perfilan a veces una panoplia erudita (que va desde el Dolce Stil Novo o las rimas internas gongorinas hasta la fascinación por formas perfectas muertas, como el soneto de la parte final) y otras incurren en fonetizaciones multilinguísticas en su anhelo de acercar lo más posible el sentido al sonido, el significado al significante, el arpa paraguaya a la celta –que tienen ambas un denominador común, pues tanto los paraguas como los nativos de la verde Erín las tañen con las uñas largas, muy largas–, las flautas medievales a las de la narración fantástica, creadas para salvar y usadas para acorralar al lector junto a los abismos de la albúmina originaria de la lengua, antes de la mítica división babélico-política. Y, por encima de todo, resuenan las onomatopeyas sacadas del cómic más barato, las disonancias del virtuoso y estricto atonalismo, y ruido, mucho ruido, para evitar toda, aun la más mínima, eclosión lírica, pues se trata de despertar y no de narcotizar con los opios de la biblioteca de la evasión formalista convencional. El espacio burocrático se imprime de letras con una alegría de funámbulo desencantado. La electricidad del sistema nervioso central mentada por MacLuhan carbonizando su soporte como salvajes malones nómadas para que toda hierba lírica para rumiadores anacrónicos sea extirpada. La erudición latina colabora con sus rivales bárbaros en esta ruina que revela en su autopsia filo-lógica la dislexia de fondo que nos alimenta. El vértigo esquizoide de las letras ya no encuentra apoyo para sus certezas enraizadas antaño en el Diccionario de la Real Academia. La Gramática general del cristiano nuevo Nebrija (citado en algún punto del remolino verbal) sólo sirve para lanzar estertóreos crujidos en la orquestación final. Música para estos tiempos, el texto alcanza su cenit en el desmoronamiento de las vocales de su arquitectura ideal. El tiempo no es más que la cuarta dimensión del espacio poiético. Pero en el continuum espacio-temporal el texto se sitúa más bien del lado del estatismo de la extensión que del dinamismo musical del devenir. Texto fijo y como taxidermizado en la imagen, en lo icónico de la grafía, sin los altibajos emocionales de la melodía, fría música no para los oídos, órganos del sentimiento, sino para el ojo, correlato sensible del cerebro. No hay gradaciones en la intensidad del tiempo, del allegro molto vivace del júbilo a la perezosa lentitud de la melancolía, de la vivaz aceleración de la furia al tempo ralentizado de la serenidad: la lírica se ha congelado. Una instantánea que aquieta y desnuda la vida en la crudeza de sus estructuras inmóviles: música para el ojo. Sin embargo, algo se mueve, a la manera de una arborescencia pétrea, acaso las ramificaciones de la imprenta dentro de la composición de campo; incluso se puede hablar de una plasticidad de lo inmóvil que explicaría las metamorfosis constantes que aquejan a las palabras, la dinámica de los deslizamientos visuales y conceptuales, cuanto más ínfimos mejores, la mudanza de las letras de su emplazamiento ortodoxo, que nunca es mera errata sino cambio de lengua, de cultura, de mundo, bajo el imperio del “efecto mariposa”. El todo, si tal cosa existe, remite, no a una orquestación, sino a un landscape. A un paisaje que fusiona lo futurista y lo prehistórico: panorama del mundo mega-lítico. La emoción no habita en las variaciones sino en el golpe de vista sobre algo quieto, en la inmersión en un espacio predeterminado. Tinta sobre papel como piedras y hierbas sobre la tierra o como descarnadas osamentas de hierro y hormigón sobre el cemento. El sobrio metabolismo de lo inorgánico. Sólo estratos fijos en el espacio de la hoja, contrayéndose en el rectángulo vertical como la torre de un soneto, o desparramándose en una prosa que busca explicar su inadecuación poética. La realidad, la “verdadera”, la que ha expelido esta infamia literaria, es el fondo silencioso irredimible que acoge este grito atonal, estos versos polirrítimicos, este calidoscopio poético-visual, que volverá a cogerlo en su trampa ancestral si el lector no se despoja de sus antiparras y sus orejeras, si no patea el sillín del paraíso, si no se desanuda su black-tie ad hoc, si no la mastica y no salta, “a la mexicana” o con saltos de pogo punkiñho, para gritar a su chamán pos-apocalíptico: ¡da capo, da capo!”