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martes, junio 28, 2005
Nadaista propina cross al santo invidente
lunes, junio 27, 2005
Weekend neoliberal (Hoy odio todo lo que se mueve)
sábado, junio 25, 2005
La patologización del Mal
martes, junio 21, 2005
Tranströmer se viste el solsticio de invierno
Diciembre. Suecia es un extenuado barco en tierra. Sus ásperos mástiles, contra el cielo de anochecer. Y el anochecer dura más que el día: el camino que conduce hasta aquí es pedregoso: recién a la hora de la cena llega la luz y el coliseo del invierno se levanta, iluminado desde nubes irreales. Entonces sube de pronto el humo blanco, vertiginoso de los pueblos. Infinitamente altas están las nubes. En las raíces del árbol del cielo hurga el mar, distraído, como escuchando algo. (Invisible pasa un pájaro sobre la parte oscura, retraída del alma, despertando a los durmientes con sus trinos. Así gira el refractor, atrapa otra época y ya es verano: muge la montaña, hinchada de luz y el arroyo levanta el brillo del sol con mano transparente… Todo desaparece luego como cuando se corta la película en la oscuridad.) Ahora la estrella de la tarde quema la nube. Árboles, patios traseros y casas se amplían, crecen en la avalancha silenciosa de la noche que cae. Y bajo la estrella se revela más y más el otro, el oculto paisaje que vive vida de silueta en la chapa radiográfica de la noche. Una sombra lleva su trineo entre las casas. Ellas esperan. A las 18.00 llega el viento y galopa ruidoso en la calle del pueblo, en la oscuridad, como una caballería. ¡Cómo la negra inquietud actúa y se desvanece! En danza inmóvil están las casas presas, en este zumbido que se parece al sueño. Uno y otro golpe de viento vagan sobre la bahía, lejos, hacia el mar abierto que se arroja en la noche. Flamean las estrellas desesperadas en el espacio. Las encienden y apagan nubes que van volando; sólo cuando anochece la luz elimina su existencia, como las nubes del pasado que andan cazando en las almas. Cuando paso frente a la pared del establo, se oye el estruendo de las coces del caballo enfermo que está adentro. Y es la partida en la tormenta, junto a una reja que golpea y golpea, un farol que surge de una mano, una animal que cacarea de terror en el monte. La partida, cuando truena como la tempestad sobre los techos de los establos, bordonea en los hilos telefónicos, silba estridente en las tejas del techo nocturno y el árbol desamparado extiende sus ramas. ¡ Un tono de gaitas se libera! Un tono de gaitas que avanzan desfilando, liberadoras. Una procesión. ¡Un bosque en marcha! Chorrean en torno a una proa y la oscuridad se mueve, y tierra y agua se transportan. Y los muertos, los que se fueron bajo cubierta, van con nosotros, con nosotros, en marcha: un viaje por mar, una travesía que no es caza, sino tranquilidad. Y el mundo rasga todo el tiempo su carpa de nuevo. Un día de verano el viento toma la jarcia de la lancha y arroja la Tierra hacia delante. Rema el nenúfar con su pata de rana oculta en el vientre oscuro de la laguna que huye. Rueda lejos un bólido en las salas del espacio. En el anochecer de verano se ven las islas elevarse en el horizonte. Viejos pueblos van en camino, se internan en los bosques más y más, en la rueda de las estaciones, con el rechinar de la urrraca. Cuando el invierno arroja de sí sus botas, y el sol tañe más alto, los árboles se cubren de hojas y se llenan de viento y navegan en libertad. Junto al pie del monte está el declive del bosque de pinos, pero viene la ola larga y tibia del verano, pasa lentamente entre los topes de los árboles, descansa un instante y se hunde otra vez: queda una costa deshojada. Y por fin: el espíritu de Dios es como el Nilo: se desborda y se hunde a un ritmo que ha sido calculado en textos surgidos en distintas épocas. Pero también él es inmutable y por eso rara vez se lo ve por aquí. Él cruza la procesión desde el costado. Como el navío pasa entre la bruma sin que la bruma nada perciba. Silencio. La débil luz de la linterna es la señal.
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Poeta con cojones
lunes, junio 13, 2005
Prohibido fumar en interiores
El proyecto de ley municipal asunceno de prohibir taxativamente a los fumadores ejercer su antiutilitario y simbólicamente neurótico gesto en todo lugar cerrado, al que podemos definir de ‘tabú del interior’, en consonancia consensual de lo que sucede ya en casi todos los países “civilizados,” va a terminar creando una especie de secta demoníaca, chivo expiatorio de los males del mundo en la onda de los judíos antes de la constitución del estado de Israel. La judaización de los fumadores nos retrotrae al candente tema de la globalización y a la movilización total para el asesinato de lo simbólico, cuyo origen fue fechado por Couliano en 1484. En ese año “simbólico” tanto la reforma luterana como la Roma papista se lanzaron a la corriente principal llamada ciencia moderna para liquidar todo lo antiempírico, utilitario, funcional, insano, antiilustrado, supersticioso, irracional, insensato, “anormal”, etc. Freud y Jung fueron los últimos enclaves de resistencia de esa batalla hoy definitivamente perdida. El genocidio o etnocidio llamado a cabo por la colonización masivo del planeta se entronca también con esta cruzada que busca la aseptización mundial. Cuando murió la última payaguá en la actual Chacarita, favela-i, pueblo nuevo o villa miseria a los pies de Asunción, a mediados del siglo XX todo el inconsciente paraguayo se resquebrajó en su furia monótono-capitalista. Aquí sigue una de las elegías que escribieron los autoinculpados etnólogos y antropólogos, fragmentos pre-colonialistas de la nueva humanidad sana, gorda, racionalista.
“Lo curioso de la planta solanácea llamada tabaco (Nicotiana rustica y Nicotiana tabacum) es que, por ser nitrófila, ha buscado y busca espontáneamente la vecindad de las viviendas de los hombres, a causa de los detritus orgánicos. Los guaharibo y los motilones del valle de Araguaisa lo mascan; los napos y los záparos lo beben cocido con agua; los colorados y los napos lo enrollan sus hojas en forma de puros, otros hacen cigarillos con los pétalos de la mazorca de maíz como los guarayú, chiripá, chiriguano, chané, baure, yamiaca, tsirakua, ibonama, sauri, etc. y, finalmente, otros lo fuman en pipas de piedra, o más generalmente, de barro cocido, como los motilones, tarupayu, caipipendi, patamona, arekuna, tapuya, tehuelche, comechingones, araucanos, conibo, cayapo, carajá, cainga, subaya, chamacoco, lengua, payaguá, mocoví, yamiaca, tsirakua, toba, taprete, siriono, mataco, guarayo, choroti, chiriguano, ashluslay, etc. ‘El cigarro de tabaco torcido es el atributo de los chamanes indoamericanos’ ( A. Métraux). Entre los mayas-quiches los dioses de los cuatro vientos eran grandes fumadores, por lo cual las estrellas fugaces y el rayo eran chispas desprendidas de sus grandes cigarros.. Según el Popul Vuh los dioses hicieron a los cuatro primeros hombres de pasta de maíz, la cual vivificaron con humo de tabaco. El vestido de la diosa Cikuacóatl, la ‘diosa de la Tierra’, o la ‘la serpiente que es mujer’, según el P. Bernardino de Sahagún, ‘estaba formado de hojas de tabaco’. El marqués de Wawrin en sus viajes por Sudamérica y en especial entre los motilones de la Sierra de Perijá dice que todo el mundo fuma, lo mismo los hombres que las mujeres que los niños.”
(De Drogas ilusionógenas de los indios americanos de José Pérez de Barradas, en Antropología y Etnología 3 del Instituto Bernardino de Sahagún. Tomo III.1950)