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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, abril 30, 2005

Del limbo de las cosas perdidas

1. Escritor punk o free o espontaneísta que habla de una novela que está escribiendo, mientras teoriza sobre lo punk (o free-espontaneísta), sobre materialismo e idealismo, etc. 2. La novela punk (o free-espontaneísta) que escribe el escritor punk, versa sobre un músico (o no-músico) punk (o free-espontaneísta) que aplica el método (es decir, el no-método) de la improvisación free (o el expresionismo espontaneísta o la estética materialista y del “todo vale”) del punk. 3. La novela que escribe el escritor punk (o free-espontaneísta) trata sobre un músico punk que conoce a una mujer loca-puta perseguida por un joven con ideas de izquierda heterodoxas, que está preparando una bizarra y atrevida tesis (freudo-marxista-nietzschiana) sobre la hysteria, que propiamente es pensamiento político. 4. El monólogo interior del músico punk-free-espontaneísta, que es en sustancia un soliloquio sobre problemas prácticos de creación y disquisiciones teóricas sobre música (industrial-punk-pospunk-jazzrock-avantgarde, etc). 5. Los fragmentos, los borradores, las notas preparatorias de la tesis freudomarxistanietzschiana sobre la hysteria. Nota: título completo “Al atardecer entre el lodazal del salmo 69 o la paz y tranquilidad de Asunción y el manicomio de Home-Sweet-Home Walton’s o los placeres prohibidos de Lambaré”.

jueves, abril 28, 2005

Saliva delirante

Escribir es como vivir, sentir íntimamente el peso de una palabra como el de cada objeto que nos rodea; como la luz ambigua, la frase o el párrafo que nos circunda y habitamos. Escribir es vivir, no de otra manera, es vivir tan realmente un delirio, el delirio que impregna toda faceta de la realidad, que acaso se podría decir, para tratar de encontrar un centro concreto de oposición y antinomia entre vida y delirio, que es vivirlo de una forma más solitaria, más cruelmente solitaria en la intensidad de los goces y dolores que proporciona. Más que la distancia entre la realidad y la ficción, lo que media entre vida y literatura es que no cumplimos, por ejemplo, nuestras obligaciones cotidianas con la intensidad con la que leemos un libro. Pero hay tal vez una diferencia más radical entre la vida y la escritura. Escribir es vivir de raíz, incesantemente, de una forma altamente interna y vital. Con esa certeza de los actos y esa vitalidad para con los días que a veces nos faltan en la existencia cotidiana. Hay un a priori optimista en la primera frase de un escritor. Hay un a priori pesimista (temor-angustia-soledad-impotencia) en el primer gesto del humano: el llanto del niño recién nacido. A menos que consideremos el llanto, el alarido, el dolor hecho carne, la carne convulsión, la convulsión dolor, como signo de exhuberancia y vitalidad. Al final, el vagido no es más que la manifestación de lo elemental y primitivo, de aquello totalmente separado de lo cultural, del ser lanzado al mundo. Y primitivos y salvajes no son los nambicúaras, y culturalizados no son sólo los europeos. Los europeos y los nambicúaras son simplemente dos culturas distintas, diferentes estructuralmente, como ya sabemos por Levi-Strauss. Pero si llamamos humano a lo cultural, y primitivo a todo lo que no pertenece (exclusivamente) a ello o no ha sido influenciado radicalmente por ello, podríamos decir que lo primitivo pertenece por excelencia al vagido del niño recién nacido (el primal scream que según Janov al final determinará todo el patrón cultural del adulto) y al cuerpo inmovilizado por la muerte, al cadáver (ni siquiera el estertor de la agonía sería considerado primitivo o salvaje desde esta perspectiva, ya que pertenecería a la esfera de lo influenciado por lo cultural, y esto implica lo histórico. Se podría escribir muy bien la historia de los gestos agónicos, desde Adán hasta el hombre metido en una nave espacial, y se tendría una gama ilimitada de posibilidades de reacción ante la muerte). De esto se desprende que tan artificial como el escribir es el vivir. Sustancias semejantes pero no idénticas, vida y escritura tienen distintas dinámicas, visibles en el optimismo que inaugura la una y el sufrimiento que inaugura la otra. Un poco de orden. Si escribir es vivir un delirio, es decir, vivir más intensamente que la vida profana, si es una estética y una ética, un puro discurrir espacio-temporal hedonista, si es un sibaritismo del juego y no el sudor bíblicamente resuelto en trabajo, ¿dónde queda el concepto de la producción? Trabajar materialmente sobre la realidad es producir vida, cultura. Escribir sobre un papel blanco es vivir-avanzar sobre la niebla de las emociones intensas, a la par que producción material de enviroment psicodélicos, espacio-tiempos de estupor; implica saltar de estupor en estupor, jugar con fantasmas. Todo esto es resumible en: a) la distancia entre la producción de estupor y el jugar en medio de estupores. El trabajador produce objetos-estupores. El artista juega y produce entre los propios estupores que origina. El trabajador produce objetos-estupores que le son ajenos, que no comprende ni desea, que en verdad no expresan su auténtico estupor íntimo, que no fagocita, deglute ni incorpora, que no son suyos y que no le importan, salvo por el salario que recibe por haberlos producido. Pero los estupores que produce el artista son sus propios estupores; sus objetos son la materialización del estupor que le habita como sujeto; son suyos, y, en esa medida, inalienables, no susceptibles de compra o salario; irreductibles a la lógica del intercambio mercantil, se sustraen a la maldición bíblica del trabajo propiamente dicho, y por ello no desea, ni puede, desprenderse de ellos, y con ellos, con sus secreciones o excreciones, hechas de la misma sustancia que lo constituye, como el molusco hace su casa o caparazón a partir de su baba, él hace su mundo reintegrándolos a su ser. Tras objetivarse en ellos, los reincorpora a su subjetividad, para volver a producir siempre nuevos estupores y seguir jugando en medio de estupores. Todo es cuestión de saber moverse, de ritmo interior, de “espíritu”. La especie con peor sentido del ritmo interior, casi una especie integrada por maniacos aquejados de vértigos y fobias, es la del productor del tardocapitalismo consumista. Usemos algunas imágenes para tratar de aclarar este punto: escucha su ritmo, pero sin embargo no lo sigue, no danza, y no repite la burda cancioncilla con la cual fue originariamente hechizado. Otra imagen aproximativa: excreta, pero no come sus excrementos. Se desprende de todo lo que crea o produce con idéntico asco. Por eso prefiere la limpieza todo el tiempo; cuanto más friccionado tiene el culo, menos placer necesita, ya que ha perdido el gusto de vivir, siempre evitando extraviarse en medio de la constelación de los matices. Es frío y seco, sólido y estable, siempre tratando de olvidar los escozores de su trato con la batahola de su sobreproducción, que le es ajena e incomprensible. El mundo reducido a BIT, es decir, perdida la noción del matiz. El escritor es como un molusco lanzado a un mundo que le preexiste y le precomprende. Ese mundo incita en él su savia vital, de forma que modela su mundo sobre el ya preexistente con su propia secreción, y al adquirir así su alma realidad material, o ilusión sensorial (da lo mismo, para no perder tiempo en disputas), empieza a sorber esa secreción, y lo ilusorio se ha hecho concreto. Resumiendo: el escritor segrega el mundo nuevo (la ilusión) a partir de la incitación del mundo preexistente a él, para luego volver a sorberlo. El escritor no hace más que envolver permanentemente con su saliva delirante, incubada en la soledad, los objetos-estupores del mundo.

miércoles, abril 27, 2005

El viejo caballero

Ahora que Roa ha muerto, a las dos y veinte minutos de la tarde del día de ayer, martes 26 de abril de 2005, es fácil traer a la memoria mis escasos dos encuentros con él en los primeros años de la década de los 90, evocación que compartiré al amparo del anonimato para no sumarme a la caterva de cuantos reivindicarán en lo sucesivo similares recuerdos. Lo vi por primera vez caminando ambos por la calle Presidente Franco una mañana de domingo de un mes que no puedo precisar, aunque era un día soleado y más bien caliente, pese a lo cual él iba vestido con un blazer aparentemente abrigador. Íbamos en direcciones opuestas. Al reconocerlo, me permití una aproximación intempestiva; supuse que estaría acostumbrado a ellas. Crucé la calle –desierta–, lo saludé con una pregunta de respuesta obvia (“¿Don Augusto Roa?”), me presenté lacónicamente (no había mucho qué decir fuera de mi nombre) y estreché brevemente la mano seca, débil y pulcra que me tendía. Aceptando acompañarlo en su paseo matinal, caminamos juntos una media hora, hablando más bien poco. Se estaba bien a su lado. Me despedí e intercambiamos nuestros teléfonos. Pese a ello, me sorprendió recibir unos días después su llamada, a casa de mis padres, donde yo vivía por entonces. Nos volvimos a reunir en la cafetería del hoy deteriorado Hotel Guaraní, donde él residía temporalmente en aquellos días. Fue la última vez que nos vimos, pues he de decir que poco después –me permito comentar algo tan personal meramente para esclarecer que nunca desdeñé (lejos de mí tal cosa) esta relación y que se interrumpió por otras razones– me apartaría, durante un periodo relativamente prolongado, de todo contacto humano, sin excepción, por motivos que no es pertinente relatar aquí y que son exclusivamente de mi privada incumbencia, llegando a negarme incluso a contestar el teléfono. (Reitero que esto no tenía ninguna relación con la persona de don Augusto en particular, siendo una medida aplicada sin discriminación, y por espacio de unos cuantos años, a todo ser humano.) Pero lo que quiero recordar aquí es esa última tarde. No, sin embargo, para señalar los contenidos de las frases intercambiadas en aquel café. Las mías son irrelevantes, y mi imperfecta transcripción no haría justicia a las suyas, ahora que está tan distante aquel día. Quiero recordar solamente, de la impresión que aquel hombre, al cual, empero, conocí tan poco y tan superficialmente, me dejara, un rasgo significativo y que se suele soslayar en sus apologías: don Augusto era, o me pareció que era, lo que antes se llamaba, de manera quizá un tanto cursi, “un caballero”. Sin asomo de afectación en lo absoluto, su trato era de la más sutil gentileza y estaba impregnado de una delicada cordialidad verdaderamente, por así decirlo, “aristocrática”. No había en él ninguna distancia incómoda, pero jamás incurría en un exceso de confianza. Un anciano caballero chapado a la antigua, que, pese a mis desteñidos vaqueros, me esperaba en pie ante la puerta del lugar de nuestra cita, me precedía eficazmente para abrir la puerta y cederme el paso, me apartaba la silla, anticipándose al mozo, para permitirme tomar asiento, sin que hubiera en todo esto –y en otros mil detalles análogos que sería ocioso enumerar– el más ínfimo menoscabo de su naturalidad. Sé que fue odiado por más de uno y, pese a que no intenté un reencuentro al salir de mi encierro (presumí que, después de tanto tiempo, habría olvidado ya nuestro trato, tan fugaz), sé que en sus últimos años se rodeó de arribistas. Ignoro, pues apenas lo conocí, si eran fundados los rencores que algunos albergaban contra él, e ignoro también los motivos que pudo tener para frecuentar ciertas compañías. No pronuncio, pues, más juicio sobre su persona que el que mi escaso saber sobre ella me permite. Un viejo caballero, chapado a la antigua, más fácil de imaginar en el siglo XVIII que en el XX o el XXI, incapaz de salpicar sus frases –perfectas, pese a ser improvisadas; las desgrabaciones de sus entrevistas en los diarios no le hacen justicia– en cualquier conversación con ninguna expresión del argot callejero que pudiera dar una impresión de contemporaneidad. Situado extrañamente fuera del presente, era un anciano anticuado y exquisito que nunca alzaba la voz ni incurría en un gesto zafio o en una falta de buen gusto. Es, en general, un grato recuerdo, pero produce la sensación melancólica de que con él han muerto todo un mundo y una época. Para decirlo con un tópico expresivo, “los viejos y buenos tiempos”.

martes, abril 26, 2005

Retrato del artista paraguayo

Cuando fui joven, allá en mis lejanos y fantásticos 15 años, quería ser Alexander the Large, ver el mundo bajo mis pies musicales. Después aprendí que entre la ficción de los sueños y la ficción de la praxis existe un abismo. Entonces anhelé ser escritor, poeta, etc. Mi visión del poeta estaba pirograbada o calcada de la panda de niños geniales, hermosos y malditos, del romanticismo alemán y del susurrealismo francés. Es decir, el arte alimentado profusamente por la vida. Amar el arte a través de la vida. Arte para la vida. Cambiar, acaso, la Vida. La vida primero y después el arte. Lo que en la práctica equivalía a una entrega total de la vida al arte. Nada de migajas. Nada de escribir en las horas libres. Adiós al Trabajo y la Familia. Si el arte es libertad, el poeta debe ser el libre absoluto. En todo caso, debe admitir una sola servidumbre: la del arte. Los que trabajan en un banco y escriben en sus horas libres no son poetas, aunque se llamen Eliot o Stevens. Ahora sé el que artista no escapa a la Muerte del Sujeto. Él, como cualquiera, habla desde el horizonte de comprensión omnímodo que es el tardo capitalismo tecnológico: ínsito colaboracionista del circulus vitiosus deus (fuerza de trabajo-mercancía-dinero). Le queda el sueño del suicidio o de la locura y de la mendicidad. El arte quebrando siempre la telaraña ontoteológica de la imagen del mundo, el ñandutí ventrílocuo de su servidumbre.

domingo, abril 24, 2005

Diaria angustia lovecraftiana ante la plebe

El artículo en cuestión que nos convoca apareció en la tradicional sección “Crónicas de un terráqueo”, firmado, como ya es costumbre, por Jesús Ruiz Nestosa (claramente, nuestro único hito en la llamada “narrativa de vanguardia” con su Las musarañas de 1971), el domingo 4 de abril de 2004. En él denuncia RN la incuria de la Muni o de la Poli ante la presencia progresiva y amenazadora de la pobreza en las calles chuchis de Asu. Palabras más, palabras menos, pide (discurso latente, pero meridianamente deducible por el target que curte sus escritos dominicales) una limpieza “étnica” de esa caterva híbrida de “ítalo-semítico-mogoloides” zarrapastrosos que obstaculizan nuestro desplazamiento cool por la Mcal. López, por citar la clásica fórmula lovecraftiana de angustia ante el melting pot americano, que hacía temblar la pureza anglicana de comienzos del siglo XX. En el uso que hace de ella RN, esta superstición viene a ser un “nuevo” avatar de la ajetreada aversión hacia la plebe, la pobreza o la miseria y sus presuntas conexiones con la barbarie. Lo que sorprende en el susodicho artículo es la desfachatez con que se desplaza el problema de fondo, la complejidad de la realidad paraguaya, fábrica de pobreza en forma exponencial, hacia una supuesta y anhelada urbanística estetizante que proscribiría el mal gusto de los trabajadores-mendigos, no precisamente hacia una (mala) política de gobierno, sino hacia una tácita propuesta de creación de, digamos, campos de reclusión para desharrapados y analfabetos. Metonimia aristocrático-fascistoide. Sin embargo, viéndolo metódicamente, por ejemplo releyendo Los ensayos (1982), e incluso el último libro de RN, una colección de poesía en la cual, en versos de una narratividad ashberiana o de una prosodia pollockiana, si se me permite la expresión, revelaba un terror pánico ante los turbios habitantes nocturnos del karuguá (a)moral de la Terminal y sus prostitutas, se nos dibuja un substrato mental que divide el Paraguay en dos: barbarie y gran cultura. Los dos personajes de Los ensayos, asiduos frecuentadores de Mahler, Visconti y Tomas Mann, representarían la segunda, enquistada en un tejido social bárbaro y analfabeto, comprensible al fin en su contexto temporal, el de de la dictadura stronista. Ahora, en nuestro artículo de marras, siguen imperando fantasmalmente esas coordenadas “teóricas” e “ideológicas”, sin transiciones ni pudores de los más nimios. La transición (no de Juan Romero, sino de RN) aparentemente no acusa a la mano invisible, ni a la proliferación de la especie, ni al gobierno, por la falta de fuentes de trabajo, único motivo válido, me parece, para explicar el “Nouveau art déco” de la Asu de este fin-du-siècle. La verdad es que la conclusión que saca este panfleto virtual no es muy alentadora: si alguien que ha alcanzado el Agathón de la Gran Cultura y que ha hecho uso y tomado posesión de los llamados “códigos de urbanidad y civilización” termina demostrando una insensibilidad rayana en el ultraderechismo, no sé de qué sirve tanto cultivo del espíritu. Acaso “invirtiendo” en las clases víctimas de la sociedad, los “feos”, los “sucios”, los “tontos”, éstos, munidos de nuestros soportes tecnológicos de primer mundo, tal vez nutridos, aseados, desbastados, educados y con ocupación para alcanzar su libertad no sólo económica sino individual, podrían demostrar más signos de civilización y decoro que el firmante del artículo de ABC.

sábado, abril 23, 2005

Lugares comunes

El martes pasado, en el marco de la V Feria de escritores que se realiza en el Juan de Salasar, Mario Casartelli ha perpetrado una vez más con su "Dación de Vigía"esa retahíla de lugares comunes, híbrido de populismo efectista y amaneramiento verbal, poemas presentados como el culmen de lo poético-reflexivo a la manera de Rauskin, castrismos en métrica pre-Lezama, hurras a la banalidad barrial y el infaltable poema-homenaje a su Tutankamon-fetiche: Appleyard. Si lo popular marcó el criterio de la poesía alguna vez, Casartelli lo tiene. La gente aplaude, ovaciona, festeja, refrenda, comprende, delira. Pero una última lucidez en nuestro cerebro arrebatado nos susurra que un exceso de simbiosis interactiva del poeta-público es sospechosa de que esa poesía habite un terreno demasiado conocido, remanido, por eso hay tanta precisión en la reacción de sus fanáticos. Poesía de reflejos condicionados, de fórmula rígidas de la escolástica soviética, de vejez desempolvada para mantener una imagen de crítico burlón inmune e insobornable ante todas las tonterías de la realidad circundante. Falta la sorpresa, el tono oscuro, la densidad onerosa de la poesía que se arriesga a perder público, esa que intenta la apertura del porvenir no sólo en lo político-social, sino en el lenguaje, el de la libertad del futuro. Hay demasiados problemas graves en el país y el mundo para seguir jugando a los compañeros fieles hasta la mentira, del que no quiere herir susceptibilidades, seguir practicando la adulación de los ídolos, el culto a la personalidad y no la de la poesía fresca e innovadora. Lo bueno hoy es necesariamente aquello que nos repele y no alcanzamos a comprender. “Ouroboros. Poesía paraguaya 1977-2004” de Jorge Montesino ya planeaba alrededor de ese problema cuando decía: “Tal vez Mario Casartelli o su poesía sea eso: la dificultad de separar estas cosas, mucho más allá de las falencias creativas, de los lugares comunes en los que cae repetidas veces, en la rima casi siempre infantil en la cual incurre y que, lo sabemos, es propia de la composición de letras para sus canciones. Sus poemas leídos son una cosa y cantados a veces se nos presentan diferentes…”

viernes, abril 22, 2005

Tupa mitamí

El miércoles 20 falleció la grabadora Miguela Vera. El grabado, arte del Renacimiento reivindicado por el expresionismo alemán, tuvo en Ña Miguela a uno de sus primeros y más altos cultores en Paraguay. La serie “Tupã mitamí”, que mostraba los espíritus de los muertos “niñitos de Dios” ascendiendo hacia los cielos pagano-cristanizados a través de los agujeros de esta especie de urna profana de las almas que es la sala burguesa, ha dejado la huella de su presencia –escamoteada, silenciada, cuasi olvidada por los tejemanejes de la mafia del arte local– sobre este kurupí hoy depre. La última vez que la vimos fue en uno de esos comedores a bajo precio de un supermercado, atornillada a su silla de ruedas, sostenida por una jubilación curepa, abandonada de la mano del dios paraguayo. Si el siglo XX europeo y sus límites bárbaros pretendieron ser la edad de la vanguardia, es decir, de las ideas, podremos soñar alguna vez un retorno mitológico de un arte de las manos, el regreso de la vieja y sabia destreza que modela la realidad o la naturaleza, como esas culturas chaqueñas que modelaban la dúctil cabeza de sus hijos.

jueves, abril 21, 2005

EL DESPRESTIGIO DEL OCIO

En su excelente libro de ensayos El peatón inmóvil (Editorial Pandora, Jalisco, 2003), un kurupí mexicano, el poeta Luigi Amara, equipara lúcidamente la pérdida en prestigio, a los ojos de los más, del "tiempo libre" (por lo general percibido como "tiempo vacío" o incluso "muerto") con la ganancia en barbarie propia de nuestra época vulgar. Ceguera esta que llega al punto de que, como bien señala nuestro amigo Luigi, "Una vez que nos encontramos con una tarde a nuestra entera disposición se ha vuelto habitual que, de manera más física que figurada, y más opresiva que angustiosa, el aburrimiento nos enrosque lentamente con sus delgados hilos de fingida voluptuosidad; y envueltos en un capullo estéril que bien podría estar confeccionado con nuestra propia baba, terminemos mecidos en un vaivén horripilante que toca los extremos del bostezo y la desesperación. Entonces lo único que añoramos es volver a nuestra trabajosa rutina, antes de que nuestro propio vacío termine por convertirse en asfixia". En efecto, ¿quién no ha visto enturbiadas y envenenadas sus pocas horas de libertad por la insidiosa vocecilla de esa suerte de Daimon socrático degenerado hasta la estulticia que susurra, inoportuno: "Deja de perder el tiempo"? Es la torpe idea de la "responsabilidad" mal entendida: se considera que somos "irresponsables" cuando no nos dedicamos sin tregua a la vil tarea de acumular monedas para pagar las cuentas de la luz y el agua, para cumplir con nuestras "responsabilidades" laborales o para "progresar" (¿hacia dónde? El final del camino es uno para todos –la tumba–, por mucho que se "progrese"). En realidad, todas estas no son nuestras responsabilidades, sensu stricto: no las hemos elegido ni decidido nosotros (nos han sido impuestas), y, por ello, en buena cuenta, no somos verdaderamente "responsables" de las mismas. Ahí reside su magnetismo: estas "responsabilidades" nos eximen de toda responsabilidad real. El espanto ante esa "tarde a nuestra entera disposición" de la que habla Luigi resulta de nuestra flaqueza para asumir una responsabilidad auténtica: en esa mítica tarde sí seremos responsables de lo que hagamos con nuestro tiempo. Tarde que se presenta crepuscular a nuestra memoria, porque ya la hemos vivido en el pasado: la larga tarde a nuestra entera disposición de la niñez, antes de haber aprendido, por desgracia, a tomar demasiado en serio las palabras maternales: "¿Por qué no haces algo?" (como si dibujar, leer o simplemente pensar fueran una "nada" o no fueran "algo"). Es por ello sin duda que el poeta Leopoldo María Panero (quien, por cierto, y como es bien sabido, tiene desde su juventud a su entera disposición la vasta tarde libre de la esquizofrenia, privilegio trágico cuya gloria espanta a los más) decía que en la infancia se vive y que durante el resto de la existencia meramente se sobrevive. La iniquidad del cálculo y su música prosaica de monedas "contantes y sonantes" aplicada al tiempo, nuestro único tesoro, como a una mercancía, de acuerdo a los preceptos del Libro del hombre de bien de Benjamín Franklin ("El tiempo es oro"), esta mirada mezquinamente burguesa que nuestra edad inicua arroja al mundo, se ha recubierto de un inmerecido y siniestro prestigio en nuestros días, llenos de desprecio hacia el "ocioso". "El trabajo ennoblece", se nos dice. Antaño mancillaba; eran épocas más aristocráticas. Se ha llegado a la paradoja –en principio, anticristiana– de establecer una relación casi de sinonimia entre lucro y virtud, términos que debieran ser vistos como antitéticos. Frente a este imperio de la confusión conceptual y axiológica, frente a esta, para decirlo con Swift (y con Kennedy Toole), "conjura de los necios", proponemos, no sólo "el derecho a la pereza" proclamado por Laforgue, inspirado y ocioso yerno de Marx, sino la pereza como deserción. Deserción de un sistema que ha hecho de la laboriosidad forma y contenido de la vida; deserción riesgosa y probablemente fatal que ennoblece con la invisible gloria del abismo y de la rebelión contra la miopía burguesa de nuestra era a esas figuras paradójicamente despreciadas, a esas siluetas hechas de bolsas de plástico, de harapos pestilentes y de cartones y papel periódico que pasean su dignidad ignorada sin vanagloria por nuestras calles y nuestros manicomios.

miércoles, abril 20, 2005

Padres e hijos

¿Podrías decirme, amigo, vos en quien se aúnan de forma tan magistral la cortesía y la sinceridad, por qué tuvo que matar Turgueniev, como creador absoluto y caprichoso, a su héroe Bazárov en la novela Padres e hijos? ¿Por qué matar a Bazárov, el único héroe positivo de toda la maravillosa y trágica narrativa rusa del siglo XIX (si creemos en el crítico exiliado Marc Slonim), de la, para mí, obra maestra indiscutible de ese género decimonónico de la novela realista fiel a las descripciones y al reflejo especular de lo actual y real? Porque, vos coincidirás conmigo, en el fondo Bazárov era un buen tipo, dentro de los límites de lo real y del contexto que le tocó vivir o representar. Para mí ésta es una respuesta por la cual pagaría en monedas de oro (es una hipérbole a lo Cioran, es decir, peco de dandismo, decadentismo, etc.). Pues la fidelidad al trabajo (no sé si a la familia; en todo caso, hay un leve acercamiento final a ella, que está tan lejos de su mundo y de su “ambición” de socavamiento de las tonterías y quisquillosidades czaristas) termina matándolo. ¡Maldita aldehuela con aquel medicucho sin piedra infernal para cauterizar heridas, por incuria del cual el relato liquida a su héroe! ¿O es que el proto-freudiano de Turgueniev nos quiere decir que él mismo ya está muerto en el fondo, cuando la dama gélida y mezquina más que nihilista lo desdeña? ¿Que ya está muerto, vamos, que se suicida al entregarse tan atolondradamente a su trabajo científico? Era un buen tipo, y, a pesar de que menospreciara el arte, el romanticismo, sucumbe al amor por la viuda Ana, de la que terminará por huir. Esta mujer, mezquina, perezosa, más bien débil que cruel, no se atreve a entregarse a él porque teme perder el confort, la comodidad, únicos valores reales que aún persisten en medio de un mundo, el mundo del viejo orden czarista de la Santa Madre Rusia, que se desploma. Es cierto, también hay un tufillo en la viuda de corruptela, si recordamos que fue para salir del ahogo económico en el que la había dejado la vida disipada de su padre que aceptó casarse con el señor maduro, terrateniente salvador para una joven a merced de la pobreza y de la amenaza del marchitamiento de su espíritu refinado. Se ha vendido al Mefistófeles de más baja estofa, al Mefistófeles de opereta del desahogo económico, del confort, de la molicie… Turgueniev necesita matar en Bazárov, su alter-ego, al hombre que él fue, al que nunca pudo materializar totalmente su amor en la vida real por la hermana de la Malibrán, la hija del célebre tenor español García y esposa del director de la ópera italiana de París: la cantante Paulina García Girardot. Turgueniev pudo vivir toda su vida cerca de ella, pero jamás tenerla (que yo sepa, nunca hubo siquiera un menàge a trois, ni tan sólo vulgares encuentros clandestinos acordados fuera del ojo de su marido). Nunca logró concretar su pasión. Ella no fue Madame Bovary, aparentemente, ni intentó vencer una cárcel provinciana que la sojuzgara (a pesar de que Turgueniev frecuentara a Flaubert, no conoció a ninguna Bovary). ¿Tenía que matar todo dejo de bovarismo en su obra, contra admirado amigo Flaubert? Su novela refleja simbólicamente la tragedia callada que lo habitaba. Nadie se hubiera enojado si Bazárov terminaba de médico rural, al lado de sus padres, seres solitarios y despreciados por la nueva generación, progresista y subversiva, por su obsolescencia, por su caducidad, por seguir mostrando inercialmente en sus hábitos el antiguo mundo supersticioso y sentimentaloide y la vetusta ideología de su generación anticuada. Todas estas cuestiones me rondan, pues “La traición”, tercer cuento de mi proyectada Trilogía del fracaso paraguayo, las sugieren. Creo que este cuento toca la misma llaga y atosiga la misma aporía. El protagonista traiciona su carrera, su arte, por mantenerse fiel a sus padres, al mundo que lo modeló, matándose. Bazárov, con su muerte en plena tarea progresista-humanitaria, es fiel al futuro, a los hijos del mundo por venir, y deja atrás a Ana, al romanticismo, al sentimentalismo, al capricho personal. ¡Qué importan en el mundo las quisquillosidades pequeñoburguesas y la subjetividad alocada y sin sentido, siempre atediada y sin norte! Incluso deja a sus padres (esto último no queda muy claro, porque los progresos de la ciencia, a pesar de equivaler a la vanguardia de lo utópico o edénico, buscan conservar todavía el presente y el pasado, buscan sanar las heridas de los enfermos y pobres y los males del cuerpo, perpetuar la vida, hozar incluso en busca de los viejos elixires alquímicos, y buscan también que aquellos a quienes amamos habiten eternamente a nuestro lado). ¿A quién le interesaron en serio alguna vez, sincerémonos, las melancolías estériles del egoísmo, ni aun los éxitos individuales, si el mundo se resquebraja en su dolor inexpurgable y nos engulle? ¿Qué importancia puede haber en que alguien haya hecho y firmado “La pietá”, o en que haya llegado a convertirse en Bill Gates, si el mundo es horrible y sigue siendo horrible después de todas nuestras genialidades? ¿Qué importa ser feliz solos o de a dos en un mundo de desahuciados y ultrajados? Parafraseando a no sé quién, un solo pobre en el mundo es prueba irrefutable, no sólo de la inexistencia de Dios, sino también de nuestra culpa esencial, de nuestro pecado estructural, casi ontológico, de nuestra negligencia y omisión con respecto a las arbitrariedades del statu quo; un solo pobre en el mundo imposibilita de entrada la risa, mi contento personal, mi autosatisfacción, descabeza todo humor posible. Quizá quepa decir que el optimismo es conservador, y la alegría, reaccionaria. (Bloy y Dostoievski lo intuyeron muy bien y hace mucho tiempo, cuando exclamaron que por qué hacer sufrir a los niños, si ellos no tienen parte en la culpa de los padres, en el juego sucio y codicioso de los padres, o por qué hacer sufrir a los pobres, si ellos sólo hicieron siempre los oscuros papeles de las víctimas y los humillados en el gran teatro del mundo). “La traición” citará profusamente La incógnita del hombre de Alexis Carrel, sin mencionarlo explícitamente nunca; sólo para entendidos. Abusará de las enormidades de este premio Nóbel anotado en la lista negra de los salvadores de la Francia ocupada por los nazis. Conclusión: son imposibles el humor y la trivialidad. Nos queda la seriedad que no puede ya conocer la ligereza feliz de la risa. Nada puede conmovernos ni soliviantarnos... hemos superado la frivolidad. O lo opuesto: ahora otorgaremos el gran perdón dostoievskiano a todos: nadie será ya despreciable ni estúpido, todo será bello y deberemos escuchar y admirar a todos, pues tenemos lo que tenemos, el presente y sus cuerpos, entre ellos aquellos a quienes amamos de forma especial, aunque no nos percatemos de todo esto en el vértigo de los instantes. Volver a Platón, comprender su gran enseñanza, oculta como la carta robada ante los ojos de burro de los dupines contemporáneos: imposible amar aquello que cambia, se transforma, se pudre, se pierde, muere. Abdicar de las fidelidades a lo que desaparece y es perecible y se acaba. Amar sólo lo inmarcesible, aquello extranjero, aquello que no es de acá, de este reino infernal, de este laboratorio del dolor, como lo llamaba Keats, amar lo inmodificable, las ideas, aquello que habita en un mundo que no sufre cambios, que no está sujeto a mudanza ni caducidad, que encierra en sí mismo su verdad para siempre, por encima de los vaivenes del tiempo y de la historia, que es como la íntima elocuencia –para todos y para nadie– del Ser…

martes, abril 19, 2005

De papanatas a papanazi

Con el nuevo papa lanzándonos ya sus latinajos, no nos queda más que soñar que sea lo suficientemente perverso y diabólico para que se desmorone definitivamente esa institución que representa a una de las más funestas de la historia, a la vez condición suficiente y necesaria por ej. del capitalismo (Weber, Vattimo).A continuación sigue la lista de sus atentados: Adriano VI (1521-1523): llamado el bueno o el papa cervecero. Fue preceptor de Carlos V. Holandés bárbaro y ridículo. Adquirió la quijada de San Lamberto. Muere por haber bebido demasiada cerveza. Su enemigo no fue Lutero sino la simonía, el nepotismo, el bandolerismo de Roma mismo. Alejandro VI (1492-1503): inteligentísimo, según Burckhardt. “El hijo de la iniquidad” como lo llamó Savonarola, a quien ahorcó (19-5-1498). Hablaba español públicamente con su hijo Cesar Borgia, quien amilanó a su padre con el asesinato de su hermano y de su cuñado (“El único destructor posible del papado”, dixit Maquiavelo): Se envenenaron , padre e hijo, por haber bebido vino destinado a un rico cardenal. ( acaso Orsini o Ferreiro). Elaboró la bula “Las almas para dios, las tierras para el rey”. Benedicto XI: recibió una misión mongola de Ghazhan (1303). Cuando murió (1304) su cuerpo fue recubierto con una sábana china de la época Yuan. .Clemente VII ( Julio de Médicis 1523-1534): llamado el Anticristo. Prefirió la literatura de Maquiavelo que sus servicios. El único punto en que discrepó con los luteranos cuando estudió las Confesiones de Ausburgo (1532) se refería a la eucaristía. Eugenio IV ( Eneas Silvio Piccolomini 1431-1447): Apreciado por el Cusano (el filósofo del trompo), quien veía al papa más capaz que al Concilio de Basilea para restablecer la unión con Bizancio. Gerberto (994-1003): Imaginó una proto-cruzada, marchar sobre África. San Gregorio VII (1073-1085): cuyo nombre era Hildebrando. Excomulgó al emperador para hacerse señor feudal de todos los príncipes. Prohibió el matrimonio a todos los sacerdotes (1074-75). Gregorio IX (1227-1241): Hugolino, sobrino de Inocencio III, fundador de la Santa Inquisición. Queriendo asegurarse un sucesor convocó al senador de Roma, Matteo Orsini, quien encerró a los 12 cardenales bajo llave (cónclave) en un palacio adaptado como prisión. Al fin escaparon 10, uno había muerto y el otro yacía en un lecho de muerto. Dos años de forcejeo y eligieron a Sinibaldo Fieschi ( Inocencio IV) en 1243. Inocencio IV: Los pioneros que se aventuraron al Asia y a los cuales debemos libros maravillosos fueron enviados por él en 1245, 1246, 1247. Inocencio VIII: estableció una especie de Banco para las mercedes de índole secular. Con altas tarifas por ej. para el perdón de homicidios y asesinatos. Fue elegido en el Conclave de 1484. Dos cardenales se hacen comprar con dinero y dignidades. En el siguiente Cónclave se vendieron todos los cardenales menos cinco y se aseguró Ascanio Sforza ser nombrado papa la próxima vez. Juan XXI (1316-1334): papa francés de Avignon que declaró heréticos a los franciscanos “espirituales” ( según éstos para la santificación era necesario renunciar a la propiedad de lo que excedieras el mínimo necesario para subsistir). Julio II (1503-1523): el papa con botas y casco de soldado. Contrató a Bramante para diseñar la Basílica de San Pedro. Mecenas de Rafael y Miguel Angel. León X (Giovanni de Médicis): papa liberal. Eligió a 311 cardenales. Afición a los bufones. Su slogan era : alargar la vida con la alegría. Rehabilitó a Pico de la Mirándola. Protector de Agripa, el de las permutaciones alfabéticas. Nicolás II: puso en manos de los cardenales la elección de los papas (1059).Principio de mayoría de dos tercios. Nicolás III (1277-1280): cartas a Kublai Khan. Nicolás IV: recibió al nestoriano Rabbah Sauma (1287-1288) como representante de la embajada mongola. Nicolás V(1397-1455): Fue papa del 1447 hasta su muerte. Hermoseamiento paganizante de Roma. Excelente calígrafo. Se endeudó comprando y copiando códices antiguos. Mandó traducir a Polibio y Estrabón. Dejo la Biblioteca Vaticana cuando murió con 9.000 tomos. Reprimió a Esteban Portalés quien quería restablecer en Roma la antigua libertad republicana. Pascual II (1099-1118): su idea de que el sacerdocio no debía poseer bienes temporales en absoluto: al fin fue obligado a desistir por la resistencia del clero. Pablo II (Babo de Venecia): llamado el Pomposo; supuestamente descendiente de los Ahenobarbus romanos. Gracias al soborno llegó a ser papa. Pío II (Pío Eneas Silvio Piccolomini): pasión por las antigüedades. Gotoso se hace llevar en litera (proto-papamóvil) por valles y montes., Cosmógrafo y naturalista, erudito curioso, durante el Congreso de Mantua (1454) busca el laberinto de Clusium (Plinio). Sixto IV: Se dedicó a la venta de toda clase de mercedes y dignidades espirituales. Concedió el monopolio de explotación de las minas pontificias de alumbre a Lorenzo de Médicis, quien igual terminará haciéndole la guerra. Sixto V (1585-1590): el asesino de lo fantástico con su bula Coeli et Terrae Creador, 1586..Urbano III : la decretal Consuluit (1187) contra la usura. Urbano VIII: Prohibió en 1628 la representación de Dios-padre con triple cara.

lunes, abril 18, 2005

Filosofía pornográfica

Jean- Francois Botul en su libro "La vida sexual de Emmanuel Kant" (5 conferencias dadas en Nueva Koninsberg, Paraguay en 1946) y el Café Filosófico dirigido por Montserrat el sábado pasado en la cafetería La castellana sobre el tema "Erotismo y pornografía" han motivo estas líneas: si consideramos esencial en la epistemología el desvelamiento de la verdad o su ambigüedad o imposibilidad, podría establecerse dos tipos de filósofos: los eróticos, que desean la iluminación parcial, perderse en las zonas oscuras de la seducción, y los pornográficos, empeñados en la obscenidad total, obsesos en el zoom de la cámara por atrapar la verdad última de los genitales. Platón, que militarme sólo acepta la testa concentrada en los cielos estrelladas, vislumbrar y ser bañado por la visión plena y total del Agathon, el bien que es lo verdadero. Preeminencia pues de alcanzar la genitalidad de lo verdadero. Kant, que limita nuestro saber a los velos vaporosos de las apariencias innumerables y niega toda visión de la vulva metafísica de lo nouménico, sería más bien erótico. Erotofilósofo perdido en los laberintos de la calentura poética del amor cortés: sublimación y agigantamiento de la amada y del mundo más allá de la satisfacción bestial del hardcore. Heidegger, pornógrafo presocrático anhelando la unión con lo originario raptado o escamoteado. Conquistador español destrozando montes ecológicos en un des-velamiento ardoroso por el oro y las perlas de la concha de Afrodita. Pero a veces tenemos un Heidegger de la media luz, la lichtung de la mística nórdica, su denuncia de las pretensiones de la onto-teología voyeur y posesiva. Por último, Nietzsche y el juego infinito de las máscaras, la danza feliz de los velos que no dejan ver nunca el horrible rostro último, ya sean la vagina dentata , o el rostro de la rosa más allá de la ascensión de los planetas . Errancia erótica sin la satisfacción final de la visión y la posesión. Surfista inocente cabalgando el eterno retorno de las olas.

domingo, abril 17, 2005

Furtwängler, compositor y director musical

“La proclamación del III Reich y la posterior Anschluss con Austria habían ocasionado la diáspora en el mundo germánico de una pléyade de compositores encabezada por Hindemith. Pero otros, no menos relevantes, permanecieron de mejor o peor conformidad con los principios del Nacionalsocialismo: Richard Strauss, Carl Orff, Antón Webern y un dilatado etcétera que incluye a Furtwängler. Sin embargo, las represalias ejercidas contra estos presuntos colaboracionistas durante el proceso llamado “desnacificación” iniciado en 1945 fueron especialmente severas con Furtwängler, ya que más o menos benévolas con los restantes músicos citados. Se ha demostrado que Furtwängler nunca estuvo afiliado al partido Nacionalsocialista (al contrario que Herbert von Karajan, a quien no se le ha reprochado) y también son conocidas sus diferencias con los prohombres del III Reich. ¿Por qué, pues, esa inquina? El motivo habría que investigarlo en intrigas fomentadas por celos profesionales porque, aunque Furtwängler contara, entre otros, con el respaldo de personajes tan influyentes en el mundo de la música como Menuhin, Schönberg, Barenboim, Mehta, las asechanzas de otras bandas dominantes en ese ámbito, como la llamada Little Italy, secta mafiosa neoyorquina liderada por Toscanini (un tránsfuga del fascismo mussoliniano), lograron una proscripción que nunca se sobreseyó del todo, condenando a Furtwängletr a un ostracismo que ha perdurado tras su desaparición…”
(Julio-Enrique Simonet, Audioclásica, 31-marzo-2000, pág. 40.)

sábado, abril 16, 2005

Camello parabólico

Dina, trotamundos y amiga de los kurupíes, que iniciara sus viajes con aquel primer periplo desde la ciudad del Cacique (Lambaré) hasta de la Fausto (Staufen), nos escribe acerca de un camello que conoció hace poco en Túnez. Posible consuelo de ricachones con mala conciencia, este giboso cuadrúpedo, si bien no ha atravesado todavía el ojo de la bíblica aguja, al menos ha subido por una estrecha escalera: “No he conocido gente más friolenta que los tunecinos. A pleno sol, con un calor que por momentos alcanzaba los 30 grados, todos estaban abrigados como sí fuese un día de invierno. Los extranjeros éramos detectados por nuestras mangas cortas. Algunos ancianos y niños tenían incluso gorras y bufandas. Otros, vestidos tradicionalmente, iban cubiertos con gruesas túnicas de lana. Sin embargo, están acostumbrados a veranos tanto o más calurosos que el paraguayo, con la desventaja de que no llueve y no hay mangos a cuya sombra encontrar refugio. Pero se puede caminar hasta las zonas costeras, que reciben la brisa fresca del Mediterráneo. Estuvimos hospedados en Hamammet, a la orilla del mar. Sólo algunos recios habitantes del norte europeo se animaban a zambullirse, pues, aunque el aire ya estaba tibio, el mar empieza a calentarse recién a finales de abril. En el zoco de Túnez están posiblemente los vendedores más fastidiosos e insistentes que puedan llegarse a conocer. Aseguran al turista curioso, por ejemplo, que cierta vasija antigua pertenecía a su tatarabuela y que cuesta 600 dinares. Al final, tras una persecución de diez cuadras, él lo comprará por 50, orgulloso de haber logrado tan buen precio, para ver el mismo objeto vendiéndose por 20 en la próxima cuadra. Sí eres una mujer que camina sola por las calles, te susurrarán los precios (en español, francés, sueco, portugués, alemán e italiano) casi en la cara. Pero si estás acompañada por un hombre te ignorarán para atacar sólo al que suponen poseedor de la billetera. La foto de un hombre de rostro paternal –el rostro que podría tener cualquier caudillo latinoamericano– se encuentra en grandes afiches en todas las calles, bares, tiendas, etc. El gran padre alzando niños, sonriendo bienaventurado en cada esquina. Se trata de Ben-Alí, el "presidente democrático", que rige, reprimiendo severamente a sus opositores, desde 1987. Aunque ha promovido reformas ejemplares, como el establecimiento de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, ha transformado Túnez en uno de los países económicamente más estables de África y ha promovido la unificación de diferentes grupos étnicos y diversas corrientes religiosas musulmanas del país, ha cometido quizás el peor error que un político puede cometer: apegarse al poder hasta perder la noción de sus límites. Kairouan es una de las ciudades más importantes del mundo islámico. Es la cuarta ciudad sagrada, después de La Meca, Medina y Jerusalén, y lugar de peregrinación de miles de creyentes durante todo el año. Los niños jugaban con sus trompos en las angostas callejuelas del centro histórico de Kairouan. Nosotros les prometimos a nuestros niños que les mostraríamos camellos. En Kairouan hay camellos; estábamos seguros. Lo aseguraba la infalible guía. Pero ¿dónde encontrarlos? Con nuestro pésimo vocabulario francés y sin nada de árabe, nos dirigimos a dos mujeres veladas y cubiertas de pies a cabeza. “Camelle, camelle”, insistimos, y Fatma, Samira y el pequeño hijo de una de ellas nos explicaron el camino. Como no entendimos una sola palabra, nos urgieron a seguirlas por un tortuoso dédalo de calles hasta llegar a un edificio de dos pisos. Nos in- dicaron que subiéramos por una estrecha escalera. Nos miramos desconcertados: ellas debieron entender otra cosa; era imposible que un camello hubiera trepado por esa escalerilla. Aún no lo entiendo: o el camello creció en esa sala o lo transportaron en helicóptero. Pues, efectivamente, estaba allí arriba, en una sala fresca y semioscura, totalmente adulto, enjaezado como para una boda, fortachón, con aire aburridísimo o quizá resignado, dando vueltas eternas al engranaje de una fuente de agua. Samira y Fatma nos sentaron entre ellas, a falta de un lenguaje común nos sonreímos todo el tiempo y nos dieron de beber el agua de la fuente del mismo tazón del que ellas, su niño y todos los demás bebían. Y, saltando sobre las consignas de no beber sino agua mineral embotellada, la bebimos con la libertad de sentirnos en casa con ellas y su niño, que nos dieron su tiempo y su aprecio sin conocernos ni entendernos, aceptando nuestras vestimentas y maneras tan distintas de las suyas. Antes de volver quise conocer las ruinas de la ciudad de Aníbal, el poderoso general cartaginés que puso en jaque al Imperio Romano en tiempos de su máximo esplendor. Cartago es hoy día sólo una región histórica, que ya no lleva ese nombre, a pocos kilómetros de la capital, Túnez. Las flores de primavera, recién abiertas en una multiplicidad de colores y formas, cubrían casi por completo los restos de murallas y paredes. Un jardín encantador invadiendo las piedras, con abejas zumbando, oloroso a hierbas aromáticas y frescura. Qué mejor destino para las ruinas de un sueño de grandeza y poderío que se diluyó en la historia como tantas otras ansias humanas que sólo mienten una eternidad que no poseen. P.D. El agua del camello no nos ha enfermado hasta el momento.”

viernes, abril 15, 2005

Medusa

Ahora Susanne ( S. Toh, poeta nacida en Eastern, Austria, 1964. En el 2003 grabó su primer CD Wesplitter junto a la músico vienés Martina Cizek, compuesto por poemas y prosa corta), como para dar buena onda al blog, nos ha pasadosu poema sobre la Medusa de Rubens, como una alusión al triunfo del hombre sobre la mujer (en el poema se hace hincapié en el hecho de que el héroe es al mismo tiempo el asesino y de que la víctima es cubierta de oprobio por la posteridad), ya sea dentro de la sociedad, ya sea dentro de la pareja, ya sea dentro de cada individuo (triunfo, al interior del sujeto, del principio masculino sobre el femenino; podría ser una exigencia que se impone a sí mismo el sujeto para poder asimilarse a una estructura fundada sobre tales valores, para poder resultar, digamos, funcional a un sistema y, en consecuencia, sobrevivir o no resultar marginado. Esto podría suceder también al interior de un sujeto femenino que se niega como tal; por ende, esta lectura podría entenderse, según cómo se la mirase, tanto como “feminista” como “antifeminista”. " Medusa Él se volvió berserk* y separó su cuerpo de su mente. Ella no estaba lista ni preparada para morir. Nunca confíes en un hombre con una espada en la mano. Sus ojos reflejarán por siempre su incredulidad. Demasiado tarde para cuidar de sí misma. Él es el héroe y ella está rodeada por el caos eterno. El vástago de sus últimos pensamientos con furia llora. El instante de su muerte en extático movimiento. El enojo y la ira le hicieron perder el control. Idos están los días en que ella era toda su especie. Reina de la petrificación nunca será de nuevo. Sola en su mundo y sin hermanas que la cuiden. Su asesino es ampliamente lisonjeado Ningún alma decente encuentra palabras en su defensa. Ninguna investigación de fondo. Ningún entendimiento para sus necesidades monstruosas.. Mujer silente háblame Comparte tus sueños conmigo esta noche." Susanne Toth (Basada en la pintura Cabeza de Medusa de Peter Paul Rubens, l617) Traducción de Andrés García Londoño *) Los berserks eran los guerreros máximos de la sociedad vikinga. Su característica principal era entrar durante la batalla en un frenesí guerrero que los llevaba a atacar todo lo que se moviera. Escolta de los reyes, eran un arma peligrosa, pues aunque podían acabar con medio centenar de guerreros enemigos, en su paroxismo podían atacar también a sus aliados si los hallaban al alcance de su espada. Por extensión, la expresión went berserk, podría traducirse como ”se volvió un loco violento”, pero en esta versión hemos preferido conservar la referencia mitológica. (N.delT)

Las bondades de la piratería

Gracias a que la piratería del DVD (o más bien, de su variante platónicamente degradada, el VCD) goza de buena salud y de plena libertad, los chascos para los gourmets del cine son cada vez menos frecuentes, y menos catastróficas las decepciones. (Mi legitimación procede de No logo, el libro de Naomi Klein, que explica con minuciosidad cómo los precios de los productos de las grandes marcas se hinchan no por su superior calidad sino por el maldito valor añadido del “logo”). Menos mal que hemos comprado a 6.000 mil guaraníes en el Mercado 4 “Kill Bill 1” y la peli pre-conciliar de Mel Gibson, pues gracias a esta precaución no nos hemos endomingado y bañado para ir al cine como para una cita con lo sagrado y no nos hemos desencantado del 7mo arte. Hemos presenciado estas cintas en el profano aparato casero de DVD (o en realidad VDD, o algo así) y hemos corroborado la derrota cruel y cuesta abajo del hasta ayer nomás autor de culto Mr. Tarantino. El esteticismo aplicado a la cultura basura, el remake-remodel, o el homenaje-parodia, de las obras sin pretensiones y de simple entretenimiento del cine de debe y haber elevadas a la categoría de arty, es decir, lo Kitsch (insertar aquí la definición ya canónica de Herr Broch), en fin, el pastiche ombliguista y autocomplaciente que vive parasitariamente de géneros frecuentados por una masa oligofrénica, burra pero, eso sí, honesta y sin la legitimación de la crítica posmoderna. Que escenas sorprendentes como aquella en la que la pistola se encuentra escondida en la caja de cereal la podemos degustar en cualquier película de serie B, de cine del más bajo presupuesto y sin nombre de autor, o que aquella otra escena, la de la ninfeta crazy y esquizo-perezosa, no es más que puro manga estándar (y para colmo sin profundidades adicionales ni abordajes en detalle que puedan despertar su primer atractivo), son observaciones que caen de maduras. Bueno, tal vez lo único, una vez más, rescatable y digno de mención del filme es el datado y banalizado colchón del soundtrack, por supuesto no original sino recogido en un store de esperable buen gusto y cool, teniendo en cuenta lo variopinto y en especial lo esnob, últimamente, del público de T. “Foxy Brown” se salvaba ya por su condenada banda sonora, hecha de estándares del r&b y de perlas oscuras exhumadas para obnubilar a los más avispados, cosa yankee. “Pulp Fiction”, por su humor verbal, ya señalado por un maestro en el género (Cabrera Infante) y por la solvencia de actores como Samuel L. Jackson, Inés de Medeiros, Harvey Keitel y Roxana Arquette. Lo mejor del mandibulón ex-dependiente de tienda de alquiler de vídeos sigue siendo, definitivamente, “Perros de alquiler”.

jueves, abril 14, 2005

Huanchaco y caballitos de totora

La señorita Claudia Lüthi, de amplio recorrido en la fotografía digital, acaba de hacer su primera incursión en el formato vídeo. El largometraje es un documental acerca de las vidas ínfimas que pueblan las playas huanchaqueñas de frías aguas y ardientes arenas, con pinceladas de paisajismo de divague y ensueño y un pie en el documental didáctico y el otro en una suerte de vídeo-verité que juega a la etnografía urbana. Próximamente esta blog perifoneará alguna muestra del talento fotográfico de la artista limeña.

MÚSICA Y POLÍTICA: El caso Furtwängler en Taking Sides (Réquiem por un imperio)

Los domingos de madrugada suelen ser insufribles. Desde el sofá que nos guarece, siempre fiel al canon del descanso burgués, nos queda la fisura antimística del zapping. Con los ojos insomnes desde el día anterior (sábado ka’ú) quedamos moralmente varados en el canal a penique mensual The Filme Zone. Pasan “Réquiem por un imperio” (Taking Sides.-Le cas Furtwängler), sobre el proceso de “desnacificación” del compositor y director de la Filarmónica de Berlín en tiempos del Tercer Reich. Wilhelm Furtwängler. Harvey Keitel encarna al oficial encargado de la investigación inquisitorial. Un Sherlock Holmes perseguidor del Mal. Un Del Río guiado por sabuesos entrenados para olisquear la witchcraze en los modales del director. Su personaje carece de la más mínima noción de lo musical, de aquella sensibilidad que suspende la vigilancia de la razón y las finalidades pragmáticas para paladear o dejarse arrastrar por la vorágine del arte. En pocas palabras, es del bando de los vencedores. De los que han tomado Berlín y no se cansan de ver corroborada su superioridad frente a cada alma ambulante de la ciudad ocupada y recorrida por degenerados hitlerianos fanáticos e hipnotizados por el destino alemán, ya por la vía de la oratoria, ya por la de los inciensos de la orquesta. El porte “español” del genio satánico y megalómano que es Futwängler le subleva. Su “deber” desde que lo ha visto es desenmascarar la debilidad moral de ese engreído que tocó para Hitler en su cumpleaños. Escena eternizada que dos veces reitera el director de la peli tratando de conceder una piedad postrera hacia el músico. Éste se ha frotado las manos que tocaron la Gran Política, él, que, siempre con ingenuidad alemana (véase Mann: “el alemán siempre ha rehuido lo social y lo político”), consideró imposible el encuentro de las dos líneas paralelas de la música y la política en punto alguno de la vida de un artista genuino. Volvamos a la escena final: termina el concierto en homenaje al birthday party de Adolf. En medio de la salva de los alabarderos, Wilhelm ha omitido el saludo nazi astutamente gracias a la deliberada molestia de la batuta en la diestra, en medio de tamaña apoteosis,.y simplemente le estrecha la mano al Führer. La cámara lenta se concentra en un primerísimo plano sobre la mano izquierda del músico, que lleva un pañuelo a la derecha, como intentando borrar las manchas de la ignominia, de estrujar el gesto anterior y con él la complicidad pública representada ante los ojos del matonismo acechante. Es cierto, la peli no se adentra jamás por los vericuetos filosóficos del “Dr. Faustus” de Mann, “La decisión de Sofía” de Styron o los ensayos sobre Wagner del mismo Mann. No nos dice nada sobre la ambigüedad ontológica de Alemania: su potencial, a la vez celestial y satánico, de producir frutos tan dispares como Hitler y Wagner, un destructor y un creador, un Abbadón y un Orfeo. La gran cultura europea (Goethe, Wagner) y el demonio mecanizado (Hitler) que se distrae devastando todo lo que ha construido aquélla. Wagner, Beethoven, Goethe, Schiller, ¿siempre nos conducirán hacia algún Hitler? ¿Es el arte en el fondo una frivolidad perversa? ¿La música representa la suma libertad no susceptible nunca por entero de ser instrumentalizada por ninguno de los dictadores de turno que se suceden interminablemente a lo largo de la historia? ¿O el arte no es nada sin la política? Lo que la peli quiere es, simple y llanamente, saber si Furtwängler era o no era nazi. Por lo pronto, el prestigioso diccionario de Grobe ni siquiera lo menciona como compositor, y en 1986 su centenario pasó inadvertido en España y en Latinoamérica.