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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, diciembre 01, 2005

Músicos analfabetos han precipitado nuevamente al vacío a Deleuze, esta vez junto con el empelucado de Leibniz

Vender un Leibniz “moderno”, actual. Para eso se recurre incluso al medieval argumento de autoridad: i. e., Nietszche comentando que Leibniz es más simpático que Kant (¿?). Es cierto, nadie se opone a la recuperación de la combinatoria, ni de la lógica, ni de la epistemología, pero… de la ¡Teodicea! Género literario, si los hay, que merecería inmediatamente las hogueras a las que se destinan, por su deshonestidad y su mal gusto, la pornografía, la autocomplaciente literatura epigonal y el periodismo amarillento.

La bifurcación y la disyunción de la serie más divergente se pasa por alto ruidosamente —el argumento es de Colli― que este filósofo áulico, ambicioso, merodeador de corredores infinitos y nulos, tocado por esa peluca de bucles rococó más que por el pliegue barroco, fue el que bifurcó fatalmente el saber en dos: filosofía y ciencias (a su vez, divididas oficialmente a partir del siglo XIX en ciencias humanas y ciencias exactas). Si desde Tales la filosofía había prohijado, educado, desbastado a las ciencias, Leibniz la entregó vilmente a los poderosos (ya Descartes, con sus escarceos con Cristina, realizó un primer intento mefistofélico en este sentido). La madre se convierte en la hija: Leibniz o el trastrocamiento de los saberes (la anécdota, disyucta o bifurcante, entre Fermi y Oppenheimer, es una variación “libre” y determinada de este minueto palaciego leibniziano). Bueno, decir que Borges (y también un best seller como Leblanc) es un discípulo de Leibniz es traficar gato por liebre; en rigor, habría que decir que Borges es más radicalmente leibniziano que Leibniz: ya en La lotería de Babilonia (y en el fondo éste es el tema también de El jardín de los senderos que se bifurcan), todos los mundos posibles son convocados y vividos bajo el imperio del azar primigenio de las portentosas actas de libertad: hoy la rifa me dice que habré de vivir boca abajo, mañana que tendré que suicidarme, etc. No hay predominio ni vivencia monopólica del Mejor mundo posible.

En realidad, Leibniz es un Borges timorato (matemáticamente) o tramposo (lógicamente): no lleva la lógica hasta las últimas consecuencias de su devenir de hierro, hasta el absurdo que esconden sus leyes internas, hasta los monstruos que duermen bajo la fantasía del infinito Mejor e insuperable.

Tampoco es cierto que tal Mejor lo sea realmente. Por ejemplo, si el reino leibniziano es el del despotismo ilustrado y aparece otro (radicalmente otro) constituido por un rey guerrero y melancólicamente decadente, cuyas leyes exijan sólo 5 horas laborales y dejen después de tal jornada libre el tiempo para la fiesta, etc., éste último habrá negado la Mejoridad de esta “quididad” ficticia y retórica...

Hablando de retórica, Deleuze —perdón por decir lo que siento— sucumbe a ella cuando trata de justificar la justificación (la teodicea). Allí la filosofía cae inexorablemente en la retórica vacua (por más que Leibniz insista en negar el vacío). No hace falta legitimar lo que ya no nos interesa. La teodicea ni siquiera puede sufrir el último avatar de formas más nobles del género literario, como, por ejemplo, el del soneto, que de Quevedo (barroco) acaba en los 100 sonetos de un Sabina desplegando su vacuidad nicotínica y opresiva.

En plena Nueva Armonía (¿New Order nazi?), del leibnizianismo reciclado, contrahecho como un Frankestein post-neobarroco, Deleuze sigue manteniendo un prejuicio alemán (francés), europeo, hacia el jazz. Porque, digámoslo claramente, lo de Adorno contra el jazz era un simple prejuicio continental hacia las excolonias (el prejuicio que ya mostraba Kant contra los negros en el siglo XVIII). Es cierto, Deleuze cita a Cage en esta nueva constelación musical (o nueva pléyade), pero la música aleatoria, el piano preparado de 1939 cagiano, es de raigambre europea también, azar supurado entre lo schonbergeriano y lo duchampiano. Forma parte de la dilatada tradición de la música clásica que se critica a sí misma y se vuelve vanguardia después de cruzar por los territorios de lo dodecafónico y lo atonal. ¿Y el noise? (La música ruidosa por qué no pinta nada en esta historia. El casi absoluto afuera, el adiós a la melodía, a la armonía e incluso al yo de la monodia rousseauniana.) ¿Por qué no hace acto de presencia? ¿Es demasiado dada? ¿Por su turbia filiación ñembo futurista-fascista?

Bueno, no importa. (En todo caso, desde mi perspectiva tercermundista y progre-prole, sigue siendo muy de vanguardia del siglo XX, cerebral e intelectual, eso de dejarse llevar por el desmoronamiento de lo aburrido, como los cuerpos de Beckett, por la absoluta permanencia y ausencia de rictus, de cadencias, de la más mínima variación de movimiento del “ruidismo”, sólo energía (¿mística?) abismal zumbando en el nirvana de nuestra inanidad.)

Si existe alguna música propiamente proletaria cuál mejor que la de los negros de Nueva Orleáns y su jazz (los gitanos quedan fuera ahora a pesar de su nomadismo y de sus escarceos con lo delincuencial, porque en realidad no “trabajan”y, por ende, no sufren ninguna imposición social). Sí, el jazz es creación de analfabetos (de músicos que no saben leer las partituras, por lo menos), creación que nada sabe de teoría y solfeo, que nada tiene del aristocratismo de la Gran Cultura desplegando su infinito espíritu en la obra. Es el puro imperio de la improvisación, colectiva o individual, sin rastros de armonía pre-establecida, por supuesto. (A lo más “cool” que llega es a la “libertad controlada” de la que habla Miles Davis.) Es el reino de lo incondicionado e imprevisible, de las mónadas iluminadas, de la garrapata agotada en tres principios, del tercer mundo caótico y “pobre”, efecto de una causa: haber sido, acaso, conquistados por la España “perezosa” y no por la Inglaterra puritana y “laboriosa” (¿y Jamaica?).

Creo que voy a terminar afiliándome a la herejía de Graham Greene (cercana a la de Bloy, si lo miras bien: aquélla que propugna para los pobres la inmediata entrada en el cielo por su simple existencia o presencia física y fáctica de menesterosos sin remedio).

¿Por qué la controversia contra la Gestalt? Hay quien ha sabido sacarle provecho a la psicología de la Gestalt —estoy pensando en la adopción que hiciera de ella, en contra de la corriente freudiana dominante en psicología, la poesía concreta brasileña de los años 50, para la cual el yo lírico que deposita sus efusiones en el poema, postulado del subjetivismo cristianoburgués, del subjetivismo guarecido bajo la sombra muelle del academicismo y los vales para ir tirando de la becas de estudio (¿y por qué diablos no hay presupuesto para investigar el XTC, el THC u otro tipo de drogas como la ese producto mundialmente usado que circunstancialmente se descubrió sería la causante del parkinson?) se desliza hacia la materialidad de las palabras, o hacia el equilibrio entrópico de su visualidad, desde luego también hacia la fisicidad de su fonética, es decir, finalmente, fuera de ese yo, al modo, en todo caso, del primitivo programa del Eliot de The waste land...—para mi gusto, también sobrevalorado.

La percepción alucinatoria quizá tenga una faceta “barroca” en el caso del suicida Von Kleist, pero monsieur Deleuze olvida que el romántico Novalis es quien explícitamente define la actividad de la mente como “alucinatoria” en sus fragmentos.

La invaginación de las mónadas “desnudas”, no iluminadas, negras, de las metástasis del cáncer y de las virosis del sida (espantosas melodías de la naturaleza), merecería un desarrollo ulterior por parte de un deleuziano del siglo XXI, más sombrío e insobornable ante la batuta del optimismo leibniziano, digamos una especie de Cioran perdido en el laberinto de la matemática de los transfinitos teniendo sólo para orientarse en él las monstruosidades frankensteinianas del tardodieciochesco y decimonónico horror gótico.

Si estamos de acuerdo con Baudelaire de que el hombre es un animal adorador, hay que decir que la adoración nos puede llevar al vacío. Que Deleuze caiga solo, asumiendo su nombre, en todo, caso lo podemos ayudar a dar un impulso al vacío, pero no caer con él. La filosofía que impera o trata de imperar es mera literatura con investidura de mayor seriedad. No hay monopolio o mayor acercamiento de la verdad en la filosofía, eso es claro. Son juegos virtuosistas, forzando la verosimilitud, lastrando su jerga de la autenticidad académica. Y los adoradores sucumben como moscas. Digamos adiós a todo eso de una buena vez.

1 comentario:

rata Touille dijo...

Concuerdo en el fondo. Deleuze es uno de un montón.
El último gran filósofo europeo fue, para mi sensibilidad, Goebbels. Himmler no sé, era muy violento, se expresaba con actos antes que con palabras.