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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, diciembre 03, 2005

el bigote de Nietzsche en un ropavejero de Calcuta

“El bigote de Stalin encontrado en un ropavejero de Calcuta.” Accidents Polipoètics, “De aquí y de allá”, Ten years after, G3G Records, Barcelona, 1999.
El bigote del Gran Hermano no es el de Stalin sino el de Nietzsche. Nietzsche. El mismo que, como una señorita hipersensible, se oculta bajo la pollera de Rohde ante los ataques del que después será reconocido como princeps philologorum, Wilamowitz. El que saquea a Novalis, Creuzer, Shelling y Schegel, a quienes después tachará de resentidos, enfermos hasta los tuétanos y nihilistas pasivos. El misógino, el aristócrata del espíritu, el que nunca cita a autores judíos, el gurú del siglo XX. El profeta delirante de un mesiánico Zarathustra que ya ha llegado pero al que nadie ha reconocido aún. El padre de la Gran Política, la de los Borgia (el Soberano que se sitúa más allá del bien y del mal, cruel y sanguinario, entronizado por personajes como su maestro Burckhardt y el conde de Gobineau), la del que descansa la mano en el corazón, la del devenir del Kapital que se hamaca sin Ariadna en la red rizomática del eterno retorno (fuerza de trabajo-dinero-mercancía ad infinitum). ¿Cuántos alumnos tuvo su Sócrates y la tragedia? Bingo, respuesta correcta: ninguno. El legitimador de mediocridades como Taine (porque éste no tuvo mejor idea que mandarle flores por culpa de un texto intempestivo). El dionisiaco que se creía loco, maldito y underground porque simplemente perdía la sobriedad de la moralidad de los esclavos y chandalas bajándole drogas permitidas y prescritas por la entonces incipiente farmacocracia: cloral. Por supuesto, la cerveza es cosa de intelectuales taberneros, y la amanita muscaria y el cornezuelo del centeno aún no habían sido relacionados con los misterios eleusinos. El vitalista teórico, que hurta el cuerpo a los enteógenos en general, asceta en el fondo, que alcanza el estado de estupor del rapto con la tortura del cuerpo y, a la vez, con la sobriedad del cerebro ante los entes psicoactivos, como sucede en el caso de los yoguis canónicos. El melómano desmelenado que nunca abandonó las rejillas de la pauta. ¿No existía acaso la música árabe en el siglo XIX, y no era merecedora de que un dionisiaco la promocionara ante unos europeos pasmados por la música de Wagner? Sin embargo, al parecer, los árabes existían: Delacroix, por ejemplo, los pintó. Nietzsche despreciaba a los románticos, pero ellos eran capaces de ver algo más allá de las fronteras de Europa. No obstante, como lo demuestra el silencio eterno del Laocoonte, a la pintura y a la escultura les está vedada la manifestación de esa “forma pura de la intuición sensible”, el tiempo. No hubiera sido superfluo, pues, hablar un poco de su música. Pero Nietzsche sólo tenía ojos para Grecia, la prehelénica. El asunto de fondo en realidad no era lo dionisiaco: de lo que se trataba en primer lugar era de relacionar esa aurora de la humanidad, el mundo griego anterior a la decadencia socrática, con el renacimiento de ese esplendor antiguo, de esa fuerza primigenia, en la ópera wagneriana y, por extensión, en el mundo alemán, de forma pareja a lo que más tarde, aunque ya no recurriendo a la música, sino al lenguaje, haría Heidegger al afirmar que el griego y el alemán eran las lenguas más aptas para la filosofía. De cualquier manera, cualquiera puede percibir que lo dionisiaco guarda mucha más relación con culturas ágrafas, como la correspondiente al chamanismo sibero-americano, o con la de los árabes del Magreb, que con la Alemania de Wagner. Pero, claro, como se dijo ya, Nietzsche estaba bajo el embrujo de Grecia. La Grecia de la “lineal B”, escritura que, por cierto, ningún filólogo clásico, como lo fuera él mismo, ha podido descifrar todavía, llamativamente. Entonces, de griego en sentido estricto, nada. ¿Dionisio era oriundo de Creta o de Tracia? De Creta, digamos, pues el nativo de Tracia, hoy Rumania, era Zalmoxis. Nietzsche. La momia que pasea su ecce hominidad como un Galileo incomprendido de la filosofía, ahora perfectamente maquillado, por los pasillos académicos de París o de Madrid. El lector del Quixote en sus momentos de desfallecimiento (otra deuda no reconocida con la gente del Atheneum, pues fue Schlegel quien tradujo la más célebre obra cervantina; a no ser que Nietzsche hubiera aprendido secretamente el idioma español). El hoy filósofo ilustre y venerado por los académicos, ya no por los nazis o los fascistas. El poeta de muy malos versos (por lo menos en las traiciones de Sánchez Pascual y de Ovejero y Maury). El peregrino en Nápoles para rendir veneración a san Genaro. El genial inventor de la muerte de dios, después de Hegel y de Jean Paul, claro. Otra vez sale a su paso esa caterva de románticos que tanto detestaba. La genealogía, dicen, es su gran legado para sus pocos lectores atentos y desapasionados: es el padre de la arqueología foucaultiana, de la desconstrucción heidegeriano-derridiana. Pero, atención, un detalle: El Anticristo sólo cita la Biblia en griego, pasando por alto todos los dolores de cabeza que sufrieron los exégetas, comentadores, rabinos, alegoristas, filósofos, cabalistas, al tratar de acomodar el qere y el ketib (disculpen la ausencia de coronas, pero las fuentes de mi programa contemplan grafías griegas y latinas y ello no obstante carecen de esas tildes árabe-judaicas), lo que “debe ser leído” y el “cómo está escrito”, la ordalía de rellenar las lagunas entre las consonantes ebraycas y las posibles vocalizaciones. El famoso idiota de Cristo, ¿cómo se escribe en hebreo bíblico o en la versión aramea? ¿Qué dicen al respecto el Targum palestinense, Maimónides, Rasi, Abrabanel o el Zohar? De todos modos, dirán ustedes, qué importa todo eso si El nuevo testamento es básicamente una narración griega, un metarrelato que utiliza como hipotextos parasitarios mitologías de Judá e Israel, a partir de un sustrato hebreo que funciona como simple excusa narratológica. Bueno, en ese caso pisemos terreno más seguro y firme. El maestro del aforismo, del discurso inconcluso, fragmentario, asistemático, poético, antimetafísico, el precursor de Kierkegaard, Bloy, Létaud, Valéry, Benjamin, Wittgenstein, Jünger, Braque, Krishnamurti, Cage, Cioran, Jankelevich. ¿Y qué se supone que hacían Montaigne, Pascal, Hamann, Jacobi, Lichtenberg, los moralistas franceses y sus anexos, Novalis, los románticos alemanes, Goethe, Schopenhauer, para no remontarnos a los clásicos de la filosofía griega, a los fragmentos literales de los inexcusables presocráticos editados por Diels-Kranz, de los líricos arcaicos, de los Siete Sabios, de los órficos, de Epicuro, del Corpus hermeticum, de los Oráculos caldeos, de Pitágoras, del Pseudo-Empédocles, del Pseudo-Plutarco, del Pseudo-Aristóteles, del Pseudo-Platón, del Pseudo-Heráclito, de Hegesías, o bien a los taoístas, o a Marco Aurelio, etcétera, etcétera? Es sabido que tres son o fueron las interpretaciones clásicas de Aristóteles en la Edad Media: la de Alejandro de Afrodisia, la de Averroes y la de Tomás. Nietzsche, que es una especie de Aristóteles (en cuanto a autoridad, no en cuanto a espíritu o estilo) de la modernidad inconclusa o de la posmodernidad, tiene más interpretaciones clásicas que las que una mano puede contar. Tenemos la de Vattimo, que es como la de un Heidegger que se hubiera cruzado con un Marcuse vuelto patas arriba; tenemos la de Heidegger, que es nazi; tenemos la de Klossowski, que es pura mística teresiana; tenemos la de Bataille, que es hegeliano-dialéctico-negativa y sádico-antropológica; existe por ahí incluso alguna lectura jesuítico-cristiana; tenemos la de Deleuze, que es deleuziana, es decir, sesentayochista, rizomática, vitalista-positiva; tenemos la de Fink, que es esencialmente lúdica; tenemos la de Vaihinger, que es “como si” Kant alucinara; tenemos la de Jaspers, que es existencialista, varada en el fracaso y la inconclusión, tenemos la de Palante, anárquica, intimista... Tenemos la de Adorno (recordemos su libro de aforismos y notas sueltas Minima Moralia) y Horkheimer, su denuncia de la razón instrumental, su miedo a todo tipo de síntesis; tenemos la de Habermas, según la cual el polaco es un heredero directo de los ardores de un romanticismo redivivo en una época en la que lo irracional, la hybris, la voluntad de poder ya no asombran, por su presencia omnímoda, asfixiante y cotidiana... Tenemos la de Ricoeur, quien ve en Nietzsche a uno de los maestros de la sospecha, a una especie de híbrido de Sherlock Holmes y algún cabalista paranoico cuyos textos esconden tras su faz visible, patente o exotérica una verdad más profunda e invisible, esotérica y latente. Y, dicho sea de paso, el francés demuestra mucho ingenio al hermanarlo con el judío Freud, pues la hermenéutica de este último, que busca lo escondido detrás de lo manifiesto, es claramente heredera de la exégesis bíblica de los hebreos de al-Andalus. Pues también este otro epíteto —Nietzsche, el maestro de la sospecha— muestra las flaquezas de su presunta originalidad cuando nos remontamos a esta vieja tradición judía. Pero, ya que hemos caído en esta materia, es preciso reconocer que el antisemitismo de Nietzsche, como, por ejemplo, el de Céline, es un antisemitismo alturado, filosófico, bien argumentado, no rastreramente populista, buscador de chivos expiatorios, primario y bestial como el de los nazis. El texto clave está en El origen de la tragedia, en el pasaje en el cual compara, valorando positivamente a uno y negativamente al otro, dos escritos fundamentales de ambas cosmovisiones: por un lado, el relato, contenido en el Génesis, de la expulsión del Paraíso de Adán y Eva como castigo por el delito de la desobediencia; por otro, la historia del robo del fuego de los dioses por parte del titán Prometeo. La transgresión, en el mito hebreo, es fruto de la debilidad, porque resulta de haber cedido al engaño de la serpiente tentadora, mientras que en el mito griego la transgresión obedece a una decisión libre fruto del propio arbitrio, es decir que nace, por el contrario, de la fortaleza. La voluntad fuerte, activa y orgullosa del mundo pagano contra la voluntad pasiva y medrosa del mundo semita. Nuevamente, fascinación exclusiva y excluyente de Nietzsche por la cultura griega. Si repara en la judía, ello se debe meramente a que, en su circunstancia histórica particular, posee una innegable importancia, dado el predominio de la mentalidad cristiana en Occidente y dado que el cristianismo no es sino, a fin de cuentas, una herejía del judaísmo fuertemente arraigada en Europa. Si el poder de marcar su impronta en las ideas de la época hubiera estado en manos de los árabes, de los turco-mongoles o de los guaraníes, hubiera atacado de igual manera y con la misma furia de partisano, cometiendo igualmente actos de terrorismo teórico contra ella, su civilización. Recordemos, por ejemplo, su percepción negativa de la cultura budista, tan diversa de la que de ella tuviera su maestro Schopenhauer. (Empero, quizá llegó a coquetear con el sistema de castas de la religión brahmánica, pero no disponemos de demasiados datos al respecto. Además, hay que tener en cuenta que, al menos según los lingüistas alemanes de comienzos del siglo XIX, los indostánicos eran arios, al igual que los zoroástricos o parsis, de los que tomó en préstamo a su inspirado profeta, Zarathustra, de manera que el dualismo ario-semítico de Nietzsche, al menos en lo tocante al lenguaje y la cultura —no incurre en la vulgaridad del racismo propiamente dicho, es decir, del referido a caracteres físicos o biológicos—, queda intacto). Para ser absolutamente nietzscheanos deberíamos terminar aquí, abruptamente, sin pretender redondear las ideas expuestas en esta prolija parrafada, en esta divagación frívola, festiva y farragosa. Pero es necesario aclarar que las dinamitas han sido colocadas contra el Nietzsche académico, aburguesado, adecentado, vendido ahora a plena luz del día, totalmente manumitido de su antigua y deliciosa censura de escritor no reconocido ni mucho menos reinterpretado y que habitaba la clandestinidad del mercado negro de las ideas. Aquel Nietzsche todavía no gastado de nuestra primera juventud, tan políticamente incorrecto, tan zafado, tan enemigo de los socialistas, aquel Nietzsche que un lector ingenuo, sin tanto aparato crítico-bibliográfico, podía encontrar aún en toda su frescura. Es como si la paranoia última que habita las neuronas de ese Gran Hermano que esconde todo mejorador de ideas radicales hubiera terminado por imponer la idea de que la filosofía debe buscar ante todo la decencia, la presentabilidad, la cortesía, las buenas maneras, y no la peligrosidad. En ese punto, la filosofía toca sus propios límites. “Te bendecimos como filosofía digna de tal nombre justo cuando ya has dejado de ser peligrosa”, parecen decir cuantos hacen del corpus nietzscheano la materia de una nueva escolástica y la Biblia del pensamiento oficial de estos días paradójicos en los que, pese a que, quien más, quien menos, todos se sienten con derecho a reclamarse sus discípulos y los alumnos aplicados lo conocen de memoria, Nietzsche parece estar ausente incluso de sí mismo. Cristino Bogado.

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