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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, noviembre 01, 2005

Ritmo y duelo en Derrida

Este mes de octubre, el día nueve en concreto, se ha cumplido un año de la muerte del mayor filósofo francés del siglo XX y, tal como van las cosas, puede que también del siglo XXI: Jacques Derrida (El Biar, Argelia, 1930 – París, 2004). A saber por qué, pero lo cierto es que siempre que pienso en Derrida, en el hombre, el pensador, el personaje público, me viene a la memoria su imagen allá a fines de otro octubre, el de 1998, durante la sesión de apertura de su seminario más populoso en el anfiteatro de la E.H.E.S.S. (École des Hautes Études en Sciences Sociales), justo al lado de los pabellones de la Alliance Française parisina, azar éste que parecía muy a propósito del gran polígrafo errante, de modo que en una misma cuadra del bulevar Raspail se concentraba dos tardes al mes, en jueves alternos, el mayor contingente cosmopolita de la vieja capital europea. Hay que imaginarse el tremendo hemiciclo de la École (muy semejante, por cierto, al que se puede ver al comienzo de El testamento del Dr. Mabuse, obra maestra de Fritz Lang que, a fin de cuentas, narra la historia de un difunto capaz de ejercer sobre los vivos un poder hipnótico a través de sus escritos), anfiteatro abarrotado de oyentes con edades, procedencias, intereses y lenguas muy diversas. Sigiloso, furtivo, entra Derrida, y la babel de murmullos tarda en apagarse un tiempo que le permite despojarse del abrigo y de su larguísima bufanda blanca (suerte, es de suponer, de velo o talit prêt-à-porter), tiempo para ordenar sus eternos papeles sobre la mesa, examinar los pizarrones y apagar su célebre, holmesiana pipa. Gesto este último importante, porque repetidos cartelitos con las inevitables prohibiciones «Ne pas fumer» o «Defense de fumer» recuerdan al respetable que ya no estamos en aquella época mítica –que mi generación no alcanzó a conocer sino de oídas– de Vincennes, cuando, por ejemplo, Gilles Deleuze llegaba eufórico, tomaba asiento entre sus múltiples huestes y encendía un cigarrillo: pistoletazo de salida que convertía un minuto después el aula en una sublime niebla con olor a yurta mogol. Otra época, claro... El filósofo del duelo. Gilles Deleuze, impar filósofo galo, viene por cierto a cuento: la suya fue también otra, la otra muerte, hace apenas diez años, que le solicitó a uno alma y pensamiento (y qué le vamos a hacer: otros óbitos nos pillaron aún en tierna post-infancia o ya en los baldíos de lecturas muy estrechas). ¡Pero qué distintos ambos términos! Lo de Deleuze, su fabuloso salto mortal, fue casi alegre: puro aldabonazo de libertad neo-pagana, (re)soplido fresco de aire hiperoxigenado sobre las humaredas del finado filósofo –todo paradoja, si se recuerda su crónica souffrance pulmonar– que actuaba sobre ti efectos de apocatástasis, de fuego purificador, de paso por la pira (que no pila ni pileta) bautismal que te dejaba definitivamente converso o alumbrado en la fe deleuziana. ¿Y ahora...? Derrida. Ahora Derrida. Otra cosa, desde luego. En 1995, en las páginas de homenaje a Deleuze del diario parisino Libération, Derrida lamentaba que, desde entonces, le tocaba errar (en todos sus sentidos) en solitario. ¿Y ahora, nosotros? Hay que hacer esfuerzos casi para escapar a la tentación fúnebre, tan traída y llevada con ocasión de las remembranzas, de mencionar a Derrida como rara especie de filósofo «luctuoso», del duelo, de la muerte, remachando esa vertiente suya, cierta por otra parte, de intérprete aventajado de Heidegger. Él mismo lo recordó hasta el final: por lo menos desde Platón hasta hoy, «filosofar es aprender a morir»... Hay que resistir a la tentación, digo, y más aún en esta época nuestra en que, como ya apuntaba muy lúcidamente Rafael Barrett a propósito del cine, se vive obsesionado por «galvanizar los espectros y hacer retroceder la muerte». Hay que retorcer el tono, entonces, huir de tanta falta de humor sobre todo, ante todo, después de todo en los epígonos. Por no citar lo del famoso y homérico llanto por Patroclo, más de uno volverá a propósito del célebre pasaje en que un doliente Gilgamesh llora la muerte de su joven amigo Enkidu, con quien tantas fatigas, cazas del onagro y la pantera y todo eso, eludiendo –como siempre– en la cita el fin del duelo, todo un canto al humor (negro) digno del mejor Joyce (subrayo): «Durante seis días y siete noches lo he llorado/ hasta que un gusano cayó de su nariz». Punto si no final, sí aparte. Cambiemos el tono. El concepto del ritmo. Y también, de ser posible, el ritmo. Posiblemente, el ritmo –y sus cambios– sea uno de los conceptos mayores de Derrida. Hoy, cuando priman tantas hermenéuticas complacientes, tantas lecturas, discusiones y digestiones rápidas, tanto elogio fácil del diálogo, de lo inter-corporal en sentido amplio, la comunicación y el consenso ético-bucólico de los mundos, él nos enseñó ante todo a leer un texto sin aferrarse a esquemas, anclajes, premisas metafísicas ni hipóstasis semánticas (tan en boga en la teoría anglosajona y sus aledaños), sin concesiones ni siquiera a la historia de la filosofía. Tomándose su tiempo, prestando atención y oído, sin volver antes de tiempo, a destiempo la página. De ahí que cualquiera de sus incursiones, ya sea en el pensamiento contemporáneo o de la Grecia platónica, ya en literatura o en arte, ya en lingüística o psicoanálisis, cuestiones de alteridad o funcionamiento de las instituciones, por no agotar las materias sobre las que escribió, nos aporten siempre un punto de vista novedoso (cuando parecía que ya nada nuevo quedaba por descubrir) capaz de movernos al asombro. De ahí también que su escritura, en un francés bello como pocos, exija de nosotros un serio esfuerzo en cuanto lectores. Fue siempre un tópico achacarle a Derrida su «oscuridad», su complejidad, su gusto por lo insólito, las aporías, los recovecos del idioma (esto es: un manejo preciosista, magistral, de la escritura). En suma, echarle en cara su desprecio o desinterés por el lector. Nada más lejano del trabajo de Derrida. Él mismo se defendía de tales acusaciones en cierta entrevista de 1990 con Yves Rocaute, publicada bajo el significativo título de Ir despacio: «Trato de ser lo más legible e inteligible que puedo. Pero sin sustraerme mucho a las exigencias filosóficas con el pretexto de “facilitar” la lectura de mis libros o de producir ilusión de sencillez. Esto sería irresponsable, demagógico, y supondría una falta de respeto hacia el lector. Prefiero siempre, a la vez, confiar en el lector y pedirle que haga un trabajo al leer o para leer». Palabras que casi tendría que repetir –síntoma de una infatigable lucha contra la incomprensión y la estupidez– en la última entrevista que concedió, semanas antes de morir, al diario parisino Le Monde: «Renunciar, por ejemplo, a una dificultad en la formulación, a un pliegue, a una paradoja, a una contradicción suplementaria, porque ello no va a ser comprendido, o más bien, porque tal o cual periodista que no sabe leerla, que no sabe siquiera leer el título de un libro, cree entender de antemano que el lector o el oyente no comprenderá y que su índice de audiencia o su gana-pan sufrirán, es para mí una obscenidad inaceptable. Es como si se me pidiese inclinarme en actitud servil o morirme de imbecilidad». Derrida el insobornable, el incorruptible, el fustigador de todo tipo de populismo y oscurantismo, académico o no. Derrida el superviviente. _______________________
de Jacques Derrida, el superviviente, Antonio Tudela(*), Correo semanal de Ultima Hora, Asunción, sábado 29 de octubre de 2005 (*) Profesor de Filosofía Contemporánea del ISEHF, Asunción, y de la Universidad de Murcia, España.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Forbes Cover Story Cites the Evils of Blogs
The cover story of Forbes cries, "Attack of the Blogs." The article, written by Daniel Lyons, isn't referring to the mass amount of people blogging and how you just can't seem to escape a blog post these days.
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Naxos dijo...

Hola, no soy derridiano. No considero que Derrida haya sido "el mayor filósofo francés del siglo XX" es más: se me hace medio ocioso decirlo ¿porqué ese afán? Además de que no lo es, ya que Derrida jamás estuvo por encima de Foucault o de Deleuze -nunca desplegó una forma libre de pensamiento, sino que la institucionalizó, la textualizó, cual heiddegeriano-, además de ello, no hay necesidad de determinar ese tipo de cosas -a menos de que simplemente se quiera, a fuerza de repetirlo, confundise a sí mismo-. Normalmente cuando existe esa necesidad es que la obra en cuestión no habla por sí misma y necesita de otros para insistir en tildarla de lo que no tiene. En fin, si Derrida no es el mayor filosofo francés del siglo XX, mucho menos del siglo XXI. Como sea, respeto tu opinión y aprecio tu estilo. No es mi intención polemizar o enquistar las posturas, que conste.

En mi blog acabo de publicar un post sobre le suicidio de Deleuze el cual puede interesarte. Interesante tu blog, espero merediarlo...
saludos amistosos
:)
PD
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