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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, noviembre 09, 2005

Lo humano no es más que una proyección de los animales, ver el caso de las tarántulas y los mbusus

“Galatina, cerca de Tarento, es la tierra de la tarántulas, que tanto temor inspiran a los tarentinos, siendo para ellos los símbolos esenciales de los arquetipos, de diosas como las Taras de la India y del lejano oriente. Las tarántulas construyen sus telas de modo cosmogónico y triádico. En la primera fase se lanzan de cabeza hacia abajo y quedan suspendidas en su hilo; en los ritos de algunos pueblos, se lanza a los iniciados al abismo con un pie atado a una cuerda ―para que vean, durante un instante, como consecuencia de su muerte aparente y repentina, el desenvolvimiento de toda su vida. En la segunda fase, la tarántula extiende el hilo en todas las direcciones; desde el centro, hasta donde se ha dejado caer, irradia una estrella, teje sus hilos ―como los rayos que sale de un eje. En la tercera fase, parte desde el centro y comienza a girar en círculos cada vez más amplios uniendo los hilos como lo hace un fabricante de canastos. La misma división triádica se obtiene en la danza de la espada y en la danza Morris, desde España hasta Escocia. ¿Cómo un alma sensible puede dejar de admirar una tarántula? Los violinistas descubren que a cada tipo de tarántula le corresponde un tipo de tarantela, un cierto modelo rítmico ―un cierto arquetipo. De modo que la gente de los alrededores de Tarento cuando se siente inexplicablemente temerosa, obsesionada o deprimida, sabe que ha sido picada por una tarántula. Deberían haberse puesto de acuerdo con ella, lo que significaba convertirse en ella, pero inconscientemente se han atrevido a ignorarla y a provocar su ataque. Un día, en la fiesta de las tarántulas de Galatina, me acerqué a un grupo de mujeres viejas y les hice esta pregunta ‘Cuántos tipos de tarántulas hay?’ Escarbaron sus marchitos cerebros, se consultaron entre sí. De repente brillaron algunas débiles fibras de conocimiento: ‘Está la muda, cuando ella te vuelve mudo como una piedra. Luego está la Esterina, que es muy brillante y coqueta. Luego la Pupetta, la muñeca; cuando ésta te pica se vuelve uno tonto como un niño’. La respuesta de un hindú o un tibetano habría sido: ‘Hay tantas Taras como las que el alma puede necesitar’. Una vez al año traen a Galatina a todas las mujeres que han sido picadas por tarántulas. Esto ocurre durante la fiesta de San pedro y San Pablo. La catedral de Galatina está dedicada a San Pedro y tiene una piedra (petra) sagrada que es objeto de veneración ―el primer signo de identificación de los santuarios. Exactamente en la acera opuesta está la capilla de San pablo, que tiene un pozo de agua bendita ―el segundo signo de identificación de los santuarios. San pedro y San Pablo reemplazaron a los gemelos sagrados Cástor y Pólux. Cástor, el nocturno, era domador de caballos y se ocupaba de las fuerzas de la naturaleza, de los arquetipos. Pólux, como lo descubrió Lydus, el pitagórico, era una mónada, colocado por encima de la naturaleza ―la unidad en paz, compacta como una piedra. Pólux es Apolo, Cástor es como Dionisio. San pablo fue un guía, un domador de congregaciones de mujeres poseídas que hablaban en muchas lenguas ―un Dionisio. En esta plaza, donde se venden en las ferias el mismo tipo de panderetas dionisíacas que se ven en las cerámicas antiguas, ahora en versiones de plástico, el nombre completo de San Pablo es ‘San Pablo de la tarántulas’. Las familias apesadumbradas llevan a la capilla de San Pablo a las víctimas de las tarántulas. Su desmayo a simple vista parece doloroso. Se sientan, con los ojos cerrados o con la expresión demacrada y fija la mirada en los bancos que hay a lo largo de los muros de esta capilla pequeña y sofocante, donde también se reúnen los violinistas. Los parientes permanecen cerca, a la expectativa. La mujer, que lanza suspiros, es acariciada y consolada. Encienden una vela larga y la colocan frente a ella, como ante un cadáver o un altar. De repente, la mujer comienza a jadear y suelta un grito horripilante que hiela la columna vertebral. Cuando comienza, los espectadores reunidos fuera de la capilla, se alejan o se dispersan; uno puede ver que sus sonrisas disimuladas se hacen cada vez más incómodas y dolorosas. Ahora el jefe de los violinistas se acerca y agita un manojo de cintas de diversos colores ante la mirada vidriosa de la mujer. Ella arranca una de las cintas, la que corresponde al color de su tarántula. La cinta de colores del chamán simbolizaba el arcoiris, el puente tendido hacia el cielo ―como los cristales de cuarzo de los hombros del dios de los Wiradjuri australianos. Los colores son como los arquetipos, refracciones de la luz Única. El color de la cinta que ha escogido la mujer sugestiona a los músicos. Los violinistas ensayan esta o aquella tarantela hasta que las piernas de la mujer reaccionan violentamente, empujándola a una danza irresistible que la hace retorcerse y dar vueltas. Gritando roncamente, salta sobre el altar; desde allí salta hacia la cornisa alta y estrecha y comienza a dar vueltas en torno a ella como un acróbata bien entrenado, agitando, haciendo volar su cinta. Cuando el arquetipo ha hecho su trabajo y ha girado en su vórtice, la mujer se desploma, agotada, bañada en sudor, tranquila. Ahora pueden llevarla a la catedral, a la piedra de San Pedro.” (Los arquetipos, de Elemire Zolla, Monte Ávila Editores, Caracas, 1984) “Era una época indigente. Los hombres volvían de la selva con apenas algún pecarí flaco y unas pocas mieles que mal podían saciar los requerimientos de una aldea bien poblada. Aún no había llegado la temporada de algarrobos y eran exiguos los beneficios de las palmas y las tunas. Fue entonces que un grupo de mujeres salió temprano a buscar los frutos aliados. Iba entre ellas una viuda joven que, entretenida por algún motivo, se retrasó. Trató de seguir al grupo pero no pudo encontrar su rastro y, desorientada, llegó hasta un riacho reseco casi por tanta sequía y divisó una gruesa anguila (wäart) semidormida entre las pastosidades de sus lodos (Las anguilas tienen la virtud, apreciada por los chamacoco, de sobrevivir aletargadas entre el barro durante las épocas secas). La guardó en una vasija de cerámica para alimentar con ella a sus dos hijos varones. Pero cuando estaba dispuesta, ya en su casa, a cocinarla, seducida por lasa sugerencias de sus formas, que le recordaban las partes mejores de su difunto esposo, decidió dejarla con vida y devolverla al estero. Desde entonces, cada mañana que salía a recolectar con el grupo, se retrasaba con cualquier excusa para solazar sus miradas con el aspecto opulento que ofrecía el pez. Parece ser que advirtió éste el deseo de la mujer, y que tal apetencia coincidió con la suya. Lo cierto es que ambos terminaron convertidos en singulares amantes y que, mientras las mujeres recolectaban porotos silvestres, se demoraba ella en los trances de sus encuentros furtivos. Cada mañana, pues, llegaba hasta un termitero, en donde estaba escondida la anguila, y lo golpeaba brevemente hasta que emergía su compañero deslizándose a través de un hueco del hormiguero y, asumiendo o no forma humana según las versiones, consolaba sus privaciones de viuda...Vulgarmente suele llamarse indiscriminadamente ‘anguila’ a variedades distintas de peces serpentiformes. Pero, según Susnik (Chamacocos I: Cambio cultural, 2ª edición, Asunción, 1995), para analizar este mito conviene distinguir entre la anguila común y el pez denominado lepidosiren que, aunque sea parecido a aquélla, corresponde a una especie diferente. Pues bien, el mito se refiere específicamente a este pez. La diferencia está en que la llamada acá anguila es una cymbranchus marmoratum (en guaraní mbusu) y el lepidosiren (llamado en guaraní mbusu capitán), único caso de pez pulmonado, provisto de patitas rudimentarias y de forma alargada, en épocas de sequía se encierra entre los lodos secos y sobrevive allí largo tiempo. Según Susnik, la carne de anguila común constituye uno de los básicos alimentos cotidianos no sujetos a restricción alguna. Por el contrario, la carne de lepidosiren, de apreciado sabor, está estrictamente tabuizada, muy especialmente para las mujeres, y sólo puede ser consumida por ancianos viudos. En el caso de aquellas la prohibición tiene un fundamento mítico: el pez corresponde a una metamorfosis del pasyparak, diadema de plumas que distingue al hombre adulto y pertenece por lo tanto al universo sexual del varón. Por otra parte, los ishir asocian este pez con el miembro masculino erecto, y lo hacen no sólo por su forma sino porque, según ellos, cualquier roce excita su sexo provocándole prominentes empinamientos. Por último, la anguila suele ser vinculada al kapyla en su capacidad de constituir ambos importantes fuentes de reserva alimenticia durante las épocas de carestía. Ambas figuras constituyen los lados respectivamente masculino y femenino de la imagen de ‘comida segura’. Tanto como el pescador exitoso de anguilas adquiere reputación de hombre laborioso, la buena recolectora y almacenadora de frutos secos de kapyla gana gran prestigio en la sociedad chamacoco como mujer previsora y diestra” ( La maldición de Nemur. Acerca del arte, el mito y el ritual de los indígenas ishir del gran Chaco paraguayo. de Ticio Escobar, Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, Asunción, 1999)

2 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

Pero que buena onda el mbusu, esa versión tercermundista de la anguila. Marche una milanesa de mbusu.