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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, octubre 14, 2005

Efímero pánico del cachai Jodorovski

"De México me vine a París, donde tuvo lugar ese extraordinario happening del Centro Americano. Tal vez podría hablarnos de ello, en la medida en que fue para usted una especie de apoteosis, un acto convulsivo y purificador. Sí, fue una fiesta grandiosa, una celebración donde las fuerzas de las tinieblas salieron de la trampa para luchar a plena luz con las fuerzas luminosas, un combate entre ángeles y bestias, un ritual saturado de sabiduría y de locura... Ese espectáculo pánico había sido minuciosamente preparado. Yo había adquirido cierta experiencia y ya no me movía a tientas: los riesgos eran asumidos con pleno conocimiento de causa. Al montar este acontecimiento, yo era consciente de estar encaminándome hacia una muerte, un rito de transición del cual sólo podría salir destruido o transformado... Para mí no se trataba de divertirme entregándome a una pequeña masturbación intelectual frente a un público escogido. ¡Yo no tenía nada que ver con las elucubraciones vanguardistas provenientes de cerebros desmedrados de algunos pseudoartistas autosuficientes! Me preocupaba tan poco de ello entonces como ahora del medio temeroso de la «espiritualidad», de la opinión de esas personas constantemente asustadas que buscan refugio en un nirvana de pacotilla para evitar tener que enfrentarse a las monstruosidades de la vida, la dimensión pánica de lo cotidiano... No se trataba de montar un pequeño espectáculo simpático cuya audacia fuera aplaudida por la crítica de moda, sino de cuestionarme por completo. Quería exponerme, poner en juego la vida, la muerte, la locura, la sabiduría, realizar una especie de sacrificio ritual. ¿Qué sucedió? La primera parte estaba basada en unas creaciones de Topor, Arrabal y Alain-Yves Leyaouanc. Topor me pasó cuatro dibujos que yo puse en escena con la compañía de ballet de Graciela Martínez, con trajes de tela blanca sobre los cuales el artista en persona dibujó, y personajes recortados en madera. El público pudo así asistir al ballet de Topor, que transcurrió lentamente sobre un fondo negro. Figuraba las etapas de la iniciación de una muchacha muy joven: el primer par de medias, traído en una pequeña carretilla por una anciana sin piernas, el primer par de zapatos, el primer sostén (dos personajes tipo Chaplin se abalanzaban a patadas sobre un enorme seno hecho en yeso, levantando una nube de polvo), el primer lápiz de labios, las primeras joyas... Arrabal me entregó una comedia de cuatro páginas: la historia de una princesa enamorada de un príncipe con cabeza de perro que acaba engañándolo con un príncipe con cabeza de toro. Para esta escena, yo había llenado el escenario de miles de pollitos que piaban produciendo un ruido infernal. La princesa masturbaba un cuerno del toro hasta que salía un chorro de leche condensada. Estas dos primeras partes constituían a mi entender el prólogo cómico-poético del «Melodrama sacramental». Algunos de los poetas norteamericanos más célebres de la generación beat, entre ellos Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, asistieron al acontecimiento. Este último se mostró tan impresionado que me pidió para su City Lights Journal una descripción del melodrama sacramental, precedida de un breve prólogo explicativo. Voy a leerte ese documento, publicado en San Francisco en 1966. Redactado al calor de aquel evento, expresa mejor toda la locura y belleza de este efímero pánico de lo que podrían hacerlo mis recuerdos actuales. La finalidad del teatro: provocar accidentes. El teatro debería fundarse sobre aquello que hasta ahora hemos denominado «errores»: accidentes efímeros. Al aceptar su carácter efímero, el teatro descubrirá lo que lo distingue de las otras artes y, por ende, se abrirá a su propia esencia. Las otras artes dejan páginas escritas, grabaciones, telas, volúmenes: huellas objetivas que el tiempo borra sólo muy lentamente. El teatro, por su parte, no debería durar ni siquiera un solo día de la vida de un hombre. Apenas nacido, debería morir enseguida. Las únicas huellas que dejará estarán grabadas al interior de los seres humanos y se manifestarán en cambios psicológicos. Si la finalidad de las otras artes es crear obras, la finalidad del teatro es directamente cambiar a los hombres: si el teatro no es una ciencia de la vida, no puede ser un arte. MELODRAMA SACRAMENTAL Un efímero pánico presentado el 24 de mayo de 1965 en el Segundo Festival de Expresión Libre de París Un espacio escénico del cual han sido retiradas todas las cuerdas, los decorados, etc. En otras palabras, un escenario desprovisto de todas sus futilidades: muros desnudos. Todo está pintado de blanco, incluso el suelo. Un automóvil negro (en buen estado); los vidrios están rotos de manera que se puedan guardar objetos dentro, utilizar ese espacio como vestuario, como lugar para descansar, etc. Dos cajas blancas sobre las que están dispuestos objetos blancos. Un mesón de carnicería, una pequeña hacha. Un frasco con aceite hirviendo sobre una cocinilla eléctrica. Antes de levantar el telón, se quema gran cantidad de incienso. Todas las mujeres tienen los senos desnudos. Dos de ellas, tendidas en el suelo, están completamente pintadas de blanco. Otra mujer, pintada de negro, está sobre el techo del automóvil negro. Junto a ella, otra, pintada de rosado. Ambas tienen los pies inmersos en una pequeña tinaja de plata. Una mujer, con un vestido largo plateado y el cabello peinado en forma de media luna, se apoya sobre dos muletas. Su rostro entero está enmascarado, incluso su nariz y su boca. Dos agujeros en el vestido revelan sus pezones, otro revela su vello púbico. Lleva consigo un gran par de tijeras de plata. Otra mujer más, que usa una capucha de verdugo, grandes botas de cuero, un cinturón grueso. Tiene un látigo en la mano. Sus senos están recubiertos con un chal negro. Grupo de rock'n'roll: seis muchachos con el pelo a la altura de los hombros. Nadie debe haber ingerido drogas, excepto los músicos. Una rampa une el escenario con el público. Los objetos y trajes utilizados durante el espectáculo serán lanzados a los espectadores. Apertura súbita y estruendosa del telón. La calma antes de la tempestad. Aparezco, vestido con un traje de plástico negro brillante, pantalones altos como los de un basurero, botas de caucho, guantes de cuero, lentes gruesos de plástico. Sobre mi cabeza, un casco de moto, blanco, como un gran huevo. Dos ocas blancas. Les corto la garganta. Estalla la música: cascada de guitarras eléctricas. Los pájaros deambulan, agónicos. Las plumas vuelan. La sangre salpica sobre las dos mujeres blancas. Trance. Bailo con ellas. Las golpeo con los cadáveres. Ruido de muerte. Sangre. (Había previsto degollar las aves sobre el mesón de carnicería. Pero en mi estado de trance, llevado por una fuerza extraña, les arranqué el cuello con mis manos con la misma facilidad con que le habría sacado el corcho a una botella.) La mujer rosada, con los pies siempre en la tinaja, ondula las caderas mientras que la negra, como una esclava, comienza a cubrir su cuerpo con miel. Destruyo las ocas sobre el mesón de carnicería. La mujer plateada abre y cierra violentamente sus tijeras. ¡Ah, ese ruido metálico! Les pasa las tijeras a las dos mujeres blancas, que comienzan a recortar el plástico negro. Destruyen mi traje. Pierdo mis botas y mis guantes. Curiosamente poseídas también, las dos mujeres terminan desgarrando mi traje con sus puras manos. Mi cuerpo es entonces revestido con 20 libras de bistec, cosidas como camisa. Aullando, las mujeres se abalanzan sobre la carne roja y la despedazan en trozos pequeños. Le entregan los trozos a la mujer plateada. Con una enorme cuchara plateada, ésta introduce calmadamente los bistecs en el aceite hirviendo. (La proximidad de la cocinilla y de los cuerpos sudorosos de las mujeres produce golpes eléctricos.) Cada trozo de carne frito es puesto sobre un plato blanco; las mujeres ofrecen los platos a la vista del público. Yo sigo vestido con un pantalón de cuero negro. Un falo hecho con la misma materia está colgado perpendicularmente al suelo. Tengo brazaletes de cuero en las muñecas y en los tobillos: homenaje a Maciste, el Hércules del pueblo italiano. Concentración. Karate-kata. Recojo el hacha y recorto en tajadas mi falo de cuero sobre la mesa de carnicería. La mujer negra, consciente de su esqueleto, danza, mueve sus huesos como un títere, mientras que yo rompo los platos blancos a martillazos. Las mujeres blancas danzan sin parar. Cuando se sienten cansadas, adoptan la postura de zazen. Acerco un cuadro de metal. Lentamente, levanto el chal negro que cubre los senos del verdugo. Su piel no está pintada. Tiene unos pechos fuertes y sanos, un cuerpo poderoso. Me paso el cuadro alrededor del cuello, dándole la espalda al público. La mujer me propina un latigazo. Trazo una línea roja sobre su seno derecho con un lápiz labial. Segundo latigazo. La línea comienza en su plexus solar y desciende hasta su vagina. (El primer latigazo fue fuerte, pero no lo suficiente: necesitaba más. Buscaba un estado psicológico que me era desconocido hasta ese entonces. Necesitaba sangrar para trascenderme, para romper mi propia imagen. El segundo golpe me marcó instantáneamente. Luego el verdugo perdió el control, porque muchas veces había soñado con dar latigazos a un hombre. La tercera vez, completamente excitada, me dio latigazos con todas sus fuerzas. La herida tardó dos semanas en curar.) La mujer quiere seguir golpeándome; me empuja con todas sus fuerzas. Con el aparato alrededor del cuello, doy vueltas y caigo al suelo. (Podría haberme roto las vértebras cervicales, pero en el extraño estado emocional en que me encuentro, el tiempo se vuelve lento, y, como si me encontrara dentro de una película a cámara lenta, pude levantarme sin la menor herida.) Le pincho el seno para sosegarla. Calma. La mujer negra me trae limones. ¡Ah, ese color amarillo! Los dispongo en círculo en el suelo. Me arrodillo al centro. Un peluquero profesional, casi paralizado por el miedo, se acerca para cortarme el pelo. La mujer cubierta de miel se baja del techo del automóvil. Bailo con ella. Deseo sexual, con una fuerza onírica. Sus medias parecen resumir toda la hipocresía social. Las saco sin preámbulo. Resbalan por sus muslos llenos de miel. Abejas. El impacto de su pubis negro. La sumisión de la mujer. Sus ojos semicerrados. Su aceptación natural de la desnudez. Libertad. Pureza. Ella se arrodilla junto a mí. Sobre su cuerpo, y partiendo desde el vientre, pego los cabellos que me cortan. Quiero dar la impresión de que sus vellos púbicos crecen como un bosque e invaden todo su cuerpo. Las manos del peluquero están paralizadas por la ansiedad. Es el verdugo quien tiene que terminar de afeitar mi cabeza. Dos modelos de Catherine Harley, ajenas a todo lo que está sucediendo y llenas de pánico ante la idea de ensuciar sus vestidos de seda muy costosos (arrendados para la ocasión), van y vienen, trayendo al escenario 250 grandes panes. En ese momento, mi cerebro está en llamas. Saco de un frasco de plata cuatro serpientes negras. En un principio, trato de pegármelas con tela adhesiva sobre mi cabeza a modo de cabellos, pero cedo a la tentación de disponerlas sobre mi pecho cual dos cruces vivas. Mi transpiración me lo impide. Las serpientes ondulan alrededor de mis manos como agua viva. Bodas. Persigo a la mujer rosada con las serpientes. Ella se esconde en el automóvil, como una tortuga en su caparazón. Baila en su interior. Me sugiere un pez en un acuario. Asusto a una de las dos modelos. Ella deja caer su pan y salta hacia atrás. Un espectador ríe. Le lanzo el pan a la cara. (Durante una recepción, algunos días después, esta mujer se me acercó y me dijo que al recibir ese pan en pleno rostro había sentido la sensación de comulgar, como si yo le hubiera introducido una gigantesca hostia a través del cráneo.) De pronto, lucidez: veo al público sentado ahí en las butacas, personas paralizadas, histéricas, excitadas, pero inmóviles, sin participación corporal, aterradas por el caos que está a punto de devorarlos: tengo que lanzarles las serpientes o hacerlos explotar. Me contengo. Rechazo el escándalo fácil de un pánico colectivo. Calma. Violencia de la música. Los amplificadores a todo volumen. Me visto con un pantalón, una camisa y unos zapatos naranja. El color de un budista quemado vivo. Salgo y vuelvo con una pesada cruz hecha con dos vigas de madera. Sobre la cruz, un pollo crucificado cabeza abajo, el culo hacia arriba, con dos clavos en sus patas, como un cristo decapitado. Lo he dejado pudrirse durante una semana. Sobre la cruz, dos letreros del tránsito: abajo, un letrero con una flecha y la mención «Salida por arriba»; encima del pollo, un letrero con la mención: «Prohibido salir». Le entrego la cruz a la mujer plateada. Traigo otra. Dos letreros indicadores: siempre uno abajo que indica hacia arriba; siempre uno arriba que prohibe salir. Le paso la cruz a una de las mujeres de blanco. Traigo una tercera cruz. Se la entrego a la otra mujer de blanco. Las dos mujeres cabalgan sobre las cruces, transformándolas en gigantescos falos; luchan entre ellas; una de ellas introduce la punta de la cruz a través de la ventana del automóvil y simula los movimientos de un acto sexual con el automóvil. Dispongo la tinaja frente a la cruz. El pollo crucificado es sacudido por encima de las cabezas de los espectadores. Dejamos caer las cruces. Escojo entre los músicos a aquel que tiene los cabellos más largos. Lo levanto. Está más tieso que una momia. Lo visto con un traje de papa. Lo cubro de estola. Las mujeres, de rodillas, abren la boca y sacan la lengua lo más lejos posible. Aparece un nuevo personaje: una mujer vestida con un traje tubular, como una lombriz de pie. A través de este traje, quiero sugerir la idea de una «forma papal» en descomposición. Un papa transformado en camembert. El músico, imitando los gestos de un sacerdote, abre una lata de frutas en almíbar. Pone medio durazno amarillo dentro de la boca de cada una de las mujeres. Estas lo tragan de un solo bocado. ¡Hostia bañada en almíbar! Una mujer encinta hace su aparición. Estómago de cartón. El papa se percata de que tiene una mano de yeso. Coge el hacha y la rompe en mil pedazos. Le abre el estómago valiéndose de una piocha (tengo que controlarlo para evitar que la hiera realmente). Pone las manos dentro de su estómago, del cual extrae ampolletas eléctricas. La mujer grita como si estuviera pariendo. Se levanta, saca de su seno un bebé de caucho y golpea con él al papa en pleno pecho. La muñeca cae al suelo. La mujer se retira. Recojo el bebé. Abro su vientre con un escalpelo y extraigo de su interior un pez vivo en las convulsiones de la agonía. Fin de la música. Solo de batería brutal. El pez sigue retorciéndose; el baterista sacude unas botellas de champán hasta que explotan. Al ver cómo la espuma lo recubre todo, el papa tiene un ataque de epilepsia. El pez muere. La batería se calla. Lanzo el animal por encima de la rampa; cae en medio del público. Presencia de la muerte. Todo el mundo sale del escenario, salvo yo. Música judía. Himno atroz. Lentitud. Dos manos blancas inmensas me lanzan una cabeza de vaca. Pesa ocho kilos. Su blancura, su humedad; sus ojos, su lengua... Mis brazos sienten su gelidez. Yo mismo me vuelvo gélido. Por un segundo, me transformo en esa cabeza. Siento mi cuerpo: un cadáver bajo la forma de una cabeza de vaca. Caigo de rodillas. Quiero aullar. Me es imposible hacerlo porque la boca de la vaca está cerrada. Introduzco mi índice en sus ojos. Mis dedos resbalan sobre las pupilas. No siento nada aparte de mi dedo -satélite sensible girando alrededor de un planeta muerto-. Me siento como la cabeza de la vaca: ciego. Deseo de ver. Agujereo la lengua con un punzón; abro las mandíbulas. Tiro de la lengua. Dirijo la cabeza, con la boca abierta, hacia el cielo, al mismo tiempo que yo alzo la mía, con la boca abierta. Un aullido sale, pero no de mí, sino del cadáver. Una vez más, veo al público. Inmóvil, gélido, hecho de piel de vaca muerta. Todos somos el cadáver. Lanzo la cabeza en medio de la sala. Esta se vuelve el centro de nuestro círculo. Entra un rabino (las manos blancas inmensas eran las suyas). Lleva puesto un abrigo negro, un sombrero negro, una barba blanca tipo Viejo Pascuero. Camina como Frankenstein. Está de pie sobre una tinaja de plata. Extrae tres botellas de leche de una maleta de cuero. Las vierte sobre su sombrero. Froto mi mejilla contra la suya. Su rostro es blanco. Tomamos un baño de leche. Bautizo. Me coge por las orejas y me da un beso apasionado en la boca. Sus manos agarran mis nalgas. El beso dura varios minutos. Temblamos, electrizados. Kaddish. Con un lápiz negro, traza dos líneas desde los rincones de mi boca hasta mi mentón. Mi mandíbula parece ahora la de una muñeca ventrílocua. Él está sentado sobre el mesón de carnicería. Una de sus manos está apoyada sobre mi espalda como si él quisiera pasar a través de ella, cortar la columna vertebral, introducir sus dedos dentro de mi caja torácica y presionarme los pulmones para forzarlos a gritar o a rezar. Me obliga a moverme. Me siento como una máquina, como un robot. Angustia. Tengo que dejar de ser una máquina. Deslizo mi mano entre sus piernas. Abro su bragueta. Introduzco mi mano y con una fuerza inusitada extraigo una pata de chancho, semejante a la imagen que yo tenía del falo de mi padre cuando yo tenía cinco años. Retiro mi otra mano empuñando un par de testículos de toro. Abro los brazos en forma de cruz. El rabino aúlla como si hubiera sido castrado. Parece muerto. La música judía se vuelve más fuerte; cada vez se vuelve más melancólica. Aparece un carnicero, vestido con un sombrero, un abrigo, tiene una barba negra, su delantal cubierto de sangre. Tiende al rabino y comienza la autopsia: introduce sus manos en el abrigo y saca un enorme corazón de vaca. Olor de carne. Clavo el corazón en la cruz. Largo pedazo de tripas. Lo clavo. Sale el carnicero. Aterrado, levanto el sombrero del rabino. Saco un cerebro de vaca. Lo reviento sobre mi cabeza. Cojo la cruz y la pongo cerca del rabino. Saco de la maleta una cinta larga de plástico rojo y amarro al hombre a la cruz cubierta de tripas. Levanto todo el armazón: madera, carne, ropas, cuerpo y lo dejo caer por la rampa que baja hasta el público. (El peso total es de 125 kilos: pero, pese a la violencia del golpe, el hombre no sintió nada ni sufrió el menor rasguño.) Entran las mujeres blancas, negras, rosadas y plateada. Se arrodillan. Espera. Entra un nuevo personaje: una mujer cubierta de satén negro cortado en triángulos. Una especie de telaraña. Un bote de neumático de tres metros de largo va amarrado a su traje y parece una enorme vulva. Plástico naranja inflado con aire. El fondo de la balsa es de plástico blanco. Símbolo: el himen. Danza. Ella me hace señas. Cuando me acerco, ella me rechaza. Cuando me alejo, ella me sigue. Se encarama sobre mí. La balsa me cubre completamente. Cojo el hacha. Rompo el fondo blanco. Aullido. Rajo la tela y me refugio en la vagina. Permanezco entre sus piernas, escondido en el satén negro. De un saco escondido junto a su vientre, extraigo cuarenta tortugas vivas que lanzo al público. Parecen surgir de la enorme vagina. Como piedras vivas, diríase. Comienzo a nacer. Gritos de una mujer que da a luz. Caigo al suelo en medio del vidrio de las ampolletas eléctricas, de los trozos de plato, de las plumas, de la sangre, de los estallidos de los fuegos artificiales (mientras me rapaban la cabeza, encendí 36 fuegos, uno por cada año de mi vida), charcos de miel, trozos de durazno, limones, pan, leche, carne, harapos, astillas de madera, clavos, sudor: renazco en este mundo. Mis gritos asemejan los de un bebé o un anciano. El viejo rabino, mediante enormes esfuerzos, ejecuta pequeños saltos a diestra y siniestra, amarrado a la cruz como un cerdo agónico. Se libera de la cinta de plástico. El sale. La mujer-madre empuja hacia mí a la mujer negra. La levanto. La llevo hacia el centro del escenario, ella tiene los brazos abiertos en forma de cruz. Un cadáver-cruz: la pintura negra sugiere una cremación: mi propia muerte. Al darme la vida, la mujer ha lanzado la muerte en mis brazos. Manchado con el maquillaje de mi pareja, comienzo a volverme completamente negro. Mi rostro parece el de un quemado. Las mujeres nos amarran el uno al otro con vendas. Estoy ligado a ella por la cintura, los brazos, las piernas y el cuello. Este cadáver huesudo está incrustado en mí y yo estoy incrustado en ella. Parecemos dos siameses: como si fuéramos una sola persona. Lentamente, improvisamos una danza. Nos dejamos caer al suelo. Los movimientos no son ni los suyos ni los míos, sino los de ambos al mismo tiempo. Podemos controlarlos. Las mujeres blancas y rosadas nos salpican con jarabes de menta, de casis y limón. El líquido viscoso, verde, rojo y amarillo nos recubre; mezclado con el polvo, forma una especie de barro. Magma. El telón comienza a bajar lentamente. Nuestros dos cuerpos se agarran el uno del otro, como dos columnas. Queremos levantarnos, caemos. Se baja el telón. (Todos los ingredientes empleados en el melodrama sacramental fueron lanzados al público: trajes, hachas, recipientes, animales, pan, piezas de automóvil, etc. Los asistentes se pelean como aves de rapiña las reliquias. No quedó nada.) Me pregunto si lamento haberme perdido ese happening o si me felicito de haberme librado de él... ¡Espera, ahí no acaba la cosa! Mientras el público se disputaba las tortugas vivas, las vísceras, los bistecs, los cabellos, etcétera, volví a subir al escenario y 40 me dirigí al público en los siguientes términos: «Generalmente uno paga caro su butaca en el teatro para recibir poco a cambio. Hoy la entrada fue gratuita, ustedes no pagaron nada pero recibieron mucho. Es medianoche. Para presentarles la última parte del poema, necesito un par de horas de preparación. Vayan a tomarse un café y vuelvan a las dos de la mañana». Todo el mundo aplaudió y abandonó la sala. Dos horas más tarde, el teatro estaba nuevamente lleno. Entonces comencé el ceremonial que me había propuesto Alain-Yves Leyaouanc. Vestido con un traje de los años veinte, rasuré el pubis de su joven esposa al son de una música sagrada. Sobre su cuerpo, ella había pegado unos dominós. Era un acto muy emocionante, y el espíritu con que era realizado generaba inmediatamente una atmósfera religiosa. Había también una réplica del Pensador de Rodin en la cual hacíamos agujeros con un martillo. Chorros de tinta china salían de la cabeza del pensador, luego soltamos en la sala dos mil pajaritos. Al final del happening estaba tan limpio de mí mismo que los pájaros venían a posarse sobre mi cabeza sin que yo me percatara de ello."

3 comentarios:

pro-oca dijo...

muy intenso, por decir lo menos.
pero hoy día no podría materializarse nada parecido. cualquier sociedad protectora de animales impediría el descuartizamiento de las pobres ocas, el arrojar las tortugas vivas, los dos mil pajaritos.
cualquier ONG profeminista frenaría las escenas de violencia sexual.
cualquier asociación de consumidores protestaría ante los abusos a los que son sometidos los espectadores.
y la industria del automóvil exigiría que el auto negro sea completamente desprovisto de señales para no afectar a la marca.
y todo esto y mucho más en casi, casi cualquier latitud.
yo me suscribo a la interdicción de la sociedad protectora de animales.

Bípedo Implume dijo...

Che, Pro-Oca, espero que no infestes el planeta con la gripe aviar. LOs gansos y las ocas son los más peligrosos de entre los diversos pajarracos. Vade retro, plumíferos. Esta guerra hombres contra plumíferos es total.

Bípedo Implume dijo...

Tranqui, Pro-Oca, yo también simpatizo con la FAUNA, era EN jODA nomás. Arriba los bicharracos de todos los pelajes.