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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, septiembre 02, 2005

¿ QUE HACEMOS CON SARTRE?

Antonio Tudela Sancho, nuestro amigo murciano, presentó como intervención el texto que sigue durante la Semana Sartriana realizada del 14 al 18 de agosto en el Café Italiano de Asunción. Lo pasaremos en tres fragmentos, como ya aconteciera con la intervencion de Kurupicho, que voces ya tuvieron la paciencia de curtir en post anteriores. Sin duda, recordarán ustedes la polémica que hace unos años, tras la caída del muro y lo que no era el muro -de hecho, la caída de cuanto estaba tras el muro-, se siguió durante cierto tiempo en Moscú acerca de qué destino último y conveniente otorgarle a los restos mortales del hasta entonces intocable Lenin: si darles por fin discreta sepultura en cementerio estatal, provincial u ortodoxo ad hoc; si reacondicionarlos en el oneroso mausoleo donde desde siempre se encontraban expuestos, pero maquillando en el mismo unos cuantos símbolos fastidiosos y cobrándole en lo sucesivo el boleto de entrada al morboso aunque deseable turista; si enviarlos, en fin -y dado su alto y muy aprovechable grado de componentes plásticos-, a un museo de famosos en cera... Y bueno, sin pretender llevar más adelante la broma, el caso es que durante un buen tiempo flotó en la atmósfera moscovita, para regocijo o escándalo de propios y extraños, la siguiente pregunta: ¿qué diablos hacemos con la momia del ex-tovarich Lenin...? Mutatis mutandis, los franceses pasan ahora por trance parecido con respecto a su compatriota Jean-Paul Sartre, a quien por fortuna no tuvieron el dudoso gusto de embalsamar para colocar en hornacina de costosa manutención. Pero otra cosa es su espectro, su huella aún incómoda y de mirada estrábica y acusatoria como pocas, otra cosa son los meandros abiertos por su polifacética obra. De ésta, de cuanto ha supuesto nuestro autor para la filosofía contemporánea, pero también para la literatura, el teatro y la crítica cultural, supongo que les van a hablar a ustedes más amplia y competentemente todos mis colegas a lo largo de las presentes jornadas. Yo quisiera, por tanto, dedicarme a ofrecerles una perspectiva general, global, problemática, de lo que supone Sartre hoy, ahora, en el panorama intelectual, europeo ante todo. Perspectiva problemática, les he dicho, y bueno, supongo que este dato les llegará con redundancia, dada mi breve rememoración del litigio moscovita a propósito de Lenin. O dicho de otro modo: ya he dicho cuanto tenía que decir, ya he mostrado la evidencia del asunto, sin explicar, interpretar o divagar sobre los hechos. Simplemente, los he mostrado, y de lo que se trata a continuación es de perfilar un poco los contornos de la situación. De hecho, el título que he dado a mi intervención puede ayudarnos en el ejercicio, ya que «¿Qué hacemos con Sartre?» admite, como habrán visto ustedes, dos senderos de acceso: 1) ¿qué hacemos con Sartre?, cómo re-situamos al tipo, tan incómodo en el imaginario occidental como lo era Lenin de cuerpo presente en una Rusia renegante de su pasado soviético. Pero también 2) ¿qué hacemos con Sartre?, en el sentido de qué pretendemos con los homenajes, el centenario, las reediciones de sus obras, los reestrenos de sus piezas teatrales, los mil y un sesudos cursos en curso a lo largo de este año. Miren ustedes. Hasta el próximo domingo, día 21, se puede visitar en la Biblioteca Nacional de Francia (que lleva, por cierto, el nombre de otro personaje cuya memoria incorpora casi tanta problemática como la de nuestro pensador: el presidente François Mitterrand) una exposición monográfica dedicada a Sartre. En ella se puede encontrar de todo acerca del autor, su vida y su obra: su voluntad de crear un sistema filosófico, su intemperancia grafómana, sus piezas de teatro, algunos de los guiones convertidos en película, la totalidad de sus manuscritos, la música que amaba, los libros de cualquier género -desde Husserl y Heidegger hasta Faulkner y Dos Passos- que dejaron en él impronta duradera, las drogas que lo consumieron, las mujeres que amó, los documentos concernientes a su «compromiso» intelectual y político, las fotos -en fin- de quienes fueron sus amigos y seres queridos. Todo está en esa espléndida exposición, que no deja de ser una entre muchas otras, en una especie de ecléctico, neutro y sabio ejercicio de equilibrista sobre las cuerdas del mito y la realidad acerca de un personaje carismático e intocable a lo largo de varias décadas en el medio intelectual, de la obra real que ha llegado hasta nosotros y la contingencia que fue espuma del momento. Ahora bien, hay ya un indicio de cómo van las cosas en el diseño del mismo cartel que ha presidido (y preside hasta el domingo próximo) la exposición oficial: en la foto de Sartre escogida para dicho cartel los comisarios de la exposición han tenido a bien arrancar el inevitable cigarrillo humeante que el filósofo sostenía entre sus dedos. Evidentemente, los comisarios de la exposición son fervientes devotos de la dichosa «corrección política» que es el sino de nuestro triste mundo hundido en las simas del pensamiento único, corrección política que convierte a dichos comisarios artísticos en verdaderos «comisarios políticos» a la vieja usanza bolchevique. Cigarrillo y humo tabaquista, en que siempre andaba envuelto nuestro personaje, han sido borrados sin más de su fotografía, al modo en que por idéntico arte de birlibirloque el ojo aficionado a las suertes fotográficas del gran hermano y padrecito Stalin borrara a Trotsky de cuantas tribunas revolucionarias frecuentó antes de ser en persona borrado de su forzoso exilio mejicano. Se me podrá decir que lo anterior no pasa de ser una mera anécdota sin mayor importancia. Posiblemente. Sin embargo, a mí me da qué pensar. Una cosa es que nos guste o no nos guste que el tipo fumase, que esto vaya mejor o peor con los aires de nuestra época (y para qué hablar de su no menos flagrante alcoholismo, o de su adicción al Corydane, o su afición teórica y práctica a la «poligamia»...), pero de ahí a tratar de reinventar al sujeto conforme a nuestra conveniencia hay un trecho. Y esto, será preciso repetirlo, en un aspecto a la postre banal y epidérmico, que ni siquiera entra en su pensamiento... Dejémoslo acá por ahora, como simple anécdota, pese a nuestra sorpresa, ya que también implica cierto grado de yanquización de la antaño irreductible Galia.

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