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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, septiembre 10, 2005

¿QUE HACEMOS CON SARTRE III ( y Ultima parte)?

Pero el caso es que Sartre avanzó un paso más. Exactamente hacia 1953, año que media entre su acercamiento al partido comunista francés y sus viajes a la URSS y a China, Sartre deja de verse como un «escritor comprometido» y empieza a considerarse como un sujeto comprometido con la historia que, además, escribe. No es un matiz sutil precisamente, sino todo un cambio de perspectiva que modelará (digámoslo ya a modo de tesis fuerte) el destino intelectual de Sartre. Desde ese momento, la trinchera ya no se sitúa en la literatura, sino en la plena intervención militante, un período frenético en absoluto exento de problemas, marchas atrás y avances a retropasos. Citemos, por ejemplo: sus entusiastas declaraciones acerca de la «libertad soviética» (cuya falsedad reconocería más tarde), su complicidad con la rebelión argelina, con la Cuba de Castro, la Indochina de Hô Chi Minh o sus coqueteos con el maoísmo de fines de la década de los sesenta. Hoy suele reprochársele sus errores en este sentido. ¿Con qué criterio decide, pongamos por caso, que en cierto momento hay que apoyar -aunque críticamente- al comunismo? ¿Por qué, pese a la denuncia repetida de los campos y los tanques en Hungría hay que seguir dando oportunidades a la anhelada desestalinización, pero desde la Primavera de Praga y Mayo del 68 procede retirar por completo el crédito al partido comunista para entregárselo ahora a los maoístas? Por no hablar de la miopía ante el ensimismamiento criminal de las colonias recién liberadas, aún hoy transformadas en auténticas cárceles que necesitan de sus antiguos vigilantes para volver a ser humanas. O del empecinamiento en considerar el marxismo como filosofía definitiva de nuestro tiempo, insuperable en tanto no varíen las circunstancias históricas del período que expresa, y ante la cual el existencialismo y el propio pensamiento sartreano se definen como «ideologías». En fin, lo cierto es que, como ha demostrado Celia Amorós, este itinerario político está lejos de resultar -como se le achaca- espasmódico, y en realidad viene marcado por una clave unitaria procedente de la asunción por Sartre, con Lukács, del proletariado como «la clase universal». Lo que no implica que sea un universal como clase, sino que puede encontrarse como tal -y les cito a la profesora Amorós: [...] en lo que podríamos llamar diferentes niveles de tensión sintética: «En frío, en caliente y en tibio». Estas situaciones corresponderían respectivamente a lo que Sartre conceptualiza como «la serie», «el grupo en fusión» y el «grupo juramentado». Cuando el proletariado está disperso, su unidad institucional la encarna el partido comunista -su existencia «en tibio», como remedo de su estructura juramentada- y debe por ello, críticamente y malgré tout, ser apoyado. En Mayo del 68 el partido comunista se ve desbordado cuando los jóvenes obreros secundan la lucha estudiantil. Hay que desmarcarse, entonces, de él, pues su legitimidad resulta ser inversamente proporcional a la unificación de la clase en y por sus prácticas revolucionarias. Cuando en 1952 escribió «Los comunistas y la paz», había que salvar el punto tibio porque el proletariado estaba en frío; ahora bien, cuando éste constituye su unidad en caliente al hilo de sus prácticas revolucionarias, entonces hay que estar contra el esclerotizado aparato del partido. Colaboró luego con los maoístas porque «tenía la idea bastante vaga de contribuir a restaurar la unidad perdida en Mayo del 68». Como vestal consagrada, Sartre cree ver y quiere atizar el rescoldo de ese fuego venido a menos... Hasta aquí la cita. Sencillo, ¿no les parece? Desde luego, no sé cuál será la opinión de ustedes, pero a mí, sinceramente, estas categorías -y la cadena de apoyos y actuaciones que incorpora- se me antojan procedentes ya no de las pasadas décadas, sino de un universo paralelo o extraterrestre. Si a ello se le añade que Sartre, pese a ser consciente en todo momento de los efectos perversos inscritos en las sociedades comunistas, lo que en la nomenclatura clásica se llamaba el «segundo mundo», estimaba en última instancia que tales efectos perversos son menos irredentos que la intrínseca perversión de las sociedades capitalistas, que él denominaba «sociedades desunidas» (primer mundo en la citada terminología), tienen ustedes completo el cuadro. En definitiva, un idealismo como la copa de un pino, que no duda en dar fe y en justificar soluciones políticas e históricas en ocasiones atroces al amparo del ambiguo precepto -pródigamente administrado por los discípulos de Sartre- de «decidir en contexto». O como decimos coloquialmente en España: «Apaga y vámonos». Con tales premisas, resultaría sencillo explicar el olvido al que se somete hoy su vida y obra, conmemoraciones al margen, aludiendo a la desaparición de aquel clima postbélico de liberación y resistencia, aparte de todo cuanto ha supuesto, una década tras la muerte de Sartre, la caída del muro y del mundo que tal muro se supone preservaba. Sin embargo, probablemente la situación sigue siendo más compleja, es más: la situación se ha complicado enormemente en los años que han seguido al óbito del filósofo. Sin duda, su obra sigue siendo válida, incluso puede que aporte líneas de fuga de primer orden al estudio de determinados problemas, conflictos y contextos de los que Sartre ni siquiera llegó a vislumbrar un mínimo atisbo. El tiempo lo dirá, y no, en absoluto, mi pequeña intervención ante ustedes esta noche. Pero lo cierto es que posiblemente, por encima incluso de los reproches concretos sobre errores de percepción histórica que se le suelen achacar a la persona -o a su espectro- a modo de excusa para dejar sus libros reposar en los estantes del olvido, las causas de esta marginación haya que buscarlas mejor en una suerte de estrategia para adormecer la mala conciencia y falsificar nuestra propia biografía, partícipe al fin de muchas de las fallas denunciadas en vida por Sartre, y de sus propios errores en definitiva. Puede que en este contexto el olvido al que se condena al filósofo forme parte de una operación más o menos tácita, más o menos evidente, de borradura de la propia memoria histórica, al modo en que la corrección política de los comisarios de la Biblioteca Nacional de Francia, Biblioteca François Mitterrand, ha borrado el cigarrillo de entre sus dedos. De todos modos, la corrección y la búsqueda ecléctica del consenso ciudadano ha encontrado en 2005 un peculiar aliado: se celebra, sí, el centenario del nacimiento de Jean-Paul Sartre, pero también se celebra (o podría celebrarse) el vigesimoquinto aniversario de su muerte, ocurrida en 1980. Contento para todos, que cada cual elija a placer, o como dirían al otro lado de los Pirineos, mirando hacia el este, à chacun son goût. Permanece, en fin, la pregunta en el aire. ¿Qué hacemos con Sartre? Los homenajes, las conmemoraciones, los fastos y las conferencias de poco sirven. A fin de cuentas, vivimos en una época museística, amante de la exposición en vitrinas de sus momias (razón ésta por la cual se salvó, en definitiva, la momia de Lenin, reubicada ab aeterno en su mausoleo de siempre, pero como fetiche turístico de una época al fin clausurada... ¿felizmente clausurada?), y para un intelectual, incluso con tan vasto curriculum de activista político como el de Sartre, los homenajes y exposiciones, con o sin borraduras digitales, equivalen al panteón de los tutankamones ilustres. ¿Qué hacemos con Sartre? Leerlo, me dirá alguien, puede que incluso con cierta sorna o malicia. Leerlo, sí, pero habrá que ver si vivimos aún en una época propicia -para la lectura en general, y para la lectura en particular de una personalidad intelectual tan rica, intensa y contradictoria. La tarea parece de titanes, en una tiempo escasamente dado a la intensidad, arrumbada por su prima virtual, la eficacia velocípeda -llamémosla así-: comida rápida, pensamiento rápido, cultura rápida, diplomas rápidos, lectura breve. Me temo que todo esto, al igual que la miríada de sectas religiosas, santones, gurúes, espiritistas, salvapatrias, bienpensantes, mejorintencionados, Paolos Coelhos y candidatos de renovación y nuevo consenso parlamentario o planetario, encajará mal con cualquier propósito de recuperación de Sartre. Reste, entonces, la pregunta inicial: ¿qué hacemos con Sartre? Antonio Tudela Asunción, Paraguay Martes 16 de agosto de 2005

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