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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, septiembre 05, 2005

¿Que hacemos con Sartre? II

En las páginas del diario parisino Le Monde del 21 de junio pasado, aniversario del centenario de Sartre, su biógrafa Annie Cohen-Solal se preguntaba si éste es hoy «una referencia obligada o un mal maestro», pues mientras en Francia es «anatema», símbolo de «impostor» o «pensador pasado de moda», en países como EEUU o Colombia, su «mensaje sigue siendo un instrumento de referencia para descifrar su época». ¿Cómo se explica el rechazo y la falta de lectores hoy en Francia, solar propio donde Sartre ejerció en vida la controversia y la polémica, hasta llegar a ser mitificado tras su muerte? Sin duda, la respuesta sería compleja. Para empezar, habría que definir a Sartre de algún modo, y puede que lo más acertado consista en hacerlo asignando a su nombre un concepto epocal. De este modo, si Voltaire y Rousseau son los filósofos de la Ilustración, Marx el de la Revolución y Lyotard -por sacar un poco los pies del tiesto clásico- lo es de la llamada Postmodernidad, Sartre sería el filósofo de la Libertad. Libertad entendida en un sentido amplio (que es como hay que entender también los otros conceptos citados), que implica ante todo la Liberación. Ahora bien, aunque la Liberación ha de ser a su vez entendida ampliamente, bien es verdad que hunde sus raíces en una situación histórica concreta: la derrota del nazismo y los fascismos en 1945, tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, final éste que no hay por qué glosar ahora ante ustedes, pero que convendrá recordar no fue un simple final, ya que dio durante mucho tiempo lugar al temor realista de una tercera guerra, y sumió a Europa, una Europa habitada por hombres que habían creído lograr la civilización definitiva y contra todo pronóstico tuvieron que experimentar físicamente el derrumbe súbito de su mundo, sumió a Europa, digo, bajo una sensación de precariedad omnipresente en la vida cotidiana. La victoria fue amarga, las ciudades se volvieron ruinas, el pasado se evaporó junto con las viejas ilusiones y el porvenir incierto comenzó a tomar sobre el horizonte las formas amenazadoras del hongo atómico. Con este panorama, se hacía preciso renovar la confianza del ser humano en sí mismo, extender la esperanza que parcial y costosamente se había abordado en los días de la Resistencia contra los nazis. Tengan ustedes presente que El ser y la nada se gestó casi por completo en un campo de prisioneros alemán, del que tuvo Sartre el honor de ser huésped nueve meses en 1940: en ese contexto -tan fácil de olvidar hoy día- la tesis de que el ser humano no es nada no necesita de la menor prueba; tales circunstancias arrojaban como aserción perentoria e imperativa el que los hombres no poseen determinación ninguna: ni su pasado, ni su cultura ni su naturaleza siquiera predeterminan su actuación (hoy tendríamos que añadir que tampoco lo hace la dichosa genética omnipotente); en tal desposesión, los hombres no cuentan más que con su existencia individual, de carne mortal e histórica, lo que no significa otra cosa que su libertad absoluta para hacer de sí mismos un futuro. Y que, para ese fin, cada ser humano sólo tiene como «medios» a los demás hombres con los que le ha tocado en suerte vivir, con sus aciertos y sus disparates. Un ser humano en particular sólo puede lograr la libertad que lo define ejerciéndola en acciones concretas encaminadas a reconocer esa misma libertad en los otros, de forma que nadie puede llegar a ser sujeto si no es liberando a los demás de la condición de objetos: en definitiva, sólo reconociendo la libertad ajena puede la propia aspirar a ser reconocida en toda su dimensión. Tal es, muy a salto de mata, la atmósfera de la Liberación que tuvo en Sartre un incuestionable paradigma de coherencia entre vida y pensamiento. Ni tenemos tiempo ni este es el lugar para desarrollarlo, pero fácilmente verán ustedes, dicho lo anterior, la radical diferencia que media entre el ser-para-sí de Sartre y el ser-ahí (Dasein) de Heidegger: mientras éste es un ser arrojado, yecto en el mundo, el de Sartre se plantea como ser en proyecto, un ser que no puede dejar de hacer-se. La esencia, por tanto, en la tan cacareada supeditación a la existencia, no es que se anule, antes al contrario: sin estar dada de antemano, como algo preexistente, se sitúa en el futuro, depende de su propia realización. ¿Será muy malvado por mi parte apuntar que en esta controversia (que para quien les habla, y al margen de los cambios de moda filosófica, se salda a favor de Sartre) juega un papel no desdeñable la muy distinta postura, mejor: existencia, experiencia, vivencia en definitiva de la guerra en uno y otro autor? Sartre, entonces, como pensador de la liberación, de la libertad, entendida epocalmente pero también como ser y verdad de todo lo concerniente al ser humano. Evidentemente, tal exaltación teórica de la libertad tenía que hallar su correlato en una decidida responsabilidad pública del escritor. Nace así el Sartre que se veía a sí mismo como «escritor comprometido», figura opuesta a una larga tradición -que criticaba- de escritores de origen burgués y tendentes a la irresponsabilidad pública. Nuestro autor invirtió el inmenso crédito que pronto obtuvo en el mundo de las letras (que hizo de él un icono intocable) en la intervención cultural plena en la sociedad y la historia de su tiempo, lo que le granjeó su fama de provocador y de agitador terrible. Como «escritor comprometido», su trinchera fue la literatura, entendida en un sentido también amplio que iba desde la reflexión y la crítica filosófica hasta los estrenos teatrales, pasando por medios relativamente novedosos como la radiodifusión o el cinematógrafo. Desde la posguerra, sus conferencias reunían a un vasto público, sus estrenos teatrales causaban terremotos políticos, su revista Les Temps Modernes se erigió en autoridad crítica incontestable y sus novelas difundieron rápidamente en un ámbito internacional el existencialismo a modo no tanto de teoría como de auténtico «estilo de vida», alternativo diríamos hoy.Hasta aquí, todo entraba en el marco perfilado por El ser y la nada, como antes vimos: y más en concreto en la necesidad de todo ser humano que quiere constituirse como sujeto de liberar a los otros seres humanos de su condición de objetos. En este punto, a ustedes les tiene que sonar ya el crepitar de la hoguera archifamosa del mito platónico de la caverna, esa curiosa y un tanto nefasta, si me permiten la broma, obligación para el «iluminado» de dejar su beatitud contemplativa de la Verdad y volver a la oscuridad con el propósito de zarandear a sus viejos compañeros de cautiverio. O les debe sonar al batir pertinaz de élitros del más moderno Pepito Grillo. Dejémoslo así, no sé si habré sido capaz de mostrar a qué me refiero.

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