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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, junio 27, 2005

Weekend neoliberal (Hoy odio todo lo que se mueve)

A veces Asunción adquiere ese ritmo asociado con los tiempos finales, onda Hesíodo, onda ciclos temporales indios, como en este último fin de semana, definible como neoliberal por aquello del consumismo y la huida hacia adelante. Fue imposible cumplir con toda la agenda prescrita: Charlas de café, Feria del libro no shopping (donde prometimos a Susy pasar para ponernos al día con Takuapú), presentación de Sermo del person Morales, etc. Al final caímos por lo de Manolo y Denise, Pernod y whiskey se mientras hervían las pastas junto al vapor de Mc Coy Tyner y un grupito que hacía covers de “After midnight” de la señora Patsy Cline. Velada burguesa italianizante, de gente culta y sensata. Pos-cena, la tele de 14 pulgadas se equilibra sobre una doble base de mesa de velador de dormitorio y puf muelle de lanilla. La peli, La habitación del hijo, del signore Moretti, rodando en su sistema PAL-N del VHS clasicote. Ya habíamos oído hablar de otra peli de Nanni, Caro diario, que tenía por banda sonora la música de Keith Jarrett. La perspectiva hermenéutica de la peli, hay que aclararlo, estaba bastante distorsionada: cannabis sativa mezclada con tabaco, helado con Pernod (el señor Pernod se jacta, en la etiqueta legitimadora de la botella, de usar sólo anís estrellado y de que gentes finas y melancólicas, como Jean Rhys, hayan sido grandes consumidoras de su licor belle époque), cine encogido a 14 pulgadas en una caja boba, amenaza de lluvia en el quincho… Moretti en su papel de psicoanalista distanciado y sereno y su clientela disparatada recuerdan en algo los climas neuróticos urbanos de Woody Allen. La esposa, de una belleza replegada y sin grandes estridencias, la hija, de ropa holgada y algo neurótica, y, por fin, el figlio, relegado en los primeros 30 minutos al recuerdo del título de la peli, nada más. La cotidianidad es el tema, y las rutinas que recorre incansable, inmune a los cataclismos, inexpugnable a las bromas de la naturaleza. La muerte es un trámite que se sortea con trabajo, con deportes, con más rutina. Pero los caminos de la neurosis habitan estratos más profundos que los del grund ficticio de la sociedad y sus certezas cíclicas. Sucumbir al dolor, ser minados por la desesperación que se insinúa antediluviana en la dureza de un fósil, acaso el mismo que robara el chiquillo antes de que la muerte lo convirtiera en protagonista principal de su familia y de la peli (protagonismo del ausente: así podría ser definido este nuevo tipo de heroicidad. Como la del protagonismo de las espaldas en Sartre). La crítica de Moretti a la cotidianidad autosatisfecha y luminosa se centra en la descartabilidad esencial de los individuos. El hijo sólo empieza a existir post mortem. Se vuelve un ente misterioso, saturado de enigmas y de belleza perdida. La pérdida restituye lo que la rutina ha desleído con un trabajo de zapa y lavado cerebral, reduciéndolo a un mecanismo reiterativo y nulo. ¿Dónde reside la falla que lleva a amar lo perdido y, aparentemente, a desdeñar lo real y vital? El toque oriental guiña su sabiduría ya al comienzo mismo, cuando, camino al consultorio –refugio de neuróticos y rimbombantes enfermos psíquicos que la resaca de la luz cotidiana aglomera en él–, Nanni se cruza con una panda de mocosos volados por el mantra del “Hare, Hare Krishna…” Aprendizaje del dolor, aprendizaje de lo real. Llorar es un patrimonio de alto precio. Sólo lo logran los que han jurado lealtad a la Hermandad del Sufrimiento. Minada la familia, consciente de la traición que les ha propinado la rutina monótona y deportiva, la decisión es dura: abandonar el juego ilusorio de vivir sobre la cinta sin fin de la gimnasia adormecedora de la cotidianidad. La muerte corporiza la sustancia del hijo, rara paradoja. Dejar todo y entregarse a la deriva pos-existencialista del azar devuelve su cara sonriente a la rueda de la fortuna. El médium, la hasta ahora secreta novia del hijo muerto. El milagro se opera cuando la hipnosis nazicapitalista revela sus entrañas siniestras. La noviecilla adolescente aparece cual epifanía sagrada sobre la plataforma pragmática de lo profano. Su carta póstuma revela más del hijo que todas las rutinas transcurridas en torno a los innumerables desayunos familiares o los trotes dominicales junto al padre. Las fotos enviadas a la novia explican al fin el título del filme. La interioridad de la habitación del hijo en fotos de la intimidad de lo humano aovillado. Las posturas de seducción a distancia, imago mundi erótico de un epistolario lanzado en el mar de los afectos confusos de la amistad púber, cargan lo bufo de la realidad. El cuerpo busca afanoso la risa del otro. La seducción es la complicidad de la risa. La serenidad, en cambio, es la estrategia de la rutina. Reír es vivir, apotegma morettiano. La risa en la peli está representada a través de la música. En este caso es Brian Eno soltando los versos de By the river sobre dos teclados afinados en dos niveles tímbricos que acogotan de tristeza al publico alucinado. Raro, ¿no? La tristeza infinita que nosotros asociamos con Piano Magic hoy en día ya tenía a Eno como su precursor setentista. Es el reflujo de la vida golpeando los fantasmas que tapaban el mundo verdadero a nuestros ojos secos de dolor y lágrimas. La vida vuelve como parodia klosovskiana de la seriedad del mundo. Vendrá y tendrá la luz de tu rostro, podemos parafrasear a Pavese, y entonces ya estamos en Moretti. El poema a los dedos del pie de mister Carver, que lee Moretti antes de dormir, era ya un recodo a explorar antes de la caída, de la muerte del hijo. El otro, el que decide el filme, amar al hijo, los restos de la sustancia del hijo, por intermedio de la novia secreta. Las fronteras de Francia indican que las fronteras son nuestra verdadera patria. Echemos las aduanas que represan las lágrimas, las que censuran la risa. Tomemos el coche hasta la frontera última de la rutina y crucemos al otro lado, cuidemos la belleza de la niña que ha comprendido la vida. ¿Por qué ríes?, dice la familia un minuto antes de comprender que han vuelto a la vida irremisiblemente, movimiento que ha sido tan sutil y contundente como el inverso de su abandono. Reímos, hemos vuelto a vivir, ¿no te das cuenta, espectador distorsionado de sábado a la noche, en esta Asunción que imita, cool y sofisticada, la rutina vertiginosa del neoliberalismo que oculta, maquiavélico, sus catástrofes? Tres mil guaraníes invertidos en el alquiler de un VHS ya anacrónico nos han empujado a escribir estas líneas.

1 comentario:

hijodeladictadura dijo...

"la tristeza infinita la asociamos a Piano Magic" completamente de acuerdo estimado.

Es muy buen grupo.

Saludos, a ver si podemos conversar de aquello, me parece muy intersante