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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, junio 28, 2005

Nadaista propina cross al santo invidente

Borges es uno de esos personajes inasibles que siempre vuelven a los periódicos, cuando ya comenzábamos a olvidarlos, a librarnos de su presencia avasalladora, como el Ratón Mickey, Marilyn Monroe, John Lennon, y la misma perra con distinta guasca. Cada año los profesores a todo lo ancho de la Tierra vuelven a topar el cadáver de Borges, si es de Borges, también puede no ser Borges, y trepan en éste, para soltar su propia perorata, un distinguido ditirambo, una exégesis del dios ciego, y revelar nuevas claves que nos permitan penetrar mejor armados en los lujos de su obra insondable, de registros plurales y tersuras de terciopelo recién peinado. Borges es un cadáver que se obstina en no dejarse enterrar. Un enorme estorbo esperando que le celebremos el aniversario de su ceguera, su primer diente, su primer verso y su último suspiro, al que es preciso rendir el homenaje de unas babas imprescindibles, de año en año. Hay algo en Borges, si es Borges, que inspira desconfianza. Borges tiene un no sé qué de falso ciego que se deja arrastrar. Es el único argentino, si se puede, además, llamar argentino, con el Che Guevara, que le disputa a Gardel la gloria del porteño universal. Borges se ha convertido a estas alturas en una religión menor, en el santo a oscuras de una secta de estetas con vocación de lazarillos. Y, como siempre, es lícito y saludable desconfiar de las iglesias, sobre todo si no han completado un siglo de existencia. Algunas personas escandalizadas con mi cisma personal, hicieron lo posible a todo lo largo de nuestras vidas, la de esas personas, la de Borges y la mía, por remediar una distorsión aparente e imperdonable en mis juicios literarios. Juan Manuel Roca, el poeta antioqueño, el hijo de Rubayata, por ejemplo, me regaló su obra poética completa hace años. Y Jotamario, su amigo, el hijo de don Jesús, le completó el regalo con la prosa en uno de mis cumpleaños. Javier Villa me prestó todos los tomitos grises que pudo, de los que publicó Emecé hace años, con los pasos, hasta entonces, del venerable invidente. Ficciones. Evaristo Carriego. Etcétera. Sin lograr aficionarme a la droga alcanforada de Jorge Luis Borges. Con Borges me pasó como con el mar, que de tanto esperarlo se me empequeñeció cuando fui a verlo. Y me pareció mezquino y ampuloso a la vez. No me molestó en Borges la incongruencia de haber sido antiperonista y dedicar, más tarde, su traducción de Whitman a Nixon y a Pinochet: estaba en su derecho de gustar de unos tiranos y deplorar los otros. Lo seguí leyendo a pesar de todo. Hasta que detecté, o hice consciente, o se me revelaron sus posturas de señorito, sus vicios de aristócrata, un aire de superchería en su escritura demasiado correcta, la ausencia de la vida, la falta de humanidad y de calor y verdad. Borges asombra como el prestidigitador, en un escenario iluminado con luces indirectas y telones bien dispuestos, pero no altera nada en nosotros. No interpela o maltrata. Ofende al lector con su falta de confianza, su reticencia, su ocultación perpetua detrás de la telaraña de sus juegos verbales acerca de la incapacidad del castellano como vehículo de la poesía y los cincuenta años de soledad que alcanzó a leer, sobre la gloria, la fama y el tiempo. Aburre a la postre su adaptación frívola de Schopenhauer. Sus cuentos son cuentos de sombras, módulos intelectuales. Sus endecasílabos demasiado comedidos para servir de alimento o consuelo. Borges no es el Verbo. Es un orfebre distinguido, a lo sumo. La gran ausente en sus historias de criollo educado, es la vida. Sus calles, sus esquinas rosadas, sus escenografías de conventillo, son tangos de salón, a su pesar, a la fresedo. Todo es rigor en Borges, arrogancia disfrazada de modestia. Me pregunto, por qué un hombre que leyó tanto y tuvo tanto talento, nunca supo, que cuando la inteligencia se convierte en espectáculo es cómica y triste. De las virtudes del corazón Borges se reservó, si acaso, la nostalgia. Pero sus ironías carecen del sello del desengaño y de la amargura del verdadero conocimiento. Se parece a Wilde de lejos, en su anarquismo de dandy. Pero Wilde estuvo preso y fue radical y resentido. Borges, apenas el prisionero ciego de una imagen que creó para otros, para esconderse de los terrores de la experiencia. Por eso, en su versión de Whitman faltan la soltura, la fuerza, el músculo y el nervio del norteamericano. Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura. Más que un erudito que hilvanó un sentido del mundo y un significado aunque fuera inventado de las cosas y de sí mismo, es un banco de datos elegantes, selectos. Libros sobre libros, es Borges. Opio rebajado. Numismática. Heráldica. Ideario de ideas olvidadas y deshechizadas ya: en suma, escolástica. Sus obras llenas de informaciones sin entrañas son las memorias de un bibliotecario, de un ratón de biblioteca cebado. Que finge la indiferencia cuando sólo está ausente. Borges deja al lector helado bajo el peso de su bisutería. No es el escritor posmoderno que sus turiferarios creen que llegó a ser: apenas un modernista cultivado con más esmero que Darío. Y de mejor familia. De una sensatez irritante en un mundo dislocado. Es imposible no admirar la pericia de Borges para frasear con discreción y parafrasear sin vergüenza; para insinuar, adjetivar y engañar con falsas pistas, como en un juego. Pero deja intacto lo demás, y sin usar el mundo. Sus inquisiciones místicas y teológicas son recensiones culteranas de un hombre al margen, incontaminado. Ni en el infierno, ni en el monasterio, ni en el escepticismo. En el autismo de los limbos en galería de la estética. Borges no consiguió hacer carne el Verbo. Su escritura siempre fue demasiado prudente, cautelosa y contenida. Como la marcha de los ciegos. ( De Prosas incompletas,2004, de Eduardo Escobar)

3 comentarios:

Zaxia dijo...

Preocupadísimo ha de estar Borges luego de leer tu comentario.

Suele haber un toque de pedantería tanto en los fanáticos de Borges como en sus detractores.

Lo digo porque yo, alguna vez, fui ambas cosas. Je

Viudo Beodo dijo...

Zaxia: leé lo que te escribí en el post sobre "la patologización del Mal"

KuruPicho dijo...

Me parece Xazia que estas mas bien al lado del trolo de ciego ginebrino, sino para que lanzar el jua ironico final y ñembo apotesosico. Ustedes los curepas de la mediania carecen de ideas, solo saben lanzar interjecciones captABLES POR OLIGOFRENICOS CLANICOS, argot de idiotas. Por que mejor no das tu propio comentario,a borges ya ahora ya lo quedara la narizota para postre de los gusanos suizos...